
Una viajera poco común arribó al aeropuerto El Dorado de Bogotá con su compañera Gina Dent el domingo 12 de septiembre a las 3pm. Una mujer afrodescendiente, proveniente de Estados Unidos, en cuyos antecedentes está el haber pasado por la cárcel, el haber militado en las panteras negras y el partido comunista estadounidense en plena guerra fría y el haberse unido a movilizaciones feministas y antirracistas desencadenaron desconfianza y miedo en el ambiente del aeropuerto. Las autoridades colombianas prevenidas, tal como Ronald Reagan hace más de 30 años al haberle prohibido la entrada a las Universidades de California, enviaron perros a la misión de oler sus maletas en el aeropuerto y posteriormente en el hotel, lo cual ha de producir una particular reflexión en la viajera.
Esta “bienvenida” por parte de las autoridades colombianas le huele a racismo, como fenómeno discriminador y preventivo que necesita de unos mecanismos que contengan el supuesto peligro que representa una persona racializada como Angela Davis.
Un ambiente totalmente distinto se sintió el lunes 13 de septiembre a las 5pm en el teatro ECCI El Dorado del centro de Bogotá. La admiración y el agradecimiento a Angela Davis por parte de la comunidad de la Universidad Nacional y de la comitiva del pacífico colombiano se hicieron sentir toda la noche: dedicatoria de canciones, el documental que exaltó su vida militante y su obra académica, la entrega de regalos, los constantes aplausos, las invitaciones a bailar, entre otros agasajos. Todo esto hizo una merecida acogida entre los brazos de quienes sabíamos que su presencia era motivo de felicidad, pues hallamos en sus reflexiones y en sus atrevimientos una forma de visibilizar y denunciar las constantes injusticias de las cuales somos víctimas las mujeres racializadas.
Desde el martes hasta el viernes 17 de septiembre, Angela y Gina ofrecieron varias conferencias en las que destacaron los aportes del black feminism, como movimiento teórico y político que ha dado cuenta de la relación entre la dominación patriarcal, racista y clasista, dominación que hoy persiste pese a que se crea que la esclavitud se ha terminado, que el tráfico de mujeres es cuestión del pasado; pese a que se le reconozcan ciertos derechos a las mujeres como el voto, y pese a que la violencia contra las mujeres sea condenada públicamente. La presencia considerada de mujeres negras, asiáticas y latinoamericanas en las cárceles, la profunda pobreza en la que viven tanto las mujeres negras de Estados Unidos como las de Colombia (por algo dice Angela Davis que el racismo de Estados Unidos se parece al de Colombia) y la precarización laboral son muestras de que estos fenómenos persisten hoy.
La riqueza de las reflexiones de estas dos mujeres radica en que no se limitaron a analizar los sistemas de dominación anteriormente descritos sino que también hicieron énfasis en la capacidad que debemos tener al momento de imaginarnos y de proponer alternativas ante la violencia estatal y racista; cuestión a la que muchas veces se le da poca importancia y que a la vez nos desafía, pues implica sacar de nosotros y nosotras una ilusión como el Estado que nos ha hecho creer que es el único capaz de restaurar nuestra dignidad, cuando, tal como se demostró en las conferencias, es el aparato que reproduce día a día el racismo, la división entre clases y la violencia contra las mujeres.
Muchas veces creemos que la justicia debe estar encaminada a poner en manos del Estado nuestros problemas, pensamos que la policía puede entrar como árbitro ante la violencia que denunciamos, que los victimarios deben estar en las cárceles, y por ello, se defiende el abrir más cárceles, lo cual implica destinar una parte considerable del gasto público en estas instituciones punitivas (no es gratuito que en Estados Unidos las cárceles sean la segunda fuente de empleo); pero estos gastos nunca han reducido o eliminado la violencia de la cual somos víctimas, todo lo contrario, la han reproducido y nos han hecho olvidar que la fuente de nuestra subordinación radica en un sistema económico y social como el capitalismo, que desde tiempos remotos se ha valido del colonialismo, el racismo y el Estado para sobrevivir.
No es coincidencia, por ejemplo, que hoy nos alarme el crimen repudiable perpetrado por el ejército colombiano en Tame, Arauca, en el que se violó y asesinó a una niña junto a sus dos hermanos, además de las posteriores denuncias ante otras violaciones a niñas de Tame en el presente año.
La enseñanza que nos dejan en este aspecto Angela Davis y Gina Dent es la necesidad de superar la estructura judicial punitiva para construir una justicia restaurativa, en donde ni el Estado ni las cárceles tengan participación alguna y en donde las víctimas no tengan que aceptar un modelo de justicia que no las beneficia a ellas sino al propio Estado.
Para culminar su visita a Colombia, Angela Davis visita La Toma, Cauca, en un momento en el que, como una de las expresiones de la esclavitud y del racismo que hoy persisten, las comunidades están siendo desplazadas por cuenta de la minería a cielo abierto, actividad que, como lo afirmó, amenaza con destruir la hermosura de ese paisaje.
Los no humanos también fueron parte del discurso de Angela Davis, quien ha tomado la posición ética del veganismo, en la que se reivindica la necesidad de considerar como un eje de análisis la explotación de los animales y el fin de ésta misma. Esto se expresó en la invitación con la que culminó su conferencia en el Auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional, según la cual “Hay que unirnos a una sociedad jalonada por principios de servicio a las necesidades de los seres humanos y de nuestros compañeros no humanos”.