Edición 178 Julio - Septiembre 2024

Entramos quedando 70 años y “seguimos quedando”

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Por: Antonia Bedoya Zuluaga

El voto fue una lucha a la que mujeres feministas de todo el mundo entregaron su vida en cuerpo y alma. Conseguirlo signficaría por fin la legitimación de la participación en la esfera pública de las mujeres, y la validación de nuestro rol social más allá de los hogares y la educación. Este año se conmemoran 70 años de la aprobación de la ley que nos otorgó el derecho al voto en Colombia y, supuestamente, el logro de una ciudadanía completa.

Aunque la realidad es que las mujeres “entramos quedando” en las dinámicas de participación de la vida pública, las cuales, sin nosotras, habían establecido desde hacía mucho tiempo las normas y posibilidades de este juego patriarcal, diseñado especialmente para mantenernos por fuera.

De hecho, en Colombia el derecho al sufragio lo consiguieron las mujeres partiendo y reiterando los roles de género y la división sexual del trabajo, base de todas las estructuras patriarcales. Como lo explica Lola Luna, profesora de la Universidad de Barcelona en su artículo La feminidad y el sufragismo colombiano durante el periodo 1944-1948, aunque el movimiento sufragista buscaba conseguir la participación política de la mujer, ellas “como ningunas otras” lo hicieron apegadas a los mismos discursos de la modernidad que las habían mantenido al margen. Un ejemplo de esto es lo que manifestó Lucila Rubio, educadora y sufragista del ala más liberal, en la II Asamblea Femenina: “El deber para la familia es nuestro natural y principal deber, pero tenemos otros que no es bueno descuidar ni menos olvidar por completo, si no queremos vestir en vida el sudario de la muerte”.

Aunque esta premisa fuera comprensible en ese entonces, su eco sigue aún vigente, afectando la salida efectiva de las mujeres de la esfera privada. Hoy en términos prácticos parece claro que las mujeres podemos hacer parte de la vida pública, pero, en lo material, existen diferentes barreras, tanto ideológicas como prácticas, que siguen haciéndonos mucho más difícil el camino para permanecer allí. Incluso haciéndonos creer que entre las “mismas oportunidades”, nosotras elegimos menos que ellos ocupar los espacios de decisión y creación, cuando la realidad es que seguimos siendo relegadas con estructuras que van mucho más allá de lo legal.

Obligadas a ser el doble de buenas
Eug es una artista plástica y grafitera que lleva algún tiempo viviendo en Medellín, y que ha resistido como mujer a este entorno cimentado en un ideal de masculinidad. Aunque el graffiti conlleva formas hostiles propias de la ilegalidad, cuando se es mujer, estas hostilidades se acentúan y adquieren formas particulares, tanto fuera como dentro del graffiti. “Siento que por el hecho de ser mujer tengo que esforzarme el doble en todo. Si quiero sentir un reconocimiento de mis pares, tengo que ser el doble de buena de lo que tendría que ser si fuera hombre. Tengo que estar bien parada todo el tiempo, si no, no se me juzga por mi trabajo o por la actividad que hago, sino por el hecho de ser mujer”.

Otro de los pesos más marcados que Eug ha tenido que afrontar, es el hecho de poder habitar la calle siendo mujer. Esta es una de las grietas más grandes del patriarcado que fisura cualquier forma de participación de nosotras las mujeres por fuera de casa. Porque, literalmente, poner un pie por fuera, y a altas horas de la noche, implica un gran riesgo que puede ser el primer freno para muchas mujeres.

“He estado más en espacios solamente con hombres, porque hay más hombres haciéndolo; y tengo que aceptar que sí me siento a veces más tranquila saliendo con hombres a la calle. No debería ser así, me enoja muchísimo que tenga que decir esto, pero es verdad. Sí me siento más segura en compañía de hombres en la calle, porque lamentablemente si alguien me va a robar o quiere hacerme algo, lo va a pensar un poquito más si ve un hombre a mi lado. Y no es que salgo pensando en eso, o escojo salir con hombres pensando en eso, pero sí siento esa diferencia”.

En la conquista de la autonomía, esta es una brecha inmensurable, pero además es agravada porque incluso en los círculos cercanos, las mujeres debemos mantenernos alerta frente a las agresiones que puedan venir de este mismo círculo. “No es tan fácil para las mujeres que pintan, pintar con cualquiera. Porque con esta gente tomas, con esta gente consumes psicotrópicos y hay que tener mucha confianza para estar con estas personas. El hecho de ser mujer me pone unas barreras más grandes por estar pensando todo el tiempo en mi autocuidado y estar hilando muy fino respecto a con quién estoy, con quien no estoy, en qué espacios estoy.”

Adáptate o mueres
La ciencia está muy lejos de la calle, pero las estructuras patriarcales encuentran su camino en cualquier espacio y parasitan nuestra participación, hasta hacernos querer salir corriendo, o patriarcalizarnos lo suficiente y lograr que ya no nos incomode. Sara Carvajal es una estudiante de Física de la Universidad de Antioquia, que junto a otras dos compañeras fue cocreadora de la colectiva Femcen, la cual se piensa la participación de las mujeres en la ciencia y en la facultad, y busca mecanismos de protección y permanencia para las mujeres.

“En física es complejo, de hecho solamente tenemos dos mujeres de física en la colectiva, teníamos otra compañera, pero está haciendo la transición a biología, precisamente porque entrar a ese entorno y sobrevivir a ese entorno es algo complicado. Yo siento que uno termina por adaptarse, por decir bueno es lo que hay. Y si uno tiene amor por esa ciencia, y si uno realmente quiere terminarlo, pues uno se termina adaptando, pero no es algo que para todo el mundo sea disfrutable”.

En la ciencia está muy arraigada la creencia de que lo único que importa son los logros científicos que una persona alcance, y que eso justifica todo lo demás. “Creemos que hacer buena ciencia es perpetuar y mantener el estereotipo del científico blanco europeo. Y eso es muy conflictivo, porque muchos de los científicos que uno admira son personas muy machistas con opiniones demasiado cuestionables. Además de que perpetúa que un científico es una persona cerrada dedicada casi que al ciento por ciento a la ciencia. Parece una bobada, por ejemplo, tocar temas sociales, o un despropósito hablar de las comunidades vulneradas. Esto es muy fuerte porque se termina enfrascando tanto en un rol, que se termina siendo totalmente indiferente frente a las causas que un ser humano normal debería como mínimo voltear a mirar”, plantea Sara.

Estos imaginarios tan estrictos, que vienen de hombres con tantos privilegios, terminan dejando por fuera no solo a mujeres, sino a cualquier persona que quiera o necesite ocupar su tiempo en alguna otra cosa que no sea científica. “Incluso sé que a las personas que tienen que trabajar, y que cumplen un horario de trabajo, les cuesta un montón seguir con la carrera, o terminan demorándose el doble o el triple”.

De la misma manera en que se castiga a quienes no pueden cumplir a cabalidad los estereotipo estrechos de lo que debería ser un científico, con el pacto patriarcal se premia y se justifica ilimitadamente a quienes sí pueden llenarlo (hombres blancos). Sobre las denuncias de acoso, profesores responden como si fuera un problema sin importancia, “quedando del lado de la persona que está implicada; o diciendo: ¡ah, yo soy docente, no es mi responsabilidad entrar a juzgar acá, déjenlo a la Fiscalía!; o uno escucha cosas como: que él es mi colega, yo dudo mucho que él haya hecho eso”.

Como si esto fuera poco, la presión en las aulas hacia las mujeres se siente desde el primer semestre. En la academia y la ciencia también se les exige el doble a las mujeres. “Se notaba mucho que tenían más en la buena a los hombres, a los que más hablaran y que fueran así súper subidos —cuenta la cientifica—. En cambio, a las mujeres, y aún yo lo noto, que se nos mira la opinión con duda. Cuando habla una mujer es una sorpresa, es lo no esperado. Incluso, en los primeros semestres tuve compañeras que les decían como: a ver, usted responda esto, a ver si no es solo una cara bonita”.
El lastre de incidir en el patriarcado desde sus propias estructuras
Apenas 70 años y 3 días después de haber conseguido el derecho al voto, el 28 de agosto de este año, logramos que se aprobara la ley de licencia de maternidad para mujeres en política. Antes de esta ley, para las mujeres era imposible continuar con sus curules y otros cargos políticos al iniciar su licencia de maternidad.

Además de leyes que invisibilizan a las mujeres, la violencia política hacia las mujeres se expresa en diferentes formas “infantilización, el mansplaining que es permanente por parte de los compañeros, las agresiones verbales, la invisibilización y la ridiculización de las propuestas, y amenazas, todas formas asociadas a lo patriarcal del sistema”, explica Dora Saldarriaga, exconcejala de Medellín por el partido feminista Estamos Listas.

Aunque las luchas legales importan y hacen parte del camino, la experiencia nos muestra que no nos podemos confiar de este mecanismo, porque como ella misma lo dice, “no se puede desconocer que la estructura de la política es masculina, es patriarcal, es violenta en todas sus formas. En los discursos, en los tiempos.”

Las mujeres tenemos que hacernos más fuertes y más visibles a través de la juntanza, porque a pesar de que Eug se siente más segura estando en la calle con hombres, es compartir con mujeres y resistir juntas lo que le ha permitido permanecer, manteniéndose fiel a sí misma, en este mundo del graffiti. “Como hay esta presión de estas dinámicas machistas tan fuertes, entre mujeres en el graffiti nos apoyamos un montón, y se trata de pensarlo desde otras dinámicas. Sin que deje de ser agresivo necesariamente, porque creo que eso necesariamente no está mal”.

Algo similar pasó con Dora, quien eligió participar en la política gracias a un partido conformado por mujeres. Mientras que Sara piensa que a las mujeres en la ciencia lo que les hace falta es estos espacios de apoyo. “Pocas veces hay una juntanza entre mujeres, en lo personal, yo me mantengo muy sola. Pocas veces encontramos formas en las cuales nos sintamos cómodas conviviendo, y convivir no solo desde la parte social, sino poder generar redes de apoyo para hacer tareas, no sé, grupos de estudio entre varias”.

70 años después, las mujeres hemos aprendido que conquistar el patriarcado desde sus propios mecanismos es insuficiente. Tenemos que pensarnos nuevas formas de transformación social e ideológica. Debemos acaparar todos los espacios con nuestra presencia y resistir sin soportar.

Somos un proyecto de Comunicación Alternativa y Popular.

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