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El imperialismo de Trump: instrumentalizar la paz como dispositivo de sometimiento global

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Por: Semillero en perspectivas críticas de la paz Universidad de Antioquia

Con el afán de reafirmarse y profundizar los alcances sobre los territorios en los que Estados Unidos impone su control y usufructo, durante el inicio del 2026 han proliferado una serie de estrategias bélicas y político-militares. A solo tres días de comenzado el año, se efectuó un primer acontecimiento, la operación Resolución Absoluta, incursión militar de Estados Unidos a Venezuela en la que el presidente Nicolás Maduro y la primera combatiente Cilia Flores fueron retenidos por la fuerza, privados de la libertad y trasladados a Nueva York.

En aras de reforzar los dispositivos de sometimiento imperial represivos, el presidente Donald J. Trump ha emitido cínicos discursos de odio por distintos medios; véanse las declaraciones emitidas el mismo 3 de enero en la conferencia de prensa, en donde afirmó “estamos preparados para un segundo ataque mucho más grande si es necesario”. Por lo que, en búsqueda de su soberanía nacional, el 5 de enero el Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela posesionó a la vicepresidenta Delcy Rodríguez como presidenta encargada. A lo que el 9 de enero, Trump respondió con la firma de la orden ejecutiva para salvaguardar los ingresos petroleros venezolanos, lo que permitió que EE. UU. gestionara estos recursos para su mercado interno.

Esta respuesta puso en evidencia las correlaciones de fuerza del poder popular en Venezuela, reflejando para Trump la inoperancia gubernamental que posee María Corina Machado, quien, al verse expulsada de la ocupación imperial hacia su país, reaccionó el 15 de enero, haciendo entrega del premio Nobel de Paz a Donald J. Trump. Este, al día siguiente, anunció la creación del Comité Nacional para la Administración de Gaza (NCAG) como parte de su “plan de paz”. Seguido a ello, el 20 de enero, Trump firmó la Carta de la Junta de la Paz, ratificándola formalmente el 22 de enero y asumiendo la presidencia de ese organismo, y anunciando además el carácter absoluto e independiente de la presidencia de los Estados Unidos y demarcando el interés de trabajar con las Naciones Unidas solo en algunos casos. El norteamericano reiteró que su interés de dominación excede los límites de Gaza, puesta estaba encaminado “a la paz en todo el mundo”. 

En este tenor, el 19 de febrero se inauguró formalmente la Junta de la Paz en el “Instituto Donald J. Trump de la Paz” en Washington D. C.; anunciando un compromiso de inversión por 17000 millones de dólares. A este evento asistieron y manifestaron interés de adhesión alrededor de 40 países, los que se alinean en el interés de cogobernar el mundo, globalizando instrumentalmente los beneficios extractivos. Entre ellos se encuentran: Argentina, Paraguay, Bahréin, Marruecos, Reino Unido, Israel, Armenia, Azerbaiyán, Bulgaria, Hungría, Indonesia, Vietnam, Jordania, Kazajistán, Kosovo, Pakistán, Qatar, Arabia Saudita, Camboya, Turquía, Marruecos, Kuwait, Jordania, Bielorrusia, Emiratos Árabes Unidos, Uzbekistán, Mongolia, Egipto y Bielorrusia. También participaron como observadores México, Rumanía, Italia y República Checa, al igual que la comisaria europea para el Mediterráneo, Dubravka Suica. En esta línea, el 24 de febrero, Trump declaró: “La era de las guerras interminables está llegando a su fin”; y destacó la Junta de Paz como nuevo eje de “estabilidad global”.

No es la primera vez que Estados Unidos se presenta como el salvador universal (algo parecido sucedió después de los acontecimientos del 9/11). Los estadounidenses no solo expresan sus intereses como si hablaran en nombre de toda la humanidad, sino que también los personifican, representan, encarnan. Es como si el desarrollo histórico de su país hubiera establecido las circunstancias para que individual y colectivamente sientan que están determinados a (y que su destino final es) defender los valores humanos, entre ellos la paz.

Se van trazando de esta forma las redes de correlación de fuerzas imperiales en medio de una situación geopolítica que pugna por invadir dos territorios que poseen las mayores reservas de petróleo, esenciales para el funcionamiento del sistema capital y del mantenimiento del poderío de las clases elitistas: Venezuela e Irán. Así, el 28 de marzo, Estados Unidos lanzó un ataque de misiles y drones a Irán, mencionando que se trataba de una operación en medio de un plan de varias semanas; ataque que se anuda a los que se presentaron el 28 de febrero, tanto en territorio iraní como en el sur de Kurdistán. 

Todo ello pone en evidencia que, pese a los intentos de establecer principios y escenarios soberanos, lo cierto es que el complot imperial, que históricamente ha instrumentalizado la guerra como mecanismo de subordinación, logra someter a centros de control —operando de distintas formas— a los territorios que se resisten. Como ejemplos de este escenario de reconstitución de las alianzas de poder, el 5 de marzo, Estados Unidos y Venezuela restablecieron relaciones diplomáticas; y el 7 de marzo, Donald Trump anunció la creación del “Escudo de las Américas”, una coalición militar y de seguridad regional contra el narcotráfico y carteles criminales, en la que Ecuador aparece como el primer socio estratégico en la implementación de este mecanismo. 

Una de las mayores contradicciones es que este amplio repertorio de acciones bélicas y de amenazas que expresan los intereses de apropiación y control de los territorios y las personas por la fuerza por parte de Estados Unidos se haga en nombre de la paz. ¿De cuál paz estamos hablando?  

La paz imperial hace referencia a formas antiguas de nombrarla. La pax romana justificaba el uso de la violencia para alcanzar la paz. En palabras del profesor Gerardo Vásquez, “irse a la guerra en nombre de la paz era algo justo y gozaba de la protección de los dioses. El imperio romano elegía con cuidado el casus belli, que no podía ser otro que el de la supuesta legítima defensa. Se denunciaba al enemigo por delitos de impiedad, por violación de tratados, por crímenes contra la humanidad, por un ataque a Roma y/o los aliados”.

El periodo de estabilidad económica, social y política conocido como pax romana se refiere a la consolidación hegemónica del sistema imperial, en el que la centralización del poder de decisión, la represión de las diferencias y, por tanto, de las resistencias, se logró mediante el uso prolongado de la coacción hacia las disidencias y el premio a los colaboradores, quienes se hacían merecedores del estatus de ciudadanos y sus prerrogativas. De manera que el modelo de pax romana es posible a través de la coacción y la cohesión.

La Junta de Paz y el Escudo de las Américas son solo dos de los frentes de expansión del Imperio por los cuales el mundo se divide entre los amigos y enemigos del pseudoemperador. Intervenciones militares, ocupaciones, inversión masiva de capitales, control comercial y financiero, bloqueos económicos, aumento de aranceles son algunos de los mecanismos a través de los cuales se expresa el uso de la fuerza.

En Latinoamérica, el discurso de la administración de Donald Trump sobre la paz, entendida como seguridad nacional e internacional frente a los “enemigos de la patria y del pueblo americano” (según la perspectiva estadounidense), pretende justificar además la persecución y la expulsión de las personas migrantes latinoamericanas y las graves violaciones a los Derechos Humanos por el ICE. 

Con todo lo anterior, queda claro que la paz imperialista es irresponsable y violenta. El discurso oficial niega el contexto de las culturas que no se alinean a sus intereses. Adopta una postura escéptica sobre sus formas de ser y hacer, niega sus expresiones, niega su dolor, niega que estén sufriendo: las vuelve ilegibles y justifica su muerte en defensa de valores que se tildan de “humanos”. No son dudas ingenuas e inocuas. Hablar sobre “paz” desde una lógica de guerra desgasta la misma palabra; se siente vacía como cáscara: ya no nos sentimos cómodos habitándola por sus aires amenazantes. También nos dificulta pensar en alternativas: si queremos hacerle frente a la paz imperialista y, como parte de nuestra consigna, decimos “paz”, quizá los que nos escuchen ya no nos tomen en serio por el normalizado abuso de su contradicción. Estamos jugando con fuego. Está en peligro la confianza que todos tenemos hacia el otro cuando nos comunicamos.  Es inevitable pensar en preguntas como: ¿Qué hacer? ¿Qué cosas ya se están haciendo al respecto? ¿Cómo resistimos, en especial desde Latinoamérica, a la paz imperialista? ¿Qué contrapesos hay en América Latina a esa correlación de fuerzas? 

En Latinoamérica, la memoria ha sido un acto de resistencia. No es la primera ni la última vez que un presidente estadounidense extiende la palma para saludarnos en un trato de “paz”, mientras que, con la otra mano, sigue extrayendo nuestros recursos naturales. Tenemos susto, estamos turbados: ese nudo en la garganta, ese escalofrío de incertidumbre que nos recorre el cuerpo no puede acallarse. Eso que sentimos es extraño, no es normal y no tiene por qué normalizarse; reconozcamos que es siniestro. Es un tipo de conocimiento muy particular, de la clase que envenena el espíritu y se digiere poco a poco en el tiempo que dura una vida: es como seguir conviviendo con tu vecino sabedor de que te ha robado y te va a seguir robando. Eso no se olvida, se integra en lo que hacemos todos los días. La guerra seguirá sucediendo, pero nosotros continuaremos lavando la ropa, haciendo de comer, trapeando el piso, peinándonos, vistiéndonos, trabajando, conversando, chismeando, riéndonos, abrazándonos. No se trata de seguir viviendo a pesar de lo que pasa, sino de vivir con lo que pasa.

¿Y qué es lo que pasa? Lo que está sucediendo es una transformación radical del sistema mundo tal y como lo conocemos, más allá del orden social imperante basado en la democracia liberal, el capitalismo financiero, el extractivismo salvaje, el corporativismo y el tecno-feudalismo, con las iniciativas organizacionales pacificadoras lideradas por Estados Unidos, las presiones y amenazas que aumentan para los Estados contrahegemónicos como Cuba, las alianzas que le hacen frente al Imperialismo norteamericano como los BRICS o el ASEAN, y las iniciativas populares que se están trazando en virtud de las autonomías comunitarias, se están creando diversos rumbos soberanos, confrontantes e incómodos en una correlación de fuerzas no solo entre los Estados-Nación, sino también con y entre los pueblos del mundo. 

Es el caso del pueblo kurdo en Rojava, quienes han creado el confederalismo democrático y en él han encontrado la materialización de sus luchas colectivas, en una iniciativa de autogobierno y unidad que propone una alternativa real, liberadora y democrática; que, no obstante, entra en directa pugna con la forma imperialista de gobierno que defiende el Estado sirio, el cual busca invadirlos y despojarlos de su soberanía. Y de la unión de los pueblos latinoamericanos que salieron a las calles a manifestar por el dolor, la rabia y la libertad del pueblo palestino que fue masacrado en cuerpo y territorio por Israel y Estados Unidos. Las acciones no violentas de resistencia del pueblo ucraniano frente a la invasión rusa, un boicot pacífico basado en bloqueo de carreteras, desobediencia, tareas de evacuación de civiles y campañas comunicativas. Y Burkina Faso, territorio digno y soberano que ha luchado y resistido frente al neocolonialismo francés, formando un Estado autónomo que se reivindica y renueva todos los días. 

Y ni hablar de América Latina, nuestra Abya Yala, el sur de nuestros rumbos. Los pueblos del mundo se están alzando; desde sus diferentes lugares, motivos y luchas, hay vientos de cambios en los horizontes colectivos de aquellos que buscan posicionarse en la autonomía y la solidaridad, más allá del imperio y de su supuesta paz, aventurándose a preguntar: ¿Cómo pensar otra paz posible en el mundo, en nuestro mundo, en nuestro continente, en nuestra Colombia? 

En esta antigua y renovada paz imperial basada en la guerra de la que se sirven los estados-nación dominantes, hay una grieta, es decir, una fractura en la que están los otros caminos hechos por la ternura de los pueblos, en los que, con cotidianidades, agujas, tiempos, compartires e hilos, se plantean alternativas de construir otros mundos y paces posibles, porque el cambio está sucediendo también desde abajo.

La resistencia es un reclamo diario por la recuperación de la voz de cada uno de nosotros. Ya lo hemos hecho y ya lo estamos haciendo, cada vez que las madres siguen buscando a sus hijos desaparecidos, cada vez que los campesinos siguen sembrando semillas criollas, cada vez que celebramos un convite, un baile, un funeral o una procesión. No se trata de actos folclóricos, sino de actos políticos y éticos que cuidan y remiendan el mundo a partir de los destrozos que ha dejado la violencia extrema del Imperio. 

Si la paz imperial se muestra impávida y triunfal, nosotros nos presentamos vulnerables, honestos, humildes; permitiendo que el dolor del otro nos afecte, nos acompañamos para habitar el sufrimiento y así re-hacer el mundo día a día. Si la paz imperial nos intenta convencer de que estamos solos y que no tenemos más opción que aceptar el trato del más fuerte, entonces la resistencia es reconocernos unos a otros. Si mi voz tiene peso es porque tú me escuchas, no porque el Imperio me valide. Se trata de valorarnos no como latinos, sino como humanidad.

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