Por: Juan Pablo Bastidas Cardona
Ya son dos las semanas que han pasado desde que cerraron las urnas en Colombia, se ha elegido un nuevo presidente en nuestro país, pero asimismo, tras el resultado ocurre lo que más caracteriza a las democracias: mientras unos celebran que ganó su candidato, otros lamentamos los resultados obtenidos en esa reñida disputa caracterizada por el ataque constante al proyecto político actual. Más allá de eso, una vez apagados los micrófonos de los discursos políticos de victoria y derrota, queda una pregunta en el aire que es aún más importante que el nombre de aquel que se proclamó como ganador: ¿qué país dejaron estas elecciones?
Luego de las campañas, queda más que confirmado que el único desafío en Colombia no es quién ocupa la casa de Nariño, sino la visceral división política que atraviesa el país. Durante meses el debate público estuvo dominado por la polarización, la desinformación y la confrontación. Donde quedó evidenciado que las propuestas de la oposición al gobierno progresista quedaron relegadas, pero se caracterizaron por hacer uso de ataques personales, difundir noticias falsas y la creación de un discurso que se alinea sorpresivamente con la “teoría del madman” (o teoría del loco), que además fue usado para infundir miedo e indignación en la población colombiana. Asimismo, se puede percibir que las redes sociales fueron dejadas a un lado como herramienta para el intercambio de ideas, construcción de pensamiento crítico, y se transformaron en trincheras como si de una guerra digital se tratara, donde el algoritmo premia el contenido que divide y castiga al que invita a reflexionar.
Teniendo en cuenta lo expuesto anteriormente, es oportuno recordar al jurista, politólogo y filósofo Norberto Bobbio, que en su obra El futuro de la democracia expone que esta se fundamenta en un conjunto de reglas para la toma de decisiones colectivas, idea que supone reconocer la legitimidad del pluralismo y del desacuerdo político. Recordar a este autor y su idea sobre la democracia nos revela que la esencia de la misma no radica únicamente en la oportunidad de poder elegir un candidato alineado con una visión política, sino en aceptar que el adversario político posee la misma legitimidad y los mismos derechos que quienes resultaron como vencedores.
No obstante, nuestro país parece haber regresado 80 años en el tiempo a la época de la violencia, donde liberales y conservadores se disputaban el poder sanguinariamente. Hoy parece haberse perdido esa premisa de una democracia saludable en la que se respetan las posturas e ideologías distintas. Hoy en día, y al mejor estilo del pasado, es más fácil etiquetar a una persona por su derecho a elegir una postura política que escuchar los argumentos que motivan su elección. El contradictor dejó de ser un interlocutor para convertirse en un enemigo acérrimo, y las diferencias de opiniones pasaron a ser motivo de confrontación. En la política moderna ha dejado de discutirse las ideas para hacerlo desde la identidad, sumergiéndose así en un bucle infinito donde las críticas son tomadas como un ataque y los desacuerdos como una amenaza a la supuesta democracia que profesan los partidos de derecha en Colombia.
No siendo más, las urnas ya hablaron y el resultado debe ser respetado. Pero no debemos olvidar que en este momento es cuando comienza el verdadero desafío para el Gobierno que en unos pocos días pasará a ser la oposición más grande en la historia reciente del país: mostrarle al gobierno entrante que gobernar significa escuchar a quienes no votaron por el presidente electo, y que hacer oposición significa hacer control dentro del respeto por las instituciones y el Estado social de derecho.
Recordemos que las campañas, los candidatos y los presidentes pasan, pero lo único que permanece en el tiempo es Colombia. Si algo nos dejan estas elecciones es que ninguna victoria electoral debe justificar una sociedad cada vez más fracturada. Pero como advertía Norberto Bobbio, la democracia solo se conservará cuando las reglas, el respeto y la tolerancia prevalezcan sobre el fanatismo político. De lo contrario, el verdadero derrotado no será un partido político, sino la democracia colombiana.