
Nosotras, mujeres trabajadoras, campesinas, negras, indígenas… luchadoras, nos reconocemos en las corrientes que viven, sienten y construyen procesos latinoamericanos, mestizos, desobedientes e irreverentes; un movimiento de mujeres autónomo, diverso, alegre, insumiso, transgresor, pero ante todo creativo. Estamos en una lucha nacida de los cuerpos históricamente olvidados, invisibilizados y violentados por un sistema basado en el mantenimiento y reproducción de condiciones desiguales tanto materiales como espirituales; un sistema basado en el orden y el control como forma de garantizar su continuidad.
Para nadie es un secreto que nuestro país padece de una gran enfermedad. Algunas personas dicen que es la falta de memoria, otras argumentan que esta enfermedad es producida por el hambre, el frío y la miseria; las comadres sentadas alrededor de una agua panela comentan que esta enfermedad se intensifica porque sus voces no han sido escuchadas, sus recetas y plantas medicinales han sido olvidadas y remplazadas por las grandes empresas farmacéuticas que envenenan la salud de Colombia. Otras, más rigurosas, plantean que este país y el mundo en general sufre de un virus que se mete por el cuerpo desde el día en que nacemos y comienza a controlar cada uno de nuestros movimientos, determina cómo debemos hablar, con qué debemos jugar, cuál debe ser nuestro color, los oficios que debemos realizar por el resto de nuestras vidas, nos impone, además, a quién debemos amar, nos limita el cuerpo hasta el punto de no querer verlo y reconocerlo. Este virus nos divide en “géneros”…… SE LLAMA PATRIARCADO.
“Para que el 8 de Marzo no sea un día más”
Más que un discurso, se trata de praxis evidenciada en la labor que innumerables mujeres llevan a cabo desde sus oficios cotidianos, comunitarios, laborales y políticos, dirigida de una u otra manera a procesos de transformación social. Pero, para que esto sea una realidad, consideramos necesario reconocer que lo privado es político y así develar lo que sostiene las relaciones patriarcales en todos los ámbitos de la vida, rompiendo con todos los ejercicios de dominación y autoridad vigentes en el sistema capitalista, concibiendo nuevas y renovadas formas de relacionarnos entre nosotros y nosotras mismas y a su vez con el planeta y la naturaleza. Nuestro accionar está dirigido a la construcción de nuevas prácticas entre sujetos y sujetas; prácticas que a su vez atraviesan la familia, la casa, la calle y nuestros espacios políticos.
Hoy retomamos la voz de la profe Edilma, como una de las miles de mujeres que luchan a diario desde sus oficios y sus escenarios por mejores condiciones de vida. Por eso este 8 de Marzo exaltamos la gran labor de las mujeres que construyen hoy un mundo nuevo. “Es su voz porque son sus esfuerzos, trabajo y procesos. Es ella al fin y al cabo la protagonista de esta historia en la labor de cambio del día a día”. Edilma, profesora de por vocación, o de nacimiento como dice ella. Llegó al bajo Cauca en 1967 a trabajar en una escuela como maestra. Con tan sólo tercero de primaria inició en la labor educativa.
Esta es su historia
Nací en Abejorral en 1946. Todo en mi vida lo hice rápido: me casé a los 15 años, a los 19 me fui a trabajar al bajo Cauca y a los 22 ya tenía todos los hijos que tuve.
Mi experiencia en el bajo Cauca ha sido positiva y negativa a la vez. Tuve muchos tropiezos porque empecé sin bases académicas. Tenía que alternar el estudio, el trabajo y el hogar. En vacaciones venía a estudiar a Medellín y en la casa me levantaba temprano para estudiar por radio; validé el bachillerato y entré a la universidad.
La zona en la que me encontraba era muy violenta, nadie quería trabajar allá, por lo que sentí la necesidad de irme para la escuela a brindarles apoyo a las personas del lugar. La escuela nos la quemaron, porque no querían que se abriera el espacio educativo y tuve que callar para que a los maestros no les fuera a dar miedo. Por el bien de la educación no podía contar esto. El impulso para continuar con el proceso educativo era saber que yo no estaba haciendo nada malo, estaba haciendo algo muy valioso para mí como persona y para quienes estaban a mi alrededor, ya que a través de la educación es que podemos salir adelante. Tuve el valor de no dejarme achantar y la convicción de que lo que uno quiere y cree que puede hacer, lo hace, por lo que no desistí y seguí a delante.
En las situaciones que involucran conflicto armado, el cuerpo de las mujeres es tomado como botín de guerra, como un territorio más por defender y conquistar, controlando la forma de vestir, actuar, caminar y lucir, e incluso determinando las personas con las cuales estas se pueden relacionar.
La situación del conflicto, cuando estuvo más arraigado, tuvo una gran repercusión en las mujeres, que se dejaron influenciar en la parte estética. Querían ponerse senos, realce de cadera; vestirse con ropa fina y salir en carros lujosos. Estaban organizándose para un mercado. En los colegios se evidenció este momento con el aumento de estudiantes embarazadas y con la deserción escolar, porque los jóvenes se iban a sembrar y raspar coca.
Cuando compartía con las niñas del colegio, trataba temas sobre la valoración del cuerpo y les decía: somos muy dignas. Esto lo hacía porque las mujeres tenemos que liderar este proceso de igualdad, los seres humanos no tenemos por qué estar unos encima de los otros, tenemos las mismas posibilidades y debemos considerar la igualdad social y económica, puesto que no hay nada que diferenciar.
Es este el momento donde hemos decido no callar, escuchar nuestros miedos y sufrimientos, romper con el sistema tradicional y consolidar espacios de poder popular que nos permitan construir ese mundo que soñamos; un mundo donde podamos reconocer la diferencia y caminar con ella, donde encontremos la esencia que nos permita entendernos y reconocernos como personas; una sociedad en la que seamos capaces de sentir y seamos las dueñas de nuestras vidas.