Por: Fundación Walter Benjamin para la Investigación Social
En el opúsculo del gobierno progresista (2022–2026), se convierte en un campo en disputa el balance de estos cuatro años. Proliferan narrativas “oficialistas” que ensalzan acríticamente todas las acciones gubernamentales, otras destacan solo ciertos ámbitos de su mandato, algunas se ensañan en denostar la acción en su conjunto. Tenemos que reconocer tres dificultades estructurales de cualquier balance. La primera la conforma la imposibilidad de lograr una aproximación a la “totalidad” de la obra gubernamental, porque contiene una realidad inabarcable de dimensiones, ámbitos y acciones. La segunda rememora que no existen balances “neutrales” y es ineludible hacerlos desde posiciones teóricas, filosóficas y políticas. La tercera conlleva el reconocimiento de la mediación emocional, afectiva y empática en toda actividad de juzgar.
Intentamos realizar un balance a través de las voces de los artífices de la política de gobierno en este periodo: el presidente de la República y el Comisionado de Paz, en dos entrevistas recientes a medios de comunicación. La primera a Noticias Caracol y la segunda al diario El Espectador. La temporalidad de las entrevistas (mayo 2026) las convierte en reflexiones sobre un legado.
Proponemos una metodología de “análisis del discurso narrativo” (W. Benjamin; P. Ricoeur), subrayando las nociones de “contradicción” (Marx) y “formación discursiva” y “archivo” (Foucault). Comprendemos la noción de “contradicción” en su sentido dialéctico como la existencia de fuerzas opuestas presentes al mismo tiempo en una situación, una discursividad, un proceso o un acontecimiento determinado; interpretamos la “formación discursiva” como lo efectivamente “dicho” o “escrito” en una época determinada o por un individuo y el “archivo” como lo “no dicho” (no porque sea oculto o secreto), sino por la existencia de un sistema de reglas de exclusión, selección y distribución que permite que ciertos discursos sean considerados “verdaderos” o “legítimos” y otros queden silenciados o marginados.
Discursividad narrativa presidencial
La entrevista presidencial se inaugura con el interrogante: ¿Cuál es la transformación que hoy usted le deja a Colombia y que no tiene reversa?, que obliga al interpelado a realizar un juicio de priorización y de generalización: “Una gran parte del pueblo colombiano que ha entendido de qué se trata la política, qué pasa en su país y qué aspira que pase en su país. Eso se llama madurez política”. Una respuesta categórica. Las dificultades se inician en varios ámbitos: (a) Es difícil y arriesgado sostener criterios nítidos para juzgar un avance en el entendimiento de la política; (b) La respuesta sugiere que compartir los “cambios” propuestos por el gobierno progresista es el criterio para una mejor y mayor comprensión de la “política”; (c) Se constata una cierta autorreferencialidad al suponer que es el actual gobierno el que ha producido esa “madurez política” y no la historia de las luchas de los pueblos.
La reflexión sobre la “gran” transformación lleva el diálogo, inevitablemente, a la historia de Colombia. Dos narrativas llaman la atención: las categorías europeas de izquierda y derecha son “poco aplicables, por ejemplo, a la historia de Colombia” y las diferencias en la concepción militar de Bolívar y Santander. Es posible que los ideólogos independentistas no hayan utilizado expresamente la diada izquierda/derecha, pero esto no implica que la polémica república/monarquía no contenga latentemente esta distinción, que esas categorías sean exclusivamente “europeas” y que no sean centrales para comprender la historia política Latinoamérica de los siglos XIX hasta nuestros días. Se percibe una velada actitud de distancia en el discurso presidencial ante esta distinción clásica de la filosofía política moderna. Pero es sorprendente situar la “gran diferencia” en el tema militar entre Bolívar y Santander postulando que el primero siempre pensó en un gran ejército con la “población de base de la antigua Colombia”, mientras el segundo, por “su concepción de élite lo hizo formar fue guerrillas, no un ejército”. Existieron matices y diferencias inevitables en la estrategia militar entre los dos líderes de la independencia colombiana; ambos, en determinadas circunstancias, defendieron el gran ejército y también la guerrilla, pero sostener que una “visión elitista” siempre conforma guerrillas es una afrenta histórica contra la “guerra partisana” en la resistencia al fascismo histórico en Europa o la “guerra de guerrillas” en las luchas contra el colonialismo.
La pregunta que exige mayor detalle para un balance es: ¿Cuál sería hoy el reconocimiento de un error o de una equivocación sobre el cual usted, en este camino de cierre de su mandato, ha reflexionado? Un balance riguroso exige siempre la conciencia crítica de los errores y equivocaciones. El presidente apuntó que “hay varios errores” y rememoró su pertenencia al M19 con la consigna “diálogo nacional” desde 1982. El “pluralismo” es su realización, pero “la pluralidad que hice en el primer gabinete no sirvió para nada y dejó unas marcas irreversibles para mi gobierno. Aún hoy estamos viviendo las consecuencias”. Encontramos un giro argumentativo problemático: el poder ejecutivo promovió el “pluralismo”, pero algunos ministros traicionaron ese espíritu generoso y la traición dejó unas “marcas irreversibles” hasta el día de hoy. El ejemplo palpable de esa situación es el Plan Nacional de Desarrollo porque terminó siendo un “mamotreto” que eliminó el “esqueleto” del Plan que se presentó a la Registraduría. El “esqueleto” del Plan fue traicionado por un grupo de ministros (probablemente incluye al director de Planeación del momento) y por un constructo que el presidente denomina el “intelectualismo soberbio”; una metáfora fuerte y agresiva porque se convierte en un “golpe contra la democracia”. En sus palabras: “Un equipo que incluso no tuvo que ver con la campaña, no lee lo que se puso en discusión en la campaña y hace lo que el equipo consideraría que es el camino de Colombia. Esa postura, que es intelectual, reemplaza al pueblo de Colombia y eso es un golpe contra la democracia”. Tal vez, el único que comprende plenamente el lenguaje del pueblo es el presidente, y los demás son “intelectuales soberbios” que reemplazan al pueblo amenazando la democracia. En su enumeración, este es el primer problema o error.
El problema “más grande”, en la jerarquía narrativa del presidente, es el económico, que termina limitado a lo fiscal y presupuestal. No se elaboran complejas reflexiones sobre los “modelos económicos” o el contexto internacional de la economía, tampoco sobre la crisis capitalista, sino una visión concentrada en agentes que modifican decisiones sobre lo tributario o lo presupuestal. Son tres errores: (a) Pagar el subsidio a los combustibles con el presupuesto nacional; (b) La tasa de interés va en contravía de la tasa de crecimiento económico; (c) Las reformas y decretos del gobierno en materia económica han sido tumbados por predisposición de ciertos magistrados de las altas cortes. En todos los “errores” se preserva una matriz argumentativa: son otros los responsables y culpables (el ministro de Hacienda; la Junta Directiva del Banco de la República; integrantes de las Altas Cortes) y el error se convierte en un “pecado de ingenuidad” del artífice de los nombramientos. Una estrategia narrativa que siempre contribuye a la “autovictimización”. La voluntad bondadosa reside en el nominador y las otras voluntades conspiran contra aquella que tiene “superioridad moral”.
Tal vez, la tensión mayor se encuentra en las reglas de jerarquización entre “lo dicho” y lo “no dicho”. El acento en el balance presidencial en lo presupuestal y fiscal, el “problema más grande”, adjudicable a otros agentes conspiradores, además, en cierto sentido, de eximirlo de cualquier culpabilidad y convertirlo en ingenuidad, pretende que ciertos discursos sean considerados “verdaderos” o “legítimos” y otros queden silenciados o marginados. Entre ellos, sorprenden los silencios sobre los fenómenos de corrupción, la problemática de la paz, la situación ecológica, las dificultades territoriales, el balance de la problemática de tierras, el acuerdo de paz de 2016, la situación energética, entre otros.
El opúsculo de la “paz total”
El Comisionado de Paz ofrece una entrevista al diario El Espectador el 28 de mayo del año en curso. Constituye una pieza narrativa importante de la perspectiva gubernamental sobre la naturaleza, significado y límites de la “paz total”; una especie de “confesión” de parte. El primer interrogante gira sobre “qué le faltó a la paz total” y qué “autocrítica se haría personalmente”: La respuesta no contiene ningún asomo de autocrítica, sino la caracterización que esa oficina hace de la situación actual: “Ya no se trata del final del conflicto armado clásico” y “Hoy el nombre de la paz no es la finalización del conflicto armado, sino la superación de violencias que han sido empujadas por las economías ilegales”. La discursividad narrativa es preocupante porque se aproxima al discurso contrainsurgente de la derecha: ya no existe un conflicto armado que contenga causas estructurales, la paz no implica su superación y las violencias son causadas exclusivamente por las economías ilegales. Bastante próximo a las posiciones del ideólogo de la derecha José Obdulio Gaviria.
La perplejidad se incrementa ante la interpelación sobre el “balance” de los diez tableros de negociación que aún siguen vigentes en estos cuatro años. La respuesta categórica es “Hemos avanzado, claro”, pero los motivos de ese avance solo pueden producir estupefacción: “Estos procesos y esos actores se han venido fracturando”. El criterio para el “avance”, según el “Alto Comisionado”, es la fracturación y división de las organizaciones armadas convertida en política gubernamental: “Después nos dimos cuenta de que, si se fracturan, es porque la paz empieza a avanzar; tampoco nosotros nos vamos a poner a llorar porque ellos se fracturen”. Como los sostuvimos: una confesión de parte. Y al mismo tiempo, una estrategia discursiva para hacer responsables siempre a los otros y eximirse de responsabilidad en las acciones. Hace pocos días en la Revista Cambio, subrayaba Vincens Fisas cómo la experiencia planetaria de procesos de paz evidencia “la importancia de cuidar la cohesión de ambas partes negociadoras a lo largo de todo el proceso”. Convertir en un “avance” la fracturación de las insurgencias es una afrenta a los caminos de paz o la subordinación plena a la estrategia contrainsurgente del gobierno estadounidense.
El último interrogante es sobre el legado del gobierno en asuntos de paz y la respuesta minimalista confirma las limitaciones de la política de “paz total”. Retoma su pertenencia al M19: “Nosotros mostramos que la paz, así sea modesta, podría desembocar en un acuerdo nacional (…) desembocó en una Asamblea Constituyente”. El legado es: “Ya el nombre de la paz no es la terminación del conflicto, sino la superación de la violencia”. Se despliega a nivel discursivo una especie de “cárcel del pasado”: siguen creyendo que la paz actual debe tener el modelo idéntico al proceso M19 y el mismo desarrollo, una especie de “paz chiquita” que puede terminar en una Asamblea Constituyente. Que con la “paz del M19” se acabó en Colombia para siempre el conflicto social y armado; que las insurgencias de hoy no son “verdaderas” porque no se asemejan a la “paz” del M19; el nombre actual de la “paz total” es superar las violencias por cualquier medio, porque ya no existe conflicto armado interno.
La contradicción central del progresismo colombiano se constata en el cierre del gobierno, el balance del período y sus prácticas discursivas. Los balances al cierre del período del presidente y el comisionado de paz son piezas narrativas de gran relevancia hermenéutica. En un contexto de pérdida plena de capacidad autocrítica, porque los “grandes errores” son de otros agentes y son principalmente asuntos fiscales y presupuestales, se despliega de forma patente esta contradicción: ¿es posible construir una Colombia como “potencia mundial de la vida” negando la existencia del conflicto armado interno y justificando cualquier medio para acabar las “violencias”, entre ellos los bombardeos, la militarización, los planes Perseo y la fumigación con glifosato? Definitivamente, la “vida plena” no puede consolidarse en un país con tierra arrasada y bombardeos de niños y niñas.