Adriana Román, abogada, migrante colombiana de Medellín a Caracas. Entrevista realizada el 7 de agosto de 2021
- Texto publicado en el libro “El horizonte en mis ojos, el llano en mi corazón. Relatos migrantes entre Venezuela y Colombia” Compilado por Alberto Preciado. 2022
¿Por qué decidiste irte para Venezuela y cuándo fue eso?
Cuando uno decide emigrar, en mi caso, fueron como muchos factores que confluyeron y coincidieron. Esa coincidencia tiene que ver principalmente con un agotamiento político y una disminución de mis ilusiones, como muy agotada en términos de no ver otro horizonte de bienestar y colectividad, trascender la resistencia, tener y vivir una mejor vida.
Y ya en la ciudad neoliberal me empecé a sentir incómoda, pienso que ya extrañaba demasiado esa vida común, que en algún tiempo en el barrio sentí la vida comunal. Ese anhelo de tener un tiempo para un café, conversar con la gente, encontrarnos y soñar, y cada vez a medida que va pasando el tiempo y los años veía que eso era cada vez más estrecho, y que el triunfo de esa subjetividad neoliberal se hacía más fuerte.
Posteriormente, pasaron muchas cosas en el terreno personal, que también me pusieron a tambalear en lo político y en lo emocional, y me quedé muy suelta. Además, tuve unos casos jurídicos fuertes y eso confluyó en una historia personal ruda, entonces llegó ese tiempo, bueno, ya había venido a Venezuela, ¡me gustaba!
A Chávez siempre lo había seguido, y en el 2011, digamos, con un compañero de estudios de la especialización que conocí en el 2004, con el que me mantuve siempre en contacto…. Así que cuando vine a Venezuela nos vimos aquí, fue una amistad y un cariño a distancia que se mantuvo hasta el 2001, fecha en la que decidí irme para allá. Yo estaba como muy, muy perdida y lo invité a Medellín a visitarme. En ese tire y afloje no me encontraba, no me hallaba en la ciudad, en sus lugares. No me reconocía, habitaba esa ciudad muy triste con un sentimiento de derrota de lo que uno ha querido, así que de repente me quería ir a viajar y consideré Caracas, eso fue como una luz en mi camino. En menos de quince días armé el viaje, ya el 1 enero del 2012 me dispuse a viajar. Cerré la oficina en la que tenía un grupo de abogados y de compañeros, lo decidí rápidamente. Les dejé los casos, llamé a los clientes, dejé los archivos, el pago del arriendo y como si me estuvieran persiguiendo, salí corriendo el 12 de enero.
Esa decisión, claro, fue una especie de huida, porque justo en ese 2011 empezó todo. Inicié unos episodios de ansiedad y, aunque la traté de muchas maneras, todas las formas de lucha…, y aunque el médico me decía que mi buen humor me podía salvar, estaba escuchando voces y le dije: ay no, ¿qué tengo que hacer para no escuchar voces? Y después empecé con una feminista jungiana y con ella hicimos como muchos ejercicios de respiración, pero también ejercicios como de reinvención, de ver una necesidad que yo tenía.
No me lo dijo directamente, pero sabía que necesitaba reinventarme, tener esperanza, buscar otro lugar, salir de ese entorno… Y si, salí, salí corriendo ¡No me estaba persiguiendo nadie! Porque cuando uno migra a Venezuela la gente piensa que por la forma como salí, en donde en menos de quince días dejé casi todo. Empaqué la maleta y me vine. Me despedí de mi mamá en la terminal. La ansiedad no me daba para tomar avión, decidí tomarme mi tiempo para venirme por tierra. Mi hermana me acompañó con una amiga hasta Caracas y desde eso hasta hoy aquí vivo, aquí estoy, aquí renací, me reinventé, y bueno, muchísima gratitud por la esperanza que otra vez se volvió a instaurar en mi vida porque me reinventé.
¿Cómo ha sido esa experiencia de ser migrante colombiana en Venezuela? ¿Algo así como lo bueno, lo malo y lo feo de la experiencia?
En ese tiempo también entró en crisis mi proyecto político, pertenecía a una organización política y comunitaria, la Red Juvenil, desde el 2009 se inició también una crisis organizativa muy fuerte en torno a las tendencias que se fueron agrupando. Hubo tensiones con el feminismo, el anarquismo, ya no había como algo que nos juntara, y ese que era mi referente, me dejó sin un espacio que de ayuda, digamos a sentirme parte de algo. Eso fue también parte de lo que influyó para que me viniera además de las razones personales, el contexto político y el amor bonito que encontré.
Bueno, como siguiendo el hilo de la narración, una vez me vine acá, pues estuve con esa ansiedad y tuve un tiempo que no podía salir mucho, o sea, estuve conviviendo con mi compañero, pero fue poco a poco que empecé a salir, a conocer y recrear los espacios, a verme en otro lugar, asimilando el cambio que tuvo mi vida de un momento a otro. Ya no tenía ese ritmo de vida, el de ir a trabajar, abrir una oficina de abogada, ir a unos tribunales, subir, bajar y escuchar mucha gente. Permanecía durante todo el día quieta, contrario a lo que antes hacía. Un día fui al médico, inicialmente me llamó la atención que no me pidieran cédula ni nada. Me atendieron y enviaron muchísimos medicamentos, muchísimos. En Colombia nunca, primero, va al médico y compra la mitad de la fórmula y segundo, pues nunca le mandan medicamentos de fórmula, siempre genéricos. Acá en cambio mandaron la fórmula, se la entregué a mi compañero y llega con una caja medicamentos de marca carísimos. Se podía acceder tan fácilmente a tantos medicamentos, sin restricción, sin tutelas, sin tener que luchar tanto, entonces eso me sorprendió.
Otro detalle importante era que no tenía papeles, estaba sin pasaporte y hubo una convocatoria. Llevaba mes y medio para una cosa de una consulta de paz y vida, y justo mandé mi hoja de vida, y me llamaron inmediatamente a la entrevista. Era en Chacao, justo otra colombiana que había estudiado en la misma universidad y se había venido a vivir aquí con un venezolano con el que se había casado. Yo no tenía cédula, me dijo: “sí tienes que organizar tu pasaporte si no, no te puedo contratar” y así pasó. A los veinte días me di cuenta que estaba embarazada.
Como desde el inicio fue todo tan sencillo, fluyendo tan fácil, me parecía sorprendente. Después me encontré con una amiga colombiana y ella ya llevaba aquí tres años, se había casado, tenía también sus documentos y trabajaba en Misión Cultura. Eso fue como los primeros años… Chávez estaba ese año enfermo, pero igual la gente estaba muy activa. Te conté que parte de mi motivación al venir aquí fue a su vez ver el proceso de cambio de la revolución bolivariana, el chavismo en auge, Venezuela transformada en ese reto del socialismo del siglo XXI que a mí me animaba mucho.
En Colombia no podría hablar duro de política, siempre bajaba el tono, era casi un murmullo, con miedo, aquí en cambio se habla duro. Tener como todo eso que uno traía de ese contexto colombiano, frente a este que se me mostraba: dialogar con otras cosas que pasaban aquí, sin temor, ni en la imaginación, ni de cerca se veía esto en Colombia.
En principio no tuve un sentimiento adverso hacia mi persona por ser colombiana, eso que siento ahorita hacia los colombianos. Otra vez es como de hace más o menos tres años para acá cuando la agresión del gobierno colombiano y de los Estados Unidos se agudizó, porque en los primeros años no fue así de notorio, posteriormente sí.
Conseguí un trabajo, me vincularon. Todo me parecía muy extraño porque fluía demasiado rápido. Presentaba mi currículo y tenía los papeles y pasaba inmediatamente, fui recomendada por una amiga que ya llevaba mucho tiempo aquí. Me llamó mucho la atención al comenzar a conocer más coterráneos que vivían en Venezuela, muy diversos ellos, pero en su mayoría mantenían la estructura económica que tenían en Colombia. Es decir, gente que tiene dificultades económicas y gente que aquí tiene bastante plata siendo colombiana, mantiene un estatus de privilegio fuerte en este país.
Recuerdo que cuando llegué había avanzado muchísimo la idea de la Gran Colombia, de disminuirle mucho a la prevención de los colombianos, hablar del pueblo colombiano diferenciado o de la dirigencia, de la oligarquía y élite histórica de Colombia. Creo que había de alguna manera frenado según historias que me cuentan de personas que estaban antes de eso que sí había una gran discriminación hacia la migración colombiana y me sorprendía la cantidad de gente colombiana.
Aquí hay personas que son venezolanas, pero que muchos de sus familiares, por ejemplo, su mamá o abuela son colombianas, y a veces me parecía bien simpática esa división porque de verdad que es mucha gente que tiene raíces, un parentesco o que vino de Colombia y que ya aquí es venezolana, que tiene generaciones de venezolanos y venezolanas, pero sus familiares también tienen familiares colombianos. Me parece como simpático, como llamativo y me imagino que llama bastante la atención que por algunas épocas se alborote esa diferenciación, cuando realmente viene desde hace mucho rato esa juntanza entre la colombianidad y la venezolanidad, o sea entre los pueblos, ¡somos hermanos!
Ya cuando fui ingresando a trabajos, haciendo amigas venezolanas y ya teníamos confianza, me decían algo como: ¡uy! ¡De verdad, que yo tenía mucha prevención con los colombianos! Tu eres la primera colombiana que conozco que es como es… Y pues, siempre me llamó la atención esa representación que tenían de nosotros, ¿cómo es que éramos los colombianos ¿cómo nos veían? ¿qué proyectábamos?
Un asunto que le llamaba la atención a mis amigas venezolanas era que, independiente de todo se tuviera ese sentimiento tan de amor hacia Chávez. Cuando me vine para acá admiraba mucho a Chávez, incluso desde antes, desde el 99. A él lo seguía por internet, cada vez que en Colombia le decían loco, me llamaba mucho la atención. Recuerdo el golpe de Estado en el 2002, le hice seguimiento. Yo estaba en Europa, iba en un carro y me acuerdo que, el taxista que era de la India me contó lo del golpe “contra el comandante Chávez”. Para mí era como muy sorprendente que alguien, digamos un migrante en Alemania supiera de Chávez y se entristeciera porque le habían dado un golpe de Estado. Esto ya marcaba algo diferente, uno decía, acá está pasando algo, entonces cuando llegué aquí, muchos extranjeros teníamos ese mismo sentimiento por Chávez.
Cuando llegué aquí tenía muchas preguntas. Uno cuando es migrante llega con muchas preguntas, a veces con prejuicios, a veces a cuestionar cosas sobre las que no sabe mucho. También le pasa a uno, por ejemplo, en la política: yo no entendía al principio cuando Chávez decía, “ya no soy yo”. Mirado desde la óptica colombiana, para uno era como que estaba siendo egocéntrico, se autorreferenciaba o era personalista. Es decir, no entendía todo lo que había detrás de ese simbolismo y la fuerza que había era que Chávez representaba toda una colectividad, y lo que eso implicaba lo fui entendiendo después. Entonces pienso que cuando uno migra, migra con muchísimas cosas, su historia personal, su carga, esa historia de ese país donde vivió, con toda la construcción simbólica y de contenidos que le dan los hechos y a las palabras, y la política y venir a otra parte es casi que vaciarse y volver a llenar de contenido un poco de relatos.
Y bueno, mis razones de migración son que, aunque en Colombia —asombrosamente—, yo tenía resuelta mi vida económica, la promesa del capital medianamente asegurado y el ascenso social por ser abogada, por haber estudiado una especialización, por haber litigado en un mundo que me conocía por mi trabajo, realmente, no podía con la tristeza que sentía en ese tiempo. Se me había metido una tristeza histórica que, a pesar de la comodidad económica, no podía resolver. Así que creo que, mi migración también fue mucho por ese asunto de buscar esperanza, cambiar mi estado de ánimo, volver a vibrar, sentirme estable, sonriente y feliz, ¿no? y creo que ese objetivo lo logré.
¿Cómo viviste la muerte de Chávez?
Ese 2012 me vengo para Venezuela y recuerdo que los comentarios que siempre hacía la gente eran: “bueno, viniste en una situación difícil”. Migré a buscar esperanza y emoción, una forma de llenarme nuevamente de motivación emocional y política, y bueno, ambas cosas están llenas de emociones, ¿no? Lo personal y lo político son parte de una misma cosa que se va juntando.
Ese año yo vine por eso, tenía esa ansiedad y mi compañero siempre trataba como no decirme muchas noticias, de no alertarme mucho sobre el contexto. Yo, claro, estaba supremamente confiada que Chávez iba a ganar las elecciones y no me cabía en la cabeza otra cosa y a veces había gente que dudaba por las condiciones tan difíciles. Y le preguntaba a mi compañero y le decía que, “no podía creer que yo fuera a llegar para vivir una derrota o para ver derrumbarse un proyecto. Ahí sí me desmoronaría completamente”.
Empecé a ir a las marchas, me vinculé a Misión Cultura, viví la emoción de esa campaña, viví la emoción de escuchar a Chávez, de verlo en la calle. Tengo anécdotas como preguntar cuando salía de mi casa en un barrio, si podía salir de la casa con la camiseta de Chávez o me la tenía que poner en la marcha pensando que me iban a linchar, o que me iban a hacer cualquier cosa. El movimiento era masivo y me encantó estar incorporada, y vivir, vivir, verlo, toda esa emoción. Lo de Chávez fue… yo estaba recién parida, mi hijo nació el 18 de diciembre de 2012 y ese ocho de diciembre cuando él dice que se va, ya no vuelve a salir pues uno quedó como con la inquietud, también con la esperanza de que se iba a mejorar. Siempre muy contagiada de un realismo, pero como, generalmente, las personas decían que él salía de esa, nunca lo imaginé.
Ese 5 de marzo es el cumpleaños de mi compañero. Mi hijo tenía dos meses y medio, yo estaba preparando una sorpresa: una tortica, un pollito y tenía prendido el televisor —nunca olvidaré esa noticia-. Estaba amamantando a mi hijo cuando veo a Nicolás Maduro dando semejante noticia. No podía parar de llorar, mío pobre hijo se iba a ahogar porque las lágrimas le caían encima mientras lo amamantaba. Así pasé dos semanas, llorando, con muchas ganas de ir a hacer la cola. Mis amigas iban, pero como yo vivía en un lugar que eran como 200 escalas para bajar y subir con un niño muy pequeño, nunca me despegué del televisor y el llanto nunca paró. Fue un sentimiento de pérdida, de orfandad, como una pérdida colectiva, era un duelo colectivo. Era impresionante sentir cómo le dolía a un pueblo completo, como si fuera el propio padre, un familiar, alguien que uno ama demasiado y se va.
Posterior a eso empiezan nuevamente las agresiones, las tensiones políticas y prepararnos para unas nuevas elecciones. Eso de verdad fue el preámbulo de lo que vendría, lo que han sido mis días aquí. Es una montaña rusa de emociones, un altibajo. Suben y bajan, pero lo inesperado para que se imponga la vida, para que lo milagroso siempre sean a favor de las mayorías, de la vida, que no haya una guerra, que no ocurran desastres. Eso me ha gustado, me ha gustado que por lo menos las sorpresas no han sido como en un sentido completamente trágico, porque hasta la muerte de Chávez fue poética por lo colectiva, un duelo acompañado, pese a sentir la orfandad del líder, de ese gran humano, de esa grandeza humana encarnada en ese cuerpo, en esa grandeza política de amor infinito por los pueblos. Esto nos hizo sentir que no estábamos solos, entonces el relato de sentir ese duelo colectivo, en común, con más personas, lo hace sentir a uno acompañado, además con fuerzas para retomar y revitalizarse y pensar que para delante, con el compromiso de continuar, continuar y profundizar lo que ya había, lo que se había iniciado.
Y creo que ese dolor, ese duelo como viví Chávez no es cómo perder a uno de los nuestros. Lo que quiero decir, es que no era solo perder al presidente, a un líder, era perder a alguien parte del pueblo, porque si algo representa el chavismo o fue Chávez en este proceso, fue el de ser siempre auténtico, parte del proyecto común, parecerse y ser pueblo, porque no basta solo parecerse hay que ser pueblo, y eso es lo que demostró siempre con ese liderazgo y con esa fuerza que le introdujo a la política. Elevó la estima de los pueblos, la forma de ser auténtico en y con el pueblo, por no burlarse de lo popular, sino elogiarlo, valorarlo y hacerse sentir parte de eso. Cada alocución suya, cada palabra que decía, cada anécdota, lo sentíamos como si fuera parte de la propia historia de cada uno narrada por el presidente.
¿Cómo ha sido ese tiempo después de la muerte de Chávez y el gobierno de Maduro hasta ahora?
Creo que estos ocho años han sido muy fuertes en materia del cambio, en ver cómo muchos conceptos de la política se redimensionaron. Entre ellos me he preguntado reiteradamente por el lugar de las oposiciones en la construcción de los Estados, en la estabilidad política de las naciones, el vivir bien, el vivir mejor. Esos postulados liberales hasta dónde están sobresaturados para realidades como la nuestra donde las oposiciones han ido y venido desde la vida democrática a sabotear, destruir lo poco que hay o no querer definitivamente ningún camino de la negociación, ni en el camino electoral. Así que me sigo preguntando…
Lo otro es que la vivencia aquí después de las crisis, y digamos, en la posición de una agresión matizada que tenían los gobiernos colombianos hacia Venezuela. Posteriormente, esa visión directa de agresión con una posición alineada a la política internacional de Estados Unidos.
Y resultado de esta situación he sentido que ha emergido nuevamente como un asunto hacia los colombianos, a la colombianidad teniendo como unos matices con el gobierno del presidente Maduro. El SAIME vuelve a ser un proceso como nuevamente en una política de discriminación y estandarización de los migrantes: el que es más blanquito, el que no lo es tanto, el que es pobre, el que tiene más idea de venir de una clase privilegiada. Esa recomposición o puja que veo ahorita por la restauración de muchas cosas que estaban en conflicto. Lo cual no quiere decir que antes estaba completamente superada la desigualdad, el clasicismo y el racismo, pero sí, digamos, había una disputa por la igualdad de condiciones, por ganarle a esa hegemonía opresora, de discriminación, de racismo y clasicismo y desigualdad.
Estos años han sido de una complejidad muy fuerte, personal, aunque no pienso que sea una batalla, una cosa retórica, sino que la vida cotidiana de cada uno es una vida muy llena de muchas situaciones difíciles. Pasamos de vivir en un Estado de bienestar que me tocó en ese año 2012 y parte del 2013, incluso alcanzó algo del 2014, pero nos tocó un 2015 con una situación muy difícil de producción y distribución nacional de alimentos, de no encontrar muchas cosas disponibles y sin embargo nunca pensar en irse, sino dar aquí la pelea por muchas razones. No solo por la agresión internacional, sino por parte de uno en mi caso había como una serie de compromiso y una fuerza de un país que me recibió en la abundancia.
Uno no puede abandonar el barco solo cuando los ataques se vuelven más fuertes y cuando, obvio, al interior después de que el líder que aglutinaba muchísimas diferencias ya no está. Se vio que muchas personas solo estaban ahí por ambición personal y como ven que van a perder su privilegio, optan por agarrar parte de la torta, irse y develar lo que siempre habían sido: arribistas y oportunistas que no les interesa ningún proyecto de Nación, ningún proyecto popular, ni de reivindicación, de dignidad, de humanismo, nada eso, sino una idea más desde su beneficio personal.
Lo que más he admirado durante este tiempo del presidente Nicolás Maduro y de este proceso en Venezuela ha sido el de distanciarse de esa historia trágica que tenemos nosotros. La historia trágica colombiana que ha sido la guerra como política, ese camino nefasto como un eterno retorno entre la dicotomía paz y guerra. Un tiempo de paz y otro tiempo de guerra y haber evitado aquí, a toda costa, una guerra civil. Haber evitado aquí siempre a toda costa que el país cayera.
A veces digo que aquí debe existir algo mágico que desafía la gravedad porque en lugar de las piedras caer, suben, pues por muchas razones hay gente que lo hace muy mal y es recompensada. Lo digo también en el sentido de lo milagroso que pasa aquí, que cuando uno siente, y que lo veo en la vida personal, cuándo uno siente que ya está pelando bola[2] y que ya va a tocar el fondo y el piso, de repente, aparece algo que te salva: un bono, un trabajo, una actividad, la bolsa, aparece una amiga que te ayuda, o sea siempre hay algo que ha permitido que no cayéramos en una hambruna generalizada, que la vi muy cerquita, en los años 2015, 2016 y 2017.
Esa crisis me ha permitido a mí crecer muchísimo, crecer en acciones concretas, en haberme metido en Misión Árbol, he aprendido a sembrar, ver mucha gente metida para la siembra. A veces la oposición también ha hecho un favor fuerte en este contexto y es el haber puesto esa subjetividad de rentismo petrolero que siempre está esperando que todo se resuelva ya, a tratar de crear un poquito de riqueza y distribuirla, de crear alimento, la importancia de hacer otras cosas por fuera del rentismo.
Todo eso está empujado y siento que lo que puedo leer en esta actualidad es que fue necesario este revolcón a todos los postulados de la práctica, es decir, hay gente que en las crisis devela todas las miserias humanas, y emergen a su vez actitudes solidarias muy, muy asombrosas y todo eso se vive hoy acá. Y ahora comprendo porque en Colombia se daban ciertos hechos, he entendido porqué ciertas violencias y formas de violencia sociopolítica o social, o en particular de violencia contra las mujeres, se suscita en un contexto de crisis y creo que en los últimos años aquí ha empezado a emerger esos contextos.
Por su parte, el presidente frente a los colombianos ha tratado de mantener un discurso de “el pueblo colombiano” y “el gobierno colombiano”, sin embargo, es muy complejo mantenerlo por los últimos ataques, los mercenarios, también hablar en generalidad de los colombianos y el paramilitarismo, ese ataque ya que ha ido ascendiendo entre el gobierno colombiano y venezolano alienta cierta prevención hacia los colombianos.
Justo en estos días para mí era muy normal acercarme a los diputados, preguntarles cuando estaba en la Plaza Bolívar y pasó una chama[3] que antes era de la Constituyente, yo la conocía porque era representante de los funcionarios públicos y necesitaba preguntarle algo. Me acerco, no me escucha, solo me dice: ¿ese acentico tuyo de dónde es? Es la primera vez que sentí que de forma despectiva se cuestionaba mi acento colombiano. Eso fue como una alerta de que justo estas cosas, este contexto en particular que se viene gestando con los mercenarios y la Operación Gedeón[4], todas esas formas fragmentan las relaciones y la confianza entre los pueblos hermanos.
¿Qué es lo que te motiva digamos a permanecer aún en el país, qué es lo que te arraiga allá en este momento?
En lo económico ha sido mucha la disputa y siento que también en estos siete años, las crisis sirven para uno aprender. Yo de economía poco porque no es mi área especialidad, pero en la vida cotidiana administrar la casa, un salario depreciado, lo que se puede comprar, ir al mercado, interactuar con quién genera la hiperinflación, no encontrar explicación para eso, haber vivido procesos hiperinflacionarios impresionantes que nunca había visto antes.
El nivel de guerra psicológica que a veces agota muchísimo porque es salir a la calle. Hoy te cobran una cosa, mañana otra. Es una guerra que no te da tregua. Por lo menos en este inicio de año se ha logrado frenar la hiperinflación, no la inflación porque eso no va a ser así de sencillo, pero sí la hiperinflación logró frenarse, hay disputas muy fuertes sobre la pertinencia o no de subir salarios, un proceso de circulación libre del dólar, todos esos problemas y todos esos debates que generan divisiones entre unos y otros. Mi postura luego de haber vivido una crisis en la que se regulan todos los precios, nos dejó en la escasez cuando no hay regulación por lo menos fluyen los productos y tienes algún tipo de opción.
Entonces, si alguien te habla en abstracto no podrá valorar eso de no regular ciertos precios porque cuando vivimos la escasez de todo por regular, porque escondían las cosas, eso es un fuerte proceso. Así que todos estos años a mí me han fortalecido en la convicción de que de verdad para vivir de otra forma hay que experimentar qué es vivir de otra forma, hablar de los proyectos emancipatorios en abstracto es muy complejo, pensar que transitamos en armonía hacia esos proyectos socialistas, al proyecto del buen vivir, hacia el humanismo se transita de manera pacífica, no creo. Es decir, no por la vía de la guerra, pero no se transita de manera donde la sujeta, el sujeto no tenga que en lo concreto ver cuestionada toda su idea del ascenso social, de pensar si tengo o no, qué me merezco o no un privilegio, disputarse el salario.
Es la primera vez que yo aquí me siento como parte de la clase trabajadora porque en Colombia el neoliberalismo no me hacía sentir, reflexionar si era explotada por un patrón o una necesidad de un salario, sino de rebuscarme la vida cómo fuera, tercerizada, mirando como me hacía unos honorarios. En esa flexibilización y aquí ver que se ve la necesidad, y uno se siente parte de que hay que defender el salario, de ver el trabajo productivo, o sea, todo lo que uno le cuestiona la vida cotidiana, todo. En Colombia en cambio se siente uno de clase media y no es capaz de mirar más allá, que igual está siendo explotado y que en cualquier momento lo puede perder todo.
Aquí me arraigan muchas cosas, primero, que amo Caracas y su cercanía al mar, amo esta casa donde vivo porque tiene bastantica tierra, como que la hemos ido modificando para sembrar. Tiene aspectos rurales, así esté lleno de casas, vivo en un barrio, digamos con vecinos, donde no vivo como un ambiente de lo que no me ha gustado que sea un edificio encerrado, sin conocer mis vecinos y vivo en la dinámica también de la organización popular, de conocer parte del Consejo Comunal[5].
Apoyar en cosas que vivo, como en la vida cotidiana la política, que en Colombia creo que cada vez lo sentía más abstracto porque ya no pertenecía a una clase popular. No vivía en un barrio donde la lógica vecinal es la juntanza, no tenía esa experiencia. Vivía desde otro lugar queriendo cambiar el país, pero vivía desde otro lugar y este lugar que me he construido aquí me gusta, me gusta porque soy una más de parte del pueblo, sin más ni menos.
Reconozco que tengo unas ventajas respecto a mis vecinos en términos de ingresos, claro que sí, pero también logramos hacer una redistribución, compartir y uno ya cuando tiene hijos e hijas piensa mucho como qué es lo mejor y a veces entre pensar que irnos a Colombia, a una ciudad neoliberal como lo es Medellín, que no me gusta, o para dónde más uno va a irse a buscar qué, pues hasta ahorita nosotros hemos conservado una cosa básica que es la esperanza.
Lo otro es que mi hijo aquí lo siento feliz dentro de la cotidianidad que podemos hacer. Hay tiempo, el papá y yo tenemos tiempo para estar con él, no tengo que trabajar como me tocaría trabajar para mantener un nivel de vida allí que es lo que pienso. Uno se acostumbra así que pienso que parte de ciertas necesidades también me acoplé a que hay ciertas cosas que son vitales y otras que no son tan necesarias, y no me hacen infeliz por no tenerlas.
Veo a mi hijo que hace parte de un grupo de teatro, en un barrio que no tiene referentes trágicos como esa cercanía que tenemos con la muerte en mi país. En Colombia por más que uno quisiera alejarse de la necropolítica[6], no hay como mucha fuerza de lo comunal, sin embargo, aquí a pesar de la crisis y que hay una pugna que nos han vencido en algunas cosas y se ha generado apatía y desconfianza en la política por parte de algunas personas, pienso que esta crisis puede generar otro tipo de sociedad, o sea emerger cosas bonitas que también las he visto.
Podemos todavía ir empujando hacia esos cambios porque a pesar de todas las críticas que se hagan a todos los niveles de las dirigencias, hay un compromiso público con el pueblo y eso no lo pueden matizar. De alguna manera lo tienen que hacer, entonces aquí todavía con tanta fuerza me habita la esperanza, me gusta la ciudad, que he construido, lo que he tejido. Tengo amigas, a mi hijo y compañero que son venezolanos.
Me gusta de acá que enseñan el amor patrio, el amor por una tierra, puede mi hijo, por ejemplo, encontrar cómo disputarse esa ciudad de los héroes norteamericanos con los héroes y heroínas nacionales, y eso me gusta mucho. Sin infundirle nada, pero dándole herramientas para comparar, que tenga elementos para ver las diferencias e infundirle el amor por esta tierra, por su historia, por los ancestros.
Una cosa que me motiva muchísimo a quedarme, si me preguntara si eso se pierde qué haría, pues creo que ya eso sería otro escenario si no fuera de esta misma manera o se consolida otro proyecto pues claro toca reinventarse, toca irse para, hacerme una burbuja, no sé dónde porque el mundo está convulsionado, pero por ahora todavía la alegría, la fuerza, este Caribe me convoca mucho.
Yo no conservé mucho esa idea de sentirme migrante o ajena, con lo del proyecto de la Gran Colombia que vine a recrear aquí mucho, me sentí parte. Facilito me sentí parte y mucha gente que he conocido me ha hecho sentir parte de esto, de este proyecto. Somos más que una frontera y por todos los años que milité desde otro lugar, esto era despreciable, lo del sentido patrio, lo del amor por la tierra. Cuando pienso en sentimiento patrio, siempre pienso en Chávez y en Venezuela, y esto es la gratitud. El aprendizaje que he tenido aquí, así que cuando uno construye eso por fin se siente parte de algo y difícilmente pensará en abandonarlo…
[1] El SAIME es el Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería de Venezuela, es la autoridad migratoria del país, encargada de la expedición de pasaportes y de cédulas de identidad.
[2] Venezolanismo que indica que una persona está sin dinero.
[3] Chama en Venezuela significa persona que está en la adolescencia.
[4] Esta Operación fue un intento fallido de invasión por vía marítima para derrocar al presidente legítimo Nicolas Maduro el 3 de mayo del 2020, organizada con el apoyo de los gobiernos de Estados Unidos y Colombia, varios de los mercenarios eran militares disidentes venezolano exiliados.
[5] Los Consejos Comunales son instancias de participación ciudadana para la gestión directa de políticas públicas en los territorios. Desde el año 2006 existe en Venezuela una Ley de los Consejos Comunales.
[6] La necropolítica es un concepto acuñado por Achille Mbembe (2006) que invita a pensar en la cosificación del ser humano por parte del capitalismo que explora las formas mediante las cuales las fuerzas económicas e ideológicas del mundo moderno mercantilizan y reifican el cuerpo. La manera en que este se convierte en una mercancía susceptible de ser desechada, contribuyendo a aniquilar la integridad moral de las poblaciones. En este contexto el Estado tiene el poder y capacidad de decidir quién puede vivir y quién debe morir.