ActualidadEdición 172 – Noviembre 2022

Devolver la voz y la identidad a los pueblos

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Por Aram Aharonian

Desde el campo popular debemos asumir que el tema de los medios de comunicación, que son los que manejan la agenda informativa –y formativa de opinión– e imponen el terror mediático, tiene que ver con el futuro de nuestras democracias. Hoy en día la dictadura mediática intenta suplantar a la dictadura militar. Los grandes grupos económicos usan a los medios y deciden quién tiene o no la palabra, quién es el protagonista y quién es el antagonista. Han asesinado a la verdad y mutilado la esperanza.

Y por eso, la comunicación comunitaria, popular, alternativa, que desarrolle un proceso articulado a la transformación social, económica y política que demanda la sociedad, desde los barrios periféricos de las ciudades a las veredas y los pueblos, aparece como herramienta idónea para desalambrar los latifundios mediáticos.

Difícil tarea, la de devolverle la voz y la identidad a los que los medios hegemónicos y el poder capitalista volvieron borregos políticos mudos. La comunicación alternativa debe enraizarse en la misma gente, en los mismos espacios organizativos que construye, y lograr que sean los mismos miembros de la comunidad quienes asuman el protagonismo en la dura tarea del reconocimiento de la realidad.

A diferencia de la prensa comercial, la comunicación popular se construye desde abajo, hombro con hombro, sumando virtudes, conocimientos, recursos, discusión, democracia participativa. Porque lo único que se construye desde arriba, es un pozo.

Uno de los tópicos de la comunicación popular se encuentra en América
Latina, y se refiere a la confrontación de clases, en momentos en que el proyecto político de ultraderecha había ganado terreno en las dos últimas décadas, pero cuando también los movimientos populares comenzaron a ganar protagonismo y a asumir una nueva conciencia en su tarea por la transformación social. Se hace evidente la confrontación radical entre dos modelos y en ella la comunicación alternativa está llamada a jugar un papel protagónico.

No basta ser un medio crítico –lo que presupone oponerse sistemáticamente a la agenda marcada por el enemigo– sino que debe priorizar la dimensión propositiva (más allá de la mera denunciativa), desde los elementos que aporta a las comunidades en sus propios procesos de construcción de identidad colectiva, de reconocimiento y transformación de su entorno y de sí mismas. Una cosa es investigación y otra mera denunciología; siguiendo la agenda, la temática del enemigo.

Para ello hace falta sensibilidad social, para preocuparse por la vida y problemas de la gente, sus dificultades y alegrías, sus problemas y sus esperanzas. Y de sus luchas, para que la comunidad se vea reflejada y asuma al medio comunitario como voz propia. El periodismo pasa a ser una excusa para la organización social, para que la comunidad se una para construir proyectos colectivos y poder, al fin, ser protagonista de su propio proceso transformador.

Los estallidos sociales en Nuestramérica y las colas del hambre en Europa dejan en claro la falta de veracidad de las instituciones dizque democráticas, y revelan que ellos son parte, junto a las trasnacionales de la digitalización y la vigilancia, de esta alianza mundial que, tras asesinar la verdad, ahora se dedica a tiempo completo al asesinato de lo que ellos llaman democracia.

La paz no es la dejación de las armas ni un tratado que el Estado incumple. La paz es una construcción colectiva en la que los comunicadores tenemos demasiado que aportar. Es necesario tejer redes comunicacionales, intercambiar contenidos, aunar estrategias, idear y sumar campañas comunes. Pero para eso hay que conciliar formatos y agenda.

La crisis social y económica en regiones violentadas por las políticas degradantes de los gobiernos neoliberales –sumado al conflicto armado en Colombia–, ha puesto a los medios comunitarios y alternativos frente a retos que buscan generar espacios para la reconciliación, desarrollo, educación, y defensa de los derechos humanos bajo este escenario.

En Colombia se han desplegado iniciativas mediáticas con sentido social. Los medios construyen sus agendas con y desde la comunidad, con variedad de voces que enriquecen el debate ciudadano, bajo la figura de asociatividad y una polifonía textual participativa vinculante. Los medios comunitarios y alternativos regionales cumplen un papel importante ante el reto de transformar sociedades vulneradas, pero con un papel fundamental en cultivar una cultura de paz que lleva reconciliación y desarrollo social.

Los comunicadores populares –sujetos políticos y de derechos– emplearon y emplean diferentes medios y herramientas, como la educación, la reportería visual y escrita, las radios, el video social participativo (hoy también videos y podcasts), y otras acciones desde la vereda, el pueblo, la ciudad, el territorio, la memoria y la paz como los principales derechos necesarios para vivir con dignidad en los barrios populares.

Son quienes mostraron la realidad del Paro Nacional, que lo acompañaron momento a momento, junto a la sanguinaria represión del gobierno de Iván Duque. Son los que reportaron los paños rojos en las casas de los miles de pobladores hambreados y que hicieron posible la difusión de las terribles conclusiones de la Comisión de la Verdad. Son quienes siempre reivindicaron la paz y el diálogo entre todos los colombianos.

Cultivar la memoria
Las diferentes formas de conocimiento eurocéntrico se construyeron durante cinco siglos y lo peor es que aún hoy lo hacen bajo un concepción de modernidad excluyente. Desde la llegada a América, Europa se erige como modelo único de toda la civilización, entonces se torna necesario poder vislumbrar qué se derivó de un eurocentrismo dominador e impositivo y, a partir de allí, cómo no fue posible controlar la economía, la autoridad, el género, la sexualidad y, en definitiva, la subjetividad. O diciéndolo en idioma criollo, nos siguen vendiendo espejitos de colores. Y eso no es lo peor: les pagamos para que nos expliquen dónde queda Latinoamérica, cómo somos y qué debemos hacer. Así nos va.

Consta en el Archivo de Indias, papel sobre papel, recibo sobre recibo, firma sobre firma, que sólo entre el año de 1503 y el de 1660 llegaron a Sanlúcar de Barrameda 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata provenientes del saqueo, genocidio y expoliación de América. Oro y plata que se robaron hace 530 años que debieran ser considerados –como dice Luis Britto- como el primero de varios préstamos amigables de América para el desarrollo de Europa.

Lo contrario sería presuponer crímenes de guerra, lo cual daría derecho, no sólo a exigir devolución inmediata, sino a indemnización por daños y perjuicios. Lo malo no es que nos quieran vender espejitos, sino que se los compramos.

Al cabo de cinco siglos de negocio de toda la cristiandad, ha sido aniquilada una tercera parte de las selvas americanas, está yerma mucha tierra que fue fértil y más de la mitad de la población come salteado. Los indios, víctimas del más gigantesco despojo de la historia universal, siguen sufriendo la usurpación de los últimos restos de sus tierras, y siguen condenados a la negación de su identidad diferente. Pero de eso no se habla. Es más, quieren –euroccidentales y estadounidenses– quedarse con nuestros granos, nuestra energía, nuestro litio, nuestras costas… nuestro futuro, en nombre de la democracia.

Los latinoamericanos hemos estado por más de cinco siglos ciegos de nosotros mismos: siempre nos hemos visto por y con ojos extranjeros (fuimos entrenados para ello…), seguimos copiando formas y contenidos. Recitamos integración, pero no nos conocemos siquiera. No nos reconocemos en el espejo de nuestras realidades. En un análisis más exhaustivo, quizá no nos conozcamos dentro de nuestros propios países. Y eso es triste.

Desde el norte nos quieren convencer que somos altos, rubios y de ojos celestes. Es cierto. Pero también somos indios, mestizos, mulatos, negros, zambos, cuarentones, amarillos, parte de una diversidad étnica y cultural que ellos quieren borrar, al igual que a nuestra memoria histórica, y que nosotros nos préstamos a invisibilizar, copiándolos.

Pero, ¿cómo nos vemos nosotros? No siempre la culpa la tiene el enemigo. Decía Eduardo Galeano que no hay ninguna fórmula que te permita cambiar la realidad, si no empiezas a verla como es. Para poder transformarla hay que comenzar por asumirla.

Uno de los grandes problemas que vivimos los latinoamericanocaribeños es que desde el norte se han esforzado en destruir nuestra memoria colectiva, mientras seguíamos insistiendo en la denunciología y el lloriqueo. Una de las principales características del pensamiento crítico latinoamericano fue siempre la capacidad de mirar largo y lejos, oteando el horizonte. Cultivar la memoria es una cuestión básica para sobrevivir y crecer. No siempre todo tiempo pasado fue mejor. Tampoco peor.

No confundir esto con aferrarse del pasado, con ser retrógrado. Pero un pueblo que no sabe de dónde viene, difícilmente encuentre el camino para seguir adelante, afirmando las raíces, la cultura, la identidad. Lo triste es que hoy se disfraza con el nombre de pensamiento crítico al deletreo de una sucesión de coyunturas, en la que se apuesta por la política de lo posible, por el mal menor, por el conformismo criticón que termina ahogado en los océanos de los flujos de información, descontextualizados, desjerarquizados, sin ideas innovadoras. Suicida.

Varios de “nuestros” analistas que presumen de un pensamiento crítico, se amputan la autocrítica con la remanida excusa de no darle argumentos al enemigo. Por eso no se han visto críticas ni autocríticas del PT brasileño, del MAS de Evo, de Alianza País de Correa, del kirchnerismo argentino. Y si alguien se atreviera, seguramente lo acusarían de traición. El progresismo latinoamericano no ha hecho una autocrítica de sus gobiernos de tres o cuatro lustros atrás.

Estos tiempos de pandemia nos invitaron a superar el humanismo construido sobre la deshumanización de la mayoría y la explotación de la naturaleza. Estaremos nuevamente ante una nueva guerra cultural, que agarra a los sectores de izquierda en su –quizá– peor crisis del siglo, y sin capacidad para tomar las armas del enemigo para poder luchar estas batallas, que no se pueden ganar con arcos y flechas, sino con otras armas, como la capacitación, la tecnología y el manejo de la misma.

La verdad, la primera víctima

Decía Ryszard Kapuściński que cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante.

Lo cierto es que siempre fue muy difícil estar bien informado, pero ahora es peor, porque las redes suman más confusión y más ruido: no imponen una versión dominante (que sigue en manos de los medios hegemónicos) ni son –por ahora– el medio dominante.

La verdad es la primera víctima de la guerra, dijo Esquilo, 500 años antes de la era cristiana, cuando no existían diarios, televisión ni redes sociales… apenas palomas mensajeras. Cuando se declara la guerra, la verdad es la primera víctima, dijo lord Ponsomby. Durante llamada Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill, habano mediante, afirmó que la verdad es tan preciosa que debería ser protegida por un guardaespalda.

Hoy en plena época de los fakesnews y shitnews (noticias falsas o mierdosas), manipulaciones, imposición de imaginarios, big data, televisores pantalla grande para recibir contenidos manejados por las megaempresas de acuerdo al perfil que cada uno va autodiseñando en las redes sociales, habría que eliminar la palabra verdad de nuestros diccionarios.

De nada sirve tener medios nuevos, si no tenemos agenda propia cónsona con el mensaje que queremos que reciban nuestras comunidades —el cual ellas alimentan—, nuevos contenidos y no dejamos de copiar las formas hegemónicas. De nada sirven medios nuevos si no creemos en la necesidad de vernos con nuestros propios ojos. Porque lanzar medios nuevos para repetir el mensaje del enemigo es convertirse en su cómplice.

Comuniquémonos
La comunicación es estratégica en la construcción de poder popular. Nuestros medios populares son espacios arrebatados a la hegemonía y cuanto más fuertes, más importante es la construcción para generar consenso alrededor de los proyectos populares, circular otras formas de ver el mundo, otros valores que puedan enfrentar el sentido común dominante.

La información no es un reflejo de los hechos sino que, por el contrario, es un relato de los mismos y, por lo tanto, producto de un proceso de construcción, desde una forma determinada de ver las cosas, desde la selección del tema, del lenguaje utilizado, de la selección de imágenes y/o sonidos. Son las personas que producen los mensajes quienes deciden qué hechos se convierten en temas a difundir, quiénes serán los protagonistas y los antagonistas, cuándo y por qué.

Los medios de comunicación no reflejan la realidad, sino que la construyen. La comunicación (que significa poner en común), como hecho cultural, está vinculada a las formas de percibir, entender, imaginar y actuar que tenemos, es buscar el encuentro con el otro y los otros para construir significados comunes teniendo en cuenta los conocimientos, las experiencias, las realidades propias y las de los otros.

Las organizaciones sociales cumplen un rol fundamental en la vida de la comunidad, producen significados, símbolos, mensajes, y en ese proceso van descubriendo su capacidad de intervenir en su comunidad, de producir información valiosa para ella y a la vez construir con otros y otros espacios de diálogo y participación. Las diferentes formas de organización a nivel barrial o vecinal nos muestran la necesidad de expresión colectiva.

La comunicación comunitaria, popular y educativa no posee una definición única y consensuada, sino que es producto de una praxis, de un largo proceso de síntesis cultural, social y político comunicacional, que involucra participación, interacción y encuentro con la comunidad. Su horizonte es la resistencia o la transformación de los procesos sociales hegemónicos y, por lo tanto, las asume como formas de contrahegemonía.

A través del intercambio comunicativo, los actores sociales generan conocimiento, desarrollan su acción política en la sociedad y cómo todo ello se transforma en significaciones que, en medio de la lucha simbólica, buscan constituirse en sentidos socialmente predominantes.

Comunicación popular
Las prácticas de comunicación popular —sindical, indígena, comunitaria, de voces surgidas desde la resistencia, gritos revolucionarios— fueron siempre manifestación de un proyecto emancipatorio, de búsqueda de cambio, de liberación de los sectores que sufren cualquier tipo de dominación. Surge para disputar, para alterar, interpelar, discutir el orden dado en el campo de la comunicación y la cultura, para alterar las relaciones de dominación que son propias y constitutivas del modelo de comunicación y dentro del modelo de sociedad capitalista.

La prensa independiente y alternativa con perspectiva popular es un escenario consolidado en la construcción de diálogos intersubjetivos, intergeneracionales e interorganizativos, posibilitando comunicarnos, colectivizar la opinión, construir conciencia y propiciar mejores niveles de participación o democracia directa.

Su deber es develar la mentira y la manipulación que imperan en la prensa hegemónica, máxime cuando ésta ha sido una de las patas de los gobiernos impuestos por las castas económicas y políticas en toda la historia del país, y que intentarán abortar cualquier atisbo de poder popular en ciernes.

Sabemos que una cosa es acceder al gobierno y otra la toma del poder: para que se gobierne para todos, los medios populares están llamados a tener un rol formativo e informativo por demás importante y para ello deberán desarrollar —más allá de lo que pueda hacer el gobierno— una estrategia comunicacional acorde con las urgencias del momento.

Se hace indispensable, por parte del gobierno, una revisión de las concesiones de emisoras radiales y comunitarias, así como de las pautas publicitarias —que hasta ahora han engrosado las arcas de los medios hegemónicos—. Tomarse en serio la democratización de la información, poniendo coto a quienes convirtieron la libertad de expresión y de prensa, en un libertinaje para lucrar a costas del Estado.

Quienes acceden a los medios populares, saben que más que juicios político-partidistas, pueden encontrar información comprometida con las causas y problemáticas de la comunidad, diferente a lo que puede venderles la prensa comercial desde el periodismo “neutro” o “apolítico”, que conscientemente engaña a la población y emite unilateralmente cual debe ser el único pensar posible como ejercicio de poder.

Generalmente insto a los jóvenes a que asuman su reto de matar dinosaurios. Ya nos alertó el escritor guatemalteco-mexicano Augusto Monterroso en el cuento más corto del mundo, de apenas siete palabras: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

Por todo eso, hoy saludamos efusivamente a los compañeros de Periferia, al cumplir la mayoría de edad, siempre comprometidos con la transformación de la sociedad, a través de la comunicación popular y alternativa en todo el territorio colombiano. ¡Salud!

Somos un proyecto de Comunicación Alternativa y Popular.

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