Por: Juliana Builes Aristizábal
Fotos: Jorge Calle
En el punto donde se encuentran Girardot con Maracaibo, dos calles de antaño del centro, el bus hace un alto. El Coonatra recorre toda la ciudad, pero la comuna 10 es una de sus últimas paradas, al igual que la de varias rutas en Medellín. Pongo la mano en el timbre y, como casi siempre, el bus para de forma estrepitosa y arranca antes de que termine de poner el último pie en el suelo.
Me bajo en “el perio” o, por decirlo de forma más formal, en “el parque del periodista”. Sin embargo, lo formal se ha desvanecido hace mucho tiempo en esos bancos de concreto. Este espacio, impregnado de anécdotas, nació en 1971 en homenaje a la figura del cubano Manuel del Socorro Rodríguez y aunque ya había pasado unas dos o tres veces por el lugar mientras caminaba hacia La Playa, otra emblemática calle del centro, nunca me había percatado de sus esculturas. En toda la esquina de la plazoleta está la escultura “Los niños de Villatina”, y más en el centro, el rostro de Manuel del Socorro Rodríguez.
Permanecí allí unos 40 minutos esperando a Jorge, un fotógrafo documental de apellido Calle, un hombre joven, que ha recorrido tantas veces el centro que ya lo camina con mucha facilidad. Mientras el tiempo pasaba, me ubiqué en una de sus bancas de cemento. Al lado derecho, una mujer estaba sentada con un litro de cerveza, tenía unas botas blancas de esas de moda y una camisa ancha. Al frente, un universitario conversaba con otros de sus compañeros mientras se rotaban un cigarro de marihuana; el dealer de la zona gritaba a los cuatro vientos: “¡Bareta, rocas, bareta, rocas!”.
Eran las cuatro de la tarde y un aguacero empezó a cerrar el cielo. Todos los que estábamos en las bancas corrimos a resguardarnos de la lluvia en los bares y tiendas que bordean todo el periodista. Después de estar ahí unos minutos, el dueño del negocio prendió un porro y me miró directamente a los ojos, diciendo: “¿Niña, a usted no le gusta la bareta?” El dealer, que también se escampaba ahí, me miró con esa cara que espera una réplica. Yo me reí un poco intimidada y respondí: “No, no me gusta”. Después de mi respuesta, se miraron entre ellos y, un poco risueños, me dijeron: “¿Entonces qué hace acá?”.
Poco después, sonó mi teléfono y Jorge me informó que estaba cerca. Pedí indicaciones a los mismos que me habían hecho preguntas y comencé a caminar en sentido contrario a los automóviles mientras la lluvia seguía cayendo. El centro continuaba con su constante flujo de personas, como sucede todos los días; ni siquiera el clima hace que esta zona de la ciudad se detenga. Mi encuentro con Jorge tenía un propósito: ubicar a Cantinflas, un artista y habitante de calle que resignifica sobremos con los objetos que se encuentra mientras hace su labor de reciclaje. Es famoso en el Parque del Periodista, y como toda una misión de detectives, toca buscarlo por las calles cercanas a ver si con suerte se logra encontrar.
La habitancia en la calle en la Comuna 10 es un fenómeno más que evidente. El centro alberga la mayor concentración de habitantes de calle en El Bronx, un tramo de vía en la intersección de la carrera Cúcuta con la calle La Paz. Según Every Day Homeless, una organización que lucha por los derechos de los habitantes de calle y tiene un impacto directo en el centro, las plazas de mercado y las áreas donde se encuentran las chatarrerías han sido lugares estratégicos para estas personas, ya que encuentran alimento y una fuente de trabajo a través del reciclaje. El microtráfico y las zonas de consumo de drogas también han migrado con ellos de un lugar a otro dentro del centro, transformando estos lugares en áreas de tolerancia cada vez más marginadas.
Jorge y yo salimos de El Acontista, un restaurante y librería a media cuadra del Parque del Periodista. Fue allí donde comenzó nuestra búsqueda de Cantinflas. La noche ya comenzaba a caer, eran las 6 de la tarde, y habíamos recorrido todo el barrio. Llegamos casi hasta La Oriental, pero no tuvimos suerte de ver al artista. Nos sentamos en los bancos del parque, y el ambiente había cambiado; estaba lleno de gente y no quedaba ningún asiento libre. El rap, el punk y la salsa se mezclaban en varios altavoces que sonaban al mismo tiempo. Jorge le preguntó a otros habitantes de la calle si habían visto a Cantinflas ese día, y todos respondían: “Ya debe estar que sube por aquí”, con la esperanza de que apareciera pronto. Esperamos hasta las 7 de la noche, y mientras tanto, Jorge me contaba más sobre el centro mientras yo observaba curiosa a mi alrededor. Era un ambiente áspero y predominantemente masculino; las mujeres se contaban con los dedos de una mano.
Después de haber fracasado en nuestra búsqueda, decidimos dar una última vuelta que solo confirmó que Cantinflas no era fácil de encontrar. Su vida en la calle añadía complejidades a la búsqueda, ya que no había una forma de comunicarse con él más allá de recorrer el centro hasta encontrarlo. Caminamos hasta Junín y llegamos a Casa Centro para dejar nuestras pertenencias, ya que estaba oscureciendo. Casa Centro es una antigua y grande casona que sirve como espacio de encuentro cultural y diverso. Con rapidez subimos al segundo piso e intentamos entrar a el primer salón, pero de la puerta no pudimos pasar, ese espacio esa noche estaba puesto para un encuentro nudista, iban a leer poesía como mi Dios los trajo al mundo.
Otra vez el centro me encontraba con sus particularidades, que no convergen en otra parte de la ciudad, sin embargo, la búsqueda no podía parar. Jorge me contaba mientras veíamos como pasaban los próximos que estarían desnudos que, a esa hora, a las 8 de la noche Cantinflas subía desde el Parque Bolívar hasta el periodista para refugiarse, pues esa zona se podía tornar agreste y en el perio él era un artista muy conocido y la gente lo cuidaba, además compraban su trabajo.
Salimos y ya la Oriental se empezaba a desocupar, más poca gente, pero nunca vacía, subimos unas cinco cuadras hasta nuestro lugar inicial. Caminamos unas cinco cuadras hasta nuestro punto de partida en la intersección de Girardot con Maracaibo, ya el perio estaba a reventar. Comenzamos a mirar a nuestro alrededor, dando vueltas por la plazoleta una, dos y tres veces, pero no veíamos a Cantinflas por ningún lado. Entonces, Jorge vio a lo lejos a Aretica y me dijo: “Mira, ese también es un personaje; es un payaso, artista y habita la calle”. Junto a la escultura de los “Niños de Villatina”, Aretica recolectaba dinero para comprar sus pinturas y comenzar su trabajo. Le pedí a Jorge que corriera hacia Aretica como si pudiera desaparecer como por arte de magia.
Una camisa de tigre manga larga, cadena plateada, una aretica en la oreja derecha también del mismo material, pantaloneta a mitad de rodilla, medias tres cuartos y unos tenis negros desgastados, vestían el cuerpo menudo de Aretica, el bolso azul le hacia contrate a toda su ropa oscura. Tenia un acompañante pequeño de color negro que sostenía en unos de sus brazos, su nombre Allac que significa calle al revés, un perro criollo y muy serio supongo que por su edad pues las canas ya se le asomaban en su pelaje.
Nos acercamos a Aretica para contarle sobre nuestro interés en conocer su historia. Él nos miró y nos dijo que estaba recaudando dinero para comprar las pinturas con las que trabaja. Jorge lo invitó a acompañarnos con la promesa de buscar sus pintacaritas. Comenzamos a recorrer las mismas calles por las que habíamos caminado desde las 4 de la tarde. En un punto del camino, Aretica nos preguntó la hora y confirmó que su actuación de payaso esa noche se limitaría a lo que tenía en su bolso, ya que después de las ocho de la noche todo estaba cerrado. Ahí empezó todo.
Llegamos hasta el Colombo Americano y Jorge sacó su cámara para capturar el proceso de transformación de Virgilio en el payaso Aretica. Mientras eso pasaba empezó a contarme que desde hace 35 años ejerce esa profesión en las calles y en los buses del centro y que él, él es más conocido que el propio Mancuso. Cuando terminó de maquillarse los ojos de negro y su boca del mismo color, parecía preocupado por su apariencia en las fotos de Jorge. Aretica aclaró que ese no era todo su maquillaje, pero la calle es tan agreste que no siempre hay para pintarse como el típico payaso.
“Tengo que hacer reír, aunque tenga mi alma herida, con mi sonrisa fingida tengo penas que ocultar. Si este payasito pudiese hablar y contar todas sus amarguras hasta las almas más duras quisieran con el llorar, o cuantos como yo cansados de sufrir y de trabajar se van a un circo en busca de un payaso, la alegría. Más no comprenden en suerte y en vida que entre más riéndome estoy es un paso más que doy en post de mi tumba fría”. Recitaba Aretica mientras yo lo grababa en una cera del Colombo, la poesía se la sabia de memoria, pero pareciera que su vida habitando la calle no era una historia que contar para él.
Allac su perro se metía en la maleta azul mientras Aretica seguía recitando y contando chistes, mientras intentábamos que nos contara un poco más de él. ¿Por qué decidiste ser payaso? Le pregunte yo un poco intrigada por su profesión, me dijo que simplemente había visto unos en la calle y se había ido a andar, pero después algún recuerdo paso por su mente y mirándome con sus ojos pintados de negro dijo “si les contara, yo tuve muchos problemas y pues me fui de payaso”.
Virgilio creció en la comuna 10 por allá en el barrio Guayaquil, siempre ha sido del centro y lo seguirá siendo hasta que ya no este en este plano terrenal. Con mucho fervor recuerda a su ex esposa Risitas quien se fue con otro como dice el, después de vivir y trabajar juntos como payasos por mucho tiempo. Esa pérdida lo desmoronó como nunca y ahora gran parte su vida gira alrededor de su perrito Allac. Dice que hizo parte de una película con Risitas, estuvo en plazas de toros haciendo sus shows de payaso y trabajo en la mansión del terror donde tuvo un accidente, se desfiguro la nariz y quedo sin sus dientes de arriba.
Las aceras del centro han sido su cama y la de Alllac cuando no le alcanza para pagar su pieza. De sus dormidas en la calle tira una frase contundente “no hay mejor cama que un sueño bien bravo”. En una de sus noches a la intemperie un palazo en el cuello casi lo mata, sintió que se había muerto ese día, lo único que se le ocurrió hacer fue gritarle a su cuerpo que se despertara hasta que lo logró. Siempre trata de dormir en un lugar, pero cuando la vida se pone hacia arriba se encomienda a la Santa Cruz.
Nos paramos de las escalas del Colombo a buscar un spot perfecto para las fotos de Jorge, Aretica metió a Allac en su maleta azul porque ya a esa hora el perrito no camina más y él le sigue todos los caprichos. Llegamos hasta El Palo y nos ubicamos en una pared amarilla, ahí Aretica empezó a hacer sus mejores poses, Jorge le indicaba dónde posicionarse para aprovechar mejor la luz. Aretica alternaba entre sonrisas y expresiones serias, posando con Allac y agachándose para obtener la toma perfecta. Acabamos ahí y el protagonista de esta historia ya necesitaba ir a trabajar para pagar su dormida en una vieja pensión, dos cuadras más abajo de donde quedaba antiguamente el periódico el Colombiano.
Le pedimos que nos acompañara unas cuadras más, hasta Casa Centro donde teníamos nuestras pertenencias, mientras caminábamos recitaba El Despertar de Alejandra Pizarnik “Señor la jaula se ha vuelto pájaro y ha devorado mis esperanzas, señor la jaula se ha vuelto pájaro qué haré con el miedo”. Mientras yo subía por un sanduche y algunas monedas que él nos había pedido, Jorge encontraba otro lugar para las poses del artista, en todo Junín esa calle llena de luces Aretica nos hizo sus ultimas poses de revista y se fue hacia el Parque Bolívar, yo me despedía asombrada por su historia, por su arte, por su esperanza y por su manera de vivir la vida, Jorge con su madurez en estos temas se veía más sobrio pero siempre intrigado y reflexivo respecto a las personas que habitan la calle. La función había terminado.