Edición 68 - Noviembre 2011

Jesús Ramiro Zapata: un luchador por la vida y la dignidad

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Sabía que sería el mártir del calvario y para ello preparó su actuación durante varias semanas. Habían pasado muchos años sin que en el pueblo se realizara La Semana Santa en vivo, por lo que todos esperaban impacientes a que llegara el momento de ver en escena a los romanos, los judíos, los jueces del Sanedrín, Jesucristo y las Santísimas vírgenes.

El sacerdote de la parroquia hizo la mejor elección. El cabello largo lacio, la mirada perdida, la barba tupida, sus ademanes y su persona hacía que la representación del más grande “majadero” de la historia cobrara vida en la figura de Ramiro.

Su actuación comenzaba el día miércoles santo en la noche con el prendimiento, el lavatorio de los pies el día jueves, y luego, el viernes a partir de las ocho de la mañana el acto que concitaba al pueblo: el sanedrín y el camino al calvario; volvía a aparecer como resucitado el domingo de pascua en una carroza de colores lúgubres abriendo los brazos y con la mirada perdida hacia las alturas, seguido de una multitud de fieles creyentes que lo acompañaban en su recorrido hacia la iglesia.

En su actuación de redentor fueron pocas las palabras que pronunció porque ya su destino estaba escrito, ni siquiera asumió su defensa de manera férrea y convincente frente a Caifás, Anás, Herodes y Pilatos pese a tener la condición divina de elegido. Tampoco lo hizo la noche que salió del salón de billares acompañado de dos desconocidos y abordó un vehículo ante la mirada expectante de quienes estaban con él  en la sala de juego.

Por varios años, Ramiro – aparte de ser profesor de escuela- fue el crucificado. Renunció al papel que la parroquia le había asignado y no volvió a ser Jesucristo y todos lo extrañaron. Igual sucedió cuando tuvo que salir de su pueblo – no por voluntad propia- para salvaguardar su integridad, ya afectada por las muertes de Jaime (exconcejal y miembro del comité de derechos humanos de Segovia), Nazareno (sindicalista de la Frontino Gold Mine), Isaías, Alberto (educador en Remedios), Margarita, todos integrantes del Comité de Derechos humanos del Nordeste antioqueño, entre otros habitantes, compañeros y amigos a quienes integrantes del Grupo de Autodefensas del Nordeste- GAN y el Bloque Metro y el Ejército les arrebataron la vida.

Paradójicamente, igual que Jesucristo en la representación de Semana Santa, Ramiro tenía el destino fijado. Su voz discursiva y de denuncia se escuchaba en la emisora local y en la plaza pública en la que daba cuenta de lo que ocurría en su pueblo y en los vecinos.

La noche que llegaron por él saludó y se hizo acompañar, ya no como resucitado sino como mártir de verdad. Caminó con paso lento y erguido, y sin despedirse de los que allí había – quizás como en la noche del prendimiento – asumió su destino para no comprometer a nadie. El camino hacia su  calvario fue lento como en el juicio del sanedrín, pero esta vez en carro.

Ese tres de mayo de 2000 tuvo certeza  de la inminencia de su muerte, pues desde tempranas horas del día ya lo habían preguntado varias veces.

Su vida, al igual que la de sus compañeros, ya tenía un derrotero predeterminado desde hacía algún tiempo, y él lo sabía. Por ello cuando abordó el vehículo en el que hizo el recorrido de su muerte, en los pocos minutos que le quedaban de vida, se irguió ante sus victimarios para anunciar al pueblo su muerte con viva voz, con la fuerza que le daba su dignidad. No pidió clemencia para él sino para su pueblo y para los compañeros que estaban en el destierro. “Si vuelvo a nacer seré el mismo”.

Rato después la noticia no se hizo esperar, la muerte de Ramiro corrió de boca en boca como hecho real.
El día se hizo presente y todos lo vieron triste y opaco como la tarde del viernes santo cuando en el papel de Cristo era “crucificado”. Las campanas de la iglesia a la cual asistía sin falta los domingos repicaron invitando a los feligreses para acompañar a quien por mucho tiempo habló de derechos humanos en Segovia y en todo el nordeste antioqueño.

La historia se repitió. Como era de esperarse, Ramiro fue acompañado por la multitud. Esta vez el camino emprendido era de no retorno, ya no había resurrección.

Su muerte fue una crónica anunciada. Lo sabía todo el pueblo, sus compañeros desterrados, las organizaciones de derechos humanos, y hasta él mismo. El hecho de regresar después de un año de ausencia lo hizo vulnerable – pese a tener medidas cautelares de La Corte Interamericana de Derechos Humanos – porque no iba a callar y cohonestar con la connivencia abierta entre fuerzas oficiales y paramilitares. Él seguirá persistiendo en la denuncia contra crímenes de Estado.

Después de su muerte muchas de las personas que lo acompañaron hasta su tumba, lo siguieron porque la muerte se impuso como forma de control social.
Esta vez la representación escénica de la realidad volvió a mostrar su cara de terror en la humanidad de quienes se atrevieron a desafiar lo establecido y hablar de unidad, vida digna y derechos humanos.

 

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