Edición 61 - Abril 2011

Sembrando en el pavimento Una experiencia en el barrio La Paralela

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La falta de garantías estatales para asegurar una vivienda digna a la mayoría de la población colombiana y la necesidad vital de apropiarse de un territorio para constituirlo en hábitat traen como consecuencia directa la proliferación de asentamientos urbanos que albergan, en condiciones precarias e insalubres, a millones de personas en el territorio nacional. El asentamiento que es conocido por sus habitantes como barrio La Paralela, en la comuna 5 (Castilla), es uno de los tantos que existen en la ciudad de Medellín. En La Paralela los sucesivos moradores del barrio emprendieron, hace aproximadamente 50 años, un proceso de recuperación, reivindicación y lucha por el territorio.

{jcomments on}Se sitúa entre la estación Tricentenario y la estación Madera, al  Norte de la ciudad, y limita directamente con el tramo del metro comprendido entre estas estaciones. Cuenta con aproximadamente 3.000 habitantes, quienes por diversas circunstancias como el desplazamiento forzado intradepartamental y otras relacionadas con el conflicto interno, han forjado, a punta de resistencia y tablas o zinc, un espacio, un territorio que ocupar y empezar a construir, aún en condiciones deplorables, un lugar para vivir.

La planeación del entorno está guiada por necesidades inmediatas y no cuenta con ningún tipo de intervención municipal que haga prevalecer el derecho a la vida digna; el alcantarillado brilla por su ausencia y ni hablar de la precariedad de servicios públicos, pues algunos no cuentan con ellos debido a que La Paralela es lo que se conoce comúnmente como un barrio de invasión. En las condiciones que la gente subsiste en La Paralela, sin salud, educación, trabajo estable y vivienda digna, el tema de seguridad alimentaria y nutricional, adquiere vital importancia.

Frente a la crisis alimentaria organizaciones no gubernamentales, como la Corporación Yanapaqui, mantienen las líneas de aprendizaje por medio de conversatorios, seminarios, talleres y capacitaciones de una manera dinámica y participativa en la comunidad. En su afán por mejorar las condiciones de vida de los hombres y mujeres a quienes el Estado sólo garantiza el derecho a morir de hambre, se interviene en el barrio a través de proyectos como PLAENFA (Planteemos en familia), una forma de relacionarse con los habitantes de estos asentamientos donde se reconoce junto a la comunidad los recursos que allí se encuentran como, por ejemplo la tierra, el conocimiento ancestral de las personas y su trabajo y empeño en ello, el papel de las mujeres como las principales desarrolladoras del proyecto.

En un diagnóstico realizado a las 100 familias participantes, se encontró que 45% de ellas son de origen campesino. En este sentido se asume la agricultura urbana como una manera de conectarse con la tierra, la naturaleza y de conservar los saberes ancestrales, además de una alternativa para la subsistencia.

Para fortalecer ese proceso se ha logrado articular la comunidad en torno a la siembra, en predios comunales y particulares, de hortalizas y plantas medicinales de uso cotidiano. Los habitantes de La Paralela recurren de esta manera a la agricultura urbana para incrementar la cantidad de alimentos disponibles en la ciudad, y como suministro directo de vegetales fresco. A parte de eso, esas prácticas generan un mejoramiento del medio ambiente del barrio.

Un ejemplo de eso ha sido Julia Quevedo Ruiz de 43 años, desplazada de la vereda Sinaí en el municipio de Cocorná. Desde que llegó a Medellín, hace 9 años, es la primera vez que tiene la ocasión de trabajar la tierra. Doña Julia muestra con orgullo su huerta, perfectamente cuidada como capitalización de tantos años de experiencia en el campo. Mientras verifica el estado del cilantro, el repollo o el pepino que diariamente riega con cariño, añora la fertilidad de su tierra natal comparándola con la tierra resentida de tantos años de abuso humano en la que está ubicada su casa. Sin embargo, a pesar de los recuerdos, no esconde su satisfacción por tener contacto con ese elemento tan arraigado en ella: la tierra. Los productos que en ella cosecha son, simultáneamente, una forma de saberse campesina y una garantía de alimentos en medio de su desempleo.

Este proceso ha permitido desarrollar una construcción colectiva fundamentada en la edificación de un tejido social con el fin de afianzar la relación entre vecinos. La  participación de la comunidad tiene una cobertura en todo el barrio distribuyéndose en cuatro zonas o subgrupos denominados: el lavadero, el puente, la cancha, y la sede. Poco a poco se ha ido consolidando el grupo de agricultura urbana mediante la práctica de agricultura orgánica, talleres de transformación de alimentos e intercambio de alimentos.  

Los cultivos sirven de punto de partida para un empoderamiento que desafía las lógicas urbanas, hedonistas y consumistas y que contribuyen, sin ningún escrúpulo, a la contaminación de acuíferos, a la pérdida de biodiversidad y a la degradación de la salud humana, entre otros. De esta manera, la agricultura urbana es una reafirmación de una identidad, tantas veces secuestrada.

El proyecto, además de ayudar a suplir necesidades primarias y de organizar a la colectividad en jornadas de trabajo agrícola comunitario que estrechan sus vínculos, busca concientizar sobre diversos temas y generar una conciencia política para fortalecer procesos organizativos dentro del barrio, con el fin  de que no se concentre, como es tradicional, el fruto del trabajo de muchos en pocas manos.

En La Paralela se goza, se aprende, se siente en comunidad; allí se ha entendido que en la unión radica la fuerza y que el beneficio de todos y todas se traduce en beneficio individual. Como no se puede obviar el entorno y el sistema en el que nos encontramos, en el barrio los saberes se democratizan para buscar una mejora en la calidad de vida de todos y todas, pasando de la industria primaria (agricultura) a una segunda en la que la manipulación de los productos se vuelve una alternativa de beneficio más que doble: Por un lado el consumidor tendrá manufacturas de excelente calidad, sin procesos químicos y beneficiosas para el planeta y, por el otro, las familias encuentran un modo de incrementar sus ingresos.

Las alternativas de economía solidaria, donde tanto la producción como el usufructo son compartidos, pululan por el país. En diversos rincones y regiones se diseñan estrategias de acuerdo a las necesidades particulares de las comunidades para enfrentar, no sólo la pobreza y la marginación, sino los factores estructurales que la reproducen. Los productos artesanales son una manera de oponerse a los monopolios que actúan buscando ganancias económicas a cualquier costo; no sólo generan opciones para un consumo responsable (que no vaya en detrimento de la naturaleza ni de los seres humanos) sino que contribuyen a una redistribución paulatina de los ingresos, que irá aumentando a medida que las prácticas, tanto de producción como de consumo de los productos provenientes de economías solidarias, se extiendan.

Pistolas y rosas en la comuna 1 de Medellín

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