Por David Alejandro Pérez Valderrama
Collage: Coonvite
La arquitectura, dicen, empieza con una línea. Una línea recta limpia, blanca, como los cascos que dan las órdenes a los obreros, como la de los gigantes capitales inmobiliarios de Medellín. Pero, aunque cueste creer, hay otras arquitecturas que nacen en el barro, el sancocho y la palabra compartida. Otras líneas que no son trazadas en planos, sino en conversas donde se sueña el espacio desde lo colectivo, desde las necesidades del territorio, y una sensibilidad que busca la solidaridad y el buen vivir. Esas líneas son las que sigue Coonvite, una cooperativa de arquitectura que dio sus primeros pasos en el 2017, gestó su nombre en el 2019, fue fundada legalmente en el año 2020 en Medellín, y desde sus inicios decidió que la arquitectura y el concreto también podían abrazar.
En una tarde de mayo, nos sentamos a conversar con Maryelin y Juan Miguel, o ‘Panrris’, como le apodan, dos arquitectos de la Universidad Pontificia Bolivariana que hacen parte de Coonvite (de la que hacen parte también Ximena, otra arquitecta, Isabel, Ingeniera Administradora, María Juliana, Comunicadora, y Jasblleidyu, Politóloga). Desde que llegaron, su mirada curiosa describía y admiraba varios detalles de la oficina que nos arropaba. “Es que esto ya no se ve”, dijeron, mientras sus ojos y palabras seguían coqueteándole al espacio. Así fuimos tejiendo las palabras, mientras el “nosotras” en persona (como también se nombran en su página web) acompañaba la entrevista. Seguramente porque en Coonvite las temáticas de luchas de género y antipatriarcales también se debaten y se reorganizan, como los muros, como las casas.
Lo que se construye con las manos, también se amasa con ideas
El nombre no es antojo: Coonvite, como las juntanzas barriales o veredales, que, a punta de pala, pica, machete, papa y yuca, se hacen en las comunidades para fines comunes —carreteras, abrir caminos, ayudar a construir la casa del vecino, etc.- Así, entre su gusto por acompañar convites y la sensibilidad con la que cuentan su quehacer, nace el nombre: “Van a hacer un convite en la [comuna] 8 para hacer una huerta. Nos íbamos para allá. Eran como nuestras fiestas. Ahí se construían cosas, pero todo el mundo cooperaba. Entonces cada uno ponía los fuertes, ponía la fuerza, ponía comida. Y era toda una experiencia, una coreografía donde se terminaba construyendo alguna cosa. Y ahí es como: esto es interesante, esto se parece mucho a lo que nosotros hacemos normalmente, cuando diseñamos edificios, espacios, pero ya desde el punto de llevarlo a la construcción también. Y ahí fue que el término ‘convite’ se nos convirtió en esa posición investigativa, como de hacer arquitectura desde la participación, desde el junte, desde la organización”, cuenta Panrris.
Entonces Coonvite ya no era solo el sustantivo, sino una forma de pensar la arquitectura desde la cooperación, desde el “junte”, como lo llaman. Cada proyecto que hacen es una coreografía colectiva, una apuesta por el diseño con la gente, no para la gente. Y eso lo aplican incluso en la economía: “Hemos hecho trueques, donde de repente estamos cooperando con una organización teatrera… que nos dan boletas [como parte de pago]. Y nosotros entonces revendemos las boletas, o ya tenemos parche para diferentes días de la semana”.
Pero Coonvite no es una suma de improvisaciones. Tiene una estructura que han ido construyendo con rigor, desde una visión cooperativista del servicio. Han diseñado un portafolio con dos frentes claros: uno comercial, que les permite generar ingresos a partir de proyectos arquitectónicos tradicionales; y otro comunitario, donde destinan un porcentaje de los excedentes para apoyar iniciativas de base.
De la idea al modelo cooperativo
Desde el comienzo supieron que su forma de trabajo debía escapar a las lógicas empresariales tradicionales. El cooperativismo les ofreció una alternativa. “Fuimos a buscar referentes, a hablar con otras cooperativas. La mayoría eran de ahorro y crédito. Nos pasaban estatutos que no nos servían. Entonces los reinventamos”.
El punto de partida fue una pregunta ética: ¿cómo trabajar desde la arquitectura sin replicar las desigualdades que critican? Fue así como llegaron al mundo cooperativo, buscando experiencias donde el trabajo no se midiera solo por el rendimiento económico, sino por su capacidad de transformar vidas. En ese camino, se encontraron con un sector “muy dulce”que los acogió y apoyó. “Varias cooperativas fueron como las madrinas del proyecto. Pero nos ha exigido estar estudiando la historia, estar estudiando el modelo para poder justificar que sí se puede hacer una cooperativa de arquitectura en el país”, recuerda Panrris.
La decisión de formar una cooperativa no fue simplemente legal o administrativa; fue política y simbólica. Les permitió formalizar un tipo de hacer que ya venían practicando desde lo cotidiano: construir en colectivo, diseñar desde el territorio, responder a necesidades reales. Como dice Maryelin, “lograr trascenderlo de alguna forma a una empresa, algo que es legalmente constituido y que puede replicarse, es algo que nos hemos dado la posibilidad de explorar y que seguimos explorando”.
Y esa exploración no ha sido fácil. Han tenido que inventar sus propios formatos, adaptar su lenguaje técnico y construir desde cero una estructura legal que se acomode a su visión. En ese proceso han creado una forma inédita de organización que combina saber técnico, sensibilidad comunitaria y pensamiento económico solidario. Panrris lo resume así: “Coonvite es una visión cooperativista del servicio”. “Entonces diseñamos [para un cliente comercial], y con esto tratamos de generar la economía y los excedentes que nos deja este ejercicio comercial. Un porcentaje de esos excedentes los tenemos en una bolsita para apalancar proyectos comunitarios. Ese porcentaje lo que nos permite es que, si llega una comunidad o alguien que necesita el servicio, nosotros podamos ir, técnicamente analizar, y darle viabilidad al proyecto o decir: ‘Mira, esto no es’”.
Este fondo solidario también les permite establecer dinámicas de cooperación con procesos sociales organizados. “Por ejemplo, un centro comunitario puede valer 700 millones de pesos, con ingenieros, con la arquitectura, con toda la cosa. Nosotros llegamos cuando vemos que sí hay un proceso de base social. Hacemos todo el proyecto, que es hacer como una especie de portafolio e ir a buscar la plata”.
En ese modelo, el 30% de la inversión debe ser aportada por la comunidad en capital, mientras que el 70% restante es gestionado por los beneficiados y por Coonvite, buscando apoyo financiero en distintas fuentes. “Y lo último que pagamos dentro del proceso de producción son los honorarios de los profesionales y todo eso”, afirma Panrris, remarcando que la prioridad es siempre garantizar el proceso comunitario antes que la acumulación y ganancia de capital.
En 2024, el trabajo de Coonvite fue reconocido internacionalmente con el premio en la categoría “Nuevas Reglas” de la XIII Bienal Iberoamericana de Arquitectura y Urbanismo (BIAU), con sede en Madrid, y que llevo a cabo su evento de diciembre de 2024 en Lima, Perú. El galardón fue otorgado por su proyecto Foonvite, una estrategia de mejoramiento de vivienda que pone en el centro el trabajo colectivo, el saber local y la participación comunitaria. “Fue una muestra de un proyecto de mejoramiento de vivienda premiado en una Bienal de Arquitectura, donde reconocieron todo lo que hay alrededor de ese trabajo: planos para una familia, diseños con la familia, una arquitecta para una familia”, cuenta Maryelin.
El proyecto tuvo lugar en cuatro territorios de Medellín: Moravia, San Javier, La Honda y San Cristóbal. Consistió en 200 mejoramientos por autoconstrucción asistida. “Nos permitió entrar a la conversación sobre Iberoamérica, estar ahí en el mapa”, dice Panrris. Así, frente a grandes empresas de arquitectura, Coonvite —una cooperativa pequeña nacida en Medellín— llevó su experiencia y su tejido hasta un reconocido evento internacional, que exalta esas otras miradas y sensibilidades que han construido en su quehacer. El proyecto Foonvite logró intervenir más de 8.000 metros cuadrados de vivienda bajo un modelo de coproducción arquitectónica con las comunidades, integrando técnicas locales, documentación abierta y formación en oficios.
Rebelarse sin desfallecer
Desde sus inicios, Coonvite ha desafiado las normas del gremio de la arquitectura, posicionándose como una propuesta que no encaja fácilmente en la lógica empresarial ni en las formas tradicionales de ejercer la profesión. “Siempre se ha sentido una presión extraña por el gremio”, señala Maryelin. Sin embargo, esa incomodidad fue transformada en una postura afirmativa: hoy hacen parte del sector cooperativista y del mundo arquitectónico, sin dejar de ser críticos frente a ambos. “La idea de nosotros no es llegar al otro generando competencias, sino con la posibilidad de colaborar. Hemos sido como el bicho raro en el gremio”, dice Panrris.
Ese “bicho raro” ha asumido el reto de mostrar que hay otras formas posibles. “Hemos jugado el papel también de demostrar lo que la gente cree que no se puede hacer. Y asumir las frustraciones de los que de repente quieren hacer eso, pero no se atreven y son temerosos. Y nosotros lo hacemos, y es como: ‘¿Cómo lo logran?’”, explica Panrris. Coonvite trabaja con procesos, no con clientes individuales; articula saberes en torno a necesidades reales. “Nosotros trabajamos más con procesos. Y es que entendemos, comprendemos y hacemos parte de la ciudad, a partir de eso vamos formulando proyectos”, añade Maryelin.
Rebelarse también significa poner límites éticos. Como cuando una propuesta arquitectónica les exigía destruir un bosque para construir sobre él. “Fuimos a hacer la visita y había un bosque, y había un peladero, y que tenía que ser ahí adentro”. La respuesta fue un no rotundo. “No te podemos hacer una propuesta de una casa que va a arrasar con el bosque que tienes en el lote”. Esa experiencia, como muchas otras, ha marcado una línea clara sobre cómo hacen arquitectura: desde el encuentro, la pregunta, el buen vivir, con sensibilidad social, ambiental y con responsabilidad política.
Coonvite también encontró en la conversación una oportunidad de seguir sembrando otras formas. De allí nació La Polita, un espacio que ya lleva 25 ediciones y que nace en el 2019 en el debate de ciudad, sobre qué hacer luego de la demolición del Edificio Mónaco – antigua propiedad de Pablo Escobar-, , problematizando los espacios de memoria y reflexionando el papel de la arquitectura. Luego de este encuentro fundacional siguieron realizando eventos, conversaciones virtuales y presenciales, incluso durante la pandemia. La Polita hoy sigue creciendo como escenario de debate alrededor del compartir de unas cervezas y temáticas del gremio de la arquitectura. “La Polita es el espacio que nos permite el intercambio con temas de mucho interés y seguir capitalizando el conocimiento, compartiéndolo. Hace parte de nuestra apuesta por cultivar la cultura arquitectónica”, explica Maryelin. Actualmente, La Polita está desarrollando una nueva serie llamada “Prácticas y posturas”, con la que buscan problematizar aún más la discusión crítica sobre el oficio. “De las cosas bacanas es que nos permite ampliar la discusión a otras disciplinas [porque llegan personas de muchos lugares y gremios]. Permite que podamos hablar de forma tranquila, pero también crítica de temas que nos interesan, tener mucha cercanía con los estudiantes, también con quienes ya tienen mucha experiencia, y generar intercambios muy amplios”, dice Maryelin.
Aprender haciendo
En Coonvite, la teoría se gesta desde la práctica. “Nos hemos hecho lanzándonos y hemos construido todo alrededor de lo que tenemos desde el hacer”, dice Maryelin. Su forma de aprender no proviene únicamente de los libros o los planos, sino de meter las manos en el barro, de acompañar procesos comunitarios, de inventarse metodologías mientras las ejecutan. “¿Será que esto se puede? Intentémoslo, hagámoslo, inventémonos”, recuerdan como una de sus frases de batalla. “Ese aprender haciendo es el alma de Coonvite”, afirma ella. Para Panrris, el alma tiene nombre propio: “Para mí el alma de Coonvite es Marye. Es poder estar acompañado con una mirada que cree que las cosas pueden pasar, que así tengamos problemas tremendos, de alguna manera, sonriendo somos capaces de sortearlos”. En medio de los desafíos, las conquistas de Coonvite no solo sobreviven: se celebran, se empujan, se reconocen.
Coonvite no es solo una empresa de arquitectura, es más bien una forma distinta de vivir el oficio. “Nos juntamos para gestionar, para sobrevivir y para soñar”, dice “Panrris”. Diseñan desde la calle, con la gente, con los problemas reales. No llegan con planos listos, llegan a conversar. Le apuestan a lo que llaman buen vivir: hacer las cosas bien, en armonía con el entorno, juntándose con otros, cooperando. Les interesa más construir espacios que tengan sentido, que hacer edificios bonitos. No tienen clientes, tienen procesos. Y todo lo que hacen, lo hacen creyendo que sí es posible otra forma de construir sin desfallecer en el intento.