Portadas y titulares de todo el mundo ocupó la reciente elección de Zohran Mamdani como alcalde de Nueva York, la ciudad con más habitantes de Estados Unidos. Los análisis más superficiales del establecimiento afirmaron que la clave del éxito del joven de 34 años, migrante musulmán y autodenominado socialista, fue su campaña de comunicación viral que conectó con los trabajadores, los marginados, las mujeres, los jóvenes y los migrantes como él. La viralidad de la estrategia comunicativa fue tan solo el complemento de una estrategia política que logró atraer a 90.000 voluntarios y que se basó en tres banderas materiales bastante ambiciosas: guarderías gratuitas, autobuses rápidos y gratuitos, congelamiento de los arriendos. Sin unas propuestas concretas para hacer de Nueva York una ciudad más habitable, gracias a los recursos percibidos por el incremento de impuestos a los ricos, la elogiada campaña comunicativa no hubiera bastado para que Mamdani diera un golpe en la mesa.
Las recientes elecciones en Nueva York dejan una lección para todo el espectro político de la izquierda colombiana, que, en su desespero por combatir el auge de la extrema derecha, que usa las redes sociales para reproducir sin restricciones y de manera simple sus discursos de odio y falsedades de toda índole, ha recurrido a la misma estrategia de su contradictor: likes, espectáculo, contenidos breves y emotivos, cantidad sin reparar en la calidad.
Desde las elecciones de 2022 se vislumbró una tendencia a la que parece debemos acostumbrarnos: influenciadores que publican contenido digital viral o personas que de un día para otro se hacen famosas en redes sociales, se valen de su notoriedad en las plataformas para llegar a ocupar cargos en el Congreso de la República. Sucedió en 2022 con personas como Susana Boreal o José Alberto Tejada, cuyo desempeño legislativo fue demasiado discreto. De nuevo ocurrió hace unas semanas en la consulta interna del Pacto Histórico, donde varios influenciadores cosecharon más votos que algunos liderazgos que llevan años dando batallas con las bases sociales para que en Colombia sean posibles las transformaciones.
No insinuamos que a los Youtubers y a las creadoras de contenido deba limitárseles su participación en la política electoral, ni nos interesa calificar como aceptable o malo lo que hacen. Lo que preocupa es, primero, que la política sea determinada por la viralidad y reducida a una competencia por el rating. Justo cuando son más necesarios cuadros políticos diversos y cualificados capaces de recoger y disputar proyectos programáticos sólidos y revolucionarios.
Segundo, que la comunicación sea reducida a mero ejercicio de propaganda o sea instrumentalizada como trampolín para hacer parte del aparato burocrático. Aunque reconocible el rol del universo mediático, los influenciadores y las youtubers, este boom digital se queda corto a la hora de desmontar la hegemonía comunicativa del capitalismo que afianza una cultura del sálvese quien pueda a costa del que sea. A este momento histórico aún le falta concretar una propuesta integral de la comunicación popular; en la que lo digital es solo una parte, y el faltante sigue siendo la música, la literatura, el periodismo, lo impreso, el mural, la danza, la escultura y todas aquellas formas comunicativas que más allá de despertar emotividades, sean el abono para transformar este mundo patriarcal, colonial y fascista.