
Todo empezó en el 2009 estando en el grado 11º, y tuve que ir a prestar el “orgullo de los colombianos”. La citación llegó al colegio donde estudiaba, diciéndonos a todos que teníamos que ir al estadio de futbol de la ciudad de Medellín; ese lunes, luego de unas filas larguísimas y una espera donde el estómago empieza a quejarse por falta de comida y sin poder moverse de la fila porque nadie me quería cuidar el puesto, entramos a un cuartico donde nos realizaban los exámenes para ver si éramos aptos o no. Para mi mala suerte, los exámenes salieron buenos, “según ellos”. Inmediatamente me mandaron al camión; y yo que no llevé ni cepillo de dientes ni calzoncillos pensando que me salvaba. Cuando el camión estuvo lleno arrancó para el batallón Bomboná, en el barrio Buenos Aires, que colinda con el corregimiento de Santa Elena; solo alcancé a ver a mi padre por las rejas de madera y gritarle que no se preocupara que le llamaría y en esos segundos vi como lloraba.
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Al llegar, a eso de las 5 de la tarde nos dijeron ¡Bieenvenidossss!. Después nos metieron como costales bajados a la carrera del camión a unos dormitorios, gritándonos que era mejor que nos durmiéramos ya, que después lo anhelaríamos; yo no era capaz de dormirme pensando en lo que se le vendría a mi familia, en especial cuando le cuenten a mi madre, que sufre de leucemia; esta noticia la pondría más mal, además el tiempo que perdería de mi vida aprendiendo a ser hombre y a servirle a la patria como dicen irracionalmente.
Al día siguiente nos levantaron a eso de las 4 de la mañana, nos dieron una pantaloneta y una camiseta, con la orden de recoger todas las hojas del batallón. A eso de las 6 nos dieron el súper desayuno: un pan de 100 pesos y medio vasito de chocolate, e inmediatamente a hacer ejercicio y aprendernos todos los himnos y cánticos “del glorioso ejército de Colombia”.
Eso a mí se me hacia eterno, una monotonía. Me sentía como la lora del barrio, quuuieeerrree cacaooo; y así eran todos los días, iguales. Al jueves, cuando reclamé la media mañana, el cabo me dijo: si tiene tanta hambre cómase este bultico de galletas. Yo empecé, animado al ver ese poco de galletas, pero al probar la primera me di cuenta que estaban blanditas y con hongos; le reclamé al cabo que cómo se le ocurría darme eso malo y me negué a comerlas. Entonces me pusieron a “voltear”, término que se utiliza mucho allá, cuando lo ponen a uno a hacer ejercicio caprichosamente como castigo. Uno de mis compañeros no aguantaba el hambre y se comió un poco de galletas, todo el día se quejó del dolor de estómago y sólo buscaba la oportunidad de ir a los baños.
Cada día me llenaba de motivos para odiar el servicio militar, no aguantaba más atropellos y ver cómo se denigra la humanidad. Se me venían pensamientos de cómo escapar de allí, y fue así como empecé a mirar y analizar los sitios por donde podría salir, y me motivaba más para volarme cuando hablaba con mi padre que contaba que mi madre estaba más mal cada día; y yo que no estaba al lado de ella. Se iba a morir por culpa mía, pensaba equivocadamente, sabiendo que el culpable real era el Estado que me reclutó.
El viernes me levanté decidido a escapar. Había en la parte alta del batallón unos muros bastante altos que ya los tenía analizados, y me fui para allá después del desayuno, al momento de ir a cepillarse los dientes. Al llegar allí vi que había mucha guardia y no encontré el momento preciso. Incluso la guardia me detuvo preguntando qué hacía por allá, a lo que les respondí que estaba perdido. Cuando volví me pusieron a voltear porque llegué tarde a la formación; casi no aguanto el ejercicio. Todo el día nos metían la milicia por ojos oídos y la boca; hasta el sacerdote de allá hacía su buen papel de militar. Ese día nos mandaron a acostar a las 11 de la noche.
El sábado yo ya estaba desesperado y con esas ganas de irme de ese mierdero. Después que nos levantaron le hicimos la oración al tamal y a voltear. A eso de las 3 de la tarde llegó el duro de todos los batallones y mando a formar a todo el personal, sin excepción. Yo estaba en ese momento en el baño del contingente cuando empezaron a formar, se me entró una adrenalina que no sé cómo explicar, y me puse la ropa con la que había ingresado. Sólo cuando estaba bajando me di cuenta que estaban formando en el patio central, ubicado al lado de las escalas. Miré bien qué podía hacer y fue así como vi que en el tercer piso había una ventanita por donde cabía; sin pensarlo mucho me metí por allí, cayendo al techo de un caspete que daba al segundo piso. De allí me tiré al suelo y empecé a correr, me di cuenta que estaba en la zona donde viven los duros con sus esposas, y ellas caminan por esos lares todo el día. Pero sin importarme ellas yo corría mientras me miraban; yo corrí y corrí hasta llegar a los polígonos y sin pensarlo empecé a trepar el muro, de aproximadamente tres pisos, y en la parte alta me esperaba un alambre de púas. No sé cómo logré montarme y pasar los alambres. Cuando estuve al lado del alambrado miré por última vez hacia atrás, me lance a caer a un matorral y seguí corriendo. Del susto y la alegría no me detuve; creo que fueron unos 15 minutos.
Cuando al fin cansado, me detuve y me senté en una tienda, me di cuenta que apenas me acompañaban 300 pesos; compre un cigarrillo y lo fume lentamente, con lágrimas en los ojos: había recuperado mi libertad, mi vida.
Le pregunté a la señora de la tienda dónde podría coger un bus para ir al centro y ella me dijo que el más cercano pasaba por el batallón. Casi me pongo a llorar de las ironías que tiene la vida, pero en ese preciso momento bajaba un taxi y sin pensarlo dos veces lo cogí. El señor del taxi me preguntó hacia donde me dirigía y pedí que me llevara a Belén y lo que hizo después fue preguntarme si yo tenía plata, ya que eso quedaba muy lejos. Claro, le dije, sabiendo que ya sólo me acompañaban 100 pesos. Al llegar donde mi abuela me abrió mi padre y se le encharcaron los ojos al verme y me dio un abrazo. El taxista era pitando para que le pagara los 18 mil pesos que había marcado el taxímetro.
Mi abuelita se puso toda contenta, me dio una comida que me supo a gloria y libertad; después me di un baño como de 30 minutos, con agua tibia, y celebré con mis tíos y tías la escapatoria. Cuando llegué a mi casa, mi papa fue el primero en entrar; mi mama estaba sentada en la sala con mi hermana y mi sobrina, y al momento de verme se me tiraron a abrazarme y llorando me dijeron que me amaban. Les conté la historia y dormí con mis padres: ese día me sentí como un niño y llore, volví a mi vida.
Días después empezaron a llamar del batallón a mi casa preguntado por mí y hasta el cabo fue a mi casa, mis padres siempre decían que estaba prestando el servicio militar, me tocó irme un tiempo para una finca donde unos tíos, fuera de la ciudad. Cuando dejaron de buscarme volví a casa. Hoy, después de dos años, no he podido solucionar el problema de la libreta militar, pero eso no me importa. Soy libre.