Ficciones – Literatura
Por: Santiago Herrera
Collage: Natalia Bedoya Alcaraz
Alguien regó el pasado:
crecen voces, imágenes,
fértil recuerdo al viento.
Manuel Mejía Vallejo
Nunca hay sol en la madrugada. Tampoco hay cantos de aves ni sonrisas vecinas. Las madrugadas son noches. Y las noches son lluvias de rayos. No hay una sola noche sin que caigan relámpagos sobre las tejas de barro o en los cultivos de zanahoria.
Uno se acostumbra a la oscuridad, pero nunca al estallido.
Muchos bajamos a pie al pueblo, muy recién despierto el día. Usamos doble poncho para el frío y camándulas por si se aparece la madre monte. A medida que uno baja, un sol de mentiras va apareciendo entre las montañas, dándole a los cultivos su naranja y verde y a nosotros nuestro color carne. Para donde se mire hay cultivos de zanahoria. Y uno que otro de plátano. Hay pocas casas y hay pocas personas. Ya casi nadie trabaja esta tierra. La mayoría solo quiere pasear por ella, dejar su basura y luego largarse a su casa de verdad.
No se sonríe mucho. La pobreza siempre azota el lomo del pobre.
Son dos horas de viaje hasta el pueblo. Y cuando se llega, si se va a buen paso, uno empieza a ver un tugurio de casitas todas azules, pegadas a una montaña que cada tanto se derrumba. Ahí es el pueblo. Un pueblo que, como diría mi mujer, es más aburridor que un oído tapado. Sus calles siempre tienen huecos y las ventanas siempre están cerradas. Lo único bonito, por decirlo así, es el parque, donde está la casa del alcalde y una iglesia solo para él y su familia. Es una iglesia grande, con santos a tamaño real, vidrios siempre limpios y puertas con remates en oro. Nadie que yo conozca ha entrado, pero dicen que cuando se entra uno llega al cielo y puede hablar con sus muertos.
Luego de la primera misa, en la capilla caída y mal pintada de abajo, al lado del colegio y una casa vieja donde antes había un prostíbulo, el atrio se empieza a llenar de vendedores, las cantinas de borrachines y de las casas empieza a salir gente arreglada rumbo a la ciudad del lado. Los otros, nosotros, los mismos cinco o seis, vamos a comprar lo indispensable y para hablar lo de siempre: lo caro que está todo.
Hablamos de eso mientras tomamos tinto, con los costales a nuestros pies, apoyados en alguna pared.
—Lo bueno sería uno irse, ¿pero pa’ onde? —dice el uno.
—Uno abandona lo diuno y es como dejar al cachorro sin la mama —responde el otro.
—Hace mucho estamos sin mama.
Desde que llegó esa empresa de zanahorias al pueblo, todo había empezado a ser más duro, al menos para nosotros. Un gringo había puesto una plata y como si nada fue tumbando casas y aplanando terreno. En un parpadeo ya tenían todo montado. Eso fue hace como un año. Año y poco. Al principio todo fue esperanzador: el gringo hizo una reunión donde mataron marrano y sirvieron aguardiente, y donde él y otros estuvieron hablando del progreso, de la unión del campesino y la máquina. Y ya entrada la noche, con su acento arrastrado y la actitud de un salvador, nos invitó a que vendiéramos la tierra e invirtiéramos en su empresa que venía de nosequé país. Muchos le creyeron. Empezaron a vender y a invertir. Nuestros vecinos de la vereda fueron los primeros, y ya después los siguió mucha gente. Y hasta el día de hoy no les han dado las ganancias, antes quedaron endeudados y quién sabe cómo. Pero se veía venir.

A pesar de haberse quedado sin nada, y que les tocó irse para cualquier parte, uno los veía irse con esperanza de que volverían. Las mujeres cargaban a sus niños y miraban hacia atrás, y en los ojos se les veía el brillo de una promesa. Una que nunca se hizo real, o que no pudo serlo.
Al campesino el tiempo lo ha ahorcado desde siempre. Y a medida que pasaron los meses las veredas quedaron abandonadas, los negocios cerraron, la escuela dejó de tener niños y la capilla empezó a caerse, como nuestras caras.
Esa empresa, que terminó estando encima del cementerio, y se fue corriendo para todos lados, desde lejos parecía una cárcel. O de pronto hasta lo era. Estaba toda rodeada de mallas y dentro habían muchas carpas y en el centro la casa del gringo: una mansión de dos pisos. En el segundo había un balcón. Algunas veces lo veíamos con una bata blanca mirando sus cultivos y mirándonos desde la altura. A muchos hasta les daba miedo esa mirada. Decían, luego de que les hubieran quitado la plata, que lo próximo que les tocaba hacer era vender el alma por algunas semillas o por media gallina.
—O hasta lo mejor es uno matarse —y miró un gallinazo que volaba.
—No diga eso, hombre; siempre hay camino para el que quiera andar —le dije.
—Yo no quiero andar, quiero sentarme.
Y siguió mirando el vuelo negro de ese pájaro…
La última pérdida que tuvimos, antes de que llegara la gente de Los Rayos, fue la del viejo Vangó. Así le decíamos dizque por un pintor que le gustaba. Había llegado muy pelado a estas montañas, y venía de familia de pintores. Los recuerdo mucho porque cada vez que uno iba a la casa, que quedaba más o menos cerca del pueblo, habían pinturas en todas partes y Vangó lo miraba a uno con unos ojos bien llenos de vida. Crecimos juntos y vimos cómo este pueblo fue creciendo a nuestro ritmo, cómo las montañas sin nada se volvieron cultivos. En la escuela nos encariñamos de la misma niña y un par de veces nos rompimos la nariz, pero todo quedó para la anécdota, porque ya grandes nos reíamos de eso en la cantina o cuando nos encontrábamos en algún lado. Siempre fue un amigo bueno. Se dedicó, luego de la escuela, a pintar casas y en sus tiempos libres a retratar a las personas.
El papá, mayor que la mamá, cuando vio que Vangó ya estaba grande y podía valerse solo, se fue para la capital y nunca más volvió. Unos dicen que lo mataron por estar donde no debía, y otros que sigue por allá y que es rico y famoso. Cómo sea, a la mamá le dio muy duro, tanto que siendo una mujer cercana a todos, muy bella gente, dejó de pintar y de salir, hasta que un día apareció una lápida con su nombre. Vangó nunca quiso decir qué le pasó a ella, pero lo más probable es que o se mató o la mató la vida.
Cuando se regó el chisme, todos tratamos de estar más pendientes de él, de irlo a visitar o de invitarlo a hablar un rato. Lo veíamos normal, igual que siempre; aunque a todos nos dijo que ya no quería pintar, que mejor se iba a conseguir un trabajo de verdad. Eso fue en nuestra juventud. Y ahora, años y años después, una de las pocas veces que volvió a coger pintura y brochas fue para pintar el pueblo del color del alcalde.
Ese trabajo de verdad que tanto buscaba fue, como todos, cultivar la tierra. Era malo para el trabajo, pero con el tiempo le fue cogiendo la gracia y se volvió uno más de nosotros. Ya no hablaba de tal pintura o tal color, sino de abonos y de precios. Para la vida solo tenía comentarios de resignación, de tristeza oculta.
Cuando llegó la empresa no quiso hacerle caso al gringo, aunque al verse con hambre y sin salidas, empezó a trabajar con esa gente. La última vez que hablamos, que fue de pasón, me comentó que hacía mucho calor debajo de esos plásticos, que la paga era más bien poquita y que había mucho extranjero trabajando con él, que le robaban la comida y una vez le trataron de quitar el bolso completo. Yo le propuse que volviera a su tierra, que todo iba a mejorar. Nada me respondió. Me despedí diciéndole que se cuidara. Y no me hizo caso.
Uno cree que eso del suicidio es algo muy lejano, hasta de la gente de ciudad, y a uno nunca le entra en la cabeza que alguien tan cercano, con el que se compartió tantas cosas en vida, pueda hacer eso. No se sabe si es muy valiente o muy cobarde. Y tampoco se sabe si en últimas es lo que quería o lo que le tocó hacer. A mí lo que me choca es que no pudimos hacer nada. Aunque en esos casos nadie puede hacer nada. Solo esperar que se vaya al cielo y que no nos espante de noche.
Como por estos lados hay poca gente, al menos conocida, éramos contados los que fuimos al velorio. La mayoría viejos, como yo. Estaba el profesor de la escuela, algunas amigas y nosotros, los sin futuro y con mucho cansancio. Fue un funeral sin padre, porque al de abajo lo habían matado y el de arriba no salía de su iglesia, que con los años seguía estando muy cuidada. Lo lloramos un rato y ya luego lo tuvimos que tirar por un barranco, porque ya no había cementerio y como que morirse era solo una cosa de pobres. También tiramos el único cuadro que él conservaba: era un gallinazo que se estaba comiendo la cabeza de un niño, y al fondo se podía ver un pueblo de casitas azules incendiadas.
En el barranco en el que lo tiramos aún se pueden ver los huesos del difunto Vangó. Y otros que los han ido tirando la gente de Los Rayos.
Al otro día la empresa siguió como si nada. Y el alcalde, del que tan poco sabemos, solo mandó a decir con alguien que le daba mucho pesar un muerto tan conocido y que oraría mucho por él y su familia.
De pronto otro motivo por el que es aburridor venir al pueblo es por los muertos. Todos llevamos uno o varios a rastras.
Las conversaciones son cortas, dolidas algunas veces; las caras dicen mucho y siempre, queriendo o no, cada uno mira a lo lejos, a las montañas, donde tendría mejor vida y donde sería otro.
Quién sabe yo quién habría sido…
A veces, trocha arriba, me quedo pensando en eso. Y es como una idea pegajosa que se me sube por el cuerpo y me hace caminar más lento y pensar más. Uno como siempre anhelando cosas, teniendo esperanza por la vida. Yo camino y me hablo, y hasta a veces me emputo porque soy un poco optimista, y otros días me alegro porque lo soy. Mi mujer me ha dicho que tengo mis mañas de santurrón y otras de alma en pena. Y a la final soy, y creo que todos somos, las dos cosas. Pero algo que sí tengo claro es que en parte tener esperanza es pensar en mi esposa, en sus abrazos que huelen a fruta, en sus palabras que impulsan mi vuelo, en su calor al costado que llena de flores el cuarto, y en todo movimiento delicado que ha hecho en mi vida y en la de todos. Ella es la que me quita ese pegote del cuerpo y me da un airecito que me refresca desde el sombrero hasta las botas. La candela del cielo pega duro, pero al menos hay un motivo para aguantarlo. O muchos motivos.
A mitad de camino, después de la finca del, creemos, difunto Trovero, que fue alumno no muy bueno de Vangó, queda un guayabo inmenso. Ahí es donde descanso siempre. Hace ya sus años, en ese mismo punto, me quedaba sentado toda una tarde con mi hijo, hablando y comiendo guayabas. Recuerdo mucho que una vez me preguntó que por qué siempre teníamos hambre. Y yo le respondí que algún día él ya no tendría. Era un niño muy preguntón y muy avispado. Había sacado de la mamá esa chispa para todo, esas ganas de caminar bastante, de comerse el mundo con los ojos.
Hoy en día ya solo queda el palo y las vistas. El guayabo queda encima de una montaña, y desde esa altura se pueden ver, hacia abajo, el río en el que, cuando nosotros éramos jóvenes, habían cocados de gente tirándose al agua o tomando sol en las piedras de las orillas, y si uno mira al frente ve las montañas muy tupidas y en especial una, que no es la más alta pero sí la más gruesa, que es la que tapa la ciudad del otro lado. Dicen que allá hay carreteras buenas, comida de verdad e insulina barata. Por allá debe estar mi hijo, o quien sabe en dónde. Cuando creció quiso comerse el mundo con los ojos, y este mundo de acá se le hizo muy pequeño o muy aburrido. Por allá debe estar. Debe estar muy grande y ya debe de haber andado todo esto por acá y por allá. Lo único que espero, y es por lo que rezo, es que no tenga hambre y que así sea por equivocación se acuerde de nosotros y de su casa. Es lo único que espero.
A mí no me gusta llorar mucho, pero a veces toca darle agua al diablo. Cuando los años llegan, y en el espejo ya se ve uno todo arrugado y hasta deforme, también le llega la nostalgia, que es una carga que nadie es capaz de llevar por mucho tiempo. Por eso yo me quedo un rato ahí, debajo del guayabo, a ver si me alivio un poco y soy capaz de llegar hasta la casa.
Lloro un rato y ya el resto del camino, que sube y baja y vuelve a subir, me siento más fresco. Como si atrás hubiese dejado un peso, y ahora ya solo llevara el verdadero y el cansancio de siempre, ese que nunca se quita…
Cuando llego a la entrada de la casa, que tiene algunos guayabos secos, me quedo parado un rato mirando hacia arriba. A nosotros no nos ha pasado nunca nada, pero a veces se ve gente extraña por allá, en donde no hay fincas, y una que otra vez, por la tarde, se han visto fogatas prendidas. Está claro que son Los Rayos, pero nadie puede hacer nada. Y tampoco queremos hacer nada. Solo los miramos a lo lejos, y esperamos, y rezamos, que nunca un rayo atraviese una pared o una teja. Hoy justo, y eso que era mediodía, me pareció ver un hilo gris en una montaña de por allá. Y cuando me tercié el bulto también me pareció ver dos personas que me miraban. Ojalá no pase nada esta noche, ni en ninguna.
Siempre está Esperanza, mi mujer, sentada en el corredor esperándome. Le he dicho mucho que no se asolee tanto, porque le puede hacer daño, pero me responde que el sol es vida y ella quiere tener mucha. Y va a tener mucha, eso espero. Como siempre estoy cansado, no voy de afán y me doy mi buen tiempo entre paso y paso. Y cuando llego a donde ella, descargo el costal a un lado, le doy un beso en la cabeza y me voy para adentro, donde el sofoco sigue siendo el mismo. Ella viene detrás, con los ojos en las manos, palpando el mundo con delicadeza. Le ayudo a sentarse y luego lo hago yo. Nos gusta estar en silencio porque a veces las palabras tienen, también, ese pegote de la nostalgia.
—¿Nada de él?
Yo siempre, en el comedor, estoy mirando las montañas. Me pregunto si sabrá devolverse, o si sabrá que tiene una casa que lo espera y muchos carteles con su nombre.
—No.





