
Ha comenzado amanecer. Gallos y gallinas cacarean dando la bienvenida al día que se abre en el horizonte, en contraste, la algazara de grillos, ranas, diostedés y loros, común en la temporada de verano, no se escuchan como otros días. El sol despunta con timidez en el horizonte porque grandes nubarrones lo cubren, ocultando sus rayos. La mañana se torna triste y el ambiente se hace pesado en las pequeñas aberturas de la basta extensión verde. La neblina se levanta con pereza en la espesura boscosa descubriendo las formaciones y matices de las montañas. Allí, desde antaño, habitan hombres descendientes de familias que encontraron vida a los años aciagos de finales de los cuarenta y comienzos de los cincuenta, también otros que llegaron después huyéndole a lo mismo que sus predecesores.
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Algo ha cambiado en la montaña, refugio de seres que en estampida se acogieron a ella y no quieren abandonarla porque es alimento que nutre.
A treinta metros de un riachuelo de aguas cristalinas y rápidas se encuentra un pequeño rancho con paredes de madera, techo de paja y piso de tierra, y cerca de éste un hombre joven de estatura mediana, cabello ondulado, ojos claros, manos y brazos fuertes y cuerpo macizo moldeado por la diaria faena del campo. José Porfirio todas las mañanas sale de su rancho a rajar leña para alimentar el fogón. A cada golpe del hacha va recordando con nostalgia, pero sin dolor, la tierra de sus padres en la que corrió su infancia y parte de su juventud. Allí todos estaban organizados. Había carencias, mas nadie sufría hambre. Todos los vecinos de la comarca intercambiaban productos y así poco era lo que tenían que comprar. Un día todo fue destruido con la llegada de los otros. Ahora se encuentran dispersos en otras tierras.
Con el paso de los minutos los recuerdos se van diluyendo con las gotas de sudor.
Por un momento cree que va a llover. Los nubarrones y el sopor del clima húmedo pese a ser matutina la hora así lo indican. Como pocas veces se ha equivocado en sus predicciones meteorológicas, hace que apresure su primera tarea matinal. Rato después llega la lluvia lenta y se va haciendo fuerte hasta convertirse en torrencial aguacero. El cielo ha llorado y sus lágrimas han lavado y purificado la tierra.
No muy lejos de su rancho, las voces de otros ya no se escuchan, tampoco se han levantado a hacer las faenas del día. Allí el gallo no cantó, sólo se escuchó el eco lastimero de los perros cazadores al lado de los yacentes y petrificados cuerpos de sus amos, fuera de la vivienda.
A todos (los de la noche anterior) se les cegó la oportunidad de ver la luz de otros amaneceres. Indiscriminadamente padres, hijos, abuelos y amigos vagan corriente abajo en espera de atracar en una palizada para que los gallinazos hagan su festín. No entierran a nadie. Los cercanos al agua a ella van, otros más quedan a la vera de los ranchos y los que se la encuentran, quedan en los caminos.
Allá en la orilla del monte, en la parte media de una depresión montañosa, los capuchos, como se hacen llamar, ojean un pequeño papel envuelto en plástico fino. Cubren sus rostros con trapos oscuros y sólo se les ve las cuencas de los ojos; usan uniformes y botas de caucho, machetas y puñales, en sus hombros armas largas. Habían entrado con la consigna de peinar la zona, esa fue la orden que recibieron.
En su preparación repitieron una y otra vez no tener compasión y lástima, que sus trabajos debían quedar bien hechos. No eran humanos, eran máquinas de dolor y muerte. En sus mentes habitaba la palabra exterminio. No ríen, poco hablan, han sido vaciados de sentimientos; sus miradas duras y penetrantes laceran todo lo que observan.
Mientras tanto allá abajo, en una pequeña abertura, se encuentra la vivienda que han estado observando; las miradas se fijan en José Porfirio, que vestido con harapos curtidos y manchados dice adiós a su pequeña familia, para perderse camino hacia la cosecha de maíz, frijol, yuca y arroz, en compañía de su hijo de siete años. Sabe de la dureza del trabajo por lo que organizarse les resulta prioritario. Todos lo han acordado con entusiasmo, sabedores de sus beneficios.
A medida que se aleja de la vista escrutadora de los verdugos de la oscuridad, uno de los hombres del grupo tacha con lápiz un nombre, igual que hicieron la noche anterior y otras noches. No tienen afán porque ese día también descansarán para trabajar tan pronto su silenciosa cómplice se haga presente, como siempre lo han hecho.
La mañana continúa con la sensación misteriosa con la que muchas veces discurre el día, pero a lo cual nadie da importancia.
Sí. Entraron con una consigna, “peinar la zona”. Esa fue la orden que recibieron. En su preparación juraron no tener compasión ni lástima. Sus trabajos debían quedar bien hechos. Juraron venganza ¿Contra quién? Nadie lo sabe, ni ellos mismos.