Edición 65 - Agosto 2011

Crisis en África y en el Medio Oriente: un análisis para el debate

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Para nadie es un secreto que el mundo está atravesando por una situación quizás nunca antes vista: la economía capitalista anda en un carro destartalado a punto de caer al precipicio por falta de frenos; la hambruna en África llama a desperezar los sentimientos y ponernos serios, pues están muriendo miles ahora mismo en Somalia, y todo causado por la sequía que nunca antes se había visto y por la guerra de siempre. En este mismo instante, la República Democrática del Congo se deshace en un terrible conflicto armado por el mineral tan preciado por las multinacionales de la alta tecnología: el coltán, esa mezcla maravillosa de columbita y tantalita, este último tan necesario en los celulares y en los equipos aeroespaciales.

 

 

Toda África arde en necesidades y en una cierta forma de violencia imparable, heredada del colonialismo europeo y americano. El Africom, o sea el aparato militar que impulsa el imperialismo para el total control del África, camina de la mano de muchos proyectos estratégicos como lo es la división de Sudán en el Sudán pobre y el Sudán petrolero y rico en agua. África sufre de nuevo el ostracismo y la lejanía en todo lo que tiene que ver con las principales decisiones que se toman en este mundo, salvo cuando se trata del raponazo de alguna riqueza petrolera o mineral.

Pero allí no cesa la acción. No es sólo el olvido, es también la tenaza imperialista que aprieta hasta sacar los ojos a las naciones que osan buscar un camino por fuera de su visión, como es el caso de Libia. Este país de 6 millones de habitantes intentó hacer algo impensable: promover por fuera de los dictados del Banco Mundial la soberanía africana en lo concerniente a tecnología y a inversiones propias para el desarrollo de algunas de esas naciones. Asimismo, dentro de la labor impulsada en los últimos años, se encontraba también el valeroso esfuerzo de salirse de la tenaza del FMI, al pretender el régimen de Libia hacer préstamos a diversas naciones con un interés bajo o por lo menos inferior al que usualmente prestan los bancos internacionales.

El régimen de Gadafi quiso asimismo desarrollar la agricultura de su país recurriendo a la riqueza acuífera que tiene bajo el subsuelo (más de 12.000 km³ de agua), y con Alemania había trazado un proyecto cercano a los 20.000 millones de dólares para llevar el agua fósil hasta los espacios que pretendía recuperar para la agricultura en la zona norte del país. También había establecido algunas metas nacionalistas, como por ejemplo reconquistar para la nación el petróleo hasta ahora explotado por multinacionales extranjeras, en donde brillaban por su ausencia las petroleras norteamericanas e inglesas. China era el país invitado de honor a la mesa del oro negro lo mismo que Rusia, y eso en sí mismo representaba un problema geopolítico mayúsculo con la potencia del norte.

A lo anterior se suma la larga crisis económica y política en Túnez y Egipto. Los movimientos populares en ambos países eran el colofón de años de opresión política y sometimiento a los dictados de la banca internacional y del imperialismo norteamericano. En Egipto los hermanos musulmanes, fieros detractores de Mubarack, habían salido hace rato a la arena pública y venían por lo suyo. Prohibidos y perseguidos por la dictadura después de la caída del régimen de Anwar El Sadat, ahora se solazaban con el alzamiento que se daba en los inicios del año contra la tiranía que impedía un mínimo desarrollo de las relaciones sociales en el seno del pueblo y que mantenía, por cierto, bajo el yugo del estado de sitio permanente, congeladas todas las expectativas que un pueblo puede anhelar para su libre desarrollo.

El movimiento palestino, tan dividido como sólo el imperialismo y el sionismo lo requerían, atraviesa por una época de decisiones estratégicas. La ANP (Autoridad Nacional Palestina), regida por Mahmud Abbas, fiel seguidor de la política de Yasser Arafat en lo referente a cierto maquiavelismo conciliador con el sionismo, había decidido hacerle la guerra, al unísono con la Unión Europea y Norteamérica, al régimen de Hamas en la zona de Gaza, y ello se extendía desde el año 2006, año en el que le fue arrebatado el liderazgo en esa franja asediada. Craso error que costaría un sinnúmero de vidas y encarcelamientos a miembros de ambos movimientos, cosa que aplaudiría el terrorismo israelí, el cual movía los hilos tras bambalinas.

Se veía pues venir la terminación de la guerra entre las fracciones y la disgregación en Palestina, en tanto el llamado de los pueblos árabes y en especial el palestino era a la unión contra el único enemigo que les había causado un gran sufrimiento por espacio de más de sesenta años: el fascismo israelí. La estrategia es ahora lograr un escaño en la ONU, como país invitado o, por lo menos, como país reconocido por casi toda la comunidad internacional, salvo Europa, Norteamérica e Israel.

La lucha por su aceptación como nación con todos los derechos, en Septiembre de 2011, en el marco de la Asamblea General de la ONU, es motivo suficiente para bajar las armas y convocar a la unidad. Israel y Estados Unidos se verían objetados o, por lo menos, se desataría en el seno del mundo árabe un rechazo total a la posición de apoyo irrestricto de Estados Unidos a Israel. El mundo no entendería cómo después de tantas resoluciones que la ONU ha impartido, condenando muchísimos aspectos de la ocupación israelí y las múltiples violaciones de derechos humanos, Europa y Estados Unidos se niegan a reconocer la potestad que tiene un pueblo para recoger en una sola nación, los múltiples bantustanes en que se haya disperso por obra y gracia del nacisionismo racista y antiárabe.

El marco del Oriente Medio se mece pues entre el intervencionismo de las viejas potencias y el alzamiento de los jóvenes pueblos que parecen decirle a todas ellas “lárguense de nuestras tierras, que ya es demasiado el sufrimiento”. Pero no todo queda allí: la lucha de clases, la misma que está presente en todos los escenarios de la historia del hombre, no permite que las cosas se queden arremolinadas en expectativas ahistóricas, esto es, las cosas no pueden acabar cuando apenas empiezan. La religión y el fanatismo presentes en todos los escenarios de ese pequeño terruño de África del Norte y del Medio Oriente dificultan cualquier actividad que pretenda impulsar a la clase obrera o a cualquier otra clase revolucionaria como portaestandarte de ese alzamiento de primavera.

No existe en ninguno de esos países una vanguardia revolucionaria específica, ni tampoco una alianza de clases que permitiera estimular un alzamiento de largo aliento y que diera al traste con las innumerables herramientas de opresión. Casi todo se desliza por la óptica del nacionalismo y del panarabismo, si se trata de entender el alzamiento como un todo. Por ningún lado aflora la lucha antiimperialista o antioligárquica. No existe sino una madeja de intereses populares que se despertaron con el tañer de las campanas que la libertad lanzó al viento. Pero nada más. El alzamiento no busca la derrota de los señorones que por decenios han explotado y oprimido inmisericordemente las masas árabes; no busca ni siquiera derrotar el aislamiento en que se mantiene al bantustán de Gaza, ciudad de 1.300.000 palestinos y de tan sólo 300 km², bloqueada tanto por Egipto como por Israel y la cual muere de sed, inanición y enfermedades a la vista de todo el mundo. Busca pues suavizar ese marco pero no propiamente derrotarlo.

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