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La amenaza contra Venezuela y la crisis humanitaria en la frontera

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Aproximaciones a la agenda pública del Caribe (Edición 94) 

Por: Caribe Investigación

  1. ¿Solo operación psicológica?

Sobre el despliegue militar de la marina estadounidense en el Caribe, frente al mar territorial de Venezuela, con la excusa de combatir el narcotráfico y el fingido Cartel de los Soles, podemos decir que las cartas están echadas sobre nuestro país hermano. Y no lo decimos con resignación, ni por repetir el estribillo de la intervención “necesaria” para acabar con el régimen de Maduro. Esperamos equivocarnos, pero los hechos trascienden la mera operación psicológica.

La última intervención militar directa de Estados Unidos en el continente fue en Panamá (1989-1990). ¿Adivinen qué? Manuel Noriega, capturado durante la operación “Causa Justa” había sido aliado de EE.UU. (informante de la CIA), pero el imperialismo yanqui no tiene amigos y mandó por su antiguo cachorro acusándolo de narcotraficante. Y no es que Chávez o Maduro hayan sido amigos de Estados Unidos, sino que se sigue imponiendo la narrativa de la lucha contra las drogas de la década de 1970. 

Otra digresión. No es cierto que la confrontación entre EE.UU. y Venezuela haya surgido desde la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999; Chávez, por cierto, reavivó el antiimperialismo venezolano cuando rechazó la “ayuda humanitaria” ofrecida por Estados Unidos en enero de 2000, en plena crisis por la tragedia de Vargas. Chávez advirtió que luego que estuviesen instalados en el país sería difícil sacarlos. El entonces presidente venezolano había advertido que el Plan Colombia era una excusa para desestabilizar la región.

La advertencia sobre las pretensiones de Estados Unidos en la región era genuina, aunque la prensa lo trató de paranoico. Pocos recuerdan la famosa frase del senador republicano por Georgia, Paul Coverdell, quien en abril de 2000, buscando asegurar recursos para tal fin, expresó en el Congreso estadounidense que: “Para controlar a Venezuela es necesario intervenir militarmente en Colombia”. Y fue Coverdell, junto a los expresidentes Joe Biden y Bill Clinton, uno de los máximos defensores del Plan Colombia y de la política antidrogas de la década de 1970 (impulsada también por Biden).

A pesar de la marcada y continua contradicción y confrontación entre ambos países desde la década de 2000 (más por injerencia e intromisión de EE.UU.), el encono diplomático tiene sus raíces en la guerra de independencia de Venezuela, cuando Simón Bolívar (1918) ordenó la captura de dos goletas de bandera estadounidense (Tigre y Libertad), que violaron el bloqueo sobre los puertos de Guayana, Cumaná, La Guaira y Puerto Cabello, que el Libertador decretó el 6 de enero de 1817; violación que pretendía, nada más y nada menos que despachar armamentos al ejército realista español. Fue un hecho disruptivo, y Bolívar expuso magistralmente la defensa de la soberanía nacional.

2. A lo concreto

Es claro que la confrontación no se debe a la lucha contra el narcotráfico (más que narrativa es la excusa para agredir e intervenir). Forma parte de un contexto más complejo que implica una presencia militar más marcada del Comando Sur —por lo menos— durante la última década, al ascenso de las derechas en el continente (y su irrestricta sumisión a los EE.UU.) y a la ambivalencia de los gobiernos “progresistas” de la última generación, sobre todo cuando se trata de criticar o denunciar al gobierno venezolano.

Esto, sin duda, va marcando el ritmo de la retoma de la Doctrina Monroe sobre el continente, cuyo objetivo principal es frenar la influencia de Rusia y China, países que llevan al menos dos décadas invirtiendo en infraestructura, petróleo y gas, energías renovables, autos eléctricos, tecnología. Un serio desafío para la economía estadounidense, y también para lo que ellos denominan supremacía.

Hoy, los gobiernos de Colombia y Brasil sufren la presión estadounidense (por el juicio a Bolsonaro o la desertificación de Colombia). Tarde comprendieron que el amo del norte no tiene ni aliados, ni amigos, ni respeta la soberanía de ningún país. Llaman a respetar a Venezuela y advierten de los impactos de una intervención militar en la región, pero alentaron el intervencionismo y la campaña contra Venezuela después de las elecciones presidenciales de 2024, además callaron también ante la constante provocación de Guyana sobre Venezuela por la soberanía del Esequibo (legalmente de Venezuela).

3. Lo que se juega

De este contexto de tensión y presión se deben mencionar varios elementos. El primero es que desde Estados Unidos hay intereses económicos que se oponen a una intervención militar (las razones son más que obvias: inversión en petróleo). Lo que no sabemos es hasta qué punto será puesto en la balanza a la hora de decidir una agresión militar.

Solo la amenaza, y esto es lo segundo, ha tenido un impacto negativo en la economía venezolana forzando el alza de la divisa estadounidense en el país caribeño, también en el nerviosismo de la gente; buscan provocar una estampida o crear una fisura en las filas chavistas (no ofrecieron 50 millones de dólares por Maduro porque sí).

Venezuela logró sortear sanciones y confiscaciones de sus recursos en el extranjero, sobrevivió a la persecución financiera y creo mecanismos que permitieron que la economía respirara y reviviera los últimos años, pero el impacto de la movida militar en el Caribe ha sido evidente y eso también pesa en el tablero. Buscan crear las condiciones para debilitar al gobierno venezolano.

En contrapartida, una agresión e intervención desataría una crisis humanitaria y migratoria en la región, y Estados Unidos seguiría siendo el principal destino de los venezolanos, a pesar de la persecución contra los migrantes. Esto pondría en jaque a los Estados Unidos o al menos vulneraría en parte su política migratoria.

Por último, debemos mencionar el papel de Colombia en este contexto, o más bien las relaciones binacionales colombo-venezolanas. Antes de la movida de la marina gringa de finales de agosto y principios de septiembre, Petro y Maduro habían anunciado en julio pasado la creación de la Zona Económica Binacional para fortalecer las relaciones comerciales y económicas de ambos países. De este hecho mencionaremos dos cosas.

La primera es que el propio presidente venezolano había asegurado que el plan contaba con el apoyo estratégico de Rusia y China (además de India y Turquía), interesados en invertir en esta zona económica binacional. Así que no es fortuita la amenaza de Estados Unidos sobre Venezuela.

El presidente Petro ha sido enfático las últimas semanas sobre una intervención militar en Venezuela y las consecuencias que esto tendría para la paz de Colombia y la región. Ante esto, que nos parece lo más lógico que debe hacer un país soberano con sus vecinos, nos preguntamos: a pesar del discurso de Petro, ¿qué papel juegan las bases militares gringas apostadas en la frontera de Colombia con Venezuela? Un despliegue militar de Estados Unidos sobre Venezuela utilizaría sí o sí el respaldo técnico, tecnológico y militar concentrado en las bases ubicadas en Colombia.

A pesar de la amenaza gringa, tanto Colombia como Venezuela anunciaron operativos militares conjuntos para combatir el crimen y el narcotráfico en la frontera compartida. ¿Para disuadir a Estados Unidos? Lo que debería preocuparnos es el impacto humanitario que ambos operativos puedan tener sobre la región binacional. La Zona Económica Binacional es de carácter comercial y económico, pero no menciona en ningún aspecto acuerdos para el fortalecimiento de los derechos humanos o el respeto de la autonomía de los territorios.

En todo caso, serán los pueblos fronterizos de ambos países los que quedarán en el medio de toda esta movida militar colombo-venezolana. Mientras tanto, una contradicción sigue latente en el discurso del presidente Petro o bien para referirse a los operativos militares entre Colombia y Venezuela o para rechazar la amenaza gringa sobre nuestro vecino: sigue reproduciendo la lógica antidrogas gringa defendiendo la sustitución de cultivos o catalogando a cualquiera de “traquetos”, no olvidemos la estigmatización contra liderazgos del Catatumbo a inicios de año.

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