Por: Juan Alejandro Echeverri
El continente sigue siendo la cantera de Occidente. El Derecho Internacional Humanitario es despedazado a los bombazos; el infalible capitalismo occidental pierde, poco a poco, su hegemonía económica y militar; la supuesta transición energética global ya no puede ocultar que necesita perpetuar la explotación de recursos; y los nuevos progresismos regionales siguen secuestrados por el desarrollismo.
Es el orden global del hoy. El 22 noviembre, durante el cierre de la 3ª Asamblea por la Paz realizada en la Universidad Nacional de Colombia, surgieron varias reflexiones sobre estas realidades de urgente análisis, que amenazan la pervivencia de los pueblos latinoamericanos. En el encuentro convocado por la Unión Sindical Obrera (USO), Ana Esther Ceceña, Mauricio Jaramillo Jassir, Raouf Almalki y Mónica Brukman plantearon sus perspectivas sobre la actual geopolítica de la paz y la guerra.
El conflicto es global, aunque creamos que solo afecta a unos cuantos. “Es una guerra que nos compete, porque es una guerra por eliminar competidores, por quién detenta la hegemonía. Es una confrontación entre grandes potencias, pero que todas están relacionadas con nuestras vidas cotidianas. Lo que traemos puesto, lo fabricaron a veces en China, a veces en Estados Unidos”, planteó Ana Esther Ceceña. La mexicana especialista en geopolítica de la Universidad Nacional Autónoma de México, presidenta de la Agencia Latinoamericana de Información y Coordinadora del Grupo de Trabajo Hegemonía y Emancipaciones de la CLACSO, recordó además que guerras y conflictos suceden allí donde hay algo que las potencias necesitan.
Palestina, donde han sido asesinadas más de 44.000 personas, es el paradigma más vulgar y mediático. Para el comercio occidental resulta clave que los palestinos desaparezcan y su tierra sea robada por Israel. De lograrlo, no estaría obligado a transitar por el canal de Suez, por donde circula el 12% del tráfico mundial de mercancías, ni por países arábigos que no hacen parte de su club de amigos. Al despojar a Gaza y demás territorios del estado palestino, Occidente consolidaría su soberanía sobre el mar Rojo y el mar Mediterráneo.
Palestina no es el único rincón estratégico; el único polo de futuros conflictos. En Latinoamérica también se encarrilan planes parecidos. México quiere hacer un corredor vial interoceánico; Colombia fantasea con un proyecto que conectaría el Caribe con el Pacífico; y Nicaragua parece haber concretado la construcción de otro canal marítimo.
Detrás de toda esta arquitectura comercial, China puja con un viejo conocido: Estados Unidos, país que volvió a coronar un burdo imputado xenófobo, misógino, y racista. Trump tendrá que tomar decisiones. Resulta paradójico que un beligerante como él, sea el único que hoy parece capaz y decidido a desescalar la guerra en Ucrania; no parece, por ahora, tan interesado en ponerle fin al genocidio palestino. Lo cierto es que los demócratas del Pentágono quieren dejar todas las condiciones dadas para que Trump no pueda “pacificar” el mundo.
Para continuar con su beligerancia canónica, Estados Unidos necesita recursos, y para conseguir ese capital, y poder morir de pie ante el mundo, requiere afianzar su yugo sobre Latinoamérica. En las últimas décadas, los yankees descuidaron su producción propia. El antiguo dueño del mundo repartió sus procesos manufactureros por varios continentes. En su momento le dio buenos resultados, pero la pandemia desnudó su error: hoy Estados Unidos no es un país autosustentable. El imperio sabe que ya no es invulnerable, Irán, China y Rusia, por nombrar algunos, han demostrado su capacidad de intervención e influencia, tanto en la región como en el resto del mundo. “Hacer América grande otra vez”, no es tarea fácil: “por eso [Trump] se pone tan furibundo frente a los migrantes y otra serie de cuestiones, porque hay una urgencia por disciplinar el continente para la reproducción y la recreación de la sustentabilidad de esa gran potencia”, aseguró la investigadora mexicana.
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Las izquierdas y el auge del neofascismo
Europa, el continente que fuera, si es que realmente lo fue, cuna del Siglo de las Luces, hoy es exportadora global del neofascismo. “Esto que algunos llaman como un ascenso de la extrema derecha, no es otra cosa que el fin del viejo orden; está muriendo esa hegemonía basada en las lógicas y los valores occidentales. Y entre ese viejo orden que se resiste a morir y lo nuevo que no acaba de calar, hay un resurgimiento furioso del neofascismo en un continente que se vanaglorió de los derechos humanos”, aseguró Mauricio Jaramillo Jassir.
El analista de política internacional, profesor de la Universidad del Rosario y protagonista de la franja de opinión de Señal Colombia, fue enfático además en plantear que, en anteriores genocidios, Occidente cerró filas para impedirlos o prefirió desentenderse de la situación, mientras que en el caso palestino ha optado por apoyar los crímenes de Israel, quien abandera hoy una “guerra contra la autodeterminación de los pueblos”.
Uno de los estados “mimados” de Occidente ha violado resoluciones, convenciones, un alto al fuego del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, dos decisiones de la Corte Internacional de Justicia. Israel, aupado por Estados Unidos y las potencias europeas, ha roto el Derecho Internacional Humanitario y todo aquello que se le prometió a la humanidad luego de la posguerra, incluyendo la Convención para la Prevención y Sanción del Genocidio de 1948.
“En otros terribles genocidios, se enfrentaban tal vez dos potencias militares. Pero en Palestina hay un pueblo indefenso que no tiene ninguna forma de defenderse. Detrás de Israel está todo el poderío político, militar, mediático, diplomático, y financiero de Estados Unidos y otros países de Occidente. Y tiene ese apoyo incondicional porque Israel sirve como base de avanzada del imperialismo contra todo intento de cualquier pueblo árabe que busca la autodeterminación, la libertad y la paz”, aseveró Raouf Almalki, embajador del Estado palestino en Colombia, durante el conversatorio.
Con sus bombas, su hipocresía diplomática y su desprecio por los derechos humanos, la derecha fascistoide hace ruido. A diferencia de los planteamientos que según Mauricio Jaramillo Jassir se han filtrado en el progresismo, para él se ha sobreestimado la trascendencia y las conquistas reales de la ultraderecha. Según el profesor, la derecha tiene hoy lo que ha tenido siempre: el poder; gracias a sus discursos demagógicos y disruptivos que plantean que el pobre es pobre porque quiere, o que el migrante irregular es un delincuente, ideas transgresoras que proponen un desmonte de derechos, pero carecen de base social y contenido político. Jassir se preguntó además si el invierno latinoamericano de Mauricio Macri, Sebastián Piñera, Iván Duque o Jair Bolsonaro, trascendieron, “para bien o para mal”, como los progresismos de Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa o Lula da Silva.
“Podemos ganar elecciones, y tener un poquito de gobierno. Pero el poder verdadero no lo vamos a tener, porque el poder de la izquierda es incompatible con el poder financiero, con el poder de las empresas, nunca nos van a dar plata porque, además, significaría renunciar a muchos de nuestros ideales. La única manera que tiene la izquierda para contrarrestar un poco esa ausencia de poder es la militancia y la formación. La derecha no tiene esa necesidad, porque tiene plata, recursos. Hay que dejar de pensar en la acción política en clave electoral de cara al 2026 [para el caso de Colombia]. La acción política es ahora. Ha sido muy costoso para la izquierda abandonar el discurso de clase, que hoy está en manos de la extrema derecha. Si la izquierda no vuelve al discurso de clase, difícilmente va a tener una base en la cual apoyarse para gobernar”, planteó Jaramillo Jassir.
Para el caso palestino, durante la 3ª Asamblea por la Paz de la USO su embajador planteó acciones ciudadanas concretas para frenar el genocidio contra su pueblo, pues son pocas las esperanzas de una solución política después de que algunos presidentes europeos hayan revestido de inmunidad a Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel, contra quien la Corte Penal Internacional emitió orden de arresto el 21 de noviembre.
“La solución va a surgir desde los pueblos. Por eso el llamado a ustedes, los obreros: ni una sola gota de petróleo, ni una flor para el Estado de Israel. Que ningún estudiante israelí, ningún académico, ningún deportista, ningún artista, ningún joven que haya servido en el ejército israelí, tenga la posibilidad de venir a Colombia y ser bien recibido en las universidades, centros culturales, campeonatos deportivos; es la única manera de solucionar esto. El pueblo del Estado de Israel tiene que entender que su gobierno, que la sociedad ultra fascista que está cometiendo este genocidio, no puede seguir. La sociedad misma de Israel tiene que reaccionar, y para que reaccione, el boicot a nivel mundial tiene que accionar. Israel puede seguir con su genocidio porque tiene petróleo. Cómo le llega el petróleo, cómo le llegan las verduras, cómo le llegan los alimentos; mientras que el pueblo palestino está sufriendo de hambre en la Franja de Gaza; cómo podemos permitir nosotros, los obreros del mundo, que esto pase. Tenemos que actuar unidos, juntos, y actuar ya para que podamos construir en la Palestina histórica un solo Estado democrático, laico para todos los credos. Esa va a ser la única solución para conseguir la paz en Palestina, en Medio Oriente y en el mundo entero”, espetó Raouf Almalki.
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¿Transitar a la soberanía o al desarrollismo progresista?
La historia de Palestina y Latinoamérica son resultado del mismo guion: décadas de injerencia extranjera y explotación; eventuales efervescencias por fundar Estados que rompen con el paradigma occidental y la epistemología capitalista, cuyo principio fundacional es la defensa de la propiedad privada, y, por lo tanto, la privatización de la naturaleza y de la vida.
Para Latinoamérica no es algo nuevo, pero la militarización moderna y las tensiones actuales tiene como telón de fondo agendas globales propias de la época. Hoy el clima es el gran protagonista. En el Acuerdo de París de 2015, los Estados coincidieron en que debían hacer algo para evitar que antes del 2100 la temperatura del planeta aumentara 1.5 grados. La Organización Meteorológica Mundial ha dicho que en 2027 vamos a cruzar ese límite, es decir, 70 años antes de lo planeado. Más por obligación que por decisión propia, la descarbonización de la economía acapara entonces las políticas globales de las grandes potencias. Para lograrlo, han obligado al mundo a cumplir con dos propósitos: sustituir por vehículos eléctricos todos los vehículos convencionales que necesitan derivados de combustibles fósiles para funcionar; y materializar la transición energética, lo que significa que en 20 años las energías “limpias y renovables” tengan casi el 100% de participación en la canasta energética mundial.
Son encabezados lógicos ante las urgencias que plantea el planeta. Pero armas de doble filo, si reparamos que para “descarbonizar la economía” se necesita perpetuar la explotación de recursos, y con ella la devastación de territorios ricos en esos recursos estratégicos, los cuales se encuentran en África, Australia y, principalmente, en América Latina.
Los vehículos convencionales, por ejemplo, funcionan con baterías que pesan alrededor de 35 kilogramos de minerales: un 50% es cobre, otro tanto es níquel, cadmio, entre otros. La batería de un vehículo eléctrico de 5 pasajeros, con los que quieren “salvar el planeta, necesita baterías que pesan alrededor de 210 a 220 kilogramos de 11 minerales. Para 2023, por el planeta circulaban 25 millones de coches eléctricos, que representaban el 1.7% de los 1.4000 millones de vehículos que componen todo el parque automotriz mundial. Si el 100% de esa transformación vehicular debe estar completada a más tardar en el 2040, tal como lo establecen algunos planes estratégicos, ¿qué le espera a Chile, que tiene entre el 22 y el 25% de las reservas mundiales de cobre? ¿Qué va a pasar en Brasil, donde está la tercera reserva mundial de níquel, mineral que se extrae de la región amazónica de ese país? ¿Qué podría quedar de la floresta húmeda con mayor capacidad para capturar gases de efecto invernadero; de la principal fuente de agua de nuestro continente?
La transición energética también viene con sus trampas, pues para producir la tecnología y la infraestructura capaz de capturar el agua, el sol y el viento, y transformarlos luego en energía, se necesitan minerales cuyas principales reservas están en nuestras tierras. América del Sur tiene el 83% del litio del planeta, el 42% del cobre, y el 20% del níquel.
Nuestra riqueza, como hace siglos, puede ser otra vez nuestra miseria. Tenemos aquello de lo que el “primer mundo” carece. En el pacto Verde Europeo, la hoja de ruta continental para superar sus crisis y su dependencia energética de Rusia, se plantea que el acceso y suministro de estos recursos, que ellos llaman “críticos, son una cuestión de seguridad nacional para los países. En los mismos términos están escritos los documentos oficiales de Estados Unidos: el acceso a recursos naturales estratégicos es una cuestión de seguridad nacional. Por tanto, los gringos creen tener el derecho a actuar sin restricciones para garantizar aquello de lo cual depende su “seguridad nacional”.
“En este proceso de disputa global, la diplomacia, el comercio, la economía y la defensa militar de Europa, Estados Unidos o China, se pone en tensión para garantizar el acceso, la gestión y la apropiación de recursos naturales estratégicos. No nos sorprenda que Estados Unidos profundice sus acciones militares por posicionarse exactamente en regiones de gran concentración de biodiversidad, de gran concentración de recursos hídricos en nuestro continente. La estrategia de descarbonización de la economía mundial se debe a la evidente necesidad de disminuir la emisión de gases de efecto invernadero, a partir de otras formas de transporte y otras formas de producir y consumir energía; pero no olvidemos que el impacto que esto va a dejar es gigantesco, y será mucho peor en los próximos años para América Latina. Probablemente, lo que vamos a tener en nuestros territorios son enormes cráteres que quedan sin ningún tipo de posibilidad de reproducción de la vida, ni de ningún tipo de posibilidad de reproducción de las comunidades indígenas y campesinas, que son las que generalmente viven en los territorios que tienen estos recursos naturales estratégicos”, explicó Mónica Bruckmann, socióloga peruana, presidenta de la Agencia Latinoamericana de Información, y coordinadora el Núcleo de Geopolítica, Integración Regional y Sistema Mundial de la Universidad Federal Río de Janeiro.
Los pueblos latinoamericanos han abierto esperanzadoras sendas progresistas y democráticas, pese a ello, la tentación de reproducir esquemas antagónicos sigue allí. México, principal socio comercial de Estados Unidos, es víctima de la maña capitalista. Al ser la bisagra continental entre el sur y el norte, la nación azteca nació con un dilema geopolítico no resuelto: ¿somos del sur o somos del norte? En los albores del neoliberalismo en la región, Salinas de Gortari [el presidente de entonces] decía que “nosotros ya somos norte global. Ya podemos caminar por otras rutas, y no tenemos por qué voltear a ver abajo, América Latina que corra su suerte por su cuenta. Pero nunca hemos sido parte del norte, siempre hemos sido un país muy diverso, con muchas contradicciones, con pueblos que luchan por defender sus formas de vida, y que no necesariamente corresponden al proyecto de dominación de Estados Unidos, o del capitalismo en su conjunto, y tampoco de la Constitución Nacional que sostiene a nuestros gobiernos”, explicó la mexicana Ana Esther Ceceña.
Para muchos, inevitablemente, México es el faro más luminoso para el actual progresismo continental. Después de perder dos elecciones, Andrés Manuel López Obrador llegó a la presidencia en 2018 y acabó con el monopolio de casi 100 años que ostentó la derecha. Obrador fortificó y multiplicó su base social partidista, lo que le permitió heredarle a su pupila Claudia Sheinbaum lo que él empezó. “Pero eso no quiere decir que ya estamos en la gloria”, puntualizó Ana Esther. Sin importar el color del gobierno, planteó, el país sigue sometido a la presión y el ánimo gringo. México es el embudo por donde entran y salen muchas violencias hacia Estados Unidos, violencias que son fruto del desplazamiento, la depredación y la ruina que los gringos causaron por todo el mundo.
Las personas que deben atravesar México para lograr el sueño americano, lo intentan porque solo allí pueden conseguir un empleo. Algunos pocos lo consiguen, otros logran llegar vivos a la frontera, muchos otros van cayendo en el camino. Respecto a esa travesía de la muerte, Ana Esther aseguró que: “no es algo que alguien decidió, son las políticas de migración que Estados Unidos le ha impuesto a México como contenedor, incluso represor, de toda esa migración excesiva, de la que quiere solo una parte. Entonces México debe hacer el trabajo sucio. Es una imposición que se da a través de mecanismos como los económicos: si ustedes no hacen eso, nosotros les ponemos aranceles; y si nos ponen aranceles, siendo nuestro principal socio comercial, imagínense la crisis en el país”.
A Estados Unidos, con justa razón, se le señala como el responsable de todos los males latinoamericanos. Sin embargo, la catedrática mexicana reconoce que “tenemos nuestros propios males”. Según ella, Morena, el partido de gobierno, ha impuesto ciertas políticas regresivas para la “población en su conjunto”. Ceceña resaltó el caso del Tren Maya, una de las principales obras de Obrador, con la que quiso conectar al sudeste del país con el mundo. El ferrocarril, declarado proyecto de seguridad nacional, lo que significa que nadie puede oponerse a él, atraviesa una selva tropical clave para el ecosistema nacional. La destrucción de ese “amazonas mexicano” implica también desbastar el modo de vida y la autodeterminación de los pueblos indígenas de esa zona, pueblos con una historia más antigua que la del capitalismo en la región. “Son proyectos que Morena, progresista y todo, ofrece como desarrollo, cuando son proyectos que los pueblos no aceptan. ¿Quién es el responsable? Esa ideología del capitalismo americano, que se ha metido en las cabezas de los gobernantes y que reproduce estos esquemas, aunque no necesariamente sea impuesto del exterior. Cuidado con el desarrollismo, que ofrece desarrollo y empleo, y lo que hace es cancelarnos las posibilidades de autodeterminación sobre nuestros territorios”, sentenció Ana Esther.
Las condiciones están dadas para que la tiranía de las cifras y los indicadores obliguen al progresismo, y por supuesto a las derechas, a promocionar como un “logro” la venta de nuestra soberanía. Aunque a veces no lo percibamos, el mundo todos los días se transforma. El dinamismo económico, por ejemplo, se está desplazando de las antiguas economías desarrolladas del norte, hacia países y potencias del sur emergente. Los BRICS, un joven foro político y económico del que hacen parte Brasil, Rusia, India, China, Irán, Sudáfrica, Egipto, Etiopia y Emiratos Árabe, se posiciona como una vanguardia de crecimiento económico y articulación planetaria. Los supuestos países emergentes o subdesarrollados se están agrupando en torno a intereses concretos. Quizás la empresa global más importante en la actualidad es la Ruta de la Seda impulsada por China. Esa torre de babel inaugurada por la potencia oriental en 2013, hoy cuenta con más de 147 países miembros, 20 son de América Latina, los demás son países de Europa occidental y prácticamente toda África.
Nunca los países del sur global tuvieron el protagonismo suficiente para reconfigurar el nuevo orden financiero internacional. Pero a diferencia de África, que negoció su participación en la Ruta de la Seda como continente, apelando a su visión panafricana y a la Unión Africana, América Latina, planteó Mónica Bruckmann, ha destruido los viejos y los nuevos espacios de integración regional. Pese a ser países con una privilegiada riqueza de recursos, los que la economía mundial siempre necesitó y ahora mucho más para lograr el ciclo tecnológico de la transición energética, desechamos nuestros instrumentos de convergencia y con ellos la capacidad de tener peso en las mesas de negociación de la esfera internacional.
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La socióloga peruana mencionó que resulta urgente apostar por la convergencia regional. La sincronía continental le permitió a África, entre otras cosas, vedar la explotación de minerales a cielo abierto, practica depredadora y contaminante que solo se sigue permitiendo en Latinoamérica. ¿De qué sirve que un país establezca normativas para que las mineras estén obligadas a causar el menor daño posible? La oferta es tan grande que se van a desplazar a otro territorio.
“¿No es posible que la región se siente en una mesa de coordinación para establecer el tipo de minería que se puede practicar en la región y determinar aquellas que no van más? Eso no es una agenda de derecha ni de izquierda, es una agenda básica de sobrevivencia. Nosotros que estamos vendiendo recursos naturales a Estados Unidos, Europa, y China, ¿no es posible, a través de una coordinación regional, exigir una inversión maciza en ciencia y tecnología para la creación de nuevas tecnologías de extracción mineral en los territorios?”, se preguntó Mónica Bruckmann.
Más allá de nuestra infantil reticencia a imaginarnos como parte de un todo, el interrogante central que la socióloga peruana dejó sobre la mesa es qué entiende el actual progresismo como desarrollo, y para qué y para quién es ese desarrollo: “¿Para los intereses del sector especulativo, que cada vez tiene mayor influencia económica? ¿Para los países que no tienen los recursos naturales de los cuales depende su seguridad nacional? ¿A qué podemos denominar desarrollo? ¿Aquello que reproduce una situación dependiente y subordinada de nuestra región en relación con los centros del poder de la economía mundial, aun cuando estos centros se desplacen de un lugar a otro, de una región a otra, de un país a otro? En este momento, y en los últimos 20 años, la mayoría de conflictos que se producen en nuestra región, son conflictos socioambientales por el modelo de minería y la forma en que se extraen los recursos naturales”.
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