Periferia en el centro de Medellín

El Sabor de Alba Luz: Ritual de paladares en el Centro de Medellín

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Por David Alejandro Pérez y Natalia Bedoya Alcaraz

— ¡Buenas! ¿Me trajo o no?
— No, no hay pescado, hay pollo, hay pollo.
— Bueno, ya vuelvo.
—Venga pues, que se me está acabando el almuerzo.
— ¿Espagueti no quiere? ¿Le echo más caldito o qué?
— Deme un poquito más, por favor.

En el abrazo caótico de las calles del Centro de Medellín, estas voces fragmentadas conforman el telón de fondo de una historia que se teje con sabores y empeño. Alba Luz Espinoza, una mujer de carácter y sabor, recorre cada día, excepto los domingos y festivos, su ruta culinaria como un fiel ritual que honra los paladares de quienes la esperan.

Con su carro de supermercado repleto de cocas, ollas, jarras y bolsas llenas de tesoros gastronómicos, atraviesa Prado hasta el Parque Bolívar, pasando por Junín, La Playa y La Bastilla. En ese camino, ofrece un almuerzo a quien lo necesite, y así, hasta llegar a su destino de venta final, una cuadra arriba del pasaje La Bastilla, frente al parqueadero público Autosí.

Alba es la cocinera de los trabajadores incansables que día tras día se rebuscan la vida en el centro de Medellín: los vendedores de aguacate, de lotería, los comerciantes y venteros ambulantes que adoquinan el camino con confites, frutas y demás. Al medio día todos pausan sus labores en busca de la recompensa que solo el arte de Alba en la cocina les puede brindar. Ella, con memoria prodigiosa, se acuerda del sábado hace 10 años cuando llegó a La Bastilla con su hermana Teresa Espinoza. Ese día empezaron vendiendo un “platico” de mil: “frijoles con coles, garra, arroz, arepa y la cuchara”. Gustó tanto que al poco tiempo pasaron de hacer dos kilos de frijoles a hacer casi ocho. Ahora, después de la pandemia, sólo hace tres y todavía vende a dos mil el plato a quienes no pueden pagar más.

—Aquí el que viene come, con plata o sin plata
De cuatro, de cinco, de seis, de siete, de ocho, para llevar a siete; con sudado de pollo, carne de cerdo, pescado rodaja, chicharrón, oreja, hígado encebollado, ensalada, espagueti, chorizo, morcilla, huevo, picada, arroz; y el plato predilecto para ella y sus clientes: frijoles con coles y garra, que no vende ni los lunes, ni el día después de un festivo.

Alba aprendió el arte de la cocina, como cuenta ella, desde su infancia, pilando maíz y amasando arepas con su abuela, sin saber que ese sería el pasaporte a un mundo donde su sazón sería su mayor credencial. Hasta sus trece años hizo su vida bajo el cielo de Ituango, norte de Antioquia, junto a ella, su papá y mamá, sus tres hermanos y sus cinco hermanas. Fue a la escuela hasta el séptimo grado, hasta que a los catorce la sombra implacable de la violencia y la falta de oportunidades la obligó a migrar a la ciudad en búsqueda de oportunidades y una nueva vida. Desde entonces, ha trabajado en lugares y oficios que rodean la cocina.

—Bueno mi negro, a ver ¿Con qué lo quiere usted? —le dice al que llega—. Vea otro cliente que viene todos los días, ¡No me bote el plato que ahí le sirvo el seco! ¿Le echo carnita de cerdo o pollo sudado?, ¿qué quiere?

Ya en Medellín, Alba puso sus primeros pasos en San Javier. Luego, habitó los barrios de Castilla y el 12 de Octubre, hoy por hoy vive en Picacho, en una casa alquilada. A sus 21 años tuvo a Juan David, su primer hijo, quien ahora tiene treinta y cinco años, y es su compañía y ayuda diaria en su carrito de almuerzos, después de que su hermana se aventurara a montar su propio negocio de comida.

Cada día, de lunes a sábado, Alba y Juan David se levantan antes de que la otra alba se les adelante en el horizonte, para arrancar de la casa a las siete de la mañana. A las ocho en punto ya están en Prado, preparados para dar vida a sus platos. Dos horas después, se ponen en marcha al lugar de siempre, siendo los anfitriones de un ritual de sabores y paladares que al mediodía se despliega en el corazón del centro. Ritual que solo cesa los domingos y festivos cuando ella dice que descansa, pero lava la ropa, organiza la casa y hace labores del hogar que no puede hacer los otros días que dedica a su trabajo.

—Vea otro cliente que viene todos los días
—¿Y todos los días vende todo?
—Sí, todos los días me va bien, vendo todo lo que tengo, y a veces hasta queda faltando

Luego de raspar ollas, cocas, bolsas y tarros; de vender los últimos almuerzos, ya sin arroz, sin ensalada, sin cada cosa que se va acabando, la jornada termina a las dos o tres de la tarde. Con su gorro y su delantal blanco, Alba fuma un cigarrillo y empieza a empacar. Conseguirá, antes de llegar a su casa, los ingredientes para la venta del otro día: “que el pollo, que la carne, que una cosa que la otra”, y así volver cada día a unir en el ritual de paladares los sueños, esperanzas e historias de empeño y resistencia de la ciudad.

—¿A usted por qué le gusta la comida de ella?
—Por la sazón, la atención, el amor que le tiene
— asegura Elena de los desamparados, vendedora de lotería y compradora frecuente de sus almuerzos.

 

 

 

 

 

 

 

—Es que en la casa no me dan lo que ella vende aquí — agrega otro señor.
Cada plato que sirve es un pedazo de historia, un tributo a la dedicación y lucha constante por salir adelante. Cada plato que sirve es un pedazo de historia, un tributo a la dedicación y lucha constante por salir adelante, sentada en una silla

 

 

 

 

 

 

 

 

después de tanto servir y preguntar “¿con qué lo quiere?”. Ahí, debajo de la sombrilla verde que la cubre del sol, del agua y del viento, cada plato servido se convierte en un pedazo del alma de Medellín, que llega directamente al corazón de quienes tienen el privilegio de probarlo.

—¿Y cuál es el secreto suyo?
—Yo no sé si es la sazón o qué será.

 

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