Por Paula Andrea Duque García
A que escribiera sobre la chicha me invitaron. Ay sanjuanquincito, ojualá pudiera salir así sin necesidad de palabras este torrente de sangre que me queda, y que de roja ya solo tiene el pañuelo, las medias y los calzones, y alguna quiotra impostura política, porque ya ni roja es, va es quedando así morada como le gusta al putas de lo enchichao que maneja mi pequeño organismo. Me refiero a lo curtidas ya que tengo las carnes, los huesos y el verbo de esa espírita que se ha venido despertando desde los fondos de mis genes, que ni daba por perdidos, y como una biología fundamental, ha sido condición para que surjan y se fortalezcan dinámicas de socialización en este territorio.
Ya no sólo por tradición la oralidad es necesaria, porque ¿qué hiciera yo con este altar de botellas a medio vaciar que tengo de inspiración? Y eja chicha que desde que una la siembra no hace sino hablar durante un mes, y es bregando una a ver qué le entiende… Y no es delirium tremens, ni cirrosis ni ná de esos miedos inventados por la asepsia y la industria, pa mandar pa el sin tiempo y sin espacio a los espíritus que no han dejado de habitarnos y que van saliendo en cada mística, siembra, fermento, conserva y compartir de la chicha; nada de eso, sino puritica espiritualidad, no de esa que no se sabe de dónde es que hay que cogerla, sino de la que enseña la vida con las situaciones, el cuerpo con sus males y sus alivios, la naturaleza con sus ciclos tan sabios y misteriosos.
Llena de chicha y de angustias por lo que me meto al vientre y por lo que sale de mi boca y de mi cuerpo, pienso y trato de escribir pero no puedo ni quiero salirme de la fiesta para hacerlo. Creo que ella es el ambiente fundamental pa hablar sobre la chicha. No quiero ser bien entendida, sin embargo, me curo en salud… con lo anterior no quiero incitar al alcoholismo y a las evasivas que el vicio sin criterio propone a tantas rupturas de las que estamos hechas las humanoidades de este platanal tricolor. Pero sí considero que como uña y mugre de manos de campesina, en la chicha van arrejuntadas la fiesta y la reflexión; figuráte que la chicha es rito, resistencia, palabra, ceremonia, zapateo y sandungueo a la vez; es vida y la vida es movimiento y en él está su verdad; quiero decir que a medida que hacemos y bogamos la chicha, vamos encontrando su verdad, sus contradicciones, y las nuestras sobretodo. Si quiere respuestas en una misma totuma, totalidad o totumalidad puede encontrarlas; respuestas, no dogmas mijita.
Me acabo de meter en una camisa de once varas porque juntar eso de la reflexión y la acción es una angustia legendaria, y más bien como difícil; ha corrido tanta filosofía como sangre pa tratar de dar cuenta de ello. Creo que la humanidad viene en ese camino desde hace como dos o tres siglos, patrasiando más que avanzando, y nada parece pelechar. Pero como somos esperanzadas, porque a qué más vinimos al mundo sino es a bregar materializar los ideales a según la realidad vaya dejando y diciendo; me arriesgo, desde mi experiencia, a afirmar que esa tal combinación de materia y espíritu que nos enseñaron que vienen dizque en casa aparte y cada una por su lado, la que venimos encontrando en la chicha.
La chicha es materia. Ritual donde disponemos todo nuestro ser, tiempo, espacio, alimentos, acciones, intenciones, emociones, pensamientos, ya sea pa’ sembrarla o pa’ bogarla. La chicha es algo que hacemos con nuestro cuerpo y con toda la materia que nos habita, y que nunca, por más que se lo hayan inventado tantos sabios y tantos curas, ha sido algo diferente de nuestro espíritu. No hace parte de toda esa mitología, porque la materialidad de la chicha no es un invento, la chicha es un resultado de un ecosistema completamente dispuesto para su nacimiento y desarrollo: es tierra, agua, fuego, aire, semillas, panela, trabajo, fauna, flora, funga, tacto, sabor, olor, alegría, fiesta, memoria, trabajo, resistencia, es líquida y está viva, henchida de microbios, los seres más fundamentales de la vida. Si su material es la vida, ella no es o por lo menos creo que no puede ser, algo que la destruya o se le oponga. Y lo hemos sentido, eso tan rico que nos invade cuando nos pegamos de la totuma o la botella, es algo más que los grados de alcohol de un fermento cualquiera, creo que son nuestras raíces latiendo en cada órgano, diciéndonos que algo se ha embolatao entre tanta civilización, represión, clasismo, machismo, y todos esos cuentos que nos echaron sobre la cultura; algo que quiere volver a nacer como el divino niño, en cada uno de nuestros estómagos y corazones, a lo popular mostrxs.
Y como es un líquido que contiene todo este misterio y teoría, la chicha es espíritu. ¡Espérese! No estoy tratando de mistificar un objeto que hasta valor de cambio tiene, porque también se ha gestado una economía a su alrededor, pero tampoco estoy diciendo que la chicha es una mera mercancía. Estoy afirmando las dos cosas que se niegan mutuamente, pero que no por ello son, a mi desjuiciado parecer, menos verdaderas.
La chicha es un proceso biológico y social. Con esto creo que desmentimos que sea solo cosa y que sea sólo espíritu; o que es menos profundo bogarla porque queremos sentirnos bien, porque queremos ofrendarla a nuestra memoria y nuestro pasado. Ninguna de las dos es una profanación. Así de sagrado es un traguito no más. Quien boga y camella, empata.
¡Ayy qué tan contradictoria esta parcera! Y sin ningún pesar ahí sí me toca responderle como diría mi abuela: “qué más quiere”.
- ¿Larry, sí pilló que la chicha dejó de hablar[1]?
- -Claro, Paulis, eso quiere decir que ya es el tiempo del trasiego. Ella va diciendo cómo es que es.
Hay mucha energía dentro, e impactada por ella: el inconsciente, el organismo y su funcionamiento, los inicios biológicos de la laif, la labia, la socialización, los hábitos, la sensibilidad, la pensadera; es como si en el proceso, desde que buscamos la panela y maceramos, estuviéramos en una metamorfosis constante de la que da cuenta la misma chicha al final, cuando la bogamos. Si se le enjuerta la chicha mire pa’entro que alguna cosa está fallando y la chicha enseña. Por ejemplo, desde que la vengo conociendo no se ha cansado de decirme que la individualidad es colectiva; que sin microbios, ni busque que chicha no habría; que sin pasado, hacer chicha sería un negocio más.
Destápela y verá como le sale la ancestra, miiijjjjjxxx.
La chicha es un proceso que nos ha hecho evidentes nuestra ingenuidad, nuestra dependencia de las otras formas de vida que nos hemos negado creyéndonos autosuficientes, nos ha revelado nuestra vulnerabilidad, nos ha puesto en el verdadero lugar al que pertenecemos en la corriente de la vida, nos ha enseñao a escuchar sus dinámicas, las del alimento, la tierra, el agua, el fuego, los animales, el trabajo en sus otras formas sin poseerlas, nos ha abierto la perspectiva y un motón de guecos más, nos dio la condición de ciclo. Nos ha enseñado a nacer y a morir, a entender la necesidad de las temperaturas más bajas, nos fue diciendo por dónde es que se raja la panela y por donde sale el bagazo del higo, lo ácidas que a veces son las semillas, lo necesaria que es la espera, la importancia de la maduración porque sino va y bota una el corcho en cualquier chochal, rastrojo o teatro.
La chicha no es pura y no veo razones para purificar algo que en su origen y desarrollo es impuro, y no por ello maldito, aunque ajualá… a mí me basta y me sobra con esto, porque la chicha es resistencia. Es, siento yo, una forma de llamado de la memoria a recordar cuando nuestros vientres y paladares eran libres, nada sintéticos, igual que nuestros pensamientos y cosmogonías, y como ya es históricamente imposible volver tal cual a ellos, por lo menos se trata de acostumbrar la probiota al voltaje del pasado, a ver si el gen recesivo de la rebeldía ampara a las siguientes generaciones.
Entonces cuando defiendo el trago, la chicha, la tapetusa como ceremonias y rituales sagrados habitados por los espíritus de la vida en todas sus manifestaciones, pasada, presente y futura, no estoy idealizando el alcohol, ni romantizando los desenfrenos, ni siendo ególatra ni engreída. Estoy oponiéndome a lo que gracias a diosito que es mono y en la mayoría de los casos europeo, llevamos entendiendo por separado, el pecado y la pureza, el alma y el cuerpo, la bondad y la maldad, la vida y la muerte, el vicio y la virtud, lo sublime y lo terreno, la materia y el espíritu, como si fueran cosas aparte que nada tienen que ver, cuando la chicha, su proceso biológico, pero también sus resonancias culturales y sociales, nos ha enseñao, bien al contrario de todo esto, que más cerca no podía estar una cosa de la otra, y que si se contradicen es porque ahí es dónde hay que meter el dedo, el diente, la lengua, el alma o el corazón pa’ trabajale. Creo que justamente por eso es que la chicha habita también los encuentros de las resistencias, como un poder simbólico y material emergente que acompaña y alimenta, pero también necesita, de los procesos colectivos que se posicionan frente a la violencia originaria de la que hemos nacido toda esta manada de engendros que buscamos alternativas de vida libre, digna, soberana y justa.
Pa mí, que tengo más perdidas las raíces indígenas que la dignidad, -y no por ello entonces dejé de ser india- la chicha es un legado del mestizaje, y si ése es mi origen, entonces no necesito bautizarla, ni purificarla, ni inmacularla, ni higienizarla, ni tecnificarla, ni invimizarla. Es una labor de la que mi cuerpo tiene memoria aunque antes no la hubiera hecho yo, la heredé de mis antepasadas chupando humo en los trapiches o en las cocinas, ruñendo tierra en los cultivos, echando el verbo en los convites, me la regaló la tía a la que le celebraron la primera comunión y los quinces con unos litricos de chicha de piña, que alcanzó a codificar, así sea a medias y a pesar de las políticas vergonzantes sobre la alimentación, el adn chirreto que me brota por todo el esqueleto, a mí y a una selva completa de ejemplares, ustedes pues.
Esta labor que me devolvió mi cuerpo para que la hiciera consciente, la reavivo y reivindico en mi presente, también a mi forma y a la forma de estos tiempos: haciendo. Ya ni alcanza el sistema de símbolos instaurado porque pa’l cambio palabras sobran… Hasta pa hablar se me sale la anfibia panelera, no tengo más que lenguaje criollo (porque el otro -el aborigen está muy escondido todavía pa mí-) pa referirme a la chicha: espíritu enrazado con cuerpo, la mostra incivilizada, la aguapanela madura que todo mal cura, la soberana microbiana, la animala espiritual, la ancestra, la elementa… En ella subsisten discursos desde el más fiesto hasta el más chamánico, prácticas desde las más medicinales hasta las más desordenadas, sabores desde los más raizales hasta los más ectranjeros, y así, como lo armónico no-idéntico subsiste y resiste en el submundo, por debajo de todas las lenguas y teorías, en el inconsciente recesivo, cogiendo por el ombligo a todos los olvidos y desigualdades, cohesionando el territorio, fermentando la transformación desde su origen comunitario y popular.
[1] No me estoy inventando nada. Aquí me refiero a que durante el proceso de fermentación y expulsión de carbono, la chicha hace un sonido particular, que deja de existir aproximadamente a los 28 días. Hemos entendido que es la forma en que ella misma nos dice, “Ey, traségame que ya es hora, sino de pronto voy y me le exploto”.