Por Juan Alejandro Echeverri

Son las noticias que uno sabe que van a llegar, y por eso quisiera que no llegaran nunca. Lo mataron. Mientras entraba a su casa lo mataron.

Lo escuché por primera vez en 2019. Un hombre menudo, de baja estatura, con acento ribereño y una autoridad envidiable. Aquel día en Micoahumado, corregimiento de Morales acosado por todo tipo de grupos armados, Narciso Beleño nos dio una cátedra sobre la historia de la Federación Agrominera del Sur de Bolívar – Fedeagromisbol, de la cual era presidente. También sobre los intereses delictivos y empresariales que acechaban esta región atravesada por la Serranía de San Lucas, un accidente geográfico relleno de oro y plata que podría ser convertido en una de las minas más grandes de América Latina. “Siempre hemos estado entre un rango crítico y grave”, dijo ese día.

Narciso era la enciclopedia viva de las resistencias agromineras en el Sur de Bolívar. Un experto sin título de bachiller. Un monumento a la valentía y la perseverancia. Una voz imprescindible. Un sobreviviente. En Micoahumado nos dijo que probablemente habían sido más, pero la Federación, compuesta por cerca de 30 asociaciones de campesinos y mineros artesanales, había logrado registrar el asesinato de 500 integrantes de sus integrantes durante la arremetida paramilitar que inició en 1995 y terminó en los primeros años del 2000. “Fueron seis años de encierro político, económico, y social de las organizaciones que existíamos en la Serranía de San Lucas –contó Narciso–. En algún momento la Federación decidió no desplazarse hacia los municipios, nos desplazábamos de un sector de la Serranía a otro. Los líderes que salieron a las cabeceras municipales fueron desaparecidos o asesinados”.

Hace 14 días lo volví a ver en Santa Rosa del Sur. Tenía la cabeza más nevada, el temple y la serenidad intacta. Me pareció un verdadero milagro que siguiera vivo, claro y preciso. Ese día Narciso instaló el encuentro del Comité Nacional de Participación – CNP, instancia surgida de los acuerdos alcanzados entre el Gobierno y el Ejército de Liberación Nacional – ELN, y cuya misión es presentar un modelo para que la sociedad civil participe en esa negociación una vez se realicen todos los encuentros territoriales y sectoriales planificados por el CNP. En su corta intervención, Narciso denunció la avanzada paramilitar que días más tarde lo asesinó. Este nuevo copamiento paramilitar y sus consecuencias sociales y humanitarias ha sido denunciado por organizaciones de derechos humanos desde el 2022. Mientras el presidente tuitea, los supuestos gaitanistas del Clan del Golfo avanzan con la complicidad del ejército y ahogan las organizaciones sociales del sur de Bolívar.

Es un golpe político estratégico y disciplinante. La marcha fúnebre de la bota paramilitar. La confirmación del plan de exterminio que sigue a sus anchas por Colombia contra la dirigencia campesina del Coordinar Nacional Agrario – CNA, organización de la que hace parte Narciso y Fedeagrimisbol.

A Marco Rivadeneira lo asesinaron el 19 de marzo de 2020 en Puerto Asís por no agachar la cabeza ante las petroleras y movilizar la erradicación de cultivos de coca con fines narcóticos. A Teófilo Acuña lo mataron el 22 de febrero de 2022  por denunciar el acaparamiento de tierras, la inseguridad alimentaria y el desastre ambiental provocado por las plantaciones de palma y las hordas de búfalos en el sur del Cesar. Ahora Narciso se suma a ese rosario de mártires,  de esperanzas arrebatadas.

Se hacen denuncias y comunicados, se predicen las tragedias vitales, se hacen diagnósticos de lo que está sobre diagnosticado, se firman acuerdos de paz en notarias, se entregan y se funden fusiles, los coroneles del ejército aceptan sus crímenes, se hacen “comisiones de la verdad” que hacen informes ilegibles sobre el conflicto armado, y la muerte reina igual. Y seguirá reinando hasta que puedan matar “a todos esos guerrilleros” para quedarse con su país miserable y sediento. Porque la rabia moviliza en Colombia lo que la compasión no alcanza.

Qué triste destino el que me tocó: escribir epitafios insignificantes sobre la gente que uno admira en silencio. No se mueren, los matan. Quedamos los vivos, muertos de tristeza e impotencia en el desamparo de esta mortuoria bogocracía republicana.

Los manuales de contrainsurgencia que dan forma al paramilitarismo siguen vigentes: Javier Giraldo

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