Edición 61 - Abril 2011

Pistolas y rosas en la comuna 1 de Medellín

0

Catalina me había dicho, “Carlitos acompáñame a la Comuna 1, allí unos pelados van a entregar unas armas de manera voluntaria, lo van a hacer con la policía comunitaria, por aquello de la confianza”. Ellos, supuestamente, entregarían esas armas con la idea de cambiar de vida, y, como era obvio, esperaban del Estado lo de siempre, ingresos y educación para dejar de delinquir. Nos subimos entonces en una camioneta de la policía, nos dirigíamos a un pequeño salón ubicado en un complejo deportivo en el barrio Santo Domingo; íbamos con miedo sin duda, aunque acompañados del coronel, porque sabíamos que íbamos a encontrarnos con los manes de los combos y con sus líderes. Esto era el viernes 25 de marzo.

{jcomments on}

Los “Manes” de los Combos
En la camioneta le pregunté al coronel de manera inocente si se podía creer en las buenas intenciones de esa gente, a lo que respondió: “mire Carlitos…este es un primer acercamiento con ellos y hay que reconocer que ambos nos estamos utilizando, ellos a nosotros y nosotros a ellos; es una relación utilitaria, pero toca hacerlo mientras nos cojamos confianza, si ellos dicen que van a entregar unas armas es porque tienen el doble o el triple, pero toca creerles mijo…”. Yo me quedé callado pensando.

Cuando llegamos al lugar había mucha gente, todos rodeando el salón en donde íbamos a estar. Parado, al frente del salón, estaba un hombre alto y de contextura gruesa que había observado fijamente el auto en el que veníamos; de pronto paró la camioneta y el tipo se dejó venir y saludó: “hola mi coronel,…”, “hola Jorge, ¿todo listo?” – preguntó el coronel-, “todo listo” – dijo el hombre, y con voz de mando le dijo a las personas que estaban fuera del salón “¡Entren a ver!”. Sin duda era uno de los líderes de algún combo, un “duro”.

El salón era oscuro y frío, apenas para la ocasión. Allí ya estaban, por lo menos, unas 60 u 80 personas, la mayoría de ellas jóvenes, algunos muy niños. Entonces el coronel saludó diciendo -“buenas tardes”- y ellos respondieron igual. Paso seguido Jorge, “el duro”, tomó la palabra y dijo: “mi coronel, aquí está la gente que quiere entregar los fierros, pero no se le olvide lo que hablamos; nosotros entregamos esto, pero también esperamos de la Policía y del Estado una ayuda”. Entonces el Coronel tomó la palabra y dijo: “claro que sí Jorge y amigos, aquí estamos para cumplirles y para que le cumplamos a la comunidad, ustedes han manifestado un deseo de cambiar de vida pero sólo les podemos ayudar si ustedes realmente cumplen su compromiso, …no podemos quedar mal ante la comunidad ni ante los medios”.

En ese momento un hombre de altura mediana, robusto, moreno, como zambo, con tranquilidad asombrosa exclamo “¡Claro mi coronel!,  ahí están los fierros y las granadas, no es sino que usted diga pa’cuando que nosotros las bajamos”. “Espere, espere, espere…” – exclamo aceleradamente Jorge “…eso lo hablo yo con mi coronel”. Entonces otro tipo, de tez blanca, rostro sonriente y de discurso arrebolado dijo: “vea mi coronel…para nadie es un secreto que en este barrio hay cifras alaaaaaarrrrmaaaantes de pobreza y abandono”. Todo el mundo se echo reír por el acento que le puso a la frase; era Didier, un tipo ya adulto, pero conservado, que no reflejaba maldad en su rostro. “Lo que necesitamos mi coronel y señores es tener un ingreso y una labor con la cual sobrevivir, por eso nos hemos metido en esto, y si no míreme a mi, yo soy técnico del Sena de Urabá y al no encontrar empleo pues me tocó meterme al conflicto, enfierrarme, …usted me entiende mi coronel. Le bajamos los fierros pero no todos, porque nos quedamos sin con qué trabajar” – terminó Didier-  y nuevamente se escucharon las risas, porque Didier siempre que hablaba lo hacia en un tono gracioso, parecía un político.

El coronel nuevamente dijo: “…para eso estamos aquí, yo ya gestioné con la alcaldía 20 cupos para Fuerza Joven y otros 10 si el proceso avanza; también me estoy consiguiendo unos mercaditos para darles, y también para que puedan estudiar, pero si nos cumplen; si no, no”. Entonces Jorge despidió a la gente y nos quedamos el Coronel, Cata, Jorge y yo. Entonces empezó la puja. “Mi coronel – dijo Jorge- ¡pilas que somos muchos¡, apenas 20 cupos pa´Fuerza Joven, ¡Nooooo mi coronel¡. “Mire Jorgito…-dijo el coronel -, eso es lo que me pude conseguir, después vendrá más pero usted me debe entregar siquiera 10 fierros y que estén buenos, ojo Jorge que vienen los medios y mi general, no podemos salir con cualquier cosa!” “¿10 fierros?, nooooo mi coronel, le bajo ocho” -respondió Jorge-. “Mire Jorge, necesito los 10 y le doy siquiera 50 mercados”, “ocho mi coronel”, “Diez Jorge, sino no hacemos nada¡” – dijo el Coronel, y así se cerró el “negocio”.

Las Pistolas
La entrega de armas fue el lunes 4 de abril. Otra vez subí con el Coronel en la camioneta pero a otro lugar, a la iglesia de Guadalupe, también en Santo Domingo. Esta vez había muchísima más gente, más pelados de rostros duros, con cara de “calientes” regados por todos lados, jovencitas embarazadas dando vueltas, y mucha policía. No era una desmovilización sino una entrega voluntaria de armas por parte de 80 jóvenes, de 5 combos, que, según ellos, no pertenecían a ninguna estructura ilegal- cosa nada creíble-. La entrega era al interior de la iglesia, pues según el coronel se necesitaba la “bendición espiritual”.  

Entonces estaba todo listo: el párroco, el general de la policía metropolitana con sus lugartenientes, sus escoltas armados hasta los dientes, cuyas sofisticadas y grandes armas eran vistas con delirio por los pelados “cara de calientes”, como cuando un niño observa un dulce que no ha probado; representantes de la alcaldía, y, por supuesto, la parafernalia de los medios.

Comenzó la misa, las bendiciones y  agradecimientos del padre, después habló el general y después lo grueso: la entrega de los fierros. Entonces Jorge le dijo a sus muchachos: “listo, hagan una fila ahí y saquen los fierros”. Didier era el primero en fila, pero ya no se veía tan gracioso, tenía en sus manos un fusil, no tan nuevo como uno esperaría. -“es un galil”-, me susurró al oído Armenio, el conductor. Pero también había granadas, tres exactamente y eso sí que me asustó, cuando se las pasaron a un policía que estaba junto a mi para que las envolviera con cinta por seguridad. Comenzó el desfile, hacia el centro de la iglesia, de los pelados enfierrados con dos fusiles, cerca de 10 revólveres y tres granadas, que fueron puestos encima de una mesa para que los medios de comunicación pudieran fotografiarlos. Todos los pelados estaban vestidos con camisetas muy bonitas que decían: “Sin armas la vida es otro cuento”.

Las Rosas
Todo el mundo quiso manifestar, ante el micrófono, sus buenas intenciones, comenzando por los pelados. Uno de ellos, aquel que en la reunión previa había ofrecido los fierros al coronel “pa´cuando quisiera”, fue el primero que pasó a dar su testimonio. “Nosotros hacemos esto para una mejor vida…” -comenzó diciendo- “…pero necesitamos oportunidades y trabajo, queremos que nuestros hijos sepan que estar en la vuelta no es bueno”. También el general dio las gracias a Dios y a los jóvenes por ser parte de la solución y no del problema y les recordó que ahí estaban los cupos de Fuerza Joven y que les traerían educación. Y, por supuesto, no faltó Didier diciendo: “…queremos hacer un llamado al Estado ahora que los medios de comunicación y personas importantes están acá, para que miren hacia este lado y se den cuenta de las alarmantes cifras de pobreza y abandono de nuestro barrio…”. Y otra vez las risas de sus parceros.

Movilización por la defensa del Páramo de Santurbán: Lecciones que no se deben olvidar

Previous article

Sembrando en el pavimento Una experiencia en el barrio La Paralela

Next article
Login/Sign up