Por: Iván Dario Rojas Moreno
Con cantos, palabras y caminos compartidos, la Escuela Kimy Pernía Domicó cerró un nuevo ciclo de la Escuela Territorial de Memoria “Minga de Pueblos en Resistencia”, un proceso que tejió saberes, territorios y luchas por la vida digna en la ciudad. Durante varias jornadas, comunidades indígenas, afrodescendientes, campesinas, víctimas del conflicto, firmantes de paz y colectivos ambientales se encontraron para reconocer en la memoria un camino de construcción de paz ambiental y territorial.
Desde el páramo del Sumapaz hasta los cerros del sur de Bogotá, la Escuela reafirmó que la educación popular ambiental no solo se enseña en las aulas, sino caminando la palabra y reconociendo los territorios. Como expresó Iván Rojas, integrante de la Escuela, “recorrer el territorio es fundamental para construir paz ambiental y reconocer la naturaleza como sujeto de derechos. Las memorias se tejen entre los pueblos, y en esas memorias está el poder transformador de las comunidades para crear futuros de vida digna”.
En el asentamiento de Tocaimita, en la localidad de Usme, la minga fue encuentro y dialogo de saberes alrededor del mambeo y la chicha, dos alimentos fundamentales que dan fuerza a los procesos comunitarios de origen indigena. Nicxa Estupiñan, maestra y lideresa comunitaria, destacó que allí conviven niños y niñas indígenas, víctimas del conflicto y firmantes de paz que, con sus manos y su palabra, fortalecen el tejido social: “Aquí enseñamos la lengua materna, la música y la danza propia; construimos las casas, la placa huella, los sueños colectivos. En comunidad levantamos nuestro plan de vida territorial”.
Para Laura Cala Mejía, esta experiencia fue una lección viva de autonomía y resistencia urbana: “Nos nutrimos de los saberes ancestrales y de la fuerza de comunidades que con voluntad política, defienden el territorio. Reconocemos que en los sures de la ciudad hay vida, dignidad y organización popular que sostienen la esperanza”.
El recorrido también llevó a los participantes hasta la Reserva Ecológica Cerro Seco, en Ciudad Bolívar, donde la defensa ambiental se mezcla con la memoria y la pedagogía popular, donde los rostros de mujeres e infancias son esenciales en la construcción del tejido comunitario. Edna Higuera, documentalista y lideresa ambiental recordó que este lugar “no es solo un paisaje bonito, es un ecosistema vital que nos invita a transformar las visiones sobre la ciudad. No se trata de romantizar la pobreza, sino de reconocer que aquí cada forma de vida —un ave, un insecto, una planta— tiene un valor esencial que debemos proteger”.
Las jornadas también dejaron huellas profundas en quienes participaron por primera vez, en especial en hombres y mujeres jóvenes que se encuentran reconociendo la diversidad y biodiversidad de los territorios que componen la ciudad de Bogotá. Zoe Romero destacó la emoción de encontrarse con comunidades indígenas en la urbe: “Fue un espacio hermoso que me recordó la Amazonía; caminar la palabra, compartir la chicha y multiplicar la paz”. Por su parte, Wendy Aldana resaltó el enfoque educativo de procesos de base como ASODENFA, de quienes manifestó que “aquí los niños no son solo el futuro, son parte del presente. Se les escucha, se les da voz y voto, y eso transforma la manera de pensar la comunidad”.
La Escuela Kimy Pernía Domicó continúa consolidándose como un referente de educación popular ambiental en Bogotá, apostando por una pedagogía que une la defensa del territorio con la construcción de memorias colectivas. Por ello es vital “reconocer la diversidad cultural, social y ambiental de la ciudad como primer paso para construir paz con la naturaleza”, concluyó Wendy Triana educadora popular ambiental. Desde los cerros, los ríos y los barrios, la Escuela Kimy Pernia Domicó sigue caminando la palabra de la mano del Centro de Memoria Paz y Reconciliación, enraizando el sueño de Ana María Cuesta de ser pueblos en resistencia que siembran paz y memorias vivas en Bogotá.