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Desafíos de la educación rural en Bogotá (Primera Entrega)

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Por: Iván Darío Rojas Moreno*

La educación rural en la ciudad de Bogotá se enfrenta a una serie de desafíos únicos, los cuales deben poner en el centro de atención a las comunidades educativas y sus territorios para avanzar en la construcción de Paz Integral, Territorial y Ambiental – PITA. Este análisis se desarrollará en tres entregas, con el fin de profundizar en las condiciones laborales y educativas en estas zonas, los obstáculos actuales y las iniciativas para mejorar la calidad de la educación en las comunidades circundantes de la capital colombiana.

Uno de sus principales desafíos es la falta de infraestructura adecuada. Muchas escuelas en áreas rurales carecen de instalaciones básicas como bibliotecas, laboratorios de ciencias y salas de informática. La escasez de espacios limita significativamente las oportunidades de aprendizaje de los alumnos y dificulta la labor de los docentes, impidiendo que las comunidades accedan a bienes culturales de la humanidad, lo cual amplía las brechas sociales de los estudiantes.

De igual manera, el acceso a la tecnología y al internet es limitado en las escuelas, esto debido a la baja conectividad, demoras en la prestación o reparación del servicio, también por la obsolescencia de los equipos, entorpeciendo de esta manera el desarrollo de ciudadanías digitales. De allí que en una época donde la alfabetización digital es cada vez más importante para el fortalecimiento de la democracia, el mundo laboral y el intercambio cultural, esta brecha tecnológica pone en desventaja a los estudiantes rurales frente a sus contrapartes urbanas. La educación virtual y a distancia es un desafío particular para la población de estas comunidades, tal como se evidenció durante pandemia de COVID-19.

Por otra parte, los educadores rurales a menudo se enfrentan a condiciones laborales adversas, muchos deben viajar largas distancias para llegar a sus escuelas, lo que aumenta su jornada laboral y reduce el tiempo disponible para la preparación de clases, el desarrollo profesional y familiar. Es común que los maestros rurales se ausenten de sus hogares de lunes a viernes mientras ejercen su labor en los territorios, viviendo en algunas ocasiones en las mismas escuelas o en lugares dispersos donde la conectividad telefónica y de internet se ve restringida por condiciones climáticas, geográficas o técnicas. La lejanía que existe entre el lugar de empleo y de residencia hacen que se rompan los vínculos familiares; les impide realizar las labores de cuidado familiar y de autocuidado personal. A largo plazo esto genera la ruptura de la sutura social, la propensión a enfermedades psicológicas asociadas a la tristeza, estrés y sensación de soledad.

Así mismo algunos viajan desde la zona urbana haciendo uso de un medio de transporte propio o de algunas rutas escolares brindadas por la Secretaría de Educación, sin embargo, ello implica un desgaste físico considerable pues su jornada laboral implica trayectos de ida y regreso que oscilan en las cuatro horas diarias. Por lo tanto, a las horas de permanencia en la institución se añaden dos horas de trabajo autónomo, más cuatro de desplazamiento, sumando un total de doce horas de trabajo continuo, lo que explica el agotamiento físico, psicológico y emocional acumulado por los maestros.

Además, la mayoría de salarios no son debidamente compensados, pues la Secretaría de Educación Distrital no ha desarrollado políticas de bienestar y de remuneración económica que hagan atractivo el ejercicio de la labor docente en dichos territorios.

Un ejemplo de ello es la política de metas de calidad, con la cual la Secretaría ha intentado transformar el incentivo otorgado a los maestros rurales. La medida ha sobrecargado los beneficiarios con actividades, informes y estándares de calidad no ajustados a la realidad, condicionando así la entrega de dos salarios mínimos anuales a los maestros que cumplan con todos los requisitos estipulados. Algo similar ha sucedido con el incentivo económico de difícil acceso. La administración, bajo argumentos “técnicos”, no reconoce los gastos de movilidad en los cuales incurre la mayoría de docentes que laboran en suelo rural o de expansión urbana.

Otro aspecto a señalar es la falta de oportunidades para el desarrollo profesional de los maestros rurales, dado que la distancia de los centros urbanos y la falta de recursos limitan su acceso a programas de aprendizaje y actualización académica, lo que afecta la calidad de la enseñanza, disminuye la movilidad social del docente y fortalece la sensación de frustración.

Finalizo esta primera entrega manifestando la necesidad de desarrollar una política de bienestar integral para los profesores rurales, reconociendo que una mejora sustancial en su remuneración directa, o indirecta, aporta de manera estratégica a la educación. Así como mejorar la infraestructura en clave de conectividad tecnológica y científica permite cerrar las brechas sociales de las comunidades rurales de Bogotá.

*Ambientalista popular de la Escuela Kimy Pernia Domico, Maestro en educación inclusiva e Intercultural, especialista en memorias colectivas, derechos humanos y resistencias, licenciado en ciencias sociales, delegado a la Mesa de Educación Rural de Bogotá.

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