Por: Valentina Cerón Berján
Hay cosas tan crudas, tan inhumanas, tan carentes de sentido, que parecen no poder nombrarse. Hay eventos y personas que existen en medio del silencio colectivo y resisten a la mudez del mundo; se reafirman aunque otros los nieguen.
Pero no es que falten palabras. Es que hay vidas que no se deciden nombrar.
Hay voces sin eco, no porque no tengan voz, sino porque el mundo aprendió a no escucharlas. No nombrar no borra la existencia, pero sí borra el reconocimiento. Y la humanidad se juega ahí: en el reconocimiento del otro. Soy en tanto me ves, me nombras, me sientes. Pero si no soy vista ni escuchada, ¿qué soy? Existo, pero no soy.
Los y las palestinas existen. Y, sin embargo, el mundo insiste en empujarlos hacia ese borde donde la existencia no alcanza a convertirse en reconocimiento.
No es casualidad.
No es casualidad que en Alemania se arreste a personas por cantar pacíficamente “desde el río hasta el mar, Palestina vencerá”, como ocurrió con la periodista Roser Garí. Ni que Mahmoud Khalil, estudiante de la Universidad de Columbia, haya sido arrestado y deportado pese a tener residencia permanente; pareciera que su único error fue ser un activista abiertamente pro-palestino. Ni que cerca de cien personas hayan sido detenidas en el Reino Unido durante una vigilia pacífica por sostener carteles que decían “me opongo al genocidio”. Ni que la escritora Randa Abdel-Fattah palestino-australiana, haya sido retirada del Festival de Escritores del Sur de Australia en nombre de una difusa “sensibilidad cultural”.
¿Sensibilidad para quién? ¿Para quienes se incomodan ante la palabra Palestina? Porque no solo se silencia a quienes viven la violencia. También se castiga a quienes la nombran. No es solo que haya palabras prohibidas. Es que hay consecuencias por pronunciarlas. Nombrar Palestina incomoda. Y a veces, también expulsa.
Mientras el mundo guarda silencio, el hambre avanza. El 60% de los niños y niñas en Gaza vive en pobreza alimentaria. Personas embarazadas y lactantes sufren desnutrición. Incluso en contextos de cese al fuego, se sigue muriendo: si no es por bala, es por hambre. Pues, Israel no deja pasar artículos indispensables para la subsistencia. Incluso cuando se habla de “cese al fuego”, la muerte no se detiene. Cambia de forma, pero no desaparece. Desde la “tregua”, más de 700 palestinos han muerto a causa del bloqueo ilegítimo, según Amnistía Internacional.
El 12 de abril de 2026, 70 embarcaciones de la Global Sumud Flotilla zarparon con miles de personas para romper el bloqueo y llevar ayuda humanitaria. No es un gesto simbólico: es una respuesta desesperada ante una política que impide la supervivencia.
Esto tampoco es historia lejana. En una sola semana de marzo de 2026, 47 palestinos fueron heridos en Cisjordania por colonos israelíes (OCHA, 2026). Desde 2023, el 95% de las escuelas en Gaza han sido destruidas total o parcialmente (UNICEF, 2024). Dejando a su andar a más de 17,000 huérfanos y huérfanas (Naciones Unidas, 2025).
Atacar escuelas no es un daño colateral. Es atacar el lugar donde una sociedad se reproduce, donde una cultura se sostiene, donde un pueblo insiste en existir. Si eso no es un intento de borrar a un pueblo, ¿qué nombre le queda?
A veces todo esto parece demasiado lejano, demasiado grande, demasiado fuera de nuestras manos. Nombrar es lo mínimo. Nombrar es reconocer. Nombrar es negarse a aceptar que hay vidas que no merecen ser lloradas. Porque ante el mundo, hay vidas que se lloran más que otras. Y eso también es violencia.
Por eso, aunque incomode, aunque canse, aunque parezca insuficiente: nombrar. Nombrar a Palestina. Siempre. Desde el río hasta el mar, Palestina vencerá.
A mi amigo que me regaló la vida: Al Muatasem Flores, que hoy navega donde el mundo guarda silencio. Gracias por tu valentía. Te pienso cada día, esperando que el mar te devuelva a casa.