Por América Niño
Para conmemorar el 8 de marzo, día Internacional de las Mujeres Trabajadoras, en Bogotá se convocó a una movilización que empezó sobre las 3:00 pm con una acción simbólica dedicada a Palestina. Luego, arrancó la marcha con rumbo a la Plaza Bolívar, donde se pretendía hacer una velatón por las mujeres asesinadas por la violencia patriarcal, y compartir un sancocho entre todas. Mientras caminábamos a un costado de la Catedral Primada, veíamos como las trabajadoras de los locales de esa zona turística, dejaban un momento sus ocupaciones y, desde las puertas y los balcones de distintos locales, salían con banderas y se unían al canto colectivo, mostrando su apoyo.
Ese día, unas 5.000 personas llegamos a la Plaza de Bolívar por la carrera 5ta con Calle 11, lo cual es inusual porque son calles muy estrechas. Pero la policía y la Alcaldía habían evitado el paso por la tradicional carrera 7ma. En medio de las arengas, pudimos llegar a la plaza y nos invadieron sensaciones de miedo y de indignación: allí nos recibía una gran cantidad de fuerza pública (el antiguo Esmad y actual Undmo) que cuidaba con recelo cada muro. También, minutos antes de nuestra llegada, se había apagado el alumbrado público, lo que provocó una rabia colectiva.
La sensación de calma —producida al salir de ese callejón estrecho por el que habíamos llegado— se mezclaba con emociones de terror y confusión al comprobar que la disposición del espacio era absolutamente violenta. El sitio estaba pensado para producir terror: difícil visibilidad, vallas de metal en todas las esquinas, no existía una tarima más que la dispuesta en la furgoneta que nos acompañó todo el camino, y la policía —fuertemente armada— tenía la Plaza rodeada.
Cuando sonaron las primeras aturdidoras y bombas de gas lacrimógeno, inevitablemente la concentración comenzó a dispersarse. Nadie supo cómo o por qué las lanzaron, pues estaba siendo una noche pacífica. La mayoría de mujeres intentamos resguardarnos del gas y mantener la calma. Sin embargo, la indignación crecía por la certeza de estar compartiendo ese espacio con personas mayores, bebés, niñas, niños y adolescentes que acudieron con sus familiares a la convocatoria.
La fuerza pública atacó varias veces, mientras los equipos de derechos humanos y de diálogo social intentaban calmar los ánimos, y evitar a toda costa la confrontación. Después de más de dos horas, lograron dispersar totalmente la concentración.
No se realizaron las dos actividades previstas en ese espacio (la olla comunitaria y la velatón). Estas acciones simbólicamente representan un gran acumulado de las mujeres a nivel histórico: el alimento como sostén de la vida, y la memoria colectiva que mantiene en la memoria aquellas que han sido asesinadas de manera violenta en el marco de una (o varias) guerra contra las mujeres.
A lo largo de la movilización, se sintió y se expresó de muchas formas el rechazo colectivo ante las violencias basadas en género. Sin embargo, es necesario decir que la movilización de las mujeres es una muestra del blanqueamiento y la liberalización de la lucha feminista. En la mayoría de los casos, carece de planteamientos más elaborados alrededor del rechazo categórico al racismo estructural y simbólico, a la clase como forma de organización socioeconómica que produce y reproduce la desigualdad, a la explotación y la dominación no solo de las mujeres sino de los pueblos. Carece de cuestionamientos profundos sobre el anticolonialismo y el antiimperialismo; así como también carece de exigencias concretas que no solo reduzcan la brecha salarial en términos de género, sino que planteen la necesidad de la transformación de un modelo de trabajo asalariado que empobrece a toda la clase proletaria.
Es necesario y urgente que las mujeres revisen las maneras en las que el capital ha estado cooptando sus discursos e indignaciones para ofrecerles un mercado con frases motivadoras y de sexualización y objetivación del cuerpo de las mujeres. También debemos integrar a las compañeras que siguen existiendo y resistiendo al margen de los espacios de organización feminista y de las fechas de conmemoración, por ejemplo las mujeres negras racializadas, las indígenas, las campesinas, las trans. Desde estas identidades “olvidadas” se han desarrollado elaboraciones teóricas mucho más complejas y críticas que buscan construir comunidades emancipadoras poniendo en el centro al cuidado, la soberanía alimentaria y la territorialidad.











