Edición 180 Enero– Marzo 2025

Escuchar los silencios

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Por: Ana Karina Muñoz
Collages: Natalia Bedoya Alcaraz

El bullerengue es una denuncia. Es la burla a las cadenas, un baile que conecta con la vida más interna, un cuero seco que aún late. San Basilio de Palenque o el Palenque de Benkos Biohó es el primer pueblo libre de la esclavitud en América, fundado por negros cimarrones que huyeron de Cartagena y se atrincheraron en esa tierra con empalizadas –filas de troncos y estacas medianamente grandes, de donde sale la segunda parte de su nombre: Palenque. Fui a San Basilio buscando ese canto y encontré también mi llanto.

Las diversas culturas africanas fueron abono para que floreciera la cultura palenquera, con su lengua, costumbres y artes, como el lumbalú, tradición fúnebre heredada de Angola; el Son del Negro o el Son Palenquero del Sexteto Tabalá, en el que estuvo Rafael Cassiani; y el bullerengue, que retoña vigorosamente en agrupaciones como Las Alegres Ambulancias, dirigido por Graciela Salgado, en el que participó Dolores Salinas, compositora del icónico bullerengue La Maldita Vieja, por quien el 15 de diciembre de 2023 se juntó su kuagro, que en español traduce “grupo” y es la forma de organización palenquera.

Fui a este corregimiento de Mahates, municipio de Bolívar, con tres amigas para adentrarnos en el camino que antes fue guiado por las trenzas de miles de mujeres que habitaron el mundo antes de nosotras. Entramos en mototaxis con el viento danzando por el cabello como lo hacía por los árboles y las plataneras que estaban sembradas a los lados del camino.

Estaba ansiosa de ver el baile en las piernas de quienes nacieron con el bullerengue, de escuchar la entonación de quienes hablan cantando, de sentir el latido de quienes su vida es la música, y de probar la mojarra guisada de la que Juana, una de mis amigas, me había hablado; la que hacía Sonia, esposa de un maestro del tambor en Palenque: Lámpara o Laureano Tejedor, integrante de Las Estrellas del Caribe, quien heredó aprendizajes de Batata e imparte los suyos a su hijo “Lamparita” o Franklin Tejedor, miembro del dúo de música electrónica Mitú.

Los conocí a todos en la rueda de tambor. A Paíto, un reconocido luthier de Palenque, con sus enormes lentes y su amable sonrisa, a Lamparita con su atuendo citadino y mirada seria. A Lámpara y a Sonia me los presentó Juana y sentí un leve temor. Quise creer que era la noche y no el misterio de sus voces. Tomé ñeque con ellos y bailé bullerengue. Estaba atenta, porque todas mis amigas estaban dispersas, porque quería reconocer los rostros, porque quería recordar. De inmediato noté que esa rueda de bullerengue tenía un problema, pues había dos hombres que parecían no bailar bullerengue sino champeta.

El baile del bullerengue me cautivó por su llamado añorante en el movimiento lejano, por su parecido al cortejo de las aves y su particular sabor. Pero esa noche no era como lo había contemplado en Medellín. Una de mis amigas no quiso participar, porque al bailar uno de esos dos hombres entraba a agarrarte de la mano (lo que poco o nada se ve en esos bailes), tratar de tocar tus caderas y acercar su cuerpo lo mayor posible. Las mujeres trataban de huir y zafarse como podían, como tantas veces había visto, pero ellos no cedían. Algo en ese instante —quizá la incertidumbre o la actitud vergonzante del aire— me hizo creer que quizá esa era la costumbre y éramos nosotras las que nos constreñimos a la cultura de vitrina de lo que son esos bailes.

En mi inmersión por ver cómo se bailaba, perdía de vista a mis dos amigas. Me alejaba un poco y las buscaba. Estaban sentadas y cansadas. Pensé en irnos y busqué a Juana, pero no la vi. Supuse que seguía saludando personas, así que me quedé allí.

Estaba parada lejos de la rueda y se acercó un hombre, sacó una conversación sobre los otros dos que ya habían sido expulsados del baile, diciendo que no sabían bailar. Me hizo sentir cómoda y dialogué con él. Me empezó a preguntar de dónde venía, si tenía pareja, y me habló del turismo sexual en Palenque. “Aquí vienen las turistas buscando negritos”, me dijo. Supe de inmediato, por sus palabras, su tono y sonrisa, lo que sugería. Le expresé mi sorpresa y me siguió preguntando si quería probar. Le expresé mi intimidación y me fui con dos amigas con la intención de dormir.

Llegamos a la casa de AfroRock, una corporación cultural de Palenque que está gestando un lugar de aprendizajes y turismo. Al llegar estaban el administrador, Boris Blanco, y Diógenes, un cineasta de Palenque. Les conté mi experiencia. Se rieron y respondieron que así son allá. Yo seguía sorprendida. Diógenes me comentó que era una creencia común pensar que las mujeres visitaban Palenque en búsqueda de tener sexo con hombres negros, y que por eso llegaban a ser tan lanzados y a veces abusadores. Mientras dialogamos, tomamos la decisión de buscar a Juana para regresar con ella. Él me contó experiencias similares de mujeres a quienes intentaban abusar, y me pregunté por el subregistro, por las que sí abusaron y nadie decía nada. Caminamos por varias calles y volvimos a la rueda. En el camino vimos a una mujer que venía caminando rápido y sola, se veía bastante alicorada y molesta. Él le preguntó qué le había pasado y ella contó difusamente cómo un tipo había intentado tocarla. Ella tuvo que arañarlo y salir corriendo.

Vimos a Juana llegar con el mismo sujeto que me había propuesto tener sexo. Sentí ese particular olor a desnudez, a fluidos y sudor. Nos contó que quiso irse con él, pero al ver que tenía un pene tan grande, se arrepintió y él intentó hacerlo a la fuerza, entonces lo empujó. Él le propuso que al menos lo viera masturbarse. Cuando lo contó, vi en sus ojos la turbación que le conozco, esa que habita en lo profundo de los silencios. Diógenes insultó al aire y yo me entristecí. Solo pude preguntarle cómo se sentía, dijo que estaba bien y se quería quedar en la rueda. Yo también acepté y me quedé hablando con él. Al rato un hombre se acercó y me preguntó si yo era la chica del trío. De nuevo me hallé en esa incómoda situación y me fastidié del sexo sin siquiera tenerlo. Era difuso su discurso, ni siquiera lo conocía, así que burlonamente le dije que fuera más directo. Finalmente terminó por invitarme a tener un trío con él y Juana les dije que no, pero siguió una situación extraña en la que no era un trío, sino un cuarteto, ahí Diógenes también se emocionó. Sus ojos tranquilos se engrandecieron y su suave voz se hizo más sutil. Volví a decirles que no. Él lo entendió y, no sé cómo, terminamos acompañando a Juana y a otro hombre a caminar mientras ellos buscaban cualquier rincón oscuro. Mientras tanto, Diógenes buscaba mis manos o mis labios. Yo traté de hablarle de las estrellas para que su brillo quizá lo persuadiera, y en un breve momento nos abrazamos escuchando el silencio, quizá pensando que algún suspiro o quejido saldría de fondo. Después, salió Juana y el hombre sin camisa de un callejón. Luego nos fuimos otra vez a dormir.

Me sentí aliviada, aunque me aterró la idea de que nos quedáramos al picó, esas fiestas hechas con prominentes sistemas de sonido a muy alto volumen. Era al día siguiente, y por un momento me emocioné pensando que eran como en Urabá, con dancehall, hasta que Juana me explicó que eran con champeta y vallenato, música que se bailaba pegado. Pero era un nuevo amanecer, aún no conocía Palenque de día y recordé la mojarra guisada de Sonia. Ella llegó a la casa vestida de cocinera, con otra señora que al parecer era la que vendía pescados. Después de un breve diálogo, decidimos quedarnos en casa de Sonia, empacamos y salimos.

Luego de almorzar, fuimos al río entre tragos de ñeque que nos ofrecía Lámpara. El ñeque es un destilado de caña tradicional de algunos departamentos del Caribe colombiano. El día anterior, por estar atenta a tantas cosas, no degusté bien la embriaguez del ñeque, así que ese día quise tomar. Al llegar a la casa, nos bañamos y nos organizamos para salir a bailar, todo mientras seguíamos tomando. Cuando salimos, ya estaba bastante borracha. Recuerdo que caminamos hasta una cantina al lado del parque, bailamos un rato y seguimos tomando. Al rato salimos a una rueda de tambor y empecé a bailar, pero no tenía equilibrio y me senté a respirar. Es lo último que recuerdo.

Además de eso, tengo un recuerdo difuso, como un sueño vivido. Estaba en un matorral a oscuras, caminaba detrás de alguien, que me guiaba a un lugar más profundo y oscuro. No recuerdo por qué lo seguía, pero sí que caí al suelo y me desperté en una cama, sin shorts ni calzones, al lado de Lámpara. Estaba confundida, todo me pareció tan rápido. Me paré y prendí la luz, vi a Lámpara despierto, aún con su ropa puesta. Le pregunté si había visto mis shorts y no dijo nada. Salí y vi a un señor que me regañó por pisar el suelo mientras trapeaba. Le pregunté si había visto mis shorts y me dijo que no entre regaños. Esperé un instante a que se secara y salí, sabiendo que la camisa me cubría hasta los muslos. No quería pensar en qué había pasado, solo quería ver a alguien conocido. Me sentía abrumada y sola. El sol hacía ver tan tranquilas las empolvadas calles de Palenque, con la gente afuera de sus casas sentada en sus sillas, observando pasar a una persona que no sabía de dónde venía ni a dónde iba. Hasta que vi a mis amigas a lo lejos, parecían desesperadas. Me estaban buscando.

Cuando llegué a la casa solo tenía energías para beber agua, comer y dormir. Un rato después, todas me despertaron hablando de anoche, recordando más que yo. Me preguntaban qué había hecho y les decía que no sabía. Al parecer seguí bebiendo y bailando. Lámpara me seguía dando ñeque aun cuando me veía muy ebria y la gente se lo decía. Dos amigas se fueron porque estaban muy cansadas, una entró primero y la otra, al llegar a la habitación, vio a Maicol, otro hijo de Lámpara, tocándola en la vagina por encima del short. Ella lo echó y él salió corriendo. También se llevó dos celulares. Allí recordé que yo tampoco encontraba el mío. Les dije que me dolía la vagina, el ano y les mostré mis moretones. No supieron qué hacer. Solo dijeron que lo sentían. Yo estaba sintiendo algo más, algo que tampoco sabía qué era.

Esa tarde no sé cómo hicimos tantas cosas, entre ellas contemplar la enfermiza borrachera que se pegó Sonia, quien insultaba molesta a alguien que podía ser Maicol o Lámpara. Fuimos a la plaza y a Casa Kombilesa Mi, donde Maicol ya había robado antes y lo habían obligado a regresar el dinero. Volvimos a la casa, nos bañamos, y mientras dos amigas fueron a buscar sus teléfonos en los lugares donde venden celulares robados, fui con la otra a la casa de la rezandera Rosalía. Como me hubiera gustado expresarle que necesitaba algo de ella, pero no tenía palabras, solo tristeza. Allí fuimos con Diógenes, a quien le conté. Su rabia me alivió un poco, quizá porque me recordaba que yo también merecía sentirla. Él me contó que en mi borrachera me senté a hablar con él y lo abracé, que en un momento estuvimos cerca de besarnos, pero que él sabía que yo estaba muy ebria y no quiso. Mientras hablábamos con Rosalía y otra de las señoras del pueblo, a quienes le contamos lo que había pasado, llegó Lámpara. Él saludó y me miró a los ojos queriendo darme la mano. Hubo un silencio que para mí fueron muchos recuerdos, y le dije que no. Él empezó a excusarse y decir que hacía lo que podía por hallar los celulares. Yo callé y Diógenes le reclamó diciendo: “¿Cómo le vas a hacer eso a la muchacha?”. Respondió que estaba apenado, que estaba buscando a Maicol y se fue. Allí vi por primera vez en una señora el gesto que muchas veces se ha repetido, esos labios fruncidos diciendo entre los dientes “qué pesar”, y una mirada hurgadora, pero también avergonzada.

Cuando nos encontramos con las demás, decidimos ir a otro río. En el camino les pedí parar de nuevo en aquella casa con la esperanza de encontrar mis shorts. No sé si creía que al tenerlos quizá expiaría la vergüenza de caminar por Palenque sin ropa interior ni shorts, o que tal vez no sentiría la culpa de no recordar. Preguntamos y nos dijeron que no. Al llegar al río me alejé un poco de las demás. En mis momentos más complicados, siempre he buscado algún elemento: la fuerza de la tierra, la resistencia del agua, la fluidez del aire o el candor del fuego. Me acuclillé y lloré por primera vez limpiándome los pies. En el reflejo, me abracé y lloré. Cuando me sentí un poco mejor, quizá no tan ahogada en llantos, quise dejarle una lágrima a ese río, en esa misión me distraje hasta que ya quise volver a compartir el río con las demás.

Al atardecer llamé a mi madre y le expliqué que nos habían robado los celulares. No sabía cómo decirle lo que me había pasado, aún no sé cómo.

Llegamos a la casa con la decisión de irnos y allí estaban mis shorts. Fuimos a Cartagena, donde se quedaría Juana, y allá nos dijeron que encontraron los celulares y que los enviarían al otro día sin detallar cómo. Recordé las palabras de Diógenes para encontrar una explicación: “Palenque funciona porque todos saben todo”. En ese pueblo los secretos son bien conocidos, aunque poco hablados.

También pueden ser muy conocidos por los habitantes los abusos que allí ocurren. Es un secreto que todas las voces saben, pero callan; quizá lo hablan en el silencio, en las miradas apenadas y los gestos perdidos. Lámpara es un maestro del tambor, como muchos otros maestros de otras cosas, que desde su tarima no escucha el profundo clamor de las mujeres, sintiéndose tan libres que ya no cuestionan los límites de sus libertades.

Comparo a Cartagena y a Palenque, ambas encerradas, una tras piedras y otra tras palos, una conocida como histórica y otra como ancestral; en ambas hay turismo sexual, en una los turistas sexuales son hombres y en otro las mujeres, pero en ambas, las más violentadas somos nosotras.

Las consecuencias de la violencia sexual es una enfermedad que despoja y agota el placer. Una enfermedad que te deja deambulando con miedo por las calles que conoces, por el cuerpo que ha sido tuyo. Me pregunto si al conocer el vacío que se siente después, ¿aún irrumpirían en el ser? Me pregunto si sintieran alguna vez ese pánico, ¿aún destrozarían las barreras de seguridad de nuestros cuerpos? Me pregunto si sienten empatía por la mujer. Me pregunto si fuera su cuerpo, si fuera su vida la que estuviera en juego por cualquier arrebato obsceno, ¿aún lo harían?

Somos un proyecto de Comunicación Alternativa y Popular.

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