
La historia de la institución universitaria es realmente apasionante si la acometemos con el debido rigor intelectual, si no incurrimos en sesgos ideológicos que harían trizas el indispensable principio de objetividad. Esto se torna más necesario si reparamos en el hecho que tal historia queda engastada en una historia más amplia, la historia de la cultura, la cual incluye, por supuesto, a la historia de la ciencia y la tecnología. Por ende, resulta benéfico el abordaje de la historia de la institución universitaria con rigor científico, sobre todo por ser la universidad la inteligencia como institución según la aguda percepción de José Ortega y Gasset. Ahora bien, por desgracia, los hechos actuales muestran que la universidad hace mucho tiempo que perdió ese semblante orteguiano, si alguna vez lo tuvo, habida cuenta que el pensamiento único del neoliberalismo se opone al real modo científico de ver el mundo, habiendo tornado así a las universidades en vulgares zocos. Es la chatarrización de las universidades.
{jcomments on} Así las cosas, no sorprende la proliferación actual de mitos en el mundo universitario, aquí y en Vladivostok, puesto que la crisis educativa afecta al planeta entero. Por crisis entendemos lo decantado por el propio Ortega y Gasset: “crisis es que no sabemos lo que nos pasa, y eso es justamente lo que nos pasa”. De esta suerte, los académicos no suelen estar en posición de decir con claridad en qué consiste la crisis actual de civilización, en parte por las limitaciones de su formación de especialistas y en parte por su apoliticismo a ultranza. Peor aún, el grueso de la intelligentsia mundial se ha postrado ante el pensamiento único del neoliberalismo, situación denominada por Heinz Dieterich como crisis o traición de los intelectuales. De esta suerte, en el caso de Latinoamérica, las universidades se han convertido en iglesias con su conjunto de dogmas incuestionables e inamovibles, con el grueso de sus profesores transformados en curas doctrineros que predican la “buena nueva” del neoliberalismo, como si el fin de la historia fuese un hecho incontrovertible sancionado por el método científico. Pero, recordémoslo, el pensamiento único es ideología de tres al cuarto, no un cuerpo de conocimiento establecido con el debido rigor científico.
Destaca José Carlos Bermejo, historiador español, que una creencia común es la tocante a que la universidad es una institución supuestamente destinada a producir los diversos saberes merced a la labor de unas personas dizque muy inteligentes, desinteresadas y dotadas de espíritu crítico. Según esta creencia infundada, los universitarios serían unos seres incorruptibles, objetivos y con una inteligencia superior a la media. No obstante, el principio de realidad pone un buen polo a tierra al respecto, como puede constatar cualquiera que posea una actitud mental ambiciosa y descontentadiza al observar en primer plano el quehacer cotidiano en una universidad. A este respecto, los hechos son tozudos. En el mundillo universitario hay tanto palomas como halcones. Por lo demás, las últimas décadas han aportado obras críticas que demuestran con creces la crisis de la educación y la tecnociencia. Ahora bien, el autor más completo a este respecto, considerado como el crítico más lúcido del modo de producción capitalista, es Iván Illich, teólogo y filósofo austriaco, un genio de primer orden, cuyos análisis de la crisis de civilización pergeñó desde el Centro Intercultural de Documentación (Cidoc), sito en Cuernavaca, México.
Hasta aquí ha quedado establecida la índole terrenal de las universidades. Su pretendida autonomía no pasa de ser un besamanos feudal más cortés que significativo, pese a cuanta declaración pomposa aparezca en estatutos y documentos burocráticos de diversa jaez. En el fondo, como hacen ver Marcelino Cereijido y Laura Reinking, los rectores universitarios latinoamericanos apenas disponen de la suficiente autonomía para realizar acciones como definir el programa del ballet folclórico y establecer la altura a la que se debe cortar el césped. Así, autonomía es un vocablo comodín.
Como aclara Peter Chapman en su libro sobre la historia siniestra de la United Fruit Company, la expresión “repúblicas bananeras”, cuyo concepto y realidad inventó dicha compañía multinacional, suele resaltar la mala gestión política y económica de un país, probablemente con un ingrediente de corrupción, junto con la condición de dependencia de alguna fuente externa. Bien mirada la expresión, resulta acertada para definir no sólo gobiernos en la historia latinoamericana, sino formas de gestión empresarial y académica. Este diagnóstico resulta más acertado si traemos aquí otra expresión, acuñada por José Carlos Bermejo, con la cual se refiere al grueso de los profesores universitarios hispanos como “capitalistas imaginarios”, esto es, profesores que, gracias a su talante de intelectuales en crisis, elogian las bondades del capitalismo neoliberal para la reorganización universitaria, aunque, eso sí, carecen de capital para llevar a cabo sus quimeras universitarias, no tienen en que caerse muertos. De este modo, cuando percibimos a las universidades hispanas como repúblicas académicas bananeras manejadas por capitalistas imaginarios, se trata de repúblicas académicas bananeras sin bananos.
En el caso de las universidades latinoamericanas, resalta más este talante de repúblicas académicas bananeras a causa del hecho que, al revisar la tipología correspondiente, encontramos cinco modelos universitarios dominantes, a saber: el norteamericano, el británico, el francés, el alemán y el ruso, si bien, hacia las últimas dos décadas, el primero tiende a barrer con los otros cuatro. Como quiera que sea, Latinoamérica carece de un modelo universitario propio, situación que viene desde los días de la conquista y la colonia, puesto que el primer modelo de universidad que aterrizó en esta orilla del Atlántico fue el salmantino. Por tanto, estamos hablando de lo que Richard Feynman denominaba como ciencia del tipo de adoración a los aviones, esto es, de ciencia de imitación acrítica.
Más aún, las universidades latinoamericanas, como demostró Iván Illich en La sociedad desescolarizada, han estado siempre orientadas hacia la preservación del statu quo, han carecido de real compromiso con la sociedad entendida como un todo. Esto no sólo no ha cambiado, sino que se ha radicalizado. Por ejemplo, en una conferencia reciente dada en la Universidad Tecnológica de Pereira, Guillermo Hoyos Vásquez, Director del Instituto de Bioética de la Pontificia Universidad Javeriana, dejó claro que, luego de la década de 1970, la universidad colombiana se replegó sobre sí misma en un narcisismo sospechoso, se acentuó su ruptura con la sociedad. Incluso, mucho antes, Fernando González diagnosticó esta ruptura con claridad meridiana en obras como Una tesis. Por ende, no cabe albergar esperanzas en cuanto a que los académicos, salvo por contadas y honrosas excepciones, estén en posición de asumir un compromiso intelectual propiamente dicho.
En los meses por venir, el país asistirá a la “reforma” de la Ley 30 de educación. Desde luego, no faltarán las reacciones de los universitarios, aunque, mucho me temo, las reacciones de marras no tendrán las características estrictas de una conexión real de los universitarios con la sociedad y el mundo de la vida. Considerando la precaria o nula formación humanista y política de la mayoría de los universitarios, no es menester mucho esfuerzo para concluir que la universidad colombiana, al igual que la universidad latinoamericana, presenta en estos momentos un gran déficit de inteligencia institucional, por lo cual no cabe esperar que esté a la altura de los acontecimientos. Ahora bien, este talón de Aquiles de nuestra universidad no equivale a afirmar que los sectores gubernamental y empresarial estén mejores dotados al respecto. Al fin y al cabo, están compuestos por tecnócratas neoliberales las más de las veces, no por científicos en el sentido correcto del término. Al fin y al cabo, poderoso caballero es don Dinero.
De acuerdo con lo anterior, los análisis en torno a la “reforma” de marras y de otros temas educativos trascendentes deberían fundamentarse en investigación y reflexión rigurosas, depuradas de modas intelectuales y sesgos ideológicos, en especial lo proveniente de la ideología postmoderna, por ser la lógica cultural del capitalismo neoliberal. Por desgracia, esta ideología infesta a nuestras universidades, tornando todavía más evanescente la inteligencia institucional. Ahora bien, no debe inferirse de lo dicho que no haya excepciones honrosas cuyo discurso intelectual pueda estar a la altura que exigen las circunstancias. Pero, seamos claros, esto no deberá interpretarse como síntoma de elevada inteligencia institucional. Al fin y al cabo, unas cuantas golondrinas no hacen verano.
Quizá pudiera pensarse que las maestrías y los doctorados en educación y otras ciencias sociales y humanas son los bastiones naturales para contener los desmanes de las mal llamadas reformas educativas de factura neoliberal. Nada más lejos de la realidad, puesto que, precisamente, tales espacios están infestados por capitalistas imaginarios permeados por la ideología postmoderna. Por tanto, suelen carecer del necesario rigor científico para acometer la investigación y reflexión rigurosas que tanta falta hacen. Sirva de buen ejemplo sobre esto lo que ha pasado con los psicopedagogos españoles, quienes le han hecho el juego a la Carta de Bolonia, justo la carta de navegación de los neoliberales europeos para ajustar sus sistemas educativos al dictum capitalista. Incluso, la ausencia de rigor científico puede percibirse en detalles más nimios en apariencia. Entre muchos ejemplos posibles al respecto, viene a mi mente el caso de un profesor medellinense de ingeniería civil con estudios de maestría y doctorado en educación, quien cree a pies juntillas en las bondades del bicarbonato de sodio para curar el cáncer, una creencia pseudocientífica como la que más. Así, ¿cómo esperar que, ante semejante clima de macaneo, nuestras academias puedan exhibir la debida inteligencia institucional? Al fin y al cabo, a lo largo de la historia, el profesorado universitario no ha sido precisamente un sector revolucionario.
El grueso de la investigación y reflexión educativas hoy han perdido el norte de la formación humana integral ante el ímpetu avasallador de una educación reduccionista que fomenta las dimensiones tecnológica y financiera, al punto que es una rareza hallar en la actualidad pedagogos y académicos que conozcan al dedillo la filosofía personalista, la convivencialidad y otros paradigmas que apuntan a la superación del modelo de civilización vigente en aras de un paradigma civilizatorio que preserve la dignidad humana en armonía con el respeto a la naturaleza, un paradigma biocéntrico. Precisamente, el talante no biocéntrico es otro rasgo que refuerza la índole de repúblicas académicas bananeras de nuestras universidades, denominación que se constituye de esta suerte en una idea fuerza a fin de comprender la realidad educativa latinoamericana actual, idea fuerza que hace las veces de hipótesis de trabajo. Extraigamos de la misma toda su potencialidad para que nuestras universidades dejen de ser unos zocos de tres al cuarto y pasen a ser al fin la inteligencia como institución.