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Inundaciones en Córdoba: un modelo rebosado por el Sinú

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Por: Juan Alejandro Echeverri

Agua, el verbo de la vida:
fluye, cae, revive, calma,
refresca, canta, evapora,
alivia, crea, inunda, inspira,
recrea, embellece…
Documental Do Wabura, adiós al río

En septiembre de 2018, por cuarto año consecutivo, Montería ganó el desafío de ciudades (One Planet City Challenge) otorgado por la organización Wide Fund for Nature (WWF) a capitales que adoptaran medidas climáticas sostenibles y ambiciosas. Las inundaciones que según la alcaldía de la ciudad afectaron a uno de cada cinco habitantes, y colmaron de agua algunos barrios construidos sobre la margen izquierda del río Sinú, demostraron la vulnerabilidad climática de la capital cordobesa por expandirse hacia zonas inundables que amortiguaban las crecientes del afluente que la atraviesa. Los galardones reseñados en la prensa y celebrados con bombos y platillos en los canales institucionales, señala Juan José López Negrette, delegado por el presidente en el Consejo Directivo de la Corporación Autónoma Regional de los Valles del Sinú y del San Jorge (CVS), resultaron ser una estrategia de greenwashing, término con el que se denomina toda estrategia de marketing que intenta hacer un lavado de imagen verde a empresas e instituciones.

Negrette, quien además es especialista en desarrollo educativo ambiental y miembro fundador de la Asociación de Productores para el Desarrollo Comunitario de la Ciénaga Grande del Bajo Sinú (ASPROCIG), también afirma que las inundaciones son fenómenos naturales comunes en la región, pero al rebosarse el centro del poder político del departamento, el agua toma una magnitud mediática especial.

El Gobierno contabilizó miles de damnificados en 8 departamentos del norte del país. De todos Córdoba llevó la peor parte con 24 de sus 30 municipios afectados, 40.000 hectáreas bajo el agua, 170.000 personas perjudicadas y, según la Cámara de Comercio de Montería, pérdidas estimadas que superaban los 7,7 billones de pesos.

Laura Pulgarín Morales, ingeniera ambiental y candidata a doctora en Estudios Ambientales y Rurales de la U. Javeriana, le dijo a El Espectador que “el cambio climático está cambiando la hidrología”. En la memoria de la región, febrero es un mes de verano. Expertos en la materia explicaron que las lluvias de las últimas semanas fueron provocadas por un frente frío procedente del Polo Norte, que usualmente no afecta nuestro hemisferio. Sobre el Nudo de Paramillo, la formación montañosa donde nace el Sinú, “los primeros siete días de febrero cayó la lluvia que se esperaba para todo el mes”, así se lo dijo al presidente Ghisliane Echeverry, directora del IDEAM, en el consejo de ministros desarrollado en Montería. Lo habitual, me expresó Juan José, es que el Sinú se derrame, lo atípico es que lo haga en estas fechas:

“Las crecientes del río han estado siempre, desde que está el río. Y cada cierto tiempo el río se expande y se contrae con todos sus humedales. No es un fenómeno que no ocurriera antes. Lo único extraño, y que está dentro del concepto de variabilidad climática, es que haya sucedido en febrero. Otro hecho importante para destacar es que la magnitud de la creciente encontró al río con una hidroeléctrica en su máxima capacidad de almacenamiento de agua, por lo que no tenía ninguna capacidad de absorción de crecientes”.

Para el 10 de febrero, según informes técnicos del Ideam, el embalse de la hidroeléctrica Urrá estaba al 104,3 % de su nivel. En las primeras 36 horas del mes, a la represa llegó una cantidad de agua superior a la que había recibido en dos décadas de operación, pasando de 500 m³/s a más de 2.500 m³/s. Durante el mencionado consejo de ministros, el presidente Petro culpó a la hidroeléctrica de las inundaciones, pues los miles de metros cúbicos descargados cada hora aguas abajo eran resultado de haber dejado llenar la presa “por simple codicia”. Expertos consultados por la prensa coincidieron en la imposibilidad de predecir las consecuencias del frente frío. De lo que si había indicios era de que a inicios de 2026 podrían darse las condiciones propicias para que el país experimentara el fenómeno de La Niña, es decir, un aumento en las lluvias. El 24 de diciembre de 2025, el IDEAM publicó un boletín en el que advirtió de condiciones que “favorecen La Niña durante el próximo bimestre”. Un mes después, el 21 de enero de 2026, en su informe de predicción climática a corto, mediano y largo plazo, la entidad sugirió que las “condiciones de La Niña persisten, con una probabilidad de 75 % de transición hacia condiciones neutrales durante el primer trimestre”.

A pesar de los pronósticos del Ideam, Urrá siguió con su plan de manejo habitual: aprovechar las lluvias de fin de año para llenar el embalse, previendo que enero y febrero suelen ser meses de verano en la región y el país. Cuando los cielos manifestaron su comportamiento atípico, el agua desbordó cualquier capacidad de maniobra de la empresa. En una entrevista que dio a El Tiempo, Jorge Escobar, director del Instituto Javeriano del Agua, manifestó que la contingencia provocada por el embalse debería ser motivo suficiente para plantear cambios sobre la gestión y operación de una hidroeléctrica que no tiene estaciones de monitoreo del Ideam aguas arriba y que fue construida en los años 90 cuando no existían los mismos requerimientos ambientales de hoy: “El embalse se diseña con un concepto claro: almacenar agua para garantizar generación constante de energía (…) Una medida importante sería revisar hasta qué punto se puede modificar la regla de operación de las hidroeléctricas para que incorporen criterios de gestión del riesgo. No se trata de evitar completamente estos eventos, porque eso no es posible, pero sí de minimizarlos”.

Hace casi tres décadas los indígenas Emberá de la región anunciaron la catástrofe ambiental, social y cultural que provocaría la construcción de Urrá y el represamiento del Sinú, río que formaba una cuenca de más de 1.400.000 hectáreas de páramos, ciénagas, sabanas, manglares y variados ecosistemas. El 14 de diciembre de 1999, en la Plaza de Bolívar de Bogotá, 167 indígenas Emberá Katío pidieron detener el llenado del embalse. Habían caminado desde Tierralta, municipio de Córdoba, hasta Medellín, y de la capital antioqueña a Villeta, Cundinamarca; desde allí, en tres buses terminaron su faena hasta la capital. Ni las manifestaciones de los Emberá en contra del proyecto, ni el informe del consejo de Administración de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) que reafirmó que la consulta previa con los indígenas no fue libre, previa ni informada, impidió que se inundaran las 7.400 hectáreas de bosque húmedo tropical, de ellas, según uno de los capítulos del informe final de la Comisión de la Verdad, “417 [hectáreas] correspondían al área cultivable del resguardo indígena, veintiocho lugares sagrados y cementerios Emberá Katío. [El proyecto] interrumpió los procesos migratorios de las poblaciones de peces, soporte alimenticio de la población indígena y de los campesinos y pescadores que habitan la cuenca del río Sinú, propició la remoción y descomposición de veintiún millones de toneladas de biomasa vegetal y el ahuyentamiento y captura de los animales silvestres que también hacían parte de la base alimenticia de las comunidades”.

En el libro Adiós río. La disputa por la tierra, el agua y los derechos indígenas en torno a la represa de Urrá, César Rodríguez Garavito y Natalia Orduz Salinas terminaron de despejar las dudas sobre la sangrienta arremetida armada sin la cual no existiría la hidroeléctrica. El proyecto hacía parte de un plan económico y político mucho más grande: el Pacto de Ralito, una alianza entre los paramilitares y la dirigencia política y económica de la región con el fin de acaparar las instituciones locales y concentrar tierras. La consolidación y control territorial de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá provocó el desplazamiento de más de 30.000 habitantes, 22 masacres en Córdoba, el asesinato de cientos de personas y de al menos nueve líderes indígenas que se oponían a Urrá, entre ellos Lucindo Domicó Cabrera y Kimy Domicó Pernía. Prueba del nexo entre la hidroeléctrica y los paramilitares fue la petición hecha después de firmado el acuerdo de la desmovilización paramilitar en 2003. Algunos hombres en armas pidieron ser recluidos en el campamento utilizado por los ingenieros durante la construcción de Urrá. En su comparecencia ante la JEP, Salvatore Mancuso, uno de los principales comandantes de las Autodefensas Unidas de Colombia, reconocería que “nosotros servimos como punto de lanza para quitarle del medio al Estado a aquellos que se oponían a la construcción del proyecto estatal de energía”.

“Si no existiera Urrá, el río bajara. Las crecientes aquí duraban 15 o 20 días, y la gente se preparaba para eso. Luego bajaban las lluvias y el río bajaba de caudal inmediatamente; es lo que ocurría antes y lo que está ocurriendo ahora en el [río] San Jorge. Pero como en el Sinú está la hidroeléctrica, lo que vamos a vivir en la Cuenca Baja, en San Bernardo, Lorica, Purísima, Momil, Chimá, Cotorra, es que Urrá nos va a mantener durante los siguientes tres meses con una creciente artificial. Porque va a intentar bajar los niveles de la hidroeléctrica para prepararse al mes de abril y poder tener cierta maniobrabilidad. Eso es bueno para Montería, Cereté, San Carlos, gran parte de Ciénaga de Oro, pero es pésimo para la cuenca baja, porque está hipersaturada en este momento”, asegura Juan José López.

Un sistema rebosado 

El Sinú —desde que fue río— tuvo métodos naturales que atenuaran las consecuencias del aumento de su caudal y su temperamento. Hasta que existieron, las ciénagas y humedales de la cuenca absorbían el exceso de agua en épocas de lluvia, y la filtraban luego cuando llegaba la sequía. “En la parte alta de la cuenca: Tierralta, Valencia, Montería, San Carlos, Cereté y parte de San Pelayo, los humedales han sido desecados. Desde los años 60 ha habido una política de Estado que ha contribuido a esa desecación. Puesta en funcionamiento la hidroeléctrica en el 2003, ese proceso se volvió a acelerar. Esta riada de ahora rompió esos diques de protección que estaban sobre Montería en la margen izquierda, justamente la ciudad había crecido hacia ese lado durante las últimas dos décadas”, explica Juan José.

Esas esponjas naturales desaparecieron con la expansión de las ciudades y de la frontera agrícola, también con la consolidación de un modelo de producción basado en el monocultivo y la ganadería. En 2025, según el portal Contexto Ganadero, especializado en el tema, de los 30 millones de bovinos que había en Colombia, 410.000 (11.920 de ellos búfalos) estaban concentrados en Montería, lo que ubicaba a la capital de Córdoba en el cuarto lugar con mayor densidad. El ambientalista que conoce a profundidad la cuenca asegura que el 96 % de todo el bosque seco que se encontraba aguas abajo de la represa está deforestado, el departamento fue prácticamente praderizado. “Ese modelo llegó a un nivel de colapso. Las inundaciones empiezan a verse como una tragedia y no son una tragedia, son un fenómeno natural. La tragedia ocurre porque las acciones de planificación del territorio han estado mal. El fenómeno natural es atípico en términos de variabilidad climática. La probabilidad de ocurrencia de fenómenos climáticos extremos como este va a ser mayor, el asunto es la vulnerabilidad que tiene la cuenca frente a este tipo de eventos por la sucesiva desecación de humedales que ha operado con dineros del Estado y evidentemente con acciones privadas”, complementa López.

Hace unos días Córdoba fue portada de medios nacionales e internacionales, el 27 de agosto había sido La Mojana tras el rompimiento del dique conocido como ‘Caregato’. Ambas están naturalmente relacionadas, son un solo complejo socioecológico, lo único que las separa es un dique seco de 15 kilómetros.

El funcionario de la CVS asegura que el modelo de planificación y desarrollo territorial que ha transformado la cuenca del Sinú, también se está implementando en La Mojana con la expansión de plantaciones agroindustriales de arroz y de la ganadería bufalina y vacuna, que conllevan  procesos de desecación: “Es una bonita oportunidad para reflexionar, no solamente en el Sinú, sino en el [río] San Jorge, en la zona marino-costera, en la cuenca del río Canalete, en La Mojana y la Depresión Momposina, porque han sido sometidos a la misma lógica, solo que las escalas son distintas. El Sinú fue el proyecto piloto de esas lógicas. Desde los años 80 existía el Plan Maestro de Desarrollo de la Cuenca Geográfica del Sinú, financiado por el Banco Interamericano de Desarrollo, que se ha venido complementando con Urrá y con otras acciones anteriores como distritos de drenaje, distritos de riego; con otra cosa que llaman adecuación de tierra, que es un eufemismo para la deforestación y para la desecación de humedales, y lo peor, que es una acción con préstamos del Estado a través de Finagro; una persona que desecó en el pasado humedales recibía subsidios del Estado para civilizar tierras”.

Eber Grondona Argumedo, habitante de la región y parte del equipo de apoyo de ASPROCIG, calcula que los humedales y ciénagas pasaron de un aproximado de 60.000 hectáreas a tan solo 20.000 hectáreas, y que, al tener las pocas zonas de amortiguamiento colapsadas, la producción agrícola no puede desarrollarse como antes: “En las épocas secas, se daba todo el proceso de trashumancia y la ganadería bajaba a la ciénaga. Los agricultores también aprovechaban para hacer sus faenas. Antes de Urrá, eran normales las crecientes que se daban desde los meses de abril; entraba el agua a las ciénagas, había inundaciones focalizadas o inundaciones cortas, se daba el normal lavado de los suelos, y entraban peces al complejo cenagoso, y eso permitía que los pescadores tuvieran bienestar y no dependieran de ayuda humanitaria ni nada por el estilo”.

Como cultura anfibia que convivía y actuaba de acuerdo al comportamiento natural del agua, había una compatibilidad entre la pesca y la agricultura según la época. Pero Urrá intervino en la conducta cíclica del río y las intervenciones antrópicas desecaron zonas inundables claves: “Ya no es la misma cuenca de hace 35 años, hoy tenemos una cuenca con muchas potencialidades para estos eventos catastróficos. Por eso le estamos proponiendo a los ministerios y al Estado que se haga una modelación o un estudio a profundidad de la cuenca, y eso nos permita hacer las acciones a las que haya lugar de acuerdo a lo que arroje esa modelación”, manifiesta Eber.

Pensar con el río

La solución no consiste en erradicar el sistema productivo que ha imperado en los últimos 50 años, al menos no es el método que propone Juan José y ASPROCIG. Se trata, dice él, de conciliar esa visión con las culturas anfibias que desarrollaron modelos propios, de manera que ambas puedan coexistir, partiendo, eso sí, del respeto a los ciclos del agua.

La Asociación de Productores para el Desarrollo Comunitario de la Ciénaga Grande del Bajo Sinú nació hace 30 años, restaura ecosistemas en nueve municipios de la cuenca baja —Cotorra, Chimá, Tuchín, Momil, Purísima, Lorica, San Bernardo del Viento y San Antero—, agrupa 96 organizaciones comunitarias y su propuesta se materializa en más de 1.350 Agroecosistemas Biodiversos Familiares (Abif) y en Sistemas Socioecológicos Colectivos, que recuperan patio, parcela y saberes agrícolas zenúes.

Lo primero que propone ASPROCIG, explica Juan José, su miembro fundador, es integrar las partes altas con las zonas bajas. Cambiar la costumbre de hablar del agua por separado, como si las ciénagas, los caños y el río fueran apartes que no tienen relación alguna con las colinas. Las zonas altas, que no son inundables, y existen en gran cantidad según él, deben focalizarse y optimizarse porque la yuca, el ñame, el plátano llegan desde allá a las zonas bajas. Mientras que la parte baja, que tiene tendencia a inundarse, debe dividirse en porciones destinadas netamente para el funcionamiento ecológico de ciénagas y humedales, lugares de los que además obtienen su sustento los pescadores ancestrales, “de los que nadie está hablando. No se puede hablar de que campesinos estén metidos en esas áreas. Los únicos que tienen que estar en las zonas de humedales y de ciénaga son los pescadores. Ahí no se puede hacer reforma agraria, no se puede entregar tierra a campesinos”, asegura Juan José.

Cuando llega la temporada seca, en algunos playones, esas zonas planas ubicadas en las orillas y que son formadas por los sedimentos que deja el río luego de una creciente, se puede permitir una agricultura de transición con cultivos de ciclo corto como la patilla, el melón, el pepino, el tomate y algunos maíces que en la región llaman setentanos porque en 70 días dan fruto. No en todos, puntualiza Juan José; otras zonas deben ser declaradas libres de ganadería y de cualquier tipo de agricultura, y exclusivas para que se reproduzcan las iguanas, las babillas, entre otros reptiles, mamíferos y aves.

Los agroecosistemas de ASPROCIG se sitúan justo allí, en algunas zonas periféricas de los humedales, donde hay bajo o medio riesgo de inundación. Elegido el lugar estratégico, se potencia luego con medidas de adaptación: subir niveles de suelo, construir camellones, manejar las entradas y salidas del agua, construir las viviendas más altas. “Cuando ocurren fenómenos extremos como estos, y ese tipo de familia se afecta, ellos tienen un nexo con las familias de arriba, de tal manera que la alimentación y el flujo de dinero no se cortan. Hay un modelo de territorio resiliente, basado en la biodiversidad, en los ciclos del agua, que ya lo conocemos y está funcionando. La ministra de agricultura lo visitó [el 15 de febrero] y se pudo dar cuenta de que aquellas familias que tienen el modelo implementado tienen un menor impacto de las crecientes. No es que no la hayan padecido, pero tienen mayor capacidad de recuperarse de forma mucho más rápida, porque las medidas de adaptación están cumpliendo su papel; y la escala no importa, puede ser a pequeña, mediana y gran escala”, cuenta Juan José.

ASPROCIG está dispuesto a coexistir con el otro modelo que hace unos días sacó a flote su potencialidad de colapso; siempre y cuando se permee de las culturas anfibias y emprendan algunas transformaciones, como sacar la ganadería y la agricultura intensiva de los humedales y las ciénagas. Hasta el momento, asegura Juan José, los recursos del Estado estuvieron orientados a un modelo de producción basado en el consumo, la agroindustria, los monocultivos y los agroinsumos. El método de ASPROCIG fundamentado en la estética paisajística, en la biodiversidad, los circuitos cortos de comercialización, los intercambios, la soberanía alimentaria y el respeto de los ciclos del agua, recibe un porcentaje de apoyo muy bajo. Lo que quieren, entonces, es que la balanza se equilibre y ambos puedan coexistir “sin ningún problema”.

Optimismo anfibio

El Sinú y sus ríos vecinos volverán a reclamar el espacio que la agroindustria y la ganadería les han robado —cada vez con más furia y mayor frecuencia si se cumplen los pronósticos de la ciencia. Desde que empezó a sugerir medidas integrales a finales de los 80, incluso antes de que naciera ASPROCIG, es la primera vez que Juan José siente que las comunidades son escuchadas por las instituciones del Estado. Además, enfatiza que el actual Gobierno se ha enfocado en asuntos estructurales como la recuperación de los humedales como bienes de uso público, acatando lo establecido por la Corte Constitucional en su sentencia T-194 de 1999.

Sin embargo, considera que el Estado, a la hora de atender problemas de este tipo, planifica sectorialmente, cada entidad o ministerio receta su propio remedio. A su parecer, la cuenca del Sinú y la región necesitan un COPES, es decir, un documento del Departamento Nacional de Planeación que delinee políticas y acciones para solucionar asuntos estructurales, involucre al grueso de las entidades y ministerios, y fije los dineros necesarios para su ejecución. Saldado ese paso burocrático, debe designarse una gerencia de alto nivel que direccione y articule las diferentes dependencias del Estado, la empresa privada y las comunidades en torno a un plan de corto, mediano y largo plazo. “Si no se integra la acción del Estado bajo una visión más holística, va a pasar lo mismo que ha pasado en los demás casos: el Estado se diluye en acciones, pero esas acciones no se ven reflejadas en la disminución de la vulnerabilidad frente a fenómenos climáticos extremos en el departamento de Córdoba y en la región del Caribe, como lo son las sequías, todos los tipos de inundaciones que existen, las olas de calor, la penetración de cuña salina y los vientos huracanados. Tenemos cinco factores donde va a incidir el cambio climático, en una alta vulnerabilidad ya toma el matiz de catastrófico”, acentúa Juan José.

Después de que la ministra de agricultura Martha Carvajalino visitara Lorica y Purísima el 15 de febrero, la cartera publicó un comunicado en el que anunció un programa de financiamiento para productores afectados, la reubicación de la producción agropecuaria y la recuperación de ciénagas y playones. Ya le ha pasado al Caribe y a otras regiones que cuando el agua baja, se van las cámaras y la acción estatal no trasciende más allá de anuncios rimbombantes. Pero en la cultura anfibia de la que proviene Juan José no hay margen para el pesimismo: “Nosotros tenemos muy claro que esto es una cultura existencialista, o sea, es más fuerte la posibilidad que la realidad. Nosotros nunca perdemos la esperanza, nunca nos rendimos, nunca pensamos que las cosas no van a mejorar. De hecho, el horizonte temporal que se establece en ASPROCIG es de 500 años; es integrar una generación con otra, rescatar esa cultura anfibia con esa visión positiva. Nosotros nunca nos ponemos a gritar «mire que estamos jodidos, nos está matando el agua». Somos siempre optimistas, y realmente ese optimismo nos tiene aquí.”

Apropiar un concepto enclaustrado en la academia e integrar las diversas culturas anfibias es razón suficiente para ser optimistas. Los afros, campesinos, pescadores e indígenas que convergen en ASPROCIG no solo reconocen y defienden su cultura, sino que construyen algo tangible, vivo, y que se puede ver. “Hay que aceptar que hemos cometido errores, todos. Lo más importante es el camino, lo que viene, para dónde vamos, cómo juntamos propósitos —asegura Juan José—. Tenemos que vernos no como enemigos, sino como posibilidades de comprender; comprendiendo la cultura anfibia se resuelven muchísimos problemas sin que exista la pretensión de que sea la cultura anfibia la que se sobreponga. Este mundo es posible si hay distintos caminos, si hay un solo camino no sirve para nada”.

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