Edición 65 - Agosto 2011

20 de julio de 1911: la policía masacra a los artesanos en las calles de Bogotá

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Cuando se acaba de conmemorar otro 20 de julio, entre marchas militaristas y patriotismo barato de la oligarquía vende patria de este país, es bueno recordar en esta oportunidad otro 20 de julio, del que nadie ha hablado, cuando fueron masacrados los artesanos y habitantes pobres de Bogotá por la policía nacional. Eso sucedió hace un siglo, en 1911, y es hoy un hecho casi olvidado de la historia colombiana. Pero la memoria de esta trágica jornada nos muestra que, en el ámbito de la represión y la intolerancia política y religiosa, poco ha cambiado Colombia en los últimos 100 años.

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1. El contexto social y político de la masacre
Durante varias ocasiones, desde mediados del siglo XIX, los artesanos fueron los protagonistas de importantes movilizaciones sociales en la ciudad de Bogotá, en algunas de las cuales fueron reprimidos brutalmente. Así sucedió, por ejemplo, en enero de 1893, cuando murió cerca de un centenar de personas humildes y trabajadoras por la acción criminal de la recién creada Policía Nacional. El protagonismo de los pequeños propietarios se mantuvo hasta 1919; y en otros momentos, como el 20 de julio de 1911, los artesanos pusieron su cuota de muertos por defender sus tradiciones y su modo de vida.

A principios del siglo XX, los artesanos seguían siendo esenciales en la estructura económica y social de la ciudad, porque predominaban las pequeñas propiedades y los talleres domésticos. La importancia de los artesanos también se expresaba en el terreno político y cultural. No obstante, desde comienzos del siglo XX, el término artesano empezó a entrar en desuso y comenzó a ser reemplazado por el vocablo genérico de obrero, una denominación política o social, que enfatizaba como elemento definitorio una labor de tipo material. Esto tenía implicaciones porque se consideraban obreros a los artesanos, trabajadores asalariados, campesinos e incluso a los industriales, otra noción igualmente genérica. La proliferación del término obrero estaba relacionada con la emergencia de las primeras fábricas e industrias, propiamente hablando. Esto indicaba un mayor grado de complejidad del pueblo trabajador, en el que coexistían artesanos y trabajadores asalariados, junto con medianos propietarios, industriales y capitalistas.

Estas transformaciones sociales que influían en la vida material de los artesanos también tuvieron repercusiones organizativas y políticas. Teniendo en cuenta esa mezcla de intereses entre industriales y obreros, identificados aparentemente por el trabajo material, no  fue extraño que se realizara un primer intento de organización, que asumió la denominación de Unión Nacional de Industriales y Obreros (UNIO)  a comienzos de 1911. El programa de esta Unión buscaba en últimas “proteger el trabajo y la industria nacional" y propender por la expedición de leyes que favorecieran a la "persona, el domicilio y la propiedad del obrero". Como para que no quedaran dudas de las intenciones de los organizadores de la Unión Nacional de Industriales y Obreros, pocas semanas después el Directorio Central de Bogotá proclamó la fundación de un Partido Obrero.
Este Partido Obrero funcionaba en Bogotá y estaba formado por un Directorio Central, que era escogido por los 12 comités barriales de la ciudad. Su programa político era similar al de la UNIO ya que propendía por la defensa de la industria nacional contra la competencia extranjera y por la promulgación de leyes que defendieran a los trabajadores. En última instancia, existía un propósito directo de ciertos sectores de la industria y del incipiente capitalismo, por alcanzar la protección del Estado, lo que se expresaba en la fundación del Partido Obrero.

Desde el mismo momento de la proclamación del Partido Obrero, los sectores políticos tradicionales se movieron para cooptarlo o mediatizarlo. Por eso, los conservadores apoyándose en las jerarquías de la Iglesia Católica se dieron a la tarea de organizar a grupos de obreros en la forma convencional de Sociedades de Ayuda Mutua pero ahora dándole un cariz más social y pretendidamente apolítico. La conformación del Círculo de Obreros de Bogotá, que empezó a ser organizado y dirigido por el sacerdote italiano José María Campoamor, fue el resultado más exitoso de ese esfuerzo de la Iglesia católica. Con sus auspicios se creó un barrio "modelo", denominado Villa Javier, en el que se buscaba que los trabajadores se comprometieran abiertamente con la iglesia, ofreciéndoles vivienda y fomentando el espíritu del ahorro individual.
 
Lo que más preocupó a los conservadores y al clero católico, su sostén ideológico, fueron los resultados electorales del primer semestre de 1911, cuando en febrero para la Asamblea Departamental ganó una coalición formada por los liberales y el Partido Obrero y cuando en mayo republicanos, liberales y obreros derrotaron a los conservadores en las elecciones de congresistas.

Este hecho resultó intolerable para los conservadores, que empezaron a operar para no perder su hegemonía. Actuaron en varios frentes a la vez. Desde la prensa goda y el púlpito arreciaron las calumnias contra los miembros del Partido Obrero, del Partido Liberal y del Republicanismo, acusándolos de ser masones, ateos y enemigos de la iglesia católica y del Vaticano. Desde la calle, grupos de conservadores sectarios y energúmenos, formados por seminaristas católicos y miembros de la policía,  empezaron a atacar verbal y físicamente a los miembros del Partido Obrero, en las calles céntricas de Bogotá.

2. La masacre
El jueves 20 de julio de 1911, como ya era costumbre, se programaron diversas actividades para celebrar la efemérides de la independencia, entre ellas el desfile de los gremios artesanales más importantes de la capital; pero había una diferencia importante, porque el Partido Obrero ayudó a organizar la festividad y participó activamente en la misma. Así, por las principales calles desfilaron fabricantes de calzado, constructores, albañiles, tipógrafos, encuadernadores, vendedores de la plaza de mercado, carpinteros, fabricantes de licor nacional, pintores, ornamentadores, panaderos, mecánicos, herreros y propietarios de cafés, cantinas y restaurantes.

A pesar de que era una manifestación pacífica y autorizada por las autoridades de la ciudad, a lo largo del desfile algunas personas vestidas de civil, y sin ocultar sus concepciones católicas, les gritaban a los participantes palabras soeces acompañadas de vivas al partido conservador y a la iglesia. A pesar de estas provocaciones, la manifestación terminó pacíficamente y gran parte de los concurrentes ingresó al circo de toros de San Diego, donde se iba a escenificar una corrida, como punto culminante del programa de la fiesta de la independencia.

Los toros resultaron muy malos y los asistentes empezaron a protestar y a silbar a los dueños del encierro. Un grupo de personas desentabló parte del escenario y se mantuvo allí durante una media hora. Luego, la mayor parte de la gente salió a la calle. Inmediatamente, ingresó la policía, haciendo disparos al aire, lo cual fue considerado como una provocación por el pueblo bogotano que allí se encontraba. La gente empezó a silbar a los agentes, ante lo cual la policía pidió refuerzos. Cuando éstos llegaron fueron recibidos por una silbatina aun más sonora, ante lo cual los agentes de la policía, muchos de cuyos integrantes estaban borrachos, empezaron a disparar indiscriminadamente contra los presentes.

Las personas que se encontraban afuera, que también empezaron a ser agredidos por la policía, respondieron con piedras, “arma única de que disponen los hijos del pueblo que aceptan la refriega”, como decía un cronista en un periódico de la época, trabándose una batalla campal entre la multitud y los policías.  A las afueras del Circo de Toros la gente gritaba "Mueras y abajos a la policía", “viva el pueblo soberano”. Otra vez, numerosos agentes de policía atacaron con armas de fuego a la población inerme e indefensa durante 3 minutos. Como resultado de esas acciones criminales murieron 9 personas y fueron heridas otras 34.

Ante el asesinato a mansalva, la gente quiso vengar a sus copartidarios persiguiendo y cercando a los policías que se refugiaron en una de las estaciones de servicio. Durante varias horas se mantuvo el asedio, pero la intervención del ejército impidió una sublevación del pueblo bogotano y protegió los cuarteles de la policía, donde se ocultaron los responsables del aleve ataque. En esos mismos instantes, según lo informaron algunos periódicos, la misma policía recogió los cadáveres de nueve personas y las enterró en secreto en el cementerio de la ciudad. Después, tanto el Alcalde como el comandante de la Policía solamente reconocerían tres muertos, que respondían a los nombres de Hipólito Castillo, Arcadio García y Pedro Ávila.

En los días siguientes, El Partido Obrero efectuó una campaña para recolectar fondos encaminados a enterrar a las víctimas, solidarizarse con sus familiares y atender a los heridos, pues todas los afectados eran del Gremio Obrero. Estableció, además, como un hecho novedoso la Cruz Roja Obrera para atender a los heridos y contusos.
 
Como no podía faltar, la prensa conservadora y clerical difundió la noticia que los agredidos habían sido los policías, que habían sido recibidos a plomo, y por ello se habían visto obligados a responder de la misma forma.  Un periódico en su edición del 23 de julio se veía obligado a reconocer con elocuencia, algo que era cierto entonces y ahora, que “en las luchas del pueblo obrero contra el pueblo policía o ejército, siempre pierde el pueblo”.

3. Repercusiones

Desde el mismo momento de su proclamación como Partido Obrero, esta organización tuvo que afrontar la arremetida ideológica de liberales y conservadores con el objetivo de arrastrarlos hacia sus filas en época de elecciones, y el 20 de julio de 1911 soportó, como se vio antes, una decisiva prueba de fuego -en el sentido literal de la palabra-, que le acarreó varios muertos y heridos.

Este evento sangriento estaba inscrito en la lógica del peso relativo que iba adquiriendo el Partido Obrero, sumado al hecho de no plegarse a los requerimientos de la Iglesia Católica y del Partido Conservador, cuyos órganos de prensa habían estado atacándolo en forma virulenta. Incluso, antes del 20 de julio se habían presentado enfrentamientos entre los partidarios de la iglesia y los conservadores, por un lado, y los gremios simpatizantes con el Partido Obrero, por el otro. Entre los bandos que se enfrentaban se coreaban consignas como "larga vida a la religión" y "larga vida al partido conservador", mientras que otros vivaban al Partido Obrero.

Lo que pasó el 20 de julio de 1911 fue una reacción brutal de la policía contra las personas participantes en el desfile, muchos de los cuales eran simpatizantes del Partido Obrero, como parte de un proceso más amplio de control de la población pobre que había venido siendo impulsada por la Iglesia y por sectores del partido conservador. Dentro de esos mecanismos de control, no resultaba sorprendente que en un momento determinado la policía -profundamente conservadora y clerical- recurriera a la violencia salvaje e indiscriminada como sucedió ese trágico 20 de julio, hace un siglo, cuando fueron regadas las calles céntricas de la capital con la sangre de humildes y artesanos, por el solo hecho de abuchearla.

Ante el crimen, El Republicano, en su edición del 29 de julio de 1911, decía unas palabras tan proféticas que, por su impresionante actualidad, parecen haber sido escritas ahora mismo: “En vez de abalear cobardemente al pueblo en las calles de la ciudad capital, deben multiplicarse las escuelas para que en ellas beban los infelices obreros las aguas lustrales de las ciencias morales y políticas”.

“Hay que venderles hasta las medias a los clientes”

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