Texto y fotografías: Yelitza Osorio Urrea
—Sabes tú que de aquí, de este banco, de este bancolombia tan grande que tenemos, de ahí has vivido, han sobrevivido todos tus hijos, tu mujer, toda tu familia. Entonces no puedes abandonar eso, aunque sí hay gente que lo hace totalmente, a veces por ir a ganarse algo que ni sabe cómo va a ser, yo por eso mi pesca no la dejo—. Sentado en la parte trasera de la lancha, emerge la voz de un pescador en medio del Pacífico colombiano.
A las siete de la noche, con ayuda de varias personas y su compañera, él encaminó la lancha que en la arena de la playa rodaba sobre algunos óvalos de espuma, que son los que permiten que el vehículo se desplace desde donde se parquea hasta la orilla del mar. Una inspección de rutina para la jornada siempre es necesaria: la gasolina limpia, una nevera con hielo, la revisión de la corriente de la bujía, el aceite de transmisión, el carburador bien tapadito, tener unos buenos naylons, “todos los implementos de pesca bien arregladitos”, comida y agua suficientes, y finalmente “cargar su pastillita porque uno no sabe qué dolor de cabeza le pueda coger por allá”. Estábamos listos para acompañar la jornada de pesca nocturna, que la mayoría de los trabajadores artesanales del mar acostumbran a hacer para recoger la carnada. Pasada la serie de olas, el vehículo de fibra de vidrio zarpó al agua lentamente, para después encender fuera de borda el motor marca Yamaha que, debido plancton bioluminiscente, parecía transitar sobre las estrellas.
Este pescador es oriundo de Bahía Solano, municipio de la costa norte del Chocó, considerado un punto geoestratégico de la costa pacífica, rodeado de selva y mar que hace parte del Chocó biogeográfico. Tiene alrededor de nueve mil habitantes según cifras recopiladas por el DANE en el censo de 2015, sin embargo, dicen los lugareños, hoy pueden ser alrededor de once mil. Al norte, Bahía, como suelen llamarlo, limita con el municipio de Juradó, al sur con el Parque Nacional Natural Ensenada de Utría, al oriente con la Serranía del Baudó y al occidente con el vasto y amplio Océano Pacífico. Entre las bases económicas, a las cuales se encuentran ligadas las personas que allí residen, está el turismo, la agricultura a pequeña escala, la ganadería para el consumo de los locales y la pesca deportiva y artesanal.
Fue así como en esta área, conjurada por las virtudes de la espesa selva y uno de los mares más ricos en vida marina que hay en el mundo, creció este sabedor, que lleva veinte años dedicado al oficio. Con jurelilla en mano —un pelágico endémico del pacífico, que vive en aguas medias o cerca de la superficie—, él minuciosamente explica que empezó desde que tenía nueve años, pescando en la orilla de la playa para ir perdiendo el miedo. Luego, dice:
“Ya a eso de los 11 o 12 años, los papás, los tíos, los abuelos, poco a poco lo inducen a uno y le dicen que deje la pereza, que camine a pescar, y ya ahí uno va perdiendo el miedo, se va haciendo hombrecito, y ya vos cogés tu rienda solo y vas saliendo adelante”.
Gracias a esa rienda que va de generación en generación, y que es la base de la transmisión de saberes locales y ancestrales, el hombre con paciencia comenta que a lo largo de los se va aprendiendo cómo hacer el rodaje, cuáles son las técnicas que se utilizan, la forma en la que se hacen las plomadas, las estelas y los rabos, hazañas que permiten pescar bravo, burica, pargo, merluza, atún y patiseca, por ejemplo. “Dependiendo del pez es la técnica, tiene uno que saber que cada pez tiene su forma diferente de halar y de pescarlo”, agrega. En las técnicas de pesca artesanal que usa este artífice, a quien se le reserva el nombre, se encuentra la pesca con anzuelo, caña de pesca y también, en ocasiones, hace pesca con espinel. Esta última es una técnica para pesca de profundidad, que consiste en: “Pone uno setecientos o mil anzuelos, a todos les pone carnada, lo fondea ahí en el punto que considere bueno, y al otro día va y lo saca. Hay días que se saca, y hay días que no”.
Como base de la economía de su familia, anclado al oficio del turismo que también lleva a cabo, él predica dos usos de la pesca: “Yo pesco para vender y pa’ comer, me gusta tener demasiado pescado en la casa, y ¡el pescado que me guste me lo llevo! Así sepa que me bajo de un poco e’ plata, pero si es pa’ mi familia eso no vale nada”.

Para él, la mejor hora en la que se hace la actividad es entre las cinco y media y las nueve de la mañana, hora en la que el sol no pega tan fuerte y el mar es generoso. Cuando la tarde empieza a hacerse noche, se recoge la carnada o se sale mar afuera para encontrar especies que cerca de la bahía no llegan, cuestión que define la cantidad del producto que puede comerciar y el dinero que entra como sustento de la economía familiar. Ese margen de esperanza, su agilidad y experiencia en esta labor, cada día se ven más amenazados por la pesca industrial y las economías ilícitas presentes en la región.
Por ello, entre el municipio de Juradó y Bahía Solano, se declaró una Zona Exclusiva de Pesca Artesanal (ZEPA) para promover la pesca aancestral; el uso responsable y sostenible de los bienes comunes; la seguridad y soberanía económica y alimentaria de las personas que viven en esta zona del Pacífico colombiano. Esto fue dispuesto a través de la resolución número 2636 del 04 de noviembre del año 2022, donde en el artículo primero se ratifica que la zona está compuesta por “2,5 millas náuticas contadas a partir de la línea de más baja marea”, y se extiende “hasta las 22.5 millas náuticas mar afuera contadas a partir de la línea base recta determinada en el Decreto 1436 de 1984”.
Si bien hay directrices jurídicas que ratifican estas zonas exclusivas para la pesca artesanal, la pesca industrial y su ejercicio irresponsable se ha trasladado más allá de las Zonas Especiales de Manejo Pesquero, sobrepasando por mucho las cifras definidas como límite de captación. Los barcos que utilizan la pesca de arrastre han ingresado a la zona ZEPA con regularidad en los últimos años, siendo señalados, específicamente, los barcos atuneros. En el año 2022, la comunidad de Bahía Solano denunció la presencia de un barco pesquero venezolano, el Taraus1, en la zona conocida como Cabo Marzo. Durante una jornada de pesca ilegal, la embarcación de bandera extranjera atrapó gran cantidad de delfines en zona protegida, hecho que ha ocurrido de forma reiterada, afectando significativamente el reservorio de vida de los habitantes.
“Se tiene que sacar son esos barcos que acaban con todo acá, los atuneros. Esos son los que nos están acabando la vida. Bueno, no a nosotros, porque en cualquier momento uno está de salida, pero los hijos de nosotros el día de mañana ¿qué? Si ellos quieren vivir de la pesca, no van a conseguir lo mismo que estamos consiguiendo nosotros en este momento. Cada día la pesca está más dificultosa, todo se está escaseando”, responde un poblador de la zona al preguntarle por las medidas que deben implementarse para preservar la pesca artesanal.
Otro asunto problemático es que en este tipo de actividad pesquera a gran escala se afectan especies como el delfín, el pez marly, el pez vela, tiburones tollo, tortugas, entre otras, que quedan en el trasmallo y luego son arrojadas muertas al mar. Alzar la voz frente a esto se ha convertido en un escenario de miedo, y el silencio en un mecanismo de autoprotección. La inconformidad y la preocupación por lo que va a pasar en términos económicos y de soberanía territorial, no ha encontrado una respuesta que se traduzca en una regulación y un seguimiento serio a quienes cruzan la línea de la Zona Exclusiva de Pesca Artesanal.
La disminución de las especies de peces que entran hasta Bahía es notable, por ende, cada vez los pescadores deben desplazarse a una mayor distancia para encontrar su sustento. Peces como el atún ingresan cada vez menos, asunto que para los barcos de pesca industrial no resulta difícil, pues en un día pueden llevarse entre mil trescientas y mil quinientas toneladas de esta especie. “Dígame, ¿cuándo los pescadores artesanales de aquí vamos a alcanzar una cosa de esas, cien toneladas o más en un día? —Se pregunta uno de los pescadores de la zona—. ¡Nunca! Es mucho lo que perdemos, es mucho lo que matan y es mucho lo que se va a ver en el mar ese hueco”.
Otra de las problemáticas señaladas es la vinculación de las rentas ilícitas a las dinámicas locales, dado que, de una u otra manera, es otra de las posibles elecciones que se toman como forma de solventar la vida a lo largo del Pacífico. Aquello conlleva también un desdibujamiento de las prácticas y saberes populares y ancestrales como lo es la pesca, pues ya no hay un interés por aprender un oficio que requiere de tiempo y práctica. Quienes ven esta realidad como una barrera para seguir incentivando la transmisión de este saber local a los más jóvenes, plantean que: “El problema es que hoy en día, por mucho que uno intente hacer eso, son pocos los que escuchan o quieren dedicarse a esto, porque usted sabe el modo de vida que hoy se vive, y dirán que mejor prefieren su plata en otro lado, y ya usted imaginará a qué me refiero”.

Es así como en el Pacífico chocoano se libra una disputa. Las dinámicas socio territoriales y las disposiciones regulatorias violadas por las grandes franquicias atuneras, amenazan con generar un desbalance en la garantía de la soberanía sobre los territorios y la posibilidad de las comunidades a elegir de qué manera vivir, la conservación de sus bienes comunes y fuerzas productivas.
La pesca artesanal es un saber que esperan seguir conservando dentro de sus prácticas cotidianas, no sólo como un elemento que los saque de apuros cuando el turismo no está en auge, sino como una forma en la que la transmisión de saberes, la conversación y la conexión con lo que han sido pueda complementarse incluso con una actividad económica relevante como lo es el turismo. Mejor que nadie lo puede sintetizar aquel hombre de palabras precisas que recoge el anzuelo para irse a casa con pargos, jureles, pez aguja y patiseca en la nevera: “Hoy en día me gusta el turismo, solamente que hay que saber llevar a la gente, saber tratar a los demás, escuchar, más que todo escuchar, y que te escuchen. Siempre y cuando tú respetes a todo el mundo, sin importar quién sea, ni la raza, ni el color, ni nada… también te quieren y aprendes a valorar a los demás por lo que sean, si tiene o no tiene, de eso se trata el turismo, la vida. Lo importante es que si sabemos que hemos abandonado la pesca, es saber cómo vamos volviendo a ella, seguir luchando ante todo por lo que es de nosotros aquí, y que si esta pesca es un juego de ajedrez, en el que hoy puedes ganar y mañana no, hay que seguir estando ahí para que nada de esto se pierda. Hoy sé que me gusta mi trabajo, me gusta lo que hago, y lo hago lo mejor que puedo… y mi pesca, pues eso es lo mejor que hay, esa no la voy a dejar nunca”.










