
De tanto vivir en una democracia restringida y caricaturesca, hemos perdido la noción de lo que es la verdadera democracia. Si preguntásemos a cien personas si Colombia es un país democrático, más de noventa nos dirían que sí, y nos argumentarían que acá podemos “elegir” a nuestros gobernantes, que podemos movernos libremente por cualquier sitio, que podemos vestir como deseemos, embriagarnos y rumbear sin límites, que podemos decir lo que se nos antoje. Pero si esas personas revisaran sus argumentos, encontrarían que no todo ello es cierto. Veamos:
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La mayoría de los candidatos a cuerpos colegiados y ejecutivos son impuestos por las élites conservadoras y liberales y sus partidos aliados. En cuanto a la Presidencia de la República, quienes son candidatos del pueblo tienen poca posibilidad de llegar a esos cargos. Si toman alguna fuerza entre los electores, son asesinados por las mismas élites para no dejarlos llegar al alto cargo, valiéndose para ello de las fuerzas del Estado en contubernio con sicarios de los escuadrones paraestatales. Las muertes de Rafael Uribe Uribe, Gaitán, Pardo Leal, Carlos Pizarro, Bernardo Jaramillo, confirman la anterior aseveración. Y si llegare a ganar las elecciones y no lo asesinan, declararán nulos los comicios, dan golpe de Estado y siguen gobernando.
Para nadie es un secreto que en Colombia logran mayoría en las elecciones quienes tengan el dinero suficiente para comprar conciencias y ese dinero solamente lo tienen los narcotraficantes y los que disponen de los dineros del erario público. Y también ganan las elecciones quienes son capaces de constreñir al elector, de sobornarlo, de amenazarlo y de asesinarlo si no vota por sus listas. Mientras que los de siempre derrochan millonadas en las campañas (en papelería, vallas, propaganda por todos los medios masivos de comunicación, en regalos para sus engañados seguidores, pagando costosísimos locales para sus sedes), las minorías tienen que limitarse a una pobre y limitada campaña sin recursos, y sin el apoyo de la gran prensa.
¿Será esto democracia real? ¿Podrá llamarse democracia a semejantes procesos electorales llenos de vicios y permeados por toda clase de corruptelas?
Desde hace varios años, muchos de los candidatos vienen siendo lanzados por las mafias del narcotráfico y del paramilitarismo. Con ello pretenden apoderarse del presupuesto municipal, departamental y nacional, llevando a los cuerpos colegiados no a legisladores honestos, sino testaferros para que aprueben leyes, ordenanzas y acuerdos en su favor. Pero además pretenden continuar con el proyecto iniciado en los gobiernos de Uribe Vélez: instaurar un Estado mafioso.
En una verdadera democracia, el pueblo participa mayoritariamente en las elecciones por conciencia, porque cree en el sistema, y sobre todo participa libremente, sin presiones, sin dádivas, sin amenazas de muerte ni de pérdida del empleo, sin ningún tipo de coacción. ¿Podrá llamarse democrático el régimen colombiano donde se cometen toda clase de delitos electorales y se presiona por todos los medios al elector para que vote por determinados candidatos? ¿Será democrático un país donde la participación en los procesos electorales escasamente llega a un 35% de la población en capacidad de votar, mientras que un 65% se abstiene de hacerlo porque no cree en el sistema?
Reducir la democracia a una simple participación en unos comicios plagados de sobornos, de triquiñuelas, de picardías (de las que gusta Santos), de amenazas, constreñimientos, muertes y todos los demás delitos electorales es reducir a nada el verdadero significado de la palabra democracia. Pero lo más importante a señalar es que la democracia real no puede limitarse a una simple participación electoral. La verdadera democracia es aquella donde la población participa activamente, no solamente en el proceso electoral, sino en la toma de decisiones frente a los grandes problemas del país.
Preguntémonos, ¿Cuándo se ha consultado a los colombianos en la toma de medidas económicas de trascendencia nacional? ¿Cuándo se ha consultado al pueblo sobre la entrega de los recursos naturales, y sobre las concesiones de millones de hectáreas de tierra a las transnacionales? ¿Cuándo se ha consultado a los nacionales sobre las medidas que se toman en materia de salud, educación, etc., como la nefasta ley 100?
Ahora bien. No se trata de consultar por consultar, sin tener en cuenta la opinión de la gente. Se consulta para poder tomar las decisiones más acertadas y prudentes. Esa sí sería una verdadera democracia. Pero ¡Qué lejos estamos de un Estado soberano y democrático! Porque la democracia es ante todo soberanía. Y lo que menos ha tenido Colombia en toda su historia es precisamente soberanía, toda vez que las grandes decisiones se toman en los centros de poder del imperio y luego dan las órdenes a sus títeres y vasallos. Ellos ponen y quitan gobernantes, deciden sobre la economía. Quienes prestan el dinero imponen las condiciones de cómo debe gobernar el país y esa es la gran tragedia de todos los países dependientes del mundo.
En Argentina, y un poco también en Colombia, se empieza a hablar del Poder Popular. El poder del pueblo. Es el poder que empiezan a ejercer núcleos de ciudadanos organizados que entienden y exigen verdadera democracia. Que quieren decidir sobre sus grandes problemas. Que manifiestan cómo quieren gobernarse. Que empiezan a romper los moldes de esta “democracia” desvencijada, mafiosa y corrupta, y a tejer sueños de una auténtica democracia, construida entre todos y todas.
Una democracia que tienen que entender también las organizaciones de izquierda para que puedan diferenciarse de los partidos tradicionales. Una democracia que consulte, que respete, que tenga en cuenta el querer del ciudadano y no le imponga, desde la organización partidista, sus criterios y lineamientos.
A manera de conclusión. La participación electoral es una forma más de ejercer la democracia, más no la única. En las auténticas democracias es una buena manera de comprometerse en la vida del país. ¿Hasta dónde será válido participar de la farsa electoral de Colombia, dónde los resultados siempre serán pírricos y sirven más a la oligarquía para mostrar ante el mundo una imagen democrática, que en la realidad nunca han tenido? ¿No será más productivo dedicar todos los esfuerzos electorales en concienciar a los ciudadanos sobre la necesidad de transformar las costumbres políticas y la realidad del país y, sobre todo, construir una verdadera democracia? ¿Los procesos electorales han servido para dinamizar las luchas, recomponer el tejido social y fortalecer la unidad de acción del pueblo, o por el contrario han atomizado sus luchas y ahondado sus divisiones?
Son interrogantes que nos deben llevar a algunas reflexiones.