Por: Gearóid Ó Loingsigh
El 23 de febrero, mientras leía la prensa española sobre el fallido golpe de Estado de 1981 y reportaban que el presidente Sánchez iba a desclasificar los archivos oficiales sobre el hecho, me llegó la noticia de que la Corte Interamericana de Derechos Humanos responsabilizó al Estado colombiano por el asesinato, en mayo 2000, de Ramiro Zapata en Segovia, al nordeste de Antioquia. Una vez más quedó evidenciado por qué en Colombia nunca hubo un golpe de Estado, pues no hacía falta; y los archivos sobre el terrorismo de Estado siguen ocultos.
Conocí a Ramiro en 1995, cuando junto a mi pareja de ese entonces me fui a vivir a Segovia durante unos siete meses, a colaborar con el Comité de Derechos Humanos del Nordeste que él presidía. Ramiro no demoró nada en demostrar cómo era: frentero y sin fingir nada. Una vez un policía nos abordó entrando al Palacio Municipal en el centro del pueblo y le dijo: “Ramiro, otra vez con los suizos”, confundiéndonos con la Cruz Roja. Ramiro no perdió un instante y le respondió: “Nosotros no andamos con la Cruz Roja, solo hacen recomendaciones, nosotros denunciamos”. Luego nos explicó que una delegación de la Cruz Roja había llegado a Segovia, pidió el aval del Comité y acompañamiento, pero los colombianos no podían viajar en sus vehículos, por protocolo decían, y tampoco querían costear el transporte. Como señores feudales exigían que los que ellos veían como sus siervos les rindieran pleitesía, pero aprendieron rápido que Ramiro no era así.
Llegué a odiar ese andamiaje internacional de derechos humanos, con sus funcionarios bien pagados con vidas de lujo, mientras hablaban de protocolos para justificar su falta de acción. Esa delegación visitó a una familia cuya vivienda fue ametrallada por el Batallón Bomboná de la Decimacuarta Brigada, hiriendo en el pie a un niño. La Cruz Roja entrevistó a la familia, pero no hizo nada. No me acuerdo del porqué; algo tenía que ver con si el incidente era un acto de guerra o no. Años más tarde, viví esa actitud altanera en carne propia en Barrancabermeja cuando una delegación interinstitucional iba a la Ciénaga del Opón para inspeccionar la zona desde la que salieron muchas familias desplazadas, las cuales se refugiaban en la antigua abandonada Normal de Barrancabermeja. Mientras comíamos bien en la Ciénaga, los desplazados pasaban hambre, pues el funcionario de la Alcaldía explicó que tenía un montón de diligencias que cumplir antes de la misión y no tuvo tiempo para dar la orden de enviar alimentos a la escuela. Unos viven en medio del conflicto, otros viven muy bien del conflicto.
Luego los paramilitares desaparecieron al compañero Manuel Navarro y se convocó una reunión extraordinaria con el coronel de la policía (cuyo nombre he olvidado), además del coronel Ibarra del Batallón Nueva Granada. Ninguno de los funcionarios de la ONU u otras entidades criticó a las fuerzas estatales. El funcionario que dejó a los desplazados sin alimentos miraba al suelo. A duras penas hicieron un par de preguntas, ni siquiera recomendaciones. Los únicos dos que alzamos la voz fuimos una compañera del equipo y mi persona. Me acuerdo vívidamente de sus miradas atónitas y tontas cuando expliqué la realidad de la desaparición de Manuel y la falta de acción por parte de las fuerzas estatales. No movieron ni un dedo, ni siquiera cuando les dijimos dónde estaba recluido por los paramilitares. También me acuerdo de la mirada furiosa del coronel Ibarra.
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Ramiro era alegre y a la vez serio. Llevaba encima una copia de la Constitución de Colombia y en los retenes del Ejército la citaba a los soldados, regañándoles su incumplimiento y abierta violación de la carta magna. No los temía. Una noche estábamos sentados tomando algo en la plaza principal de Segovia. No era un bar, sino una tienda, la de Don Héctor, si mal no recuerdo. Un par de mesas y sillas de plástico en la calle; llamarlo terraza era decir mucho. Pero me encantaba. Era un 8 de octubre y en la distancia veíamos a los milicianos del ELN pintar el pueblo con consignas para conmemorar la última batalla del ‘Che’. Con su mala ortografía, rayaban. Una de las pintadas nos hizo gracia: en vez de pintar Viva el 8 de octubre, día del guerrillero heroico, pusieron guerrillero erótico en la casa del escolta del alcalde, quien fue asesinado por los paramilitares unos años más tarde. Sí, el ‘Che’ era amoroso, heroico y quizás erótico. Pero esa noche que pintaban el pueblo, nosotros estábamos relajados cuando vimos pasar a la policía y a poco rato escuchamos los balazos. Todo el mundo se metió dentro de la tienda, salvo mi pareja y Ramiro. Le pregunté a ella por qué y me dijo que veía a Ramiro tan tranquilo que pensaba que no pasaba nada. Ramiro la interrumpió y dijo: “No, mamita, a mí no me haga caso, yo no huyo, ¡que me maten donde me encuentren!”. Así era Ramiro.
Cuando lo mataron, me acordé de esas palabras. La última vez que lo vi fue en 1998 en Medellín. Me dijo que estaba cansado de la ciudad y que quería volver al pueblo, que el ministerio intentaba reubicarlo en zonas muy peligrosas y era mejor estar en Segovia que en zonas desconocidas. Le dije que no fuera. Pero regresó y sobrevivió un tiempo, mas nunca iban a perdonarle su lengua. Ramiro no sabía callarse ante la injusticia y, nada más llegar al pueblo, comenzó de nuevo sus actividades en pro de los derechos humanos. Una noche lo sacaron y lo llevaron fuera del pueblo en un carro. Según dicen, no se calló en el carro tampoco y les dijo de todo.
Su asesinato no era un hecho aislado, sino que era parte de un continuum de asesinatos en el nordeste de Antioquia. Salimos de Segovia en febrero de 1996 y en abril el carnicero militar, el capitán Rodrigo Cañas, llevó a cabo la Masacre de los Billares, en la que catorce personas fueron asesinadas. Cañas fue condenado por esos hechos a 50 años de cárcel. Su sitio de reclusión era la base militar de Tolemaida. No sabemos cuánto tiempo pasó allá; quizás nunca la pisó, pues unos abogados de sus víctimas acudieron al sitio y no lo encontraron, los militares tampoco daban razón de él. La verdadera respuesta del Estado a esa masacre y la ola de asesinatos en Segovia era, por un lado, decretar a Remedios y Segovia como Zona Especial de Orden Público, fortaleciendo así el control militar y paramilitar, interceptar el teléfono de Ramiro y allanar su casa, además de intentar enjuiciarlo una y otra vez, pues le abrieron seis procesos penales en su contra.
Luego, en 1997, comenzó una ola de homicidios en Segovia y el municipio aledaño de Remedios con 250 personas asesinadas en el primer semestre del año. Entre los caídos bajo las balas del terrorismo de Estado se encontraban Margarita Guzmán, quien nos daba posada, Jaime Ortiz, nuestro acompañante cotidiano, y el sindicalista Nazareno Rivera, todos ellos vinculados al Comité de Derechos Humanos del Nordeste. Los del comité que sobrevivieron a la embestida terrorista de Estado se refugiaron en Medellín. La decisión de Ramiro de regresar al pueblo fue muy valiente, quizás imprudente, pero no más prudente que aceptar el maltrato del Estado que intentaba reubicarlo laboralmente en zonas muy peligrosas y desconocidas. Por lo menos conocía bien a Segovia y su retorno era coherente con su carácter y compromiso con la lucha.
El fallo de la corte nos recuerda que la lucha de Ramiro contra el terrorismo de Estado sigue vigente. También sigue vigente la lucha contra los tibios que solo hacen recomendaciones; unos dependen de las respuestas vacilantes de los otros para actuar con impunidad.
Salí de Segovia en febrero de 1996 y no he regresado. Quizás nunca regrese. Ni siquiera sé si quiero volver. Segovia marcó un antes y un después en mi vida. También es el comienzo de mi largo periplo escribiendo sobre Colombia. Dicen que la pluma es más poderosa que la espada, pero cuando pienso en personas como Ramiro, quisiera tener a los verdugos de Segovia delante de mí y esa espada a la mano. No sé qué haría, pues no soy violento por naturaleza, pero quisiera pensar que me atrevería a probar la espada en vez de la pluma. La justicia no es un fallo de una corte internacional, es la verdad y el castigo a los terroristas de Estado, y hasta el momento no sabemos la verdad y no han condenado a nadie por el asesinato de Ramiro y demás integrantes del Comité de Derechos Humanos. Mientras tanto, sigo escribiendo por todos, por Ramiro, por la victoria sobre el terrorismo de Estado y los que solo hacen recomendaciones.
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