Muchos esfuerzos se han hecho en Colombia para lograr la unión de las clases subalternas a fin de posibilitar los cambios que el país necesita. Se ha entendido que sólo así se podrá dar solución a la crisis social, económica, moral y de diversa índole que ha vivido el país a lo largo de toda su historia. El UNIR de J. E. Gaitán, el Frente Unido del sacerdote Camilo Torres, la UNO, la Unión Patriótica, el movimiento FIRMES, el movimiento A Luchar, etc., han sido esfuerzos del movimiento social por buscar salidas distintas a la guerra promovida y aceitada por las altas esferas del poder y la clase política más corrupta, sanguinaria y ambiciosa de Colombia.
A pesar de los esfuerzos, ninguno pudo lograr su objetivo de constituirse en el gran motor de unidad nacional. Cuando las clases altas ven amenazados sus privilegios, recurren a todas las formas violentas de represión para desarticular al pueblo. Primero se inventan el viejo argumento de la infiltración de los grupos armados en estos procesos para justificar su represión, y luego, para ahogar los deseos de unidad, recurren al asesinato, a las desapariciones, a las torturas, a los encarcelamientos y a todas las formas de violencia.
Cuentan para ello con todos los aparatos represivos del Estado y con sus aliados, los paramilitares, para llevar a cabo su felonía. Así exterminaron al más importante movimiento popular, la Unión Patriótica, y seguirán haciéndolo cada vez que se hable de unidad, lo que obliga al pueblo a ser más riguroso en sus formas organizativas.
En los últimos años se ha intentado constituir nuevos escenarios de unidad: El Congreso de los Pueblos, la Minga de resistencia indígena social y comunitaria, el Comosocol, la Marcha Patriótica y los Cabildos Populares. Estos procesos, que no son de nadie, que no tienen rótulo, que son del pueblo y para el pueblo, presentan una nueva forma de aglutinar, de reunir, de convocar a las clases alternas para que sigan buscando la ruta de la unidad, en medio de la diversidad. Es el único camino que le queda al pueblo para romper, por fin, las cadenas de la opresión, de la marginalidad, de la miseria, de la desigualdad, de la falta de oportunidades, y proponer un nuevo modelo de sociedad, un nuevo modelo económico que garantice el trabajo digno, la educación de calidad para todos y todas, la salud como servicio del Estado y no como negocio de particulares, la vivienda digna, etc., en el entendido de que “sólo el pueblo salva al pueblo”.
Debemos propender porque surjan muchos más procesos que tengan como bandera la unidad, que se preocupen por educar y difundir las ideas socialistas, que cada evento que programen sea un campo de aprendizaje y un esfuerzo por ir aclimatando la articulación entre todos los procesos. Que de momento desarrollemos el trabajo por separado, pero que tengamos como meta común lograr la unidad. Para ello es necesario que no se antepongan los intereses personales, sino que, por encima de todo, estén los intereses del pueblo.
Que importante sería que los grupos que se proclaman como los más ultra revolucionarios y que respiran marxismo por todos los poros, pero que viven aislados del pueblo y de sus organizaciones, rompieran su aislamiento y se dedicaran a construir organizaciones y llevar sus ideas y sus propuestas a estos escenarios. Porque así como está comprobado que las revoluciones no las hacen grupos de valientes, tampoco las hacen pequeños círculos de intelectuales expertos en teoría marxista, aislados de la población y de sus luchas. La revolución sólo la pueden hacer los pueblos cuando comprenden la necesidad y urgencia de los cambios y se deciden a luchar.
Estos nuevos procesos que en Bogotá, Cali, Barrancabermeja han llegado a reunir hasta veinte mil personas, con una nueva visión de poder, como la de que allí no hay jefes ni caciques sino que todas y todos participamos y mandatamos. Que las decisiones las tomamos entre todos y todas y no en conciliábulos, a espaldas del pueblo o en las lujosas oficinas de la capital.
Por el carácter amplio que tienen estos procesos, han participado en ellos hasta congresistas, quienes han sido escuchados con respeto, porque tenemos claro que a pesar de la corrupción que ha habido en estos cuerpos colegiados, no todos sus integrantes son corruptos y algunos de ellos, aunque muy pocos, están comprometidos con los intereses de la mayoría de los colombianos. Además, han demostrado tener clara posición antiimperialista y antioligárquica y esa postura es válida en un proceso de unidad.
Además, algunos de estos parlamentarios han hecho mucho más por el proceso revolucionario que aquellos que se proclaman los más revolucionarios del mundo y que poco o nada han hecho por avanzar el proceso, a parte de su locuacidad verbal en cafetines y pequeñas reuniones, donde destilan toda su verborrea revolucionaria, pero no pasan de allí.
Es que los procesos de unidad se van construyendo con quienes vamos encontrando puntos de encuentro. No creemos que la unidad sólo haya que forjarla con quienes nos identificamos plenamente, así, jamás se lograría la unidad.
Como los procesos que hemos mencionado son nuevos y en construcción permanente, seguramente habrá que ir haciendo ajustes, corregir rumbos, mirar otras propuestas. A algunos nos inquieta el hecho de que los eventos nacionales sean tan numerosos mientras en algunas regiones ni siquiera han arrancado. Creemos que hace falta más compromiso por parte de quienes participan de estos eventos de ámbito nacional para que, al regresar a sus bases, se dispongan en el desarrollo de las tareas que se acuerdan, y así se puedan materializar los procesos en cada una de las regiones.
Por último, creemos que es necesario promover espacios deliberativos en todas las regiones, donde se puedan intercambiar posiciones sobre tantos temas que es indispensable dilucidar, como hacia dónde vamos, cuáles son las herramientas teóricas para nuestra acción (sin fundamentos teóricos no es posible un proceso revolucionario) que debemos tomar para la práctica diaria, cuáles metodologías debemos utilizar en nuestro diario trabajo con nuestros compatriotas, etc. Porque a veces encontramos compañeras y compañeros tan perdidos que llegan a plantear que no les gusta la política o dejan ver su malestar por la presencia de organizaciones tradicionales de izquierda en estos procesos, con lo cual demuestran, indudablemente, su analfabetismo político, del cual no tienen la culpa, pero que están obligados a superar.
Estos espacios deliberativos y todos los eventos, deben constituirse en escuelas de aprendizaje, en oportunidades para elevar nuestra formación política y para la formación y consolidación ideológica.