Edición 69 - Enero 2012

Colombia: un ejemplo contemporáneo de acumulación por desposesión

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La acumulación por desposesión, basada en la expropiación violenta de los productores directos de sus condiciones de producción, que se presentó en Inglaterra en el momento de formación del capitalismo, entre los siglos XVI y XVIII, no fue exclusiva de esa época y país, sino que desde entonces se reproduce en todos los lugares donde se ha constituido el capitalismo y se sigue presentando hoy, como un mecanismo de funcionamiento de este sistema en su expansión mundial. Eso puede verificarse en Colombia donde se presenta una expropiación masiva de indígenas, campesinos y afrodescendientes, radicalizada desde hace un cuarto de siglo.

Este proceso ha significado que les sean arrebatados a esos sectores sus tierras (unos seis millones de hectáreas), sus ríos y sus bosques, los cuales han pasado a manos de empresarios capitalistas, narcoparamilitares y multinacionales. En ese proceso de expropiación, las clases dominantes han recurrido a todos los procedimientos violentos de despojo, como se comprueba con cifras elementales, que deberían asombrar y producir vergüenza en el mundo.

Valga en ese sentido un solo dato: Colombia ocupa el primer lugar mundial en cuanto al número de desplazados internos, con una cifra de cinco millones y medio de personas, la mayor parte de ellos campesinos e indígenas. Este proceso de despojo violento, apoyado, financiado y legalizado por el Estado colombiano, se inscribe en la lógica de la acumulación por desposesión que se constituye en un mecanismo central de funcionamiento del capitalismo y del imperialismo de nuestros días.

El término acumulación por desposesión apunta a destacar lo que, según el análisis de Marx en el penúltimo capitulo del primer volumen de El Capital considera, a partir de diversos aspectos, íntimamente relacionados, como correspondiente exclusivamente al período histórico de formación del capitalismo en Inglaterra. Lo que se ve es que no son cosa de un pasado lejano, puesto que aquí y ahora se siguen produciendo. Entre esos aspectos, ya mencionados por Marx, se destacan la mercantilización y privatización de la tierra y la expulsión violenta de habitantes del campo; la transformación de los derechos comunes, colectivos y públicos en derechos privados y el abandono de la idea de propiedad común; la conversión de la fuerza de trabajo en mercancía y la eliminación de todas las formas de producción y consumo no mercantiles; la utilización de métodos colonialistas e imperialistas para apropiarse de recursos naturales y energéticos.

También se desarrolla paralelamente la monetización de todas las relaciones e intercambios y la imposición de impuestos sobre los recursos y la tierra; el tráfico de personas y el sometimiento brutal de seres humanos; formas de usura y de crédito que enriquecen a fracciones de clase dominantes (comerciantes, terratenientes, exportadores, ganaderos…) y que cuentan con el aval del Estado, el cual desempeña un rol crucial en el proceso de acumulación por desposesión. A esto se le agrega el papel que cumple el capital financiero como instrumento de endeudamiento generalizado de la población, urbana y rural, y como soporte “legal” de la expulsión de campesinos e indígenas reducidos a la servidumbre por deudas.

Colombia puede considerarse como un inmenso laboratorio de la acumulación por desposesión porque se presentan a vasta escala y con un increíble nivel de violencia gran parte de las características antes enunciadas. Aquí cabe resaltar que el elemento esencial es el despojo como forma violenta que vincula las actividades económicas y la apropiación de tierras. En este sentido, los asesinatos, las masacres, las torturas, el desplazamiento forzado son vehículos de la concentración de tierras, llevados a cabo por “empresarios” que impulsan la acumulación de capital en el campo, gran parte de la cual proviene sencillamente del robo de la riqueza de otros, de los campesinos y de sus tierras.

Tanto el robo de tierras como la destrucción de cualquier forma de oposición política o económica al proyecto del capitalismo gangsteril se ha sustentado en bestiales mecanismos violentos, que recuerdan los peores crímenes del nazismo o las dictaduras de la Seguridad Nacional. Al respecto deben mencionarse la utilización de formas salvajes de tortura, muerte y desaparición, entre las que se usaron hornos crematorios en Antioquia y Santander para matar a campesinos, indígenas, afrodescendientes, mujeres pobres, líderes comunitarios y sociales. Se utilizaron caimanes para que devoraran vivas a las víctimas de los paracos, como se hizo en varios lugares de la costa atlántica. También han empleado de forma generalizada el procedimiento bestial de trocear vivas a las personas con la motosierra, un instrumento que simboliza la barbarie de ganaderos, terratenientes y narcoparamilitares contra la población humilde de Colombia, luego de lo cual le echaban los restos humanos a los caimanes o los tiraban a los ríos y quebradas para que no quedaran rastros de los crímenes.

La existencia de hornos crematorios muestra que, como en el nazismo, se ha industrializado la criminalidad, lo cual indica que había una orden “superior” para que fueran desaparecidas las personas asesinadas y que de ellas no quedaran huellas, además de generalizar el terror entre la población sobreviviente. Esto indica que la criminalidad contra la población ha sido planificada, hasta el punto que los paramilitares tenían escuelas para enseñar a matar y torturar, las primeras de ellas dirigidas por asesores de Israel, donde preparaban a los criminales que han hecho correr ríos de sangre en este país.

En los últimos 25 años se ha producido no una redistribución de tierras sino su reconcentración en viejos y nuevos terratenientes a lo largo y ancho del país. Este proceso puede definirse como una revancha terrateniente (ahora nutrida con la savia criminal de la alianza que se gestó desde  el Estado, entre el Estado, las clases dominantes, el paramilitarismo, el narcotráfico y las multinacionales) cuya finalidad ha sido la de arrebatar las tierras a los campesinos pobres y  destruir a los movimientos sociales de tipo agrario que se les pudieran oponer. Desde luego, esto se encuentra ligado con los intereses del capitalismo contemporáneo, de tinte gángsteril, a la colombiana, porque como bien lo señaló un campesino que logró escapar de esa barbarie: “En los Hornos crematorios, los criaderos de caimanes y las fosas desaparecieron a muchas víctimas de la contra-reforma agraria en Colombia”.

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