
En el año 2001, por allá en el corregimiento de Churidó, municipio de Apartadó en el Urabá Antioqueño, donde hay muchos negritos y negritas por todas partes, paramilitares a cargo de Hebert Veloza, alias HH, asesinaron a varias personas. En aquellos asesinatos cayeron familiares de una mujer cabeza de familia, quien tuvo que salir de su tierra: acababa de convertirse en madre desplazada; con sus dos hijos y dos hijas bajo su seno salió hacia la ciudad, una ciudad que difícilmente podría ofrecer oportunidades para familias campesinas, acostumbradas a otra forma de vida.
Llegaron al barrio la Cruz, al nororiente de Medellín, allá arriba en la ladera, a bastantes metros de altura. Allí intentó rehacer su vida de una forma honrada, y luchó para que estas circunstancias la volvieran más fuerte y templaran su carácter, sin apagar la alegría que siempre la caracterizaba. Al parecer esos primeros años fueron tranquilos; tuvieron la oportunidad de poner una de las primeras tiendas del barrio y comenzar a trabajar por una vivienda y una vida digna.
Sus hijos fueron creciendo y ella iba motivada y optimista con su “jardín completo”, como le decía a sus 4 hijos e hijas, trabajando duro por la reivindicación de derechos para los desplazados, con el movimiento de los desconectados de los servicios públicos, con el movimiento de mujeres, de víctimas; comenzó a construir y desarrollar un trabajo político desde la condición de desplazada y de mujer, a participar de actividades y reuniones, a forjar un trabajo comunitario y organizativo en su barrio. Y, como no es nada raro en este país con la gente que quiere construir un mundo diferente, empezó a ser perseguida y criminalizada.
En el año 2004, en el marco de la operación Estrella 6, desarrollada por la fuerza pública, su casa fue allanada a eso de las 5 de la mañana. Toda su familia fue agredida verbalmente y molestada su tranquilidad por motivos de un sapo con el alias de “Luigi”, un supuesto miliciano del barrio, quien iba vestido con uniforme de la policía como los demás, pero con la cara tapada. La mujer, que a pesar del miedo siempre ha hablado duro y mostrado su fiereza, se atrevió a arrebatarle la capucha de la cara y se sorprendió al ver que era una persona conocida del barrio; después se supo que incluso había sido torturado por la policía para que delatara a supuestos miembros de las milicias. El caso es que nuestra protagonista fue tildada de guerrillera y recluida en la cárcel; aunque dos meses más tarde tuvo que ser puesta en libertad por falta de pruebas.
Después de estos incidentes, en una reunión familiar con sus hijos y su compañero sentimental, les advirtió que ella ya tiene enemigos y empezaba a tener malos augurios; sin embargo su carácter y alegría se mantenían vivos.
Su hijo menor cuenta que desde pequeños siempre tuvieron problemas con la policía, que llegaban y los trataban mal a él, a su hermano Chota, como le decía de cariño, y a sus amigos. “En el barrio, cuando la policía llegó, porque antes no había (el control era de los milicianos), a todos los jóvenes nos señalaban de guerrilleros; para ellos todos éramos de ahí. Cuando ya estábamos grandes no nos dejábamos atarbaniar, nos parábamos en la raya y hasta la gente del barrio nos defendía, pues todos nos conocían”. “Mi hermano Chota era mi socio, era mi pana, yo lo cuidaba a él y él me cuidaba a mi”.
El 7 de julio de 2010, en la mañana, él se dio cuenta que su hermano Jhonatan, un año mayor, no había dormido en su casa. “Él vivía aquí al lado, ‘al pulmón’, con la novia y la niña”. Entonces se fue a buscarlo por el barrio a ver qué muerto había amanecido ese día; luego bajó al anfiteatro y no estaba, pero le dieron la descripción de un joven que habían encontrado muerto. Volvió a subir al barrio, y como a eso de las 11 am. lo encontraron muerto en el barrio vecino, llamado La Honda. La patrulla de la policía No.301384 del barrio La cruz lo había cogido esa noche junto con un compañero y se los había llevado supuestamente para la estación de San Blas.
Llamó a su madre y ella en poco tiempo llegó a su casa, pues a causa de las amenazas y hostigamientos por su trabajo comunitario no dormía con sus hijos, debía estar buscando amanecida en diferentes lugares para su seguridad. “A mí me tocó el reconocimiento del cadáver, cuando me lo describieron ya sabía que era él, y cuando lo vi se me fue el aire. No sabía qué hacer, al final cuando me pude calmar, entró mi mamá y ella se quedó con él y me dijo que me fuera, que ella se encargaba de voltear todo para el entierro, ella lo vistió y todo”.
Su madre lloraba con un dolor profundo, diciendo “Ay mi jardín, mi jardín”, entre los brazos de su único hijo hombre que le quedaba. Cuenta su hijo que durante casi 7 meses ella iba todos los días al cementerio. “Yo un día la abracé y le dije que no fuera todos los días, que lo visitara cada 8 días o 2 veces por semana”. Mi mamá en sus buenos tiempos era bien bonita, pero después de la muerte de chota se puso toda flaquita”.
A raíz de esto comenzó a realizar denuncias y a pelear por esclarecer los hechos y los responsables de este asesinato. Hizo una denuncia contundente contra la policía y desde entonces empezó a ser hostigada y amenazada con más insistencia. Empezó a sentir cerca su muerte y a decírselo a varias personas con las que se veía en reuniones y actividades, algunas le creían, otras no. Después del incidente de su hijo a esta mujer le cambio la mirada, se veía preocupada, decaída, ya no tenía la misma alegría de siempre.
Este 7 de junio de 2011, 11 meses exactamente después del asesinato de su hijo, pasando por el barrio Santa Cruz en un bus de trasporte público, fue asesinada por un sicario que le disparó por detrás y huyó sin mayor problema en una motocicleta, por una zona en donde el control paramilitar no permite asesinatos sin su permiso. Se movió tranquilamente entre policías y paramilitares.
Su hijo cuenta que el día anterior, en la noche, tuvo un sueño en un cementerio. “Nunca había soñado con cementerios cucho, de verdad”, dijo. “Estaba frente a la tumba de Chota, y al lado derecho había un hueco y un man con el pelito parado que me miraba”. “Ese día nos llamó la cucha, a las 6 am, como todas los días, a saludar y contarnos qué iba a hacer en el día. Después yo me fui a camellar”.
Después de ser asesinada de forma brutal y cobarde, el comandante de policía metropolitana, Brigadier general Yesid Vásquez, culpabilizó a la misma víctima por negarse a recibir protección. Pero ella pensaba, desde luego, en la clase de protección que podría darle su propio verdugo. El general Naranjo reconoció parcialmente la culpabilidad de la institución que él representa y el vicepresidente Angelino Garzón ha dicho que “es un asesinato que hubiéramos podido evitar”. ¿Entonces qué pasó? Hasta las autoridades, por orden del gobierno, ofrecen $150 millones de recompensa para quien entregue información que permita dar con los responsables (qué ironía). Pero todo podría continuar igual, a juzgar por los antecedentes, como alguna vez dijo esta misma mujer frente a las cámaras: “las mujeres cabezas de familias, desplazadas de barrio a barrio, de lado a lado, son las que están poniendo la sangre, los muertos y aquí no sigue pasando nada”.
Su nombre era Ana Fabricia Córdoba.
Que quede en la memoria.