¿A todas esas familias campesinas que quedan a la deriva, es posible explicarles que a Teo lo mataron por exigir lo justo? Por denunciar que un gamonal llamado Rodrigo López Henao llevaba años intentando desplazar a decenas de familias que viven en El Guayabo a orillas del Magdalena; por decir, sin titubeos, que el Estado permitió que el paramilitarismo intentara exterminar la Federación Agrominera del Sur de Bolívar; por denunciar que Alirio Díaz financió al grupo paramilitar ‘Héctor Julio Peinado Becerra’ para despojar, acaparar y cooptar la Alcaldía de San Martín, donde secó ciénagas con sus ejércitos de búfalos, y de un tiempo para acá amenaza las comunidades que llevan más de 5 años decididas a recuperar lo que les fue quitado.
El 16 de febrero la Comisión de Interlocución del sur de Bolívar, centro y sur del Cesar había denunciado que hombres armados, en compañía de Wilmer Díaz, hijo de Alirio Díaz, amedrentaron e insultaron a varios habitantes de Terraplén, corregimiento de San Martín, municipio del Sur del Cesar, zona en la que Teo orientó las recuperaciones de tierra, la conservación de lo poco que queda de las ciénagas, y la esperanza de un proyecto de vida productivo y digno para los campesinos. Dos días después, la comisión de la que era su neurona más importante, denunció que integrantes del ejército y la policía, acompañados por el alcalde municipal, agredieron, dispararon, amenazaron y tildaron de guerrilleros a algunos campesinos en la misma zona. Ayer, después de ser entrevistado por el medio Tercer Canal y profundizar en las denuncias contra el alcalde y el comandante de policía, Teo fue asesinado en zona rural de ese municipio.
Teófilo Acuña era una autoridad moral en la Serranía de San Lucas, porque ese milagro montañoso era como otro dedo de su mano, como una ramificación de su conciencia. Fue alguien que navegó esos brazos en los que se desmiembra el Magdalena, que conocía como pocos sus conexiones ecosistémicas, y las consecuencias socioambientales que podría causar la ambición extractiva en la estrella fluvial de Colombia. Teo tenía muy bien justificadas sus quejas, y muy amasadas sus propuestas. Siempre estuvo en peligro, pero siempre puso la cara.
Antes de tiempo vuelve a la tierra uno de sus mejores frutos. La demencia de los dueños del Estado nos sigue arrebatando hombres y mujeres que, al parecer, solo para nosotros resultan imprescindibles. Unos pocos siguen buscando consuelo en el martirio de tantos. Por noble, por llamar las cosas por su nombre, por inquebrantable, por preocuparse por lo que el Estado nunca, por no dejarse amedrentar con la cárcel, por ser el redentor de tantos campesinos, ¿por eso lo mataron? Nuestro maestro anfibio no puede convertirse en una cifra más de nuestro deporte nacional. Seria ingrato con él permitir que su legado lo enmarañe la impunidad estatal.
Duele el dolor que debe querer estrangular a su compañera Liceth. Seguro el Magdalena también desbordará en llanto por Teo, seguro el río también se siente huérfano. Qué angustia, qué impotencia, qué desamparo. Qué horror saber que es el Gobierno –quien con su acción u omisión– es el que los está matando.