Edición 69 - Enero 2012

Autonomía y soberanía vs cooptación institucional en Bogotá

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Finalizando dos gobiernos consecutivos de izquierda en Bogotá, vale la pena hacer una pequeña y somera reflexión de lo que ha significado el tema de la participación social y política para los sectores más desfavorecidos y excluidos de nuestra ciudad.

Sus origenes
Mucha expectativa despertó la llegada de estas dos últimas administraciones que dirigirían los destinos de la ciudad capital y el segundo cargo administrativo más importante a nivel nacional, teniendo en consideración que ellas devienen de los acumulados históricos sociales, políticos y revolucionarios que han recreado la dinámica nacional por más de cincuenta años. Por ello es de  recordar que  cada administración de estas se debe al aporte histórico de innumerables organizaciones sociales, comunitarias, actores sociales y políticos, académicos, de la insurgencia, entre otros, que día a día rechazaban de diversas maneras el Estado y sus estructuras de poder antidemocrático. Le apostaron en consecuencia a construir un mejor amanecer para las nuevas generaciones, con justicia social y democracia.

Los costos de estos compromisos se mantienen en la memoria de los y las sobrevivientes y se registran en los inagotables listados de desapariciones forzadas, presos, torturados, desplazados, exiliados, asesinados, y de toda clase de vejámenes ejercidos por el sistema imperante y sus fuerzas de seguridad contra estos miles y miles de mártires de nuestra patria. Sobre esta realidad es que se conquistan en los inicios de la década de los noventa escenarios de participación política de muchos sectores a los que en otrora no se les permitía tal oportunidad.

A partir de esta coyuntura se vislumbraba para muchos crédulos y soñadores una nueva etapa hacia  la democracia real y directa como base fundamental para la  paz duradera que tanto clama la sociedad. Esta etapa en principio demandaría una forma ética de hacer la política, un estilo de administrar los intereses de la población de manera coordinada y armónica con sus necesidades y angustias hasta el momento irresueltas y en mora para hacerlo.

Nadie, o muy pocos, pensaban hacer la revolución desde la administración distrital. Pero sí se  depositaron confianzas en que estos nuevos inquilinos del edificio Líevano  ayudarían a mejorar su calidad de vida y que al menos las organizaciones sociales y comunitarias tendrían la oportunidad de ser más partícipes en la confección y ejecución de las políticas sociales en sus localidades y su ciudad, esto es, más protagonistas en la construcción de su propio destino.

En no pocas ocasiones se escribió y se expresó en diversos escenarios sobre la necesidad de que el gobierno de Luis Eduardo Garzón emprendiera un proceso de escuela de formación política y de liderazgos colectivos en las localidades, que acompañara así esta dinámica en la organización social con miras a la construcción de poderes populares desde lo local, que revitalizará la autonomía y la soberanía de estos en sus respectivos sectores. Pero culminó su gobierno sin diferenciarse de los demás: desencanto y  frustración no se hicieron esperar. En armonía con lo anterior, asumió un segundo gobierno distrital de “izquierda” para dar continuidad a sus “políticas públicas”, en particular, desde la SDIS  -Secretaria Distrital de Integración Social-, y de la que no toma mucha distancia.

Bien, llama la atención que al finalizar los dos gobiernos llamados “alternativos” quede un sinsabor del deseo no resuelto, al apreciar que muy poco se avanzó en procesos de formación y organización social y política, y que, por el contrario, en su afán de justificar presupuesto a través de la SDIS, redujo aún más el nivel cualitativo que políticamente traían muchas de estas organizaciones sociales y comunitarias previa a la llegada de estas nuevas administraciones.

Igualmente, no podemos desviar la atención de que gracias a varios sectores e individualidades provenientes de estas juergas izquierdistas ( ó seudo – izquierdistas) se avanzó en esta tergiversación de lo social y lo político: muchísimos de ellos vieron la gran oportunidad de resolver sus urgencias estomacales a través de “conquistar” el sueño personal de ser funcionario público, y otros de “montar” ONGs o darles “vida”  a las ya existentes para “participar” en la danza de los convenios y contratos que lograrían, con lobbies y pagos de favorcitos (Existen muchas ONGs que operan hoy varios comedores comunitarios a la vez: ¿Tan malo será el negocito económico?, o ¿Tan grande el corazón y el compromiso “desinteresado” de los dueños de dichas ONGs operadoras?).

En la consolidación de esta lógica, el discurso social y político revolucionario, que en otros tiempos recreaba nuestra razón de ser, apostando incluso la vida misma con su actuar consecuente, quedó al margen de estas dinámicas por considerárseles “dinosáuricas”, “radicales”, pues es el momento de la “moderación en el  discurso y el actuar social, político, electoral que garantice nuestra permanencia en la administración Distrital”.

Una mirada desde los barrios
Quiénes recorremos los barrios y localidades de nuestra ciudad vemos con preocupación que las diferentes organizaciones comunitarias viven en permanente choque y en rupturas internas de muchas de ellas, incluso en  confrontaciones a nivel personal entre los actores sociales. Todo como consecuencia del manejo y competencia entre ellas para ser “favorecidas” por  las migajas económicas que la SDIS les “ofrece” a través de los llamados “proyectos de apoyo y fortalecimiento a las organizaciones y redes”. Al unísono, el nivel de politización de estas ha presentado un gran decaimiento, confundiendo formación política con información de legislación administrativa y elaboración de proyectos, y participación política con relaciones en la administración para la aprobación de sus proyecticos y asistencias a cuantos talleres y reuniones convoquen los dueños del balón (léase administración pública). Sumado a esto, la desmesurada e incontrolada búsqueda de participación electoral (ediles, concejales) ha quebrado aún más el débil tejido social.

Obviamente la dispersión es uno de los frutos de estas dinámicas. No menos impacto diseminador generan aquellas ONGs “operadoras”  de algún convenio, que en su afán de dar cumplimiento cabal a los “términos de referencia del convenio”, ejecución de los presupuestos que se les ha otorgado, van arrasando con la autonomía y soberanía que las organizaciones sociales deben tener para su organización y actuar en sus territorios. Poco a poco los vicios de quienes gobiernan y sus respectivos funcionarios van adquiriendo status de diplomados en los sectores populares. Y la formación política y la organización social como proceso en esta dinámica siguen siendo las grandes ausentes, pues a pocos les trasnocha. Votantes, sólo votantes para pagar los “favores recibidos” se necesitan en el campo político, para garantizar la continuidad de lo mismo.

¿Un balance oficial timido ó amañado?

Desde muchos escenarios evaluativos de políticas públicas que adelanta la SDIS y sus funcionarios, se realzan los egos mutuos que despierta “el deber cumplido”, y los aplausos de los invitados e invitadas resuenan en los recintos. Pero ¿Qué hay detrás de tanta evaluación o sobre-evaluación? Se vende a los asistentes la idea que estas gestiones han ayudado al crecimiento de las organizaciones comunitarias, cuando en verdad aumenta o crece es el número de personerías jurídicas que sólo buscan incrustarse en el mercado de la contratación, así mismo se oculta que muchas de esas “nuevas” personerías jurídicas son unipersonales y resultado del fraccionamiento de otra organización existente; que ha habido empoderamiento de las organizaciones comunitarias en sus territorios, cuando realmente son organizaciones personalizadas, que, en muchos casos, hacen las veces de caja de resonancia a la administración y a sus funcionarios.

En estas evaluaciones se insiste, además, en que se ha avanzado en el nivel formativo y participativo de las organizaciones, cuando en realidad muchas de ellas se adiestran para asistir a cuanto evento “invite” la administración, con “buses a todos los barrios”, so pena de no ser favorecidos en los nuevos proyectos de “apoyo a redes”. La participación se reduce a ser juiciosos y obedientes en las directrices que trace el “operador del convenio de turno”, pues si hay voz discordante, es de minorías retrogradas que en medio de sus soledades hay que marginarlas.

Estos son algunos de los tantos puntos que nos permite afirmar que a la hora de apostarle a construir escenarios de participación social y política con poder de decisión en los sectores sociales y barriales comunitarios, la política pública sólo ha servido como maquillaje para hacer menos notorias las consecuencias inhumanas del capitalismo y su expresión más reciente: el neoliberalismo.

El deber ser
Por ello, convocamos a esta nueva  administración a que retome el debate de la política pública, la participación, la decisión, la organización, el poder; en una palabra, el debate sobre si la institucionalidad estará al servicio de las autonomías y soberanías populares o éstas subordinadas a la institucionalidad procesos vs  proyectos, o proyectos=procesos, liderazgos colectivos o caudillos egocéntricos y utilitaristas,  organizaciones sociales o aparatos legales, organizaciones operadoras o manipuladoras, formación o adiestramiento, la defensa de lo público ó privatización de lo público,  etc, etc. Todo esto al calor de la apuesta en un verdadero proceso de formación política en los sectores sociales y barriales de nuestra ciudad, de tal suerte que ello acompañe la dinámica misma de sus gestas cotidianas, en y hacia el fortalecimiento social y político de nuestras organizaciones sociales y comunitarias. Sólo así es posible generar y posibilitar escenarios de poder popular, donde la autonomía y la soberanía sean el oxígeno del mismo.

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