Periferia en el centro de Medellín

“Bajar” al centro

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Por El Flako

La primera vez que bajé al centro, fue al principio del año. Me tocó ir por allá para que me hicieran unos exámenes en una clínica lo más de grande. Me llevó mi hija porque por allá no conocía, y en la edad que estoy, de pronto me pierdo o me pasa algo malo. Recuerdo muy bien al momento de bajarnos del Metro, la cantidad de negocios por todas partes, ventas de ropa, jugos, plátanos, gafas, dulces, cigarrillos, aguacates, de todo, hasta en las calles nos ofrecían.

Empezamos a caminar para la clínica. La cita era a las 9:30 a.m. Yo estaba un poco asustada por la cantidad de gente que estaban en las calles, esos eran mares de gente en cada calle que pasábamos. Yo me pegaba más duro del brazo de mi hija para que no me pasara nada, le confieso que estaba asustada. Buses y motos por todas partes pitando, no había casi por donde caminar, uno se descuida y se choca con alguna de esas carretas, con parlantes ruidosos, que venden cosas con parlantes. Si no fuera por la experiencia de mi hija, no creo que hubiera llegado sola a hacerme los exámenes. Entrar a la clínica era sentir un poco de tranquilidad, no había tanto escándalo y me estaba estresando. Por lo menos me fui bien desayunadita para aguantar esa caminada tan larga en pleno sol y con tanta gente.

Cuando salimos de la cita, ya era medio día y había más personas, y le pregunté a mi hija de dónde salía tanta gente.
—Mamá, son las personas que trabajan en las oficinas de todos estos edificios —me dijo.

Yo ya tenía hambre. Uno se acostumbra en el campo a desayunar temprano y almorzar a medio día. Mi hija me dijo que conocía un almorzadero en uno de los pasajes comerciales de Junín. Casi que no llegamos. Recuerdo que entramos por un pasaje y luego pasamos a otro, solo vea gente y vitrinas con ropa y de todo. Casi que no encontramos una mesa vacía para sentarnos a almorzar. El almuerzo estaba muy rico, tenía de todo y era bastante. Terminamos de almorzar, le insistí a mi hija que no veía la hora de regresar a la tranquilidad de mi casa, pero ella quería quedarse a mirar vitrinas y caminar un rato, por lo menos me hizo caso”.

Doña Martha tiene 73 años, esa fue la primera vez que bajó al centro. Ella vive en el límite del corregimiento de San Antonio de Prado y La Estrella, en una vereda muy tranquila, al final de la carretera está su casa, allí ha vivido casi toda su vida, siempre en el campo cultivando. Si no fuera porque tenía que hacerse esos exámenes médicos, nunca hubiera ido al centro de Medellín.
Su historia refleja la mirada del extraño acostumbrado a un entorno silencioso y diferente. Narrar el centro es tratar de comprenderlo desde lo múltiple y diverso. Un sitio para el rebusque del “pan diario”, para caminarlo, tomar tinto, comprar todo lo que se necesita, hacer visita con los amigos, escuchar los músicos callejeros, visitar sitios turísticos, ir a teatro, hacer la “siesta” en las bancas de los pasajes comerciales, tomar el algo en alguna de las muchas cafeterías o restaurantes, caminar por Junín, o simplemente sentarse en una banca de parque a ver las palomas y las personas pasar.

No podemos desconocer esa realidad de un centro que está inmersa, al igual que los otros barrios, en problemáticas de inseguridad, contaminación, comercio informal, abandono de espacios públicos, desorden urbano, microtráfico de estupefacientes, prostitución infantil, entre otras.

No pretendemos obviar lo incómodo y mirar para otro lado. Con esta edición especial del periódico Periferia, llamada “narrativas de la esperanza”, voces y miradas en la comuna 10, intentamos contar historias de aquellos que habitan “El Centro”, pues creemos que son sus vidas las que pueden ayudar a entender este universo infinito que a veces desprecia la ciudad.

Somos un proyecto de Comunicación Alternativa y Popular.

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