FICCIONES
Por: Johnny Salamanca
Ilustración: Alexandra Minota
La noche era fría, húmeda, y oscura. El silencio relativo de la selva ocultaba las órdenes que Taladro, el jefe de la cuadrilla y del territorio de Riohondo, gritaba con fuerza y cierto desprecio a sus subordinados. La misión era clara: José López, “Cósmico”, como lo llamaban todos desde que le encontraron algún parecido con el gato del bolsillo mágico, tenía que ocultarse, moverse sin hacer ruido que sonara humano, usar la noche y el silencio de la selva a su favor para sobrevivir esta noche, que sería la última de una vieja vida, quizá la primera de una nueva, o simplemente la última.
“Cósmico” fue tomado como rehén mientras volvía de Festival artístico y cultural en Nueva Italia, capital del departamento de La Rioja. Esto no fue una sorpresa, aunque no por eso fue un trago fácil para la familia, el colectivo artístico y la comunidad de Ríohondo que lo vio nacer, crecer, marcharse y volver. Desde pequeño, “Cósmico” mostró gran interés y talento por la música y la escritura, artes que siempre mezcló con su acción idealista de rescatar a su comunidad del yugo de “El Gordo Muñoz”, terrateniente jefe de una gran armada que empezó a formar desde su llegada al pueblo, y, posteriormente, del yugo de su hijo y sucesor Taladro. Aunque Muñoz era “malo”, de carácter fuerte y de acciones aún más imponentes, todos en la zona siempre creyeron que no era tan malo como Taladro.
“El Gordo Muñoz” llegó huyendo de la ley estatal y de la ley del monte hace unos 50 años, y, por alguna razón, ninguno de estos preceptos llegó a Ríohondo, porque al parecer no llegaba ni la mano de Dios. “Llegó con plata, y por esos tiempos, aunque aquí no había mucho de valor, fue el que empezó a darle valor de moneda a la tierra”, cuenta el mayor Crisanto, uno de los viejos más viejos de Ríohondo. En ese entonces, Muñoz llegó a comprar las fincas más fructíferas a precios que resultaron verdaderas estafas, y dejó de usar el nombre de Edgar Ortiz Cobo, que era la persona que buscaban cuando arribó a Ríohondo. Rápidamente acaparó las mejores tierras, y trajo algunos hombres forasteros para montar vigilancia y controlar los arrebatos del pueblo que de cuando en cuando le reclamaba su colaboración para causas sociales, como la construcción de la escuela, la reparación de un puente o la minga de limpieza del camino que lleva a la autopista. Retomó y creó alianzas y contactos que le permitieron vivir y hacer a sus anchas mientras tuvo vida, aunque no tenía tanta libertad fuera de su territorio. El “Gordo Muñoz”construyó para sí mismo y para quienes podían pagar con dinero, tierras, vehículos, animales, su cuerpo, o simplemente tenían alguna buena relación con él, los demás tenían que buscar otros modos de vivir sin atravesarse en su territorio. Al final se lo llevó un cáncer de estómago que lo tuvo postrado los últimos cinco años de su vida.
En ese lapso, su hijo, un chiquillo inquieto llamado Laurentino, terminó de hacerse hombre y de adoptar las estrategias de control y el territorio de su padre, a lo que sumó una sevicia propia que lo hizo más temido y sádico que su progenitor. Laurentino empezó a conocerse como “Taladro” cuando, en medio de un alegato en una cantina, hizo subir a un pretendiente de Anita, la chica que le gustaba, en una camioneta que él mismo iba manejando. Al pretendiente lo encontraron tres días después en la orilla del río con múltiples perforaciones en el tórax, las rodillas, y la cabeza, en las cuencas de los ojos y en la nuca. La investigación y reporte de las autoridades encontró que las perforaciones habían sido producidas con algo diferente a unos simples clavos, lo cual contrariaba lo que se pensaba en un principio. El patrón de las heridas sugería “rotaciones” al interior de las mismas. Además, se encontró la caja nueva de un taladro inalámbrico no muy lejos del lugar de los hechos. De Anita nunca se volvió a saber, aunque algunos dicen que se fue al extranjero con una tía, o que la han visto pidiendo comida a las afueras de algunos restaurantes en la capital.
Cuando el “Gordo Muñoz” decaía, designó a Laurentino, ahora Taladro, como sucesor y jefe de todo lo que controló antes. Ya no había que preocuparse por los perseguidores de su padre, sino por evitar que ahora lo hostigaran, por eso hizo jugosos tratos con militares y políticos para obrar a placer en su territorio, sin perder los contactos que previamente hizo su padre, logrando también extender su alcance y reducir las restricciones cuando se hallaba fuera de su zona. Estableció una suerte de cuota, que consistía en que las familias debían dar a uno de sus hijos o hijas para servir en la “empresa” de “Taladro”. Los hombres generalmente debían trabajar la tierra o cumplir labores de inteligencia y control territorial, mientras que las mujeres eran destinadas al servicio doméstico en su casona de la finca El Retoño, o explotadas sexualmente cuando eran de su agrado, aunque casi todas las chicas tuvieron que cumplir ese rol, incluso sin ser agradables del todo a los ojos del “jefe”, eso le dio un nuevo significado a su alias. También impuso el pago de otros impuestos como el arriendo, el impuesto de movilidad y los permisos de salida que debían asumir los comuneros de Ríohondo, so pena de ser desplazados, atacados o asesinados en secreto o ante los ojos de todos.
En ese mundo nació José López “Cósmico”, y a pesar de tanto impedimento y de tener todo en contra, su madre Juana supo hacer lo mejor que pudo para que el niño fuera feliz y que no le faltara nada. Su padre solo pudo poner la semilla, pues fue asesinado por orden de “Taladro” en uno de sus arrebatos de poder frente a no menos de 200 personas en la plaza del pueblo, mientras se celebraba el día de las velitas y casi todos, incluyendo a “Taladro”, estaban ya alcoholizados. “Cósmico” era muy niño como para recordar el suceso, y aunque ya mayor se enteró del hecho, nunca buscó venganza tal como la conocemos. Su venganza, según algunos que lo conocieron, sería evitar que otras personas pasaran por lo mismo, que eventualmente perdieran el miedo a Laurentino.
Las letras de Cósmico siempre tenían una sátira muy bien pensada y camuflada hacia “Taladro”, cosa que todos notaban, menos la gente de l jefe, hasta que un día, alguno se dio cuenta o le contaron, y este a su vez le contó al jefe, quien lleno de rabia hizo un primer intento de asesinato contra José, que en ese tiempo apenas pasaba los 17 años. Se salvó simplemente porque no estaba en casa, sino de paseo con doña Juana visitando a la familia en la capital, donde hubieron de quedarse por 10 años a riesgo de perder su vida. Afortunadamente para él, cuando ocurrió este suceso no había ningún pariente cercano en el pueblo, pues seguramente le hubiera tocado pagar los platos rotos. Lo bueno fue que ni a la capital ni a la familia llegaron amenazas ni intentos de ataques, pero el mensaje era claro: ninguno pudo volver de inmediato.
Después de ese tiempo, José “Cósmico” volvió a su tierra y, aunque parecía que había algo diferente, no hubo cambio en el poder que ejercía “Taladro” en la región. Durante los tres meses de relativa tranquilidad que tuvo “Cósmico” en Ríohondo, formó una pequeña escuelita de música y un taller literario donde los niños encontraron distracción y otra forma de ver la vida. Cuando fueron invitados al Festival Cultural de Nueva Italia, significó un gran logro para todos, pues era una forma de salir, aunque fuera por un momento, de todo el embrollo de Ríohondo. “Taladro” siempre estuvo al tanto de la situación, pero no le daba mayor importancia, nadie sabe por qué. El profe también sabía que cualquier cosa podría pasar, pero su espíritu y convencimiento propio fueron mayores a su miedo, además de que la “inactividad” de Taladro le daba cierta confianza. Sin embargo, cuando Laurentino supo de la invitación, planeó y ordenó el rapto, que en esencia consistió en enviar a cinco hombres fuertemente armados en medio de la noche para abordar el vehículo que regresaba del Festival, tomando a José y dejando libres a los niños y al chofer del vehículo, a quienes se les ordenó difundir entre la comunidad el secuestro de José López, el profe “Cósmico” de música de Ríohondo. Esa misma noche ya todos en el pueblo sabían o asumían que ya no lo verían más.
Desde que fue raptado hasta que apareció, corrieron cinco meses en los que fue trasladado de un lado a otro, de modo que, como un rumor en el aire más que una certeza, todos sabían quién lo tenía, pero no sabían dónde estaba, y el que lo sabía no podía decirlo, sino terminaría acompañando al profe.
La noche del 1 de noviembre, en el descuido lujurioso de sus vigilantes, que estaban embelesados con unas muchachas venidas de fuera, “Cósmico” encontró la oportunidad de escapar, y aunque débil, la tomó sin vacilar, de todos modos ya no había nada que perder. Esta situación lo agarró en una de las fincas más internas de la zona, por eso cuando salió de la casona de la finca, se encontró en medio de una selva que no reconocía, en una oscuridad que era ajena a la que conocía hace cinco meses, y un aire pesado que parecía quemarle los pulmones. Mientras tanto, “Taladro” ya enterado de la situación, salió él mismo a la selva con sus subordinados en la búsqueda del fugitivo. Cuando se fue a dormir, sus hombres continuaron con la tarea por unos días más.
“Cósmico” corrió unos tres kilómetros, se hizo múltiples heridas en las débiles y raquíticas piernas, y se habrá caído algunas veces, pues las contusiones y moretones en todo el cuerpo así lo sugerían, aunque no se descarta que algunos de estos signos fueran resultado de actos de tortura. Por el tramo recorrido hasta el lugar donde el rumor señala que lo encontraron, se cree que al salir de la selva llegó a un potrero abierto donde se intentó ocultar por tres días con sus noches, pues su estado al salir era demasiado malo como para suponer o asegurar que hubiera podido seguir con su escape por más de una luna.
Cuatro días después del escape, uno de los hombres de “Taladro” lo había encontrado desmayado, tullido y cubierto entre la hojarasca, un tal “Gato”, quien dio la noticia y posteriormente lo llevó en una moto hasta la casa del jefe. No se supo nada de “Cósmico” hasta la siguiente semana, cuando fue hallado con heridas en el mismo río que el pretendiente de Anita. Al igual que un caso anterior, la investigación arrojó que fueron infringidas con una herramienta parecida a un taladro. Los que fueran sus guardias en la noche del escape, ahora lo acompañaban también en su trayecto al más allá, porque “nadie juega con don Taladro”, decía el cartel que les encontraron pegado al cuerpo.
*Este texto fue escrito en uno de los talleres de la escuela de comunicación itinerante “Comunicar para el buen vivir”, desarrollada en 2024 por la Asociación Minga.






