Periferia en el centro de Medellín

El centro, patas arriba y chapaleando

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Por Reinaldo Spitaletta

La muerte del centro de Medellín no se vino tan callando, ni tampoco se quiere decir al respecto, como lo escribiera don Jorge Manrique, en la muerte del maestre de Santiago, don Rodrigo Manrique, su padre, que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”. Hubo aspectos de gloria y brillo en otros días de Medellín, como momentos de oscuridad y otras tinieblas. Pero hoy, el deterioro y la ruina, producto de tantas miserias y exclusiones, incluidas las gestiones e indigestiones de las malas administraciones, se lo tomó todo, como una peste medieval, con bubas y babas y tumores, aparte de orines y excrementos a granel, más de los que, en viejos tiempos, volaban de los balcones y ventanales de la Villa con el grito de “¡agua va!”.

Los días mejores (a veces les ponemos altas dosis de romanticismo, claro está) eran quizá aquellos cuando éramos jóvenes y el centro nos atraía por sus cines, sus almacenes distinguidos (al menos para mirar vitrinas), sus muchachas (todavía sobreviven, con otra piel), el tinto, los buñuelos y el pan francés de Versalles o las tardes enteras en esa sucursal de alguna confitería porteña conversando de universidades y tácticas y estrategias de la revolución. Mejor dicho, por los “guerrilleros” de cafetería. Y por billares en Caracas y Maracaibo, o por los sábados de cineclub, en teatros como el Ópera, el Dux y otros.

En los días mejores también había asaltantes de bancos, algunos (como los de la banda La Pesada) eran vistos en los barrios más pobres como la reencarnación de Robin Hood, y en todo caso había librerías, tertulias, encuentros amorosos en algún atrio o en un reservado y tiempos en que calles como El Palo eran fantasmagóricas (o así me tocó a mí durante años desde el tramo al que llamábamos Gómez Ángel, cerca de El Huevo hasta el colegio de María Auxiliadora). Y Medellín —ya no es noticia— siempre fue en buena parte del siglo XX, en especial en la década del cuarenta, una ciudad en la que había, según la geografía citadina, más putas que obreros. O casi igual la cantidad de unas y otros (hoy hay muchas putas y nada de obreros).
Claro que había atracadores (es si no revisar prensa vieja) y se bebía aguardiente por doquier. Había cantinas a montones. No solo en Guayaquil, sino esparcidas por partes del centro tradicional y por las barriadas. Y si bien la vida nocturna no era la más deslumbrante, sí podía uno salir de la última función de un cine (a las once de la noche, más o menos, se terminaba la película), tomarse unas cervezas, caminar por la plazuela Nutibara, buscar por Bolívar algunos restaurantes de medianoche o ir a comer papas y otras mantequerías deliciosas en salsamentarias como La Sorpresa (a una de ellas la dinamitaron después, en los tiempos detonantes del narcoterrorismo).
Había un clima (sí, también lo de “eterna primavera”, aunque era más un eslogan comercial y turístico, teníamos una temperatura muy grata, pese a tantas chimeneas fabriles) propicio no solo a las flores, sino a la caminada urbana sin tantas contaminaciones. Claro que había carteristas (algunos graduados en el barrio Antioquia) de fama internacional, “dos dedos” ágiles y lisos (si les cortaran las manos, decía un tango, seguirían robando con los pies), y también los que a las señoras les rajaban con sutileza y una navaja bien afilada la cartera. Los días mejores estaban relacionados con la retreta de la Universidad de Antioquia en el parque Bolívar, la compra de periódicos y revistas en los puestos de domingo, los encuentros en distintos cafés o cantinas o antros o cafeterías de garaje de La Playa. Y aun con que la mamá lo invitara a uno y a algún hermano a comer en El Dorado, cuando era un “Ride Inn”, diagonal al “Pablo Tobón”.

Claro que hubo días mejores y peores. Pero los de hoy, en el centro, son el descenso al último círculo infernal. A los primeros gamines los veíamos con cierta simpatía, si se quiere, con compasión, con asombro. Había unos muy cancheros y en los días de arrebatar relojes, que estuvieron en boga por allá en la década del setenta y parte de los ochenta, el grito cotidiano en las calles (sobre todo después de la construcción de la avenida Oriental) era el “¡cójalo, cójalo!”, que se volvió folclórico. No faltaban los “cosquilleros” en los buses, y, en especial, en los tumultos que se armaban para poder subirse, en una auténtica odisea, sin mar y sin sirenas, a una chatarra o tartana urbana o intermunicipal.

Pero no olía a podrido (como dicen que olía en Dinamarca), ni había un “paraestado”, ni estaban las “convivir”, ni eran los días de vacunación obligatoria —así hubiera viruela y sarampión— para los comerciantes y para las “chazas”, que no eran tantas, ni la pobreza había originado tanta “economía informal”, y se podía apostar cualquier peso al “Cinco y Seis” o al “Totogol”. Tampoco había casinos, aunque sí sedes de clubes de clase alta y media.

¿Cuándo se empezó a joder Medellín? Pudo haber sido hace rato, pero no alcanzaba en otros momentos, digamos antes de que emergiera la tempestad de la cocaína y sus jinetes apocalípticos, la desventura urbana que acarreamos hoy, con barrios desaparecidos (como San Benito), con unas especies de leprosorios de desahuciados por la sociedad, ni la prostitución infantil, ni tantas miserias juntas o arrejuntadas. Sí, claro, nos tocó ver la “tugurización” de la ciudad (que empezó muy cerca del centro, por la Estación Central o Estación Medellín del extinto Ferrocarril de Antioquia). Pero hoy los “tugurios”, en el centro, son de otra índole.

Ya no tenemos casas de cartón (menos mal). Se metamorfosearon en casas de pique, o de ollas de vicio, o de expendios de cuanta droga de diseño existe. Son otros, y más aterradores, los mecanismos para tugurizar como está hoy el centro de Medellín. Es el reino del abandono (sí, abandono oficial), el ejercicio ineficaz de una burocracia inepta, desconocedora de la historia de la ciudad, de sus procesos urbanos, de las dinámicas culturales de antes, las que ya asfixiaron o sometieron a la limosna o a la extinción por falta de recursos.
No solo es el desorden (no estamos convocando a un orden impuesto, a una dictadura de los espacios ni a medidas coercitivas), la contaminación ambiental, la ocupación en montonera de los carros, el desestímulo al transporte público (aunque haya metro, metroplus y busesitos, también taxis), el atropello a la ciudad y, sobre todo, al ciudadano. No existe una inteligencia urbana porque desde las esferas de poder han impuesto la pose demagógica, el discurso mentiroso, el desprecio a los olvidados, la politiquería… Y el desafuero como modo de gobernar. O, con otro son, de desgobernar.

No siempre el centro fue una cloaca. Ni una muestra de una ciudad derruida, sin industrias, sin paisajes patrimoniales… Hubo tiempos menos tristes. Como cuando a principios de los 60 era un centro cultural, una referencia no solo para el resto del país, sino de América Latina, como lo recuerda el músico, director de orquesta y pianista argentino-israelí Daniel Barenboim, que en esos días de gloria de una ciudad “primaveral”, vino a interpretar las sonatas de Beethoven, en el Teatro Colombia, de la calle Colombia, entre Bélgica y Giraldo. “Toqué todas las sonatas de Beethoven en Medellín, Colombia, que después se convirtió en la capital mundial de la droga pero que, en esa época (1960), era un centro cultural en América del Sur” (Mi vida en la música, Daniel Barenboim. P. 87).

En el centro, que en teoría debía ser la parte más clave e importante de la ciudad, su motor cultural, su dinamizador de la economía y el comercio organizado, del encuentro del ciudadano, de las alternativas para una vida de ciudad, de comunidad, más agradable, es todo lo contrario: un desastre, como un cataclismo promovido por la ilegalidad, por la delincuencia y por la falta de inversión social. No es a punta de vallas policíacas o de guetos de fuerza y discriminación como se pueden resolver las contradicciones sociales, solventar las carencias, llenar los vacíos dejados en seres humanos por el poco o nulo acceso a la cultura.

No es horadando la dignidad del ciudadano, ni condenándolo a retirarse del centro, a que por allí no se atreva (dicen que ya por ciertos lugares del centro ni los crepúsculos —tampoco las águilas— se atreven) a dar unos pasos, como se ha visto en esta administración de pacotilla, sino acercando a la gente a las bibliotecas, a los centros de cultura, a una educación permanente sobre la ciudad y sus circunstancias. Ah, y creando más posibilidades de acceso al conocimiento histórico, arquitectónico, a lo que debió preservarse como patrimonio cultural y a lo poco que de ello prevalece.

Volvamos al principio. La decadencia y muerte del centro de la ciudad no se vino de súbito, ni en silencios. Se veía venir desde hace rato, por los manejos desabridos, pútridos y burocráticos de la politiquería, por la rapacidad de los ambiciosos, de las mafias que no son solo del narcotráfico. No es que todo tiempo pasado haya sido mejor, pero sí hubo días luminosos, de menos arbitrariedades y propicios para espantar beatas, escupir hostias, ir a películas prohibidas y quedarse parado en el atrio viendo llegar las hermosas tentaciones, a veces de mantilla y minifalda.

Qué fue de las milhojas de Maracaibo y de las conferencias de los Martes del Paraninfo, de los locos que iban corriendo por las cornisas y de aquellas musas paseantes (algunas con uniformes de colegiala) por Junín, que luego se colgaban de los vitrales del Lido. No es que todo tiempo pasado haya sido mejor, pero sí hubo unos días fulgurantes de cine y radio. Y de palabras de café para arreglar el mundo, que sin embargo siguió cada vez peor.

Somos un proyecto de Comunicación Alternativa y Popular.

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