Por: Camila Londoño Román
Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.
Constantino Cavafis
Realmente no estoy segura de si tengo un Ítaca. No sé cuál es el norte de mis pasos, pero caminan, están en movimiento. Migré hace un año y unos meses a España. Desde que estaba en el colegio me soñaba con estudiar en otro país, así que al terminar mi pregrado me postulé a una beca de maestría que en su nombre llevaba todo en lo que amo trabajar: cultura de paz, conflictos, educación… Había una certeza extraña cuando comencé los procesos: ya sabía que ese año me iría, aunque aún no había sido admitida en ninguna beca. Así, poco a poco, comencé a despedirme mentalmente de los lugares y de las personas.
18 de agosto de 2023
Me despido de los ojos de los árboles de Envigado.
De la torre de la Iglesia de San José.
Camino las calles delgadas de La Mina.
Me doy cuenta del andar,
de estar viendo.
Atisbo.
Soy consciente de estarme yendo.
O de estar agonizando,
de estar en este instante larvada —como decía Fernando—
porque cuando estamos larvados,
vemos.
Me despedía de Envigado, del centro de Medellín, de la Universidad de Antioquia. Intentaba capturar sus esencias y sentía con ojos nuevos sus cotidianidades. Era como si los viera por primera vez, pero, al mismo tiempo, los supiera tan cercanos que podía hacerlos míos con ojos nuevos.
Cuando una se está yendo abre más los ojos, es como si la luz a la que siempre estás acostumbrada se viera de otro color. Me despedía no solo de los lugares, me despedía de lo que más amaba: de mi familia, de mis amigas, de mis gatos, de mis libros, de una cotidianidad que era mía. Era raro, no había dolor al dejarlo todo, pero sí existía una nostalgia premeditada que sabía lo que iba a extrañar. Es una pequeña muerte; se sabe que la vida no volverá a ser la misma.

Una habitación propia de Virginia Woolf fue un libro determinante para abrirme aún más al deseo de mi libertad y mi autonomía. La figura del cuarto propio ―que nunca había tenido―, va más allá del espacio arquitectónico y comprende un mundo de individualidad que quería conquistar. Acercarme a sentir la posibilidad de estar conmigo misma de la manera más íntima posible. Así que comprimí mi vida en una maleta de 23 kg y otra de 10 kg. Al hacerlas te das cuenta de lo imprescindible; había separado una torre de libros que, al final, se redujo a tres. Lo mismo con los objetos y la ropa. Finalmente, todo puede simplificarse, se puede andar ligero, si se quiere.
21 de octubre de 2023
Escojo qué llevo
qué dejo.
Ahora soy
una sola maleta.
Mudo de vida.
Me separé de mi hogar ―familia, gatos, amigos, casa― para buscarme, para saber qué significa ser por fuera del nido. Me fui de la comodidad de la certeza, para ser en cualquier lugar. He descubierto algunos atisbos de ese significado que guardo en la intimidad o en conversaciones donde desboco todo lo que siento, intentando comprender la sensación de estar por fuera ―de estar tan adentro―. A veces se trata de detalles sutiles, de descubrir las maneras en las que me siento más cercana conmigo misma, reconocer las pequeñas cosas que nos componen, los hábitos que se van formando en la soledad.
Llegué a Málaga, España, una ciudad que me abrazó con el mar. Fue un lugar preciso para aterrizar mi vuelo: pequeña, para irme acostumbrando a los cambios, a una cultura que, si bien es cercana, tiene sus propios gestos. Siento que la quiero, que ha sido sumamente generosa conmigo. Aquí he tejido la posibilidad de expandirme y estar aún más cerca de mi corazón.
El extrañar
Suele hablarse de la crisis del migrante, dicen que tarde o temprano llega y se asoma como un extrañar punzante que carcome adentro. En mi caso, no ha estado o ha estado poco. Por supuesto hay momentos en los que aparece la nostalgia, pero no se trata de un dolor que señala de lleno la añoranza.
Quizás la parte más difícil de estar en la distancia sea acompañar tras una pantalla la muerte y la celebración de la vida. Mi tía murió mientras transcurrían mis primeros meses aquí, mi mamá se jubiló, mi hermana tiene su primera moto, mis gatos se siguen amando. Todo sigue ocurriendo, ya no soy testiga del pasar del tiempo y de la belleza en quienes amo. Me llegan fragmentos e historias. Finalmente, son renuncias voluntarias, estoy aquí porque lo deseo y por esa razón comprendo el significado de no poder tenerlo todo.

Hay quienes extrañan desde el primer momento y casi nunca dejan de extrañar con tal intensidad; hay otros que solo extrañan cuando escuchan o ven a quienes aman, u otros que, como yo, extrañan en instantes azarosos: me llegan imágenes repentinas ―y en esos momentos no entiendo cómo funciona la memoria, porque no se trata del efecto Proust; no es por un olor, ni por un sabor que se desata―. Aparecen de manera aleatoria: el escritorio con mis libros de poesía, la imagen del barrio en la mañana, el rostro de algunos vecinos, la loma para llegar a mi casa, alguna calle de Envigado o del Centro de Medellín, el paisaje sonoro: carros, buses, vendedores de fruta. Otras veces llegan imágenes más intensas: mi mamá y mi hermana desayunando en la cocina y sus carcajadas, mis gatos y sus maullidos. Me doy cuenta, entonces, que así es el recuerdo: caprichoso, azaroso, que aparece para punzar una cotidianidad que se creía olvidada, pero que, por supuesto, permanece como una piel interna. Pone imágenes para anclarme, de alguna manera, a una realidad paralela.
Se sabe convivir con esos relampagazos de nostalgia, sobre todo porque, en general, reconozco un sano desapego que me permite estar aquí en un estado de mucha tranquilidad, aunque, claramente, siempre estén presentes las incertidumbres por los próximos pasos. En todo caso, lo que siento es, en definitiva, un estado de libertad.
Migrar, viajar hacia adentro
Para muchos migrar lleva consigo un sacrificio ―se está en un lugar indeseado por el intento de alcanzar el ideal económico que supone ganar dinero en euros, enviar a la familia, comprarte una casa―. También está el migrante que no es migrante, sino desplazado forzado, el exiliado. Por otro lado, aquel que salió en condiciones más privilegiadas, el que tiene documentación al día y está lejos en su plena voluntad. En cualquier caso, se está por fuera, habitando una realidad que se aleja de lo que fue propio durante la mayor parte de la vida. Son nuevos escenarios y miradas. Por eso migrar es morir y nacer cada tanto; la pregunta de quién se es, hacia dónde dirigir los pasos, aparece con suma recurrencia. El movimiento es constante, la piel muta, se revelan formas y texturas propias que eran desconocidas. Migrar es volverse agua: fluimos, oscilamos, nos transformamos.
15 de enero de 2024
Demorarse
Morar de a pocos.
Así se inmigra.
Aún en ese estado que es de pleno movimiento no podría nombrarme nómada, ni tampoco arraigada. Quizás lo más cercano para describir la sensación es el intervalo del que habla Michel Onfray en Teoría del viaje. Poéticas de la geografía: “El intervalo genera por tanto una geografía particular, ni aquí ni en otro lugar, una historia propia, ni arraigada ni atópica, un espacio nuevo, ni fijo ni inaprensible, un tiempo distintio, ni medible ni plano, una comunidad nueva, ni estable ni duradera”. Es habitarse como la propia casa, sabiendo que donde se esté se lleva consigo la raíz, que no es otra cosa más que uno mismo.
Ya el máster ha terminado, el lugar seguro, la excusa del irme. Permanezco buscando la oportunidad de seguir expandiéndome. El viaje es movimiento desde adentro y, como todo movimiento, implica un proceso de desaprendizaje y aprendizaje nuevo, conlleva incomodidades y, por ende, formación. Siempre he creído y reivindico el valor de esos momentos punzantes como puentes más directos al conocimiento interno. Son aceleradores. Todos caminamos hacia adentro, sin embargo, hay momentos vitales que incrementan la rapidez de ciertos tramos: una muerte, una ruptura, un nacimiento, una pregunta, un viaje. De estos últimos hay unos que se calan muy adentro, otros que solo son belleza y aunque impacten en su presente, no se inmiscuyen. El viaje del tiempo lento, del que mira con cuidado y habita la cotidianidad, ese es el que destila, y al hacerlo deja aparecer preguntas inesperadas que surgen desde la plena necesidad de entender los cambios que, poco a poco, se van tejiendo internamente. Conocerse no es más que estar en diálogo consigo mismo y saber escuchar lo que traen los caminos, las personas, los lugares.

Todo esto me ha permitido forjar ―como si fuese una filigrana― mi adultez, esa mayoría de edad kantiana que implica saberse y hacerse cargo de sí con la entereza que aquello supone. El viaje es un estado de constante reflexión. Alejarse para tener perspectiva, para saberse, para mirar con otros ojos lo que se es, los pasos dados. Se viaja con el deseo de encontrarse, de aprehender cada experiencia, de citarse con la individualidad, con el descubrirse en realidades diversas y en ellas situarse: ¿cómo me enuncio ante el otro?, ¿de qué manera hablo de lo que soy, de ser colombiana?, ¿cuánto conozco de mi país?, ¿qué ve el otro cuando me nombro?, ¿cómo es mi raíz?, ¿hacia dónde continua el camino?, ¿cómo amo?, ¿cómo extraño?, ¿cómo cuido?, ¿cómo permanezco? Aprender a convivir, a soltar formas establecidas y ser flexible consigo misma y con los otros. Estar aquí me ha posibilitado reafirmar mi camino y aumentar el deseo de expandirlo.
7 de diciembre 2023
Me descubro en mi soledad poblada.
Recorriendo trechos antes desconocidos.
Conociendo vericuetos que me pertenecen,
viéndolos por primera vez.
Me siento, me descubro, me habito.
Soy la seguridad del andar.
El atisbar.
Soy conmigo y con todas.
Conforme a ese deseo, insospe- chadamente, el viaje inicial me trajo la oportunidad de tener otros viajes: casi dos meses en Senegal, llenándome completamente de un país que suena tan lejano, pero que está tan cerca de lo que somos como colombianos, todo el tiempo lo decía: tenemos el mismo corazón. Fui a hacer talleres, pero la vida me dio mucho más, ahora tengo una familia: una hermana, un ahijado y seres que se quedaron a vivir completamente en mí. Estuve en Marruecos una semana, en París un par de días, caminé por eñ Sahara y, poco a poco, descubriendo España. En definitiva, es muchísimo más de lo que sospeché cuando todo comenzó a mudarse.
Ahora en los momentos de más incertidumbre, o en conversaciones con los seres amados, aparece siempre la pregunta de volver. Para escribir este texto me preguntaba constantemente qué significa casa, ¿volver a casa?, ¿cuál es mi casa? Coincido con Fede cuando me decía que casa es todo aquel lugar donde uno siente que se ha transformado. Estoy ombligada a Colombia porque en ella he sido y tengo lo que más me compone y amo, la reconozco intensamente en mí, sin embargo, esto no supone ―hasta ahora― que es el lugar determinante del regreso. Llevo conmigo mis hogares, los amores que siguen latiendo con distancias y sin ellas. Quizás lo que aún añoro es que Ítaca siga estando lejos y pueda continuar descubriendo los vericuetos que hay en su camino. Sé que algún día recordaré con intenso amor que viví en Málaga, una ciudad con mar; que construí hogares, que pisé África, abracé un Baobab en Senegal y tejí mi corazón con tantos seres. Ser certeza de ser mi propio hogar, ser agua y aprendiz de pájara para seguir ampliando el vuelo.





