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Lo sabio del barrio

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Por: Juliana Builes Aristizábal

Fotos: Coonvite y Andrés Peña (@andres_phoart)

Según la RAE, barrio es “cada una de las partes en que se dividen los pueblos y ciudades o sus distritos”. Pero lo que significa El Faro, un barrio de la comuna 8 de Medellín, se parece más a una división causal. Su origen, como el de muchos barrios periféricos de esta ciudad, está marcado por el conflicto y por una de las vulneraciones a los derechos humanos más repetidas en Colombia: el desplazamiento forzado.

El barrio parece una olla de sancocho en su punto de hervor: la sustancia de todo el “picadillo” se revuelve ahí, mientras todos los elementos se mezclan para ser servidos en medio del compartir y la solidaridad. Pero el barrio no siempre es así; a veces también es una disputa por la dignidad.

La comuna 8, Villa Hermosa, está ubicada en la zona nororiental de Medellín. Está compuesta por alrededor de 20 barrios, y, cuando uno busca en internet, El Faro no aparece entre ellos. Hacia los años noventa llegaron los primeros pobladores a lo que antes era un sector del barrio Llanaditas o de Golondrinas, que apenas comenzaban a formarse.

Don Óscar llegó en 1995 a la comuna 8 desplazado por la violencia del norte de Antioquia, pero con el terruño propio de los campesinos del país. En “La cancha de Tavo” comenzó su primer ejercicio de liderazgo comunitario. Allí, junto con Tavo, organizaban partidos de fútbol con los niños y jóvenes del territorio, pues —me cuenta Don Óscar— los combos se los estaban llevando y fortaleciéndose con ellos. “Nosotros empezamos a hacer partidos de fútbol ahí en la cancha, que hoy es el paradero de buses de El Faro, para evitar que eso pasara”.

Durante los 2000, lo que hoy es El Faro seguía llenándose de familias: unas incapaces de pagar arriendo en zonas más bajas, otras desplazadas por la ola de violencia que recorría el país. Todas subían a la periferia buscando lo que la ciudad o el campo les había arrebatado: un poco de esperanza.

Los procesos comunitarios comenzaron a madurar y varios liderazgos fueron formándose y forjando la lucha por habitar un territorio que la institucionalidad se negaba a formalizar. Lo que pasaba en el barrio era —y sigue siendo en muchas ciudades latinoamericanas— el reflejo de una institucionalidad incapaz de reconocer que la ciudad tiene más inteligencia que la que las instituciones son capaces de imaginar.

Pero el barrio, en definitiva, no es solo una delimitación espacial. El barrio se hace con vida: con el día a día, con la vecindad, la parcería y los conflictos. Y eso siempre va mucho más rápido que la norma. La norma se discute, se piensa, se sofistica. Pero la vida barrial es vital, es natural.

Mientras eso que es vital se construía todos los días en El Faro, el Estado —encarnado en la acción municipal— intentaba desalojar a la comunidad que ya echaba raíces sobre los cimientos del trabajo colectivo.

La primera vez que el barrio tuvo que enfrentarse a un desalojo fue con la instalación de un tanque de EPM, que implicaba el desplazamiento de 37 familias. Años más tarde, el proyecto Jardín Circunvalar pretendía crear una serie de obras para potenciar el turismo en la zona; sin embargo, también implicaba el desalojo de más pobladores.

“El proyecto consistía, y me sigue inquietando, en que en la parte del proyecto hacia abajo quedaba Medellín, y en la parte hacia arriba no debía vivir nadie. Entonces la persona con la que nos juntamos dijo: ‘Para el Jardín Circunvalar nos van a sacar a todos de acá’. Entonces le dije: ‘Vamos a trabajarle, porque ya estaba Techo por mi País acá’. Lo que necesitábamos era crear una línea, un barrio, una identidad. Porque, según el plan de ordenamiento territorial, Golondrinas llegaba solo hasta abajo, y de ahí para arriba no existía nada, era algo sin identidad. ‘Vamos a crear un barrio, un nombre, una JAC, una organización más política, y vamos a sacar la personería jurídica’. Empezamos el trabajo. De hecho, con Techo por mi País trajimos una muchacha muy pila que nos ayudó a hacer el mapa del barrio”, cuenta Don Óscar.

Con ese mapa del barrio, “de ahí para arriba” ya existía algo en el papel: una delimitación de lo que se venía gestando en lo cotidiano desde años atrás. Cuatro años tuvieron que pasar para que la institucionalidad reconociera la Junta de Acción Comunal de El Faro y les entregara la personería jurídica que los localizaba oficialmente en Medellín.

Más que un logro administrativo, esa formalización representaba simbólicamente la consolidación de una identidad propia en un barrio que llevaba años resistiendo. “En este país, formar caminos gruesos consiste también en ser resistentes y tener dignidad”, concluye Don Óscar.

Mientras el barrio El Faro crecía, aparecían también otros problemas propios de la vida en las ciudades. El acueducto comunitario no daba abasto para las más de 180 familias que abastecía; el tanque, así como se llenaba, vaciaba su agua en menos tiempo del que la comunidad podía aprovechar.

El Faro es un ejemplo claro de autogestión, pero también de violencia institucional. A menos de 100 metros existe un tanque de Empresas Públicas de Medellín (EPM) que no distribuye agua a toda la comunidad. El problema viene de años atrás, pero hoy sigue siendo muy parecido: la capacidad, los liderazgos, la comunidad y los mecanismos también se agotan; aunque hoy el acueducto comunitario sigue cumpliendo el papel del Estado, el barrio sigue creciendo y con eso la necesidad de estar más conectados.

Un circuito comunitario

En 2017, Juan Miguel Durán, director de Coonvite, una cooperativa dedicada a hacer arquitectura comunitaria en los barrios de Medellín y a fomentar el buen vivir, fue invitado a un convite en El Faro para construir la sede comunitaria, un espacio destinado a la juntanza y organización de los habitantes del territorio.

“Un día me invitaron y vi que había mucha solidaridad. De repente había planos, diseños, pero yo miraba todo eso y pensaba: Marica, esto es como para que lo haga la alcaldía, no la comunidad. Están botando la plata allá”, comenta Juan Miguel

Mientras los habitantes de El Faro se juntaban para echar pala y pica y sacar adelante la sede comunitaria, la Policía llegaba a decomisar los materiales de construcción, porque en esa zona ya no se podían levantar más casas. “El desarrollo” parecía querer traer progreso al barrio desde una experiencia externa: desde los planos, las formas, las miradas que pensaban en las paredes y el concreto, pero no se preguntaban por las dinámicas que habían levantado más de 400 casas a lo largo de 20 años.

“Nos juntamos los primeros doce y empezamos. Trajimos amigos de otros países, conseguimos un ingeniero civil, hicimos convites. Alguien decía: ‘¿Para qué hacer algo nuevo si ya tienen algo construido? La Policía sabe, la Alcaldía sabe. Eso se llama reforma: vamos a hacerlo ahí, donde está esa casa que tenía un pastor y que había abandonado”.

Construcción de la Sede comunitaria de El Faro en 2017.

“Cuando pusimos el cartel amarillo, la policía ni lo leía. Decía ‘curaduría’ y todo, tenía las especificaciones técnicas, firmado por El Faro. Ese cartel también buscaba establecer una conversación. Porque la primera idea de la comunidad era: ‘Vamos a hacer una casita, una caseta’. Pero no: es un centro comunitario. Tiene que ser alto, no puede parecer una casa; tiene un símbolo de poder. Ese es el poder colectivo. Ese es el centro comunitario”, cuenta Juan Miguel.

Mientras el centro comunitario se construía desde las formas barriales, otros procesos se fueron gestando de manera colectiva. La Huerta Escuela y la Agroforesta formaron lo que hoy es un circuito comunitario totalmente autogestionado entre liderazgos sociales, organizaciones y cooperativas que han llegado al territorio para construir algo más allá del común extractivismo institucional. Una institucionalidad que ha estado en la sombra cuando se trata de garantizar derechos, pero que aparece en cada oportunidad para reclamar un espacio que no le pertenece.

Ocho años pasaron para que la sede comunitaria se inaugurara. El 12 de octubre de 2025, Don Óscar vio en esos más de 100 metros cuadrados la materialización de la esperanza que había imaginado quizás desde 1995. Durante la inauguración, muralistas y grafiteros de la ciudad llenaron las paredes de color en medio de un Festival de Arte Urbano. El arte, el sancocho, la música, la palabra, los niños y las organizaciones formaban parte viva de ese circuito comunitario, que no solo es cemento y estructura, sino también vida.

“A mí me llena de emoción, pero también de una cierta incomodidad —dice Don Óscar—, porque creo que mi intencionalidad y mi liderazgo acaban acá y mueren. Es tiempo de abrir nuevos caminos y generar nuevos liderazgos. Siento que el relevo está muy atrasado. La palabra comunidad es muy gruesa: comunidad somos dos, tres… o mil quinientas personas. Pero si solo dos o tres son los que se mueven, eso me deja un vacío. No sé cómo responderme: ¿a la comunidad no le importa? ¿Será que solo quieren ser habitantes? Quedan muchas preguntas.”

Con esas palabras, Don Óscar entrega el megáfono a uno de los niños, para que le hable a la comunidad durante la inauguración de la sede.

Mucho se ha hablado de lo que significa vivir en un barrio periférico de la ciudad. Se ha utilizado el discurso del medio ambiente para justificar medios violentos y estigmatizantes que buscan sacar a las personas de sus hogares.

“De alguna manera —afirma Juan Miguel— hoy también hay más herramientas para establecer conversaciones horizontales con la institucionalidad. Pero la institucionalidad sigue siendo miope, sorda y boba. Como siempre, los actores institucionales o violentos se agarran de esa palabra —el riesgo— para atropellar o hacer cosas que creen que están bien en defensa del riesgo de las personas”.

¿Qué pasa con una realidad que sí existe, como la gestión del riesgo ambiental? ¿Cómo habitan las comunidades un lugar que tiene riesgo medioambiental? El Faro lleva más de 25 años creciendo y cimentándose en una zona catalogada como riesgosa. Hoy la crisis climática está presente no solo en las periferias, sino en toda la ciudad. Es una realidad, pero también una oportunidad para las futuras generaciones.

Como explica Juan Miguel, “hay muchos detalles constructivos no industrializados, muchas tácticas populares que pueden volverse técnica. Los ingenieros —los que definen qué es riesgo— podrían meterle matemática a eso, para proyectar una ciudad mucho más conectada con las realidades que ya están ahí. Porque no solo se trata de riesgo, sino de la necesidad de habitar por algo tan simple como sobrevivir”.

Las preguntas quedan abiertas en medio de una realidad que sigue pasando más rápido que las instituciones y las normas, el barrio se va a seguir construyendo desde lo popular y desde la autoconstrucción. Hoy parece ser que el conocimiento, desde las profesiones y desde la institucionalidad, puede plantear cooperaciones mucho más cordiales para seguir construyendo nuestros barrios. ¿Qué pasa si logramos identificar esas inteligencias colectivas para formalizar otro tipo de ciudad?

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