Edición 178 Julio - Septiembre 2024

Un mago en las periferias

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Por Tomás Campuzano y Luckas Perro

Pensábamos que lo único que nos juntaba era el cine, pero vaya sorpresa nos llevamos cuando nos enteramos que cada uno por su cuenta y a su manera había sido tocado por la luz que emanaba del rostro y las manos de Federico Carrasquilla. Éramos dos personas más que podíamos dar testimonio de ese pequeño milagro. No queremos darle categoría de un santo, que bien podría tenerla en las “reglas” de la cuestionada iglesia católica. En términos arquetípicos, Fede era un loco o quizá, para mayor precisión, un mago. Un ser con fuerza, determinación y amor por el otro, que irradiaba cambio, transformación, e inyectaba en quien estuviera a su lado ganas de renovarlo todo y de amar con mayor ahínco la vida. “Yo no he hecho nada”, decía con una gran sonrisa cuando se le preguntaba por su trabajo con las comunidades, “fueron ellos quienes descubrieron sus capacidades”.

Luckas, uno de los autores de este texto, creció en el barrio Popular 1 y pudo conocer de primera mano los últimos años de trabajo que tuvo Fede en la parroquia de la Divina Providencia. Posee en su memoria algunas imágenes de lo difícil que fue para la gente decirle adiós a quien fuesu mentor y guía durante tantos años. La orden venía de sus superiores, que siempre lo vieron como un problema, y para Fede supuso también un rompimiento con la gran familia que había creado allí. Sin embargo, era una manera de poner a prueba su metodología, y esto significaba que el trabajo que se venía desarrollando para el mejoramiento de la calidad de vida de la gente no se detendría, y así fue. Los sacerdotes que lo reemplazarían eran conscientes del espíritu que Fede había dejado allí y buscaron mantener esa llama viva. El templo de la Divina seguiría fungiendo como centro cultural y espacio de debate sobre los problemas que la comunidad debía enfrentar. Fueron días de mucha violencia en las calles, pero también de mucho amor entre la gente. El pequeño Luckas se unió a los grupos de niños y luego a los juveniles, así como al grupo de teatro del barrio, experiencia clave para luego querer dedicarse al cine.

Tomás, la otra voz en este texto, conocío a Federico hacia el año 2019, pero llevaba mucho tiempo esperando ese momento. Su padre, Joaquín Campuzano, había sido también sacerdote y había estudiado por la misma época que Fede en la Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica, lugar insigne para la formación de otro mago, el sacerdote Camilo Torres. Con aquel mismo espíritu de entender a Jesucristo como un sujeto pobre al servicio de los pobres, trabajaría durante varios años en la parroquia de La Estancia, eje de convergencia del sector de Caicedo y de gran parte de la Comuna 8 de Medellín. Al ser trasladado de parroquia, por los mismos móviles que Federico, a Belén Fátima, conocería allí a Gloria Montoya, de quien se enamoraría y por quien decidió retirarse del servicio y formar una familia. Pero las cosas no serían así de fáciles. La arquidiócesis de aquella época, fuertemente conservadora, había declarado su batalla contra todos aquellos sacerdotes progresistas que estaban poniendo en jaque a la institucionalidad. Sería Fede quien les expresaría estar dispuesto a darles la bendición, eso sí, sin mucha pompa, para no levantar más comentarios de los que ya levantaba y de los que el cardenal López Trujillo estaba siempre al tanto, como si de una policía secreta se tratara.

El 13 junio de 1983, llegaron a la parroquia de la Divina Providencia Joaquín y Gloria muy bien vestidos, con algunos amigos y un fotógrafo, es decir, sin el recato que Fede les había pedido. El ritual se dio y las fotografías no tardaron en llegar a manos del Ojo superior. “Las reglas no pueden estar por encima de lo humano”, diría Fede como una máxima que acompañaba su trabajo con la gente y un juego de palabras que no dejaban de resonar. Joaquín murío años después, pero su sensibilidad hacia los demás quedó como una clave que llevó a Tomás por el camino del cine y el laberinto de los archivos fílmicos.

Luckas, por mantener la tranquilidad entre su familia católica y la de su esposa, de abolengo marxista materialista, decidió bautizar a su primer hijo, eso sí, con la condición de que fuera Federico Carrasquilla el oficiante y que se realizara en la Divina Providencia. La oportunidad se presentó. Días antes del ritual, Luckas se reunió con Fede para conversar. El mago insistiría en que la fuerza de este ritual no estaba en la idea de que el recién nacido se adscribiera a una iglesia, era ante todo una celebración de la vida. Tomás sería el padrino del pequeño que aquel día sería bautizado como Damián. Y lo más emocionante de aquella celebración era que Gloria, la mamá de Tomás, se encontraría con Fede, en el mismo lugar, treinta y cinco años después de aquel otro inolvidable ritual.

Hacia finales del 2023 tuvimos la oportunidad de visitarlo varias ocasiones en su casa ubicada en La Camila, un hermoso lugar que le abrió la gente de la cooperativa de construcción de vivienda solidaria que él mismo había fundado. Tomás escribió junto a otro colega una serie documental de tres capítulos que se llamó “El tugurio de dios”, donde a partir de un recorrido paralelo entre la materialidad de los archivos y el camino que atraviesa la basura, descubrimos la frontera entre lo digno y lo indigno, lo sucio y lo limpio. Una cartografía de una sociedad higienizada por nociones morales del bien y del mal, que adquieren nuevos matices en contextos de extrema necesidad. Una dimensión materialista (Marxista) de la fe, que deja de creer en el estado-providencia y asume lo comunitario como único escudo posible contra el prejuicio y el desprecio.

Para esto nos sentamos a escuchar y a grabar la voz y la memoria de Fede, quien nos contó sobre su época de seminarista y estudiante en Lovaina, su regreso a Colombia y su necesidad combativa de trabajar por la idea y la identidad del pobre. La edición de la serie apenas la cerramos hace poco. Un par de meses antes de la muerte de Federico, incluimos una secuencia que ahora recobra una fuerza inusual y que nos hizo encoger el corazón el día que asistimos a la misa por las exequias de Fede, que se hizo en el pequeño salón social justo en frente de la que fuera su última morada. En aquella acera cercada por una baranda metálica. Fede realizaba sus ejercicios físicos cada mañana, como se lo habían sugerido los médicos. Era hermoso verlo en esa suerte de rezo del rosario físico, en vez de camándula llevaba la cuenta de las series con unos palitos de paleta. Siempre tan austero en cada detalle, en su vestir, en las pequeñas cosas que lo acompañaban.

Una austeridad que será siempre el gran secreto de su magia.

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