Edición 176 – Enero - Marzo 2024

Un Festival de cine que abraza lo propio, lo del otro y lo de todos

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Por Nataly Ortiz Romero

Es difícil construir una idea de lo que es y lo que se siente, porque hablar del Festival inevitablemente nos lleva a hablar de la isla: una casa para todo aquel que la escucha, una enredadera que nos atrapa los pies para no irnos, una voz que nos agita el corazón para que no la olvidemos. El Festival de Isla Fuerte es “un proyecto que nos hace entender que estamos en una isla y, aunque ya esté toda la tecnología, sigue siendo una isla donde no hay alcantarillado, donde a veces no hay luz, que funciona con energía solar, y eso hace parte también del proceso, que también es chimba… como esa paciencia de la gente de allá y la de los cachacos en medio de tantos retos”. Como lo menciona María Vásquez, integrante de la Corporación FECISLA, esa isla nos habla despacio mientras nos enseña sus árboles más preciados: el Bonga y el Tuntún, dos amantes de la vida y guardianes de toda vida existente en ese territorio. Cada rincón tiene lo suyo, nos atrae, como lo hace el ñeque, como lo hace el cine y como lo hace el mar.

Las artes, el tejido comunitario y la cultura hicieron del Festival de la Isla un evento que pasó a ser mucho más que una simple celebración. En sus diez años se convirtió en un abrazo colectivo para una comunidad diversa y vibrante como la de Isla Fuerte, y también para toda persona que quisiera vincularse a él. Pero como todo proceso, con la ilusión de respirar y seguir construyendo, es el momento de despedirlo.

El Festival no nació de la nada, surgió por la necesidad y la visión de un grupo de amigos apasionados por la imagen y la isla. Lo que comenzó como un modesto festival de cine proyectado en un telón debajo del Tuntún, pronto se transformó en una plataforma multidisciplinaria que abarcaría la música, las artes plásticas, la siembra y mucho más. Proyectando en pantalla grande para toda la comunidad todas las vivencias que pasaban de frente y que poco se notaban. Desde cortos ficcionales hasta cortos documentales. El material que se gestó durante estos diez años es el fiel testigo de la imagen como lenguaje para reconocernos, sentirnos y cuestionarnos.

Este crecimiento orgánico reflejó la riqueza y la diversidad de la comunidad isleña, así como su compromiso con el arte y la creatividad. Se entregó a ser un espacio de aprendizaje, compañía y de crecimiento para niños y jóvenes. Talleres de circo, arte y autocultivo de alimentos se convirtieron en herramientas para abrazar a las nuevas generaciones, y enseñarles habilidades valiosas para su caminar. Estas iniciativas no solo buscaban fomentar el talento artístico, sino también promover la sostenibilidad y el cuidado del medio ambiente. El Festival se abrazó a la idea de tejer comunidad y ofrecer un espacio donde la imaginación, el amor y el territorio se juntaran para crear y remover los sentires más profundos que en la isla, y que en otros rincones posibles, se pudieran compartir.

Paso a paso, fotograma a fotograma, proyección tras proyección, taller tras taller, se ha tejido comunidad y reconocimiento por los habitantes. Para los niños, niñas, jóvenes y adultos verse en pantallas generó un profundo amor de lo propio, de sí mismos, de las personas con las que habitan y del territorio.

Sin embargo, como cualquier proceso comunitario, el camino del Festival no estuvo exento de desafíos. El crecimiento del turismo y los cambios en la dinámica económica de la isla plantearon interrogantes sobre el impacto del Festival en la comunidad. María plantea que el Festival “ha sobrevivido a punta del turismo, pero un turismo muy diferente, y el Festival tuvo que ver un poco con eso, porque no es el turismo que llega y solo quiere farrear y acabar con lo que sea”.

Esta década de esfuerzo y agotamiento también dan pie a querer parar, y plantearse qué otras personas se animarían a camellarle a nuevos proyectos, que compartan nuevas experiencias para que los niños sigan construyendo su propio espacio de aprendizaje. Navegar en estos cuestionamientos llevaron a una profunda reflexión por parte de los organizadores del Festival, quienes tomaron la difícil decisión de poner fin al formato tradicional. Pero el hecho de parar y tomar un respiro no quiere decir que sea el final. Por el contrario, marca el comienzo de un nuevo capítulo, uno en el que el enfoque se centrará en el fortalecimiento de la escuela comunitaria y la continuidad de programas de arte y cultura.

La escuela no apareció de un día para otro, fue un proyecto en el que se embarcaron hace casi cuatro años, y al que por nombre le pusieron Escuela Arrecife, en alusión a la vida y la belleza que nadie puede ignorar cuando vive o conoce por primera vez Isla Fuerte. Arrecife es una pequeña casa colorida que se encuentra ubicada en el barrio 20 de Julio, una de las zonas con más pobreza, pero acogida con mucha fuerza por la comunidad. “Y desde que pasó eso, ha sido como el resurgir del barrio, todo cambió, los niños son ¡guau! todo el tiempo, no se quieren ir y reclaman su espacio”, menciona María.

La escuela está llena de murales que han realizado los niños y las niñas de la isla, pintados por muchas manos que querían devolverle toda la ilusión y fuego que este proyecto les ha ofrendado. Es importante aclarar que cuando hablo de “casa pequeña” solo hago alusión a la infraestructura, que acá es lo que menos importa, porque pasar la puerta es adentrarse a mundos gigantes, esperanzadores y acogedores. La escuela cuenta con diferentes posibilidades que motivan a los pequeños a habitarla de forma profunda: espacios de lectura, música, pintura, exposiciones, cortos y películas.

La casa Arrecife y el nuevo norte del Festival es una motivación y una llamada para cada persona que sienta y pueda compartir sus saberes con los niños, niñas, jóvenes y con toda la comunidad isleña. Es esto lo que se lee de una comunidad donde la estatalidad pocas veces llega, y las garantías de vida digna no se sostienen. No solo es construir la cultura y mostrarla, también es sentirla y reclamarla, la luz y el agua no pueden seguir desapareciendo por horas como si fuese el cierre de un telón para iniciar el acto número dos. Esta isla tiene una vida que absorbe y conmueve, es nuestro deber volvernos su voz siempre que se pueda y siempre que el corazón lo permita.

El legado del Festival no reside meramente en los eventos espectaculares o las grandes producciones, sino en la red de conexiones humanas que ha creado a lo largo de los años. Es un recordatorio de que el verdadero valor no se mide en términos de popularidad o reconocimiento, sino en su capacidad para tejer y regalarnos la alegría de reconocernos en los ojos del otro, en su sonrisa y en su voz.

Somos un proyecto de Comunicación Alternativa y Popular.

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