Por: Héctor Valencia*
La discusión actual en torno a la organización política de la población migrante y binacional no puede entenderse sin un análisis político e histórico que recurra a diferentes variables.
Para comenzar, lo que hoy aparece como un simple desacuerdo táctico entre dos listas es, en realidad, el resultado de un proceso de desgaste y fractura que se viene gestando desde 2022. Fue entonces cuando sectores organizados por el colectivo “Diáspora y paz” comenzaron a erosionar distintos espacios de Colombia Humana en el exterior, debilitando progresivamente su cohesión interna. Esa erosión no fue menor: derivó en la salida de varios militantes y culminó en los últimos meses con nuevas renuncias, entre las cuales destacan las de Géner Úsuga y Marcela Martínez (ambos candidatos del Frente Amplio).
En paralelo, es necesario señalar que sectores vinculados a la precandidatura presidencial de Carolina Corcho obstaculizaron la realización de la consulta interna del 26 de octubre en el exterior. Este bloqueo impidió un mecanismo democrático clave para organizar la lista de la Cámara Internacional del Pacto Histórico, la cual en ese momento contaba con siete precandidaturas. Ante esa imposibilidad, la dirección de Colombia Humana se vio forzada a tomar decisiones que respondieron a un vacío político concreto. A pesar de las dificultades, el Pacto Histórico logró inscribir su lista a la Cámara internacional. Sus candidaturas son: Carmen Ramírez (401), José Gamboa (402) y Heidy Margarita Beleño (403).
Ahora bien, reducir este debate a una disputa de “marcas” o “logos” constituye igualmente un error de análisis. En efecto, lo que está en juego no es simplemente un nombre, sino la construcción de una bancada y una organización política sólida capaz de respaldar el proyecto de gobierno liderado por Gustavo Petro y de garantizar la continuidad del proceso de cambio impulsado por Iván Cepeda. En este sentido, la fragmentación impulsada por la lista del Frente Amplio no solo debilita a las organizaciones sociales y políticas, sino que compromete la posibilidad de sostener una mayoría política en el escenario internacional.
En lugar de fortalecer espacios propios, el Frente Amplio ha optado por disputar estructuras ya existentes, acompañando esta estrategia con campañas digitales que, lejos de consolidar apoyo, han generado rechazo y desgaste. En efecto, la política no puede sostenerse sobre la deslegitimación permanente del otro. La consecuencia de los errores políticos de los integrantes de la lista del Frente Amplio los ha aislado políticamente, quedando como una “rueda suelta” en un escenario que exige, más que nunca, unidad estratégica. En el peor de los escenarios, la división del campo progresista no solo fragmenta fuerzas, sino que abre la puerta a una derrota concreta: la pérdida de la curul.
El voto migrante, a diferencia del voto territorial, no es orgánico: es un voto de opinión, volátil y altamente influenciado por liderazgos nacionales. En ese terreno, las orientaciones políticas de Petro y Cepeda, expresadas en la consigna de “dos veces pacto”, tienen un peso determinante.
En efecto, estimo que el umbral se definirá en torno a los 25.000 votos, y en este escenario solo el Centro Democrático y el Pacto Histórico cuentan con el músculo electoral necesario para disputarla. A diferencia de ciertos análisis, la lista del Pacto Histórico en el exterior es la única que mantiene una cierta cohesión interna y una base social que orienta su decisión política basándose en las consignas enviadas desde Colombia. Así ocurrió en las elecciones parlamentarias de 2022, y todo indica que este comportamiento podría repetirse el 8 de marzo. Más aún ahora que Iván Cépeda se consolida como líder indiscutible en la intención de voto presidencial y Gustavo Petro logra picos históricos de popularidad. En las condiciones actuales, ni la lista del Frente Amplio ni la de otros sectores políticos como MIRA-MOIR-Fajardo parecen capaces de alcanzar los 25.000 votos por sí solos.
Conviene mencionar igualmente que el voto del Centro Democrático en Estados Unidos sufrirá un duro golpe debido a las políticas racistas de su aliado político Donald Trump. En efecto, muchos colombianos y colombianas serán incapaces de votar por este partido mientras sus familias, vecinos y amigos viven en miedo permanente de ser arrestados y deportados. Incluso, muchos ciudadanos no irán a votar por el simple miedo de exponerse a posibles redadas del ICE cerca de los consulados y embajadas colombianas. Ante esta situación, el presidente Gustavo Petro ha tenido razón al oponerse firmemente a estas políticas discriminatorias y violentas.
En resumen, la posición política que debemos adoptar es clara: seguir apostando por la articulación de Colombia Humana y el Pacto Histórico, defendiendo el gobierno del cambio y el programa político que representan. Sobre todo, porque lo que está en juego no es una sigla, sino la posibilidad real de transformar el país con una bancada y un partido unitario sólido. Por eso votaré Pacto Histórico al Senado y a la Cámara Internacional, y no recibiré el tarjetón de las consultas presidenciales.
Finalmente, hago un llamado para que después de las elecciones del 8 de marzo asumamos una autocrítica seria. El momento histórico exige responsabilidad, claridad política y, sobre todo, la capacidad de anteponer los objetivos colectivos a las disputas particulares. ¡Ven, seremos!
*Académico y Docente