Por: Mariana Toro Escobar
Fotografía: Estefanía Romero
¿Usted se siente sola? Le pregunté a la mayora mientras le zafaba el micrófono de su camiseta, detenía la grabación y vocalizaba con firmeza intentando disipar mi temor a ser imprudente. Pero, cómo no hacer explícita la sensación que me dejaba aquella conversación entre las paredes de madera de su casa, de las que resaltaba el cuadro de su nieta “enraizada” entre indio y afro; ya habían transcurrido casi dos horas de relatos, ella me invitaba a que le siguiera preguntando todo lo que quisiera, al pedirle que compartiera un canto que le gustara, eligió entonar en un alabao: ay, bendito sea dios, ay, se murió mi madre, sola me dejó, ay, se murió mi padre, sola me dejó. Lo detuvo para explicarme que “ahí va diciendo después de mi papá, mis hijos, mis hermanitos… Todos”. No recordaba si aún me quedaba agua, pero acercaba a mi boca el coco que ella le había pedido a un hombre que partiera para la visita; y entonces, “me siento sola, yo me siento sola”, fueron las palabras que me sacaron de mi desasosiego.
En una casa del inmenso Chocó había, ahora, dos personas sintiéndose solas. Yo había decidido adentrarme en la imponente y profunda selva del Alto Baudó para ser parte de la Caravana Humanitaria por la Vida, la Paz y la Permanencia en el Territorio, para la tarde en que conversaba con la mayora me sentía en una peregrinación: era el tercer día sin electricidad ni señal telefónica; el sexto sin sanitarios y bañándome en el río cuyas aguas no solo movían mi pelo enjabonado, también canoas llenas de plátanos; el segundo jugando descalza con los niños que, de vez en cuando, me contaban que “por acá estuvieron los muchachos, pero ellos no nos hacen nada, solo comen, duermen y cuando se van nos regalan los relojes”. Las narraciones eran tan despreocupadas como para evitar puntualizar si los muchachos aquellos eran del Ejército de Liberación Nacional (ELN), las Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC) o el Ejército Nacional. Las memorias de los niños, como el territorio mismo, en constante disputa.
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Bajo el sol chocoano fue como supe que la soledad, en medio de carencias materiales que contrasta con la exuberante naturaleza, no es un estado sagrado de superioridad espiritual y moral, sino una de las tantas expresiones de una violencia de clase estructural. En el noroeste de Colombia, la soledad no se parece a la libertad de mantenerse aislado para dejar de ser esclavo; por el contrario, la compañía es la mayor muestra de autodeterminación y liberación. Esta tierra es el hogar de comunidades que, pese a ser capaces de vivir en soledad, siguen estando sometidas a las salvajes desigualdades del capitalismo, contra el cual, la apuesta política es el cuidado y el reconocimiento de derechos. Dudando realmente de la existencia de este concepto, la libertad de la comunidad negra de San Francisco de Cugucho podría nacer del acompañamiento a sus proyectos y posturas autónomas, pero se encuentra socialmente excluida y abandonada desde las raíces de la historia que la hicieron germinar.
¿Y hace algo cuando se siente sola? Interrogué de nuevo para oír la voz de la mayora. “A veces me quedo quieta, me siento ahí, cojo respiración”, dijo señalando con su mano izquierda el iluminado balcón que funcionaba de antesala, el mismo desde el que se divisaba una extensa zona de palmas, de las cuales seguramente venía el coco que yo ahora estaba intentando partir para comer su pulpa. Ante esta situación, no me extrañó que ella quisiera que estuviera más tiempo.
Que caminar, luego un baño con hierba de Santa María, más tarde un bebedizo con hierbabuena y raíz de guayabo sea lo que en esta comunidad le da fuerza a la mujer chocoana para parir, me lo enseñó ella; eso sí, cuando no son “bajas de hueso”, porque cuando lo son y no hay elementos para “rasgarla” toca introducirle los dedos como si ocurriera un desgarro vaginal, y al final, una niña pequeña debe meterle el dedo en la boca a la madre para que haga fuerza y, con una arcada, expulse la placenta; así termina el ritual del nacimiento de la vida. Además de cantora, la mayora es partera.
El diploma del curso de partería, que hizo con unas monjas, se le quemó en un incendio, pero arraigada a Cugucho, tierra legada de su padre, de quien también heredó la práctica de los cantos en novenarios, ahora está educando a cuatro parteras más del territorio. “Eso le nace a uno”, fue la frase con la que concluyó su relato, en el que decía haber querido ser partera desde los dieciocho años, cuando no pudo evitar que una de sus dos hijas se ahogara durante el parto y que su muerte se le instalara en sus huesos como una inconsolable tristeza.
Casi un mes después de escuchar esta historia, estoy convencida de que, irónicamente, la soledad de una mujer que posibilita el poblamiento de su territorio es un síntoma de este sentir en toda su comunidad. Pero esto no es abstracto, se ve en la realidad concreta, pues la soledad toma la forma de la cucaracha que salió con impulso al presionar el succionador que le ayuda a los recién nacidos a respirar, aquel que me mostró la mayora luego de arrastrar, de una habitación hasta la sala, una pesada caja de plástico que contenía su equipo de partería. El ingenuo salto de este animal hasta el suelo demuestra que es insuficiente la atención en salud provista por la medicina ancestral debido al bajo reconocimiento económico de las parteras´, y a la muerte de mayores que interrumpen el legado de estos saberes. Además, el territorio no cuenta con profesionales que practiquen la medicina occidental, nombrada por la comunidad como medicina autoritaria, aunque sea la única capaz de curar la malaria, principal enfermedad del territorio. En este contexto, la soledad es, además, las nueve horas en lancha que toma viajar hasta Puerto Meluk para atender casos de gravedad, a través de ríos “adornados” en sus orillas por una que otra valla con pintas de las AGC.
Pero la soledad adquiere también las figuras del plátano y del queso en cada comida, que, a pesar de ser cocinada por fraternas manos de mujeres que controlan el feroz fuego de la leña, saben a una lejanía con la alimentación tradicional. “Pasó por el río Cugucho y Baudó, el veneno mató, yo no tengo la cuenta de cuántos peces, en un tiempo no había pescados… Así nos cayó esa peste”. Hace unos diez años, las aspersiones con glifosato afectaron la pesca, la cría de cerdos y los cultivos de maíz y arroz, esto cambió radicalmente la forma de alimentación de la comunidad. Lo que se agrava por la falta de seguridad y tranquilidad para sembrar o recolectar los cultivos. La mayora recuerda que en los buenos tiempos “había granjas, azoteas, y de ahí se cogían todas las verduras: el cilantro, el tomate, el orégano. Ya se consigue carne o pescado poquito y comprando”, pues el camarón, el cangrejo y el sábalo desaparecieron luego de aquella fumigación que perpetuó el aislamiento de una comunidad en la que ni siquiera existían cultivos de coca.
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La soledad aquí se mimetiza, ahora, en la silueta de balones de fútbol limpios e inmóviles; en ropa de talla pequeña perdida en la oscuridad de los armarios de los padres, cuyos hijos adolescentes se ven en la obligación de lanzar los dados de la suerte en la capital Quibdó o en cualquier región lejana de Colombia. La permanencia en el territorio es desafiada permanentemente por la deficiente educación, tanto primaria como secundaria, en Cugucho los jóvenes solo pueden estudiar hasta séptimo grado y si desean, o mejor dicho si pueden continuar con el proceso formativo, deben abandonar las selvas chocoanas y hacerse un lugar en la educación burguesa de las grandes ciudades que les exige un capital cultural privilegiado e irracionales lógicas de relacionamiento urbano.
Aunque parezca anacrónico, de minas antipersona y el ruido de los combates se disfraza la soledad de la comunidad, sobre todo en aquellas veredas donde las guardias afro e indígena han sido debilitadas por la guerra. “Cuando ellos vienen, nos ponemos a rezar, que el mal como llega salga, decimos nosotros”, sin embargo, la salida que la mayora evoca se ha dificultado en los últimos años porque la zona, que históricamente ha sido controlada por los elenos, está siendo disputada por los paramilitares de las AGC. Esta disputa ocurre a la par de que en Bogotá alardean sobre un llamado posconflicto, pero en el territorio cuentan que “si el Consejo Comunitario no arregla un problema, vienen la guerrilla o los paracos y lo arregla”. Lo único que al parecer puede replegar por momentos las incursiones bélicas es el lazo comunitario organizado, el mayor adversario de la esclavitud armada.
Debo decir, también, que la soledad yace en los numerosos y fríos cuerpos de quienes han decidido suicidarse; en la voz de los familiares que claman por acompañamiento psicológico para los jóvenes que no solo nacen y viven en las orillas del río Baudó, sino en las periferias de todo un sistema económico, sociopolítico y cultural que no atiende sus necesidades emocionales, trastocadas siempre por la bestial estructura capitalista que enferma las mentes. Quizá sea este el motivo por el que además de partera, la mayora es cantora de alabaos fúnebres: suyas son las primeras palabras cuando florece la vida, suyas son las últimas palabras cuando se marchita. Luego de palpar la soledad en vida, la idea de trascendencia resulta una posibilidad de compañía en otro plano, y no hay, entonces, práctica más dignificante que pasear los cuerpos en balsas por las aguas y construir altares de despedida después de nueve días de suplicio humano, momentos antes de un encuentro divino.
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Tal vez la soledad emocional ha destrozado a tal punto los lazos de hermandad que es un sinsentido creer en los humanos, y resulta necesario creer en San Francisco, aquel santo encontrado en una mina de oro en la comunidad de Raspadura llevando un letrero en su espalda que no podía verse, porque “él lo sigue con la mirada a uno y cuando la gente intenta escribir la oración que tiene en el letrero se le van borrando las letras del papel”. El mismo que le hizo a la mayora el “milagro” de regresarle una cría de marrano que había perdido cuatro meses atrás.
A propósito de la muerte, de la promesa de una forma de libertad como antítesis de toda una vida en soledad, al momento del nacimiento, en Cugucho se enterraban los ombligos de los niños bajo una palma de chontaduro, coco, o de un palo de papaya. Al crecer la planta, para ese nuevo ser brotaba de ella la conexión comunitaria que recorría senderos míticos por la tierra húmeda y se concretaba en la hermandad y la integración. Ya no, ahora el ombligo se echa río abajo y el sentimiento de aislamiento inunda las almas que mueven los pies, que hoy parados sobre Cugucho ven difícil poner a andar sus proyectos colectivos apartados del interés nacional.
A diferencia de la construcción neoliberal que oferta la soledad como el mayor tesoro individualista de la humanidad, por medio del cual alcanzar una posición privilegiada o de “resistencia” para lograr la autorreflexión que constituye una supuesta subjetividad auténtica, lo que desea San Francisco de Cugucho es el goce social y la apropiación sensible del mundo que convierte a los órganos individuales en órganos comunitarios que ven, oyen, huelen, contemplan y aman, que con sus sentidos universales resquebrajan la soledad.
Estas letras las escribo como oda a la compañía mientras observo a niños con sus madres lavando loza en el río; mientras recuerdo a los gatos que vi juntando sus cuerpos sobre una sábana roja en la entrada de una las casas para gozar del único rayo de sol que, en forma de triángulo, se colaba por los techos. También pienso en la mujer con vestido azul, vecina del lugar donde dormía en las noches, la que viéndome intentar entretener a más de quince niños, salió de su casa para ayudarme y logró que los balcones de los callejones se llenaran de espectadores que entre risas gozaban del espectáculo infantil.
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Intentando recogerme el cabello lleno de sudor, miro hacia un costado y diviso a un hombre con chaleco verde que me recuerda, además, a las sesenta personas de la Guardia Indígena del Alto Baudó, las que viajaron en lancha desde sus territorios por varios días, las que cuidaron la caravana y las que compartieron sus experiencias con otras guardias. Evoco además las competencias de champeta que reunieron incluso a los ancianos en el salón comunitario. Pienso en mis compañeras de la caravana esperándome cerca al río en medio de la noche para no dejarme sola en la oscuridad mientras yo terminaba de orinar en la arena. Y, finalmente, retorno al inicio pensando en la mayora regalándome un coco para que el calor del Chocó no me chiflara la mente.
Con todo esto, recuerdo el poder curativo de la comunidad, que, a pesar de los estómagos vacíos y el sufrimiento, resiste y su fuerza comunitaria le exige a la sociedad colombiana su derecho a ser escuchados, a sacar sus voces de los ecos que retumban entre los vehementes árboles de la selva pacífica.