Edición 61 - Abril 2011

Calle arriba, calle abajo

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5: 25 am.
Ha dormido a lo mucho tres horas seguidas, hasta en sus sueños se mete la desesperación, anoche por ejemplo soñó que lo atrapaban robando un banco y le propinaban cinco tiros en el pecho y uno en la cabeza;  él nunca se ha robado ni un pan, mucho menos un banco. Debe ser la dieta de hambre que lleva la que le perturba el sueño – piensa en silencio-.  Se asoma por la ventana de su barrio obrero y observa como empiezan a aparecer hombres y mujeres bien abrigados rumbo a sus trabajos, estudiantes medio dormidos, claro también ve a los borrachos que regresan a casa. Piensa que la vida es un Tango muy triste.{jcomments on}

Pablito se llama, le gusta cantar Pablo Pueblo los sábados en la cantina de la esquina conmigo: – Pablo con el silencio del pobre, con los gritos por abajo- nos conocemos desde la lejana infancia, tendríamos doce años cuando nuestro negocio era vender mango biche gracias a una vieja  maquina que nos prestara  don Alvarito, el dueño de la tienda del barrio. Durante un par de meses fuimos prósperos, recuerdo que hasta llegamos a tener hasta dos empleados – tu hermana y el flaco Martínez-. El punto clave de venta siempre fue el colegio la Amistad, mejor nombre no podría tener el lugar para nuestra aventura. Un mal día nos cayó la policía y cargó con todo lo que los vendedores ambulantes teníamos, esa tarde juramos no ser policías nunca, también nos enteramos que la máquina valía diez mil pesos pues don Alvarito nos la cobró y a nuestras viejitas les tocó rebuscarse para pagarla. Desde esas viejas épocas te llamo Pablito amigo querido, desde esa memoria que aún permanece te veo la mirada perdida.

6:20 am
Se lava la cara y las axilas en él lava manos. A Pablito nadie lo espera, hoy ya no hay clase a las 7 a.m, ya se graduó de una universidad pública hace un par de años, estudió en una facultad de humanidades pues siempre pensó que la apuesta era por el nuevo hombre, uno más digno y libre – en sus palabras –, tardo seis años en graduarse, su tesis fue sobre discapacidad y adulto mayor, recibió tres correcciones y una nota de cuatro siete, la noche del grado se fue para el Goce pagano de la Candelaria y se empujó dos medias de aguardiente, nadie le pidió un trago de sus medias, ni yo; su chica de ese entonces bailó con el Mambo sobre una mesa y nos terminaron echando. Al día siguiente Pablito se levanto como a medio día y juro por decimoséptima – según mis cuentas – no volver a tomar guaro. Pablito se calienta un tinto del día anterior para bajar una tostada, son las 6:25 am y no tiene prisa pues tampoco lo espera un empleo, hace parte del casi 12% de desocupados según el DANE, peor aún no hace parte del 52 % que están en empleos informales, o sea en el rebusque, Pablito odia las estadísticas, son frías, no dicen mucho, no tiene corazón y menos una sonrisa. Pablito es uno más de trece millones de colombianos que le toca sobrevivir como puedan – Hagan cuentas-Pablito se toma su tinto sin azúcar y no le echa mermelada a la tostada.

Ya de pelados nos cogió la moda de organizar rumbas, al comienzo buscábamos casas de amigos prestadas y el negocio era el siguiente: nosotros poníamos la gente, la música, recogíamos el dinero previamente y prometíamos dejar el lugar como nuevo, y claro un maravilloso 30% de utilidad en contra prestación por prestar las instalaciones, los padres del que prestaba la casa no se enteraban que teníamos fines de lucro, simplemente inventábamos cumpleaños y cuánta cosa se nos cruzara por nuestras cabezas. La cosa nos funcionó bien por un tiempo, yo, el duro de la música, con una venita de DJ de barrio propia, pasando de los duros de la salsa a lo nuevo que por esa época era disque el house, y Pablito el duro de las finanzas y de las relaciones, siempre fue bonito el desgraciado y para acabarla sabía bailar súper bien, así que les armaba emboscada a las peladas del barrio prometiéndoles full rumba y a los pelados les vendía las boletas de ingreso prometiéndoles lo mejor del casting del barrio. El negocio se nos vino abajo cuando empezaron a darle duro al trago, nos volvimos los enemigos públicos de todas las madres del barrio, las peleas por las peladas no tardaron en aparecer y la destrucción propia del establecimiento. ¡Qué bueno la pasamos! ¿No Pablito? Tanto que hasta una vez nos alquilamos el salón comunal para jalarnos la rumba de la vida, y cuando estaba lleno y yo colocaba Lluvia con nieve, se nos vino la tormenta, los vecinos nos mandaron la policía, nos apagaron todo y se cargaron con diez pelados menores de edad – Tanto que te repetí que pilas con eso y no me hiciste caso – ya nos empezó a salir pelo Pablito por esa época y los doce juegos se nos acabaron como decía El baile de los que sobran.

7:12 am
No hay rumbo, ni rumba ya en el alma de Pablito. Suena el teléfono y me dice que se siente mal, que le arden los ojos y que tiene como bolas en los parpados; le digo que fresco, que yo hablo con mi jefe que es médico para que lo vea. Pablito trabajó una temporada como contratista del Estado, prestación de servicios profesionales que llaman, uno de los peores males que nos tocan por estos días, cerca del 75% de los cargos públicos son en esta modalidad, la cual consiste básicamente en pagarle una miseria a los profesionales y obligarlos a pagar su seguridad social por su cuenta, adicionalmente nunca tendrán derecho a primas, cesantías, extras, bonificaciones y ni que decir de pensión, pues los susodichos contratos nunca superan el año, y cuando culminan a esperar cuáles son los movimientos politiqueros que hay, pues estos cargos los ofrecen a ojo, sin concurso ni mayor control, más bien son para pagar favores hechos o por hacer; como Pablito fue contratista ahora no puede vincularse al Sisben, el sistema asume que es un tipo triunfador y que no tiene hambre, así que no tiene salud pues no tiene los $ 67.300 que vale el mes en cualquier EPS como mínimo. Le devuelvo la llamada a mi amigo y le digo que logré que lo vieran, que se venga para mi casa mientras me alisto.

El último negocio que tuvimos fue venta de camisetas en conciertos, por esa época nos movía duro el rock and roll y pensamos que sería ideal vender camisetas de los grupos en las filas de los conciertos, juntos teníamos ya un cuarto de siglo y seguíamos viviendo en el mismo cuarto de casa paterna, esta sería nuestra apuesta por el rock and roll y claro para salir de pobres, jajajajaja. El negocio empezó bien, siempre fuiste bueno vendiendo, además las peladas te compraban por esa carita bonita tuya, a mi ni que yo era bueno era para estar mosca de la ley, de la competencia y de otras mañas que aprendimos con el tiempo, tiempo que no duró mucho porque un organizador nos cogió con 200 camisetas y nos entregó a la policía, los cargos derechos de autor y piratería, yo sólo pude salir al quinto día, tu siempre estuviste pendiente que no me faltara nada en el hueco, el día que me soltaron te juré con los ojos llenos de lágrimas que nunca más me dejaría joder por un policía, que ahora sí me pondría serio, así que me corté el pelo y me regalé por un salario mínimo como ayudante de un médico borrachín.

8 am
No llegabas, ni modo de llamarte, yo no tengo minutos y tu no tienes celular. Llamo a mi jefe el médico y le digo que tardo un poco.

10:16
Mi jefe me llama y me putea, le digo que tu no llegas y que estoy preocupado, me dice que le importa un bledo y que si no llego antes de medio día que me dé por despedido. Le cuelgo, pienso que me importa un bledo y que se puede meter sus 532.500 pesos por donde mejor le quepan.   

La noche del sábado pasado, el último de enero de 2011, nos metimos nuestros buenos tragos, Pablito tenía rabia, nunca lo escuché tan lleno de desazón, me decía por ejemplo que para que me había servido la literatura, que cuánto me habían pagado por ella, me decía que de qué nos había servido estudiar tanto, que eso de que lo único que nos dejan los viejos es el estudio era pura mierda, que para qué si este país se mueve es con influencias y nuestros amigos eran poetas locas, borrachos de esquina, exiliados de otras tierras que tenía que decir como el finado Jefferson “que están hartos que el sudor no alcance para el pan”, que nuestra gente eran mujeres que tenían que lavar las ropas de los que sí tenían influencias, que nos dejáramos de tanta retórica, que hasta la izquierda en este país era un triste remedo, que más bien fuéramos como Adán García el personaje de Blades que coge una pistola de agua de su hijo y se roba un banco. Yo no atinaba a decirle nada, hasta me atragantaba las frasecitas de esperanza que ya ni yo me creo; le propuse que montáramos un bar que se llamaría El club de los imposibles, lo llenaríamos de poesía y de buena música, venderíamos mango biche las noches que leyéramos a Jattin, también venderíamos camisetas con frases libertarias, Pablito se rio, me dijo que con qué plata, que más bien nos tomáramos la otra y calabaza cada uno para su casa.

9: 25 pm
Llevo todo el día llamando conocidos, buscándolo en los parques del barrio, sé que no debió ir muy lejos pues un pasaje cuesta $ 1.700 y no los tiene. 9:26 pm. Llega Pablito a casa con una sonrisa en la cara, yo le pego un empujón fuerte y le digo que no sea cabrón, en sus parpados hay dos bolas gigantes, son unos orzuelos tremendos, me dice que todo está bien, que estar desempleado es tremendo trabajo, pero que ya no tiene ese problema, que cuando venía para mi casa lo llamaron para un contratico de seis meses como tallerista de derechos humanos, que piensa ahorrar juicioso e irse bien lejos de este país. Yo contengo las lágrimas. Sé que nada está bien.

Sembrando en el pavimento Una experiencia en el barrio La Paralela

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