Edición 180 Enero– Marzo 2025

Cosas que se mueren en el espacio exterior

0

Por: Natalia Bedoya Alcaraz
Ilustración: Átomo

María entra despacio al cubículo e intenta calmarse. Afuera tuvo la discusión de su vida con otros que a ella se le hacen tontos y prefieren dar vuelta atrás. Mira fijamente cada esquina desde su puerta de metal: todo se parece. Tiene el pelo ya tan largo que no puede respirar, todos están viejos sin saberlo. Hace años ya que la enfermedad del olvido pobló la tierra y se les pegó de las patas a muchos así como a ella, o eso es lo que dicen. Los montaron a todos en Polaris T45 directo al espacio, las noticias registraron una peste “peligrosa”. Pausa antes de entrar y encerrarse de manera definitiva en la habitación. La discusión fue casi trascendental: ¿alguien le robó su moño rojo? Porque no lo encuentra en ningún lugar.

Se sienta y trata de entender qué significa y por qué nadie le dio razón de él. Hace un recuento de todas las cosas que ha perdido: los dientes, las llaves de su apartamento, su bici cuando tenía seis, el corazón, la última canción que escribió, sus piedritas de colores, los amores de su vida, una que otra materia en la universidad, varios recuerdos de tardes “inolvidables”, el olor a su mamá y millones de monedas en cincuenta y tres años, antes de partir en la gran nave espacial. En los momentos más lúcidos logra hacer esa lista y otras más: quién era su madre, su padre y su hermana. En qué ciudad del mundo vivía, los museos visitados con su perro y algunas capitales; pero no siempre es así. De alguna manera había empezado a olvidar, sin saber por qué ni cómo. Alguien decidió por ella y otros miles contenidos allí, sin previo aviso ni respuesta alguna sobre algún posible regreso, tratamiento o futuro destino.
María mira la sábana azul y la cómoda almohada en la que llega, a veces, a descansar. Siente un dolor fuerte en el pecho que no tiene explicación. Sabe en el fondo que en el mundo de antes desaparecían los muertos, y que ella es un muerto, aunque no sepa muy bien qué es estar muerto. Casi todo el tiempo hace eso: confundirse entre estar loca o no en el vacío abismal de la galaxia. Pasa media hora y sigue sin el moño rojo que le daba esa certeza. A ella le gusta creer que amó a alguna niña bajita, pecosa y cachetona que se peinaba con él, pero no sabe de dónde viene esa imagen. No sabe tampoco, que lo que comparte cada día con los otros, los “tontos”, son alegatos entre cientos de humanos inyectados en la operación Orión: no más recuerdos tristes sobre la guerra.

María se asusta antes de recostarse y cerrar los ojos, siente que, al despertar sin ese tesoro, ya no volverá jamás la cordura, que se perderá para siempre, que en la tierra perder era una opción; sin embargo, afuera, en el abismo intergaláctico, todo estaba contado y al perderlo saldría como los hombres “sanos” lo habían planeado: desaparecería.

Somos un proyecto de Comunicación Alternativa y Popular.

Escuchar los silencios

Previous article

Hay de desquites a desquites

Next article
Login/Sign up